A Julian Alaphilippe sólo puedes quererle

Tuvalum

Alaphilippe ha estado en buena parte de los grandes momentos de la mini temporada 2020

Cuando Julian Alaphilippe puso el pie en la Strade Bianche, con el dorsal uno, hace más de dos meses y medio, no podíamos imaginarnos la omnipresencia del francés en la mini campaña 2020.

Y es que no ha habido carrera en la que haya tomado parte de forma anónima.

Ahora ya todo se acabado, el astro francés descansa y se recupera de sus fracturas de la mano tras el fostiazo que se dio en Flandes, escapado con Van der Poel y Van Aert, pero si mira para atrás estas diez últimas semanas el tan odiado como admirado ciclista campeón del mundo ha llenado parte de los mejores momentos de nuestra vida ciclista reciente.

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A Julian Alaphilippe se le dijo de todo hace dos semanas, cuando en Lieja sucumbió a los nervios de estrenar el arcoíris, condicionar el final con una maniobra ilegal y de celebrar el triunfo tan rápido, demasiado como vimos.

Entonces era el villano, el corredor de la cara, de los gestos, que parece querer una moto y cámara para él, que tiene averías y vuelve al grupo, que hace extrañas maniobras, como si le fueran dando tics y tembleques en la ruta.

A los pocos días ganaría a Fleccha Brabanzona a Van der Poel en un mano a mano antológico donde el neerlandés cometió todos los errores que no protagonizaría en el epílogo de Flandes.

Aquí, en la gran carrera de adoquines de la campaña, Julian Alaphilippe dejó atrás la aureola de novato, sacó el látigo y propuso una carrera antológica, sin saber si iba a la gloria o a estrellarse, sin miramientos, no cortapisas, sabiéndose escapado con los dos cocos del momento, pero también bien pertrechado por sus compañeros detrás.

El lujo que propuso el francés se quedó en medio de la ruta, en un tramo de asfalto tras estrellarse con la moto

Me ha llamado la atención que nadie ha hecho sangre del motorista más allá que tendría que haber estado al otro lado, por la parte abierta de la curva, cosa que parecería de lógica, pero que no siempre ocurre.

Me alegro, por que ese jurado debió vivir un momento de «tierra trágame» al punto que le pidió diez veces perdón a los del Deceuninck.

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Fue un bajón, sin duda, el duelo a tres quedó en un pulso cuyo desenlace tenemos bien presente.

Un Alaphilippe con Van Aert y Van der Poel habría sido una orgía de ciclismo a pelo, a golpe limpio, a «maricón» el último, de ahí podrían haber llegado de uno en uno, al sprint o haber sido cazados por los de atrás, por que se hubieran neutralizado.

Ahora son todo conjeturas, ciclismo ficción, pero el premio que nos dio ayer este francés tan odiado como querido no tiene precio.

Se le podrán achacar mil cosas, que es un teatrero, que desquicia rivales, que traza eléctrico en medio del grupo, pero también que corre a pecho descubierto y que entiende que en el riesgo va parte de su sueldo y el espectáculo que se le exige.

Cierra la campaña Alaphilippe con una fractura en la mano que apoya en la caída, una de las fotos del año y una temporada, la siguiente, que amanecerá en arcoíris.

Admitidlo, a este flaco gabacho, sólo puedes quererle.

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