¿Qué ciclista no ha visto amanecer sobre su bicicleta?

Tuvalum

De entre los placeres de la bicicleta, el amanecer es un momento mágico

Amanecer, el punto de no retorno, de entre todos los momentos en bicicleta, quizá uno de los más especiales.

El otro día, nuestro estimado amigo Jolu Mava, compartió de nuevo sensaciones con nosotros y nos recordó lo reconfortante que es madrugar para salir en bicicleta y vivir bellos momentos únicos como este:

Así es.

Vosotros, nosotros, el propio Jolu, yo mismo, todos… somos amantes de las dos ruedas y entendimos y comprendimos enseguida ese instante.

Y a la perfección. Todo queda en “casa”.

Ya hace mucho que nos conocemos todos ¿verdad?

Ya acumulamos muchos miles de kilómetros y experiencias en bici y, a pesar de haber rodado infinidad de veces por sitios diferentes, o por los mismos lugares, nuestro objetivo es siempre el contar al resto del mundo lo maravilloso que es montar en bicicleta.

¿No es cierto?

Por eso, para los “no iniciados” en nuestro deporte favorito, los que no saben lo que es sentirse libres pedaleando, o los que desconocen la noción de la distancia cuando realizan un desplazamiento, podemos parecer ante sus ojos algo hedonistas… o mucho.

 

Quizás tengan razón y “pequemos” de presumir lo diferentes que somos los ciclistas, o cicloturistas, o simples usuarios de la bici, del resto de la gente.

Yo mismo puedo parecer un poco empalagoso -espero que con vosotros esto no me pase- cuando hablo con mis amigos o familiares, que poco o nunca se han subido a un bici, de lo estupendo que es pedalear por una tranquila carretera rodeado de campos, oliendo las flores, escuchando el canto de los pájaros o bien el silencio, cuando sólo alcanzamos a oír los latidos de nuestros corazones.

¿Cursi?

Puede que sí lo sea para ellos, incluso que me ponga algo pesado cuando les describo todo, hasta el último detalle: paisajes, montañas, valles, ríos… si era una fría mañana de invierno o una cálida tarde de verano, sin faltar, claro está, las explicaciones de lo que representa contemplar un amanecer… en bicicleta.

Carlos Coloma quiere repetir en Tokio 2020 

Para nosotros todo esto puede resultar muy idílico, claro, pero ellos deben pensar que exageramos porque donde nosotros sentimos placer ellos sólo verán cansancio, sufrimiento y sudor.

Que haberlos los hay, claro, y también forman parte de nuestra “dulce tortura”, ya que para nosotros “sin dolor, no hay recompensa” (“no pain, no gain”) y sólo los que “entendemos” de esto comprenderemos que llegar a la cima de un puerto, para observar la salida del sol, no es sólo el final de un dura subida.

Allí arriba seremos protagonistas, situados en un mirador excepcional sobre el paisaje, en el alto de la montaña, disfrutando de uno de los mayores espectáculos naturales, reposando y reflexionando sobre la gran altura alcanzada, sin desaprovechar la oportunidad que nos brinda el estar allí y en aquel momento.

 

La primera vez que me fui de excursión en bicicleta para ver la salida del sol, con mis propios ojos, la recuerdo memorable.

Como imaginaréis de esto hace mucho, mucho, tiempo.

Hacía poco que yo “andaba” en bici, al menos de la manera que lo he hecho durante todos estos años, y uno de mis primeros deseos era acercarme hasta la playa pedaleando para contemplar un amanecer.

Y no iba a ser en un sitio cualquiera, no, mi anhelo era ver el sol nacer en el Mediterráneo.

Mi destino elegido fue el pintoresco pueblo del Garraf, a unos 30 kilómetros de Barcelona.

Esto representó levantarme a las 5:30 de la mañana, salir pitando y pedaleando para llegar antes de las 7 a sus costas, donde empecé a contemplar como con timidez el sol intentaba asomarse en el horizonte revelando todo un muestrario de colores muy vistosos.

 

Había pedaleado tan rápido como pude y recuerdo llegar muy cansado: la carretera se me hizo muy larga, pero conseguirlo me hizo olvidar el madrugón y el cansancio al momento, ante tanta majestuosidad.

¿Seguís pensando que soy cursi?

Pero es que no lo puedo remediar -no lo podemos remediar- porque el Mediterráneo, al amanecer, es una maravilla: las nubes se pegan en el horizonte, mientras la luz ámbar, cada vez más fuerte, va saliendo y reflejándose en el mar, tan brillante y plateado que hasta cuesta mirarlo directamente.

Años más tarde pude seguir disfrutando de estos amaneceres sobre todo cuando tuve la oportunidad de conocer a algunos de los grandes fotógrafos de la revista Pedalier (hoy revista ZIKLO) como Gorka, Antxon, Sergi o Pau.

Con ellos tuve el placer, y el privilegio, de haberlos podido acompañar a sus “oficinas” desde donde realizan sus trabajos, que no son otros que fotografiar numerosos y diversos paisajes, muchos puertos de montaña, retratando siluetas de ciclistas en el horizonte o persiguiendo sombras de bicicletas por carreteras de ensueño.

 

Ama nacer en bici, cada día

Cuando conocí a Pau, con el que tuve la fortuna de compartir muchos de sus reportajes fotográficos y del que, todo sea dicho de paso, aprendí muchísimo, uno de los primeros comentarios que me hizo, con sonrisa burlona, fue que con él iba a tener que madrugar mucho:  

“pero mucho, mucho, ¿eh? Ni te lo imaginas”, me decía riendo.

Normal, porque él lo que quería para sus fotos era intentar atrapar las primeras luces del día y los amaneceres, junto a los atardeceres, eran los mejores momentos para no perderse el espectáculo de luces y colores de la salida -o la puesta- del sol.

Me comentaba, no sin razón, que el hacer fotos le obligaba a sentir curiosidad por la vida, el espacio y el tiempo -meteorológico-, y que coger su cámara fotográfica para registrar los primeros rayos del sol le hacía sentir vivo mientras retrataba aquella espectacular y singular experiencia del crepúsculo, tiñéndose de toda una gama de rojos el azul del cielo.

En mi caso, no iba a ser menos que él, y disfrutaba ascendiendo los últimos kilómetros de alguna dura subida, hasta la cumbre, pedaleando acompañado por las primeras luces del alba para coronar y hacer cima justo al amanecer.

Madrugábamos mucho, sí, él para disfrutar de su trabajo y yo dándole a los pedales camino de amaneceres inolvidables, dejando atrás muchas horas de sueño.

Pero al final todo tenía su recompensa.

Por hablar de alguna de aquellas madrugadas puedo recordar el día que fuimos, cómo no, al Garraf, mientras ascendíamos casi de noche con el propósito de observar en primera fila, rodeados de un entorno privilegiado, como emergía del mar una gran bola roja que a aquella primera hora de la mañana encendió el cielo.

No menos espectacular fue la salida del sol en la inolvidable jornada que vivimos en el Cap de Creus con la extraordinaria visión del alba en tan conmovedor paraje y en un día mágico: el solsticio de verano de un 21 de junio, que aprovechamos para vivir “mediterráneamente”. 

Hoy en día, parece evidente que, gracias en buena parte a las redes sociales, se ha puesto muy de moda fotografiar amaneceres cargados de significados, de simbología, días que marcan un antes y un después, un principio o un final, como inmortalizar, por ejemplo, los primeros rayos de sol de un nuevo año, las primeras cálidas luces de un largo verano, o las frías del primer día de un invierno.

Jugando incluso con diferentes tomas en distintos días, durante las cuatro estaciones, para recrearnos en cómo va cambiando la posición del astro rey en el horizonte, mostrándonos todos los matices y colores de cada una de las desiguales épocas del año.

SQR – GORE

 

No es fácil intentar transformar en palabras las sensaciones que vivimos, esos sentimientos que experimentamos para comprender tanta belleza.

Podéis seguir pensando en lo presuntuosos que somos a la hora de describir estas tempranas imágenes, pero es lo que hay y hay que vivirlo, aunque las fotografías ayudan, y de qué manera, para entender la imperfecta hermosura de la naturaleza.

Eso sí, “amad nacer” en bici y no dejéis pasar la vida sin ver estos amaneceres.

Foto: https://vimeo.com/paucatlla

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