Los atardeceres rojos del ciclista

Si los amaneceres del ciclista son memorables, estos compiten en belleza con los atardeceres

Hace unos días hablar de los amaneceres gustó y ahora vamos a por los atardeceres, los atardeceres del ciclista…

En 1971 Joan Manuel Serrat en su célebre “Mediterráneo” cantaba que “a sus atardeceres rojos se acostumbraron sus ojos como el recodo al camino”, una oda al mar que baña la tierra que le vio nacer.

 

No voy a caer en la trampa de decir que mis ojos, y a mi edad, aún no se han acostumbrado a la contemplación de una bella puesta de sol.

Vaya, me acabo de dar cuenta que al final sí he caído en el recurso fácil de contradecir al bueno de Serrat.

Mil disculpas.

En un principio la idea era­­ titular este texto con la frase: “a sus atardeceres rojos no se acostumbraron mis ojos” para llamar la atención de nuestros queridos lectores.

Quería huir de este tópico pero no ha podido ser, ya que lo primero que acudió a mi mente fueron los acordes y la sintonía de esta inolvidable canción.

 

Todo ello me ha hecho reflexionar por qué Serrat sí se acostumbró a las buenas vistas del crepúsculo solar que tenía desde “la ladera de un monte más alto que el horizonte”.

Tanto tiempo escuchando esta canción y llevo unos días pensando en ella, ya que no deja de sorprenderme que alguien pueda habituarse al místico espectáculo de luces y colores que nos ofrece el ocaso del sol.

En cambio yo, siempre sigo admirándome ante un bonito “atardecer rojo”.

Pero claro, ni yo soy poeta como Serrat ni donde estoy ahora es el Mediterráneo, aunque él tampoco es cicloturista y seguramente no pueda apreciar lo que significa ascender un puerto al atardecer, para coronar justo arriba y disfrutar de este fenómeno de la naturaleza, que es tan antiguo como el propio planeta Tierra.

 

Hoy hemos salido con nuestras bicis cuando el sol ha comenzado a caer y el atardecer, igual que nosotros, ha iniciado su rodaje.

La tarde-noche es ideal y el cielo nos brinda distintas gamas de colores: pinceladas rojas y amarillas envuelven una gran bola de fuego naranja, entre blanquecinas nubes bajas.

El azul celeste ha dejado paso a un rosáceo intenso, señal inconfundible que el día está a punto de decir adiós.

Las sombras alargadas van ganando terreno, la luz se va apagando y la noche llega, tal y como la cantó Pablo Neruda: “callada, constelada y silenciosa”.

Son muchas las ocasiones en las que hemos disfrutado de este declive, sin embargo nunca deja de sorprendernos.

Es éste uno de los momentos en los cuales la labor del fotógrafo para poder captar esos instantes es impagable, porque “hay dos maneras de difundir la Luz… ser la lámpara que la emite o el espejo que la refleja” (Lin Yutang).

De todo esto saben mucho los buenos fotógrafos, que nos transmiten estas imágenes y las inmortalizan, y muchas veces verlas plasmadas nos es más sugerente o emotivo que la realidad misma.

 

El mérito está en lograrlo, porque detrás hay muchas horas e incluso días de espera a que la meteorología permita capturar esas imágenes soñadas.

El fotógrafo procesa el entorno en esos cuadros y es entonces cuando “lo que vemos es lo que somos” (Fernando Pessoa).

Como hoy, ya que después de una tensa escalada sin saber si la tarde sería propicia, finalmente, contemplado este lenguaje visual desde aquí arriba, la ansiada recompensa ha valido la pena.

Nos hemos sobrecogido con el primer resplandor rojizo y cuando el sol se ha colado por debajo del banco de nubes.

Experiencias de este tipo he tenido la fortuna de tener muchas.

Hubo un tiempo en el que Pau y yo nos dedicamos casi en exclusiva al encuentro de esta luz.

Él era partidario de buscar el amanecer y yo en cambio el atardecer.

Sí, lo reconozco, me gustan más las cálidas tardes que las frías mañanas, soy más nocturno que diurno, aunque no siempre ha sido así y en innumerables ocasiones me he despertado antes de la salida del sol para marchar en bici hasta el infinito y más allá en busca de recorridos escondidos, montañas inéditas y puertos desconocidos.

SQR – GORE

 

Cuando Pau me decía “mañana no tendrás que madrugar” sentía un gran alivio, porque levantarse pronto para él era empezar a trabajar a las 5 de la mañana.

Recuerdo un día cuando fuimos a la captura de las últimas luces de aquella larga jornada del mes de junio a la cima de la Mare de Déu del Mont, en el Pirineo catalán, fuente de inspiración del poeta Mossèn Cinto Verdaguer para su obra “Canigó”, montaña que veía lucir plateada cada atardecer desde la ventana de su habitación.

Aquella tarde el estar allí a casi 1200 m de altitud, contemplando aquel majestuoso escenario al aire libre, representó para mí un cúmulo de sensaciones y emociones, en una salida inolvidable con nuestras bicis ascendiendo este duro puerto para culminar arriba con una puesta de sol indescriptible.

Quizás sea la edad, porque ahora prefiero salir al atardecer, a una hora prudente, claro está, mientras el tiempo y la luz aguanten, ya que rodar a esas horas cercanas a la noche te hace ver las cosas de manera diferente, todo parece más calmado, más sereno y tranquilo, incluso puede que el silencio nos acompañe y no escuchemos más allá de los latidos de nuestro corazón.

Sé que no es fácil salir a rodar ahí afuera con los horarios que tenemos, porque además de tener que combinar bicicleta y trabajo también es necesaria una conciliación familiar a la que dedicarle nuestro tiempo.

Merece la pena, por qué no, reivindicar este tipo de ocio en forma de salidas en bici al atardecer, que se están poniendo cada vez más de moda y parece que han venido para quedarse, ya que no son pocas las ciudades en las que grupos de ciclistas salen a rodar cuando está a punto de caer la noche.

Bien equipados, con buena iluminación, con muchos menos tráfico y por este motivo el aire más limpio, el pedaleo por la ciudad puede convertirse en una agradable sorpresa y un pequeño placer.

Hay algunos que ya tienen un plan bien definido, divertido, entretenido y sobre todo muy diferente, y éste no es otro que reunirse al pie de la cima más emblemática de la ciudad, una hora antes del anochecer, empezar a ascender con las últimas luces del día para culminar ante las impresionantes vistas, que nos ofrecerá ese atardecer rojo desde un punto dominante y sólo para nuestros ojos.

Fotos: Pau Catllà

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