Desescalada: la bicicleta nos incentivará a conocer lugares nuevos

Santa Fixie – Cabecera 2020

Conocer sitios es el primer objetivo de la bicicleta

¿Qué es lo que nos lleva, a muchos cicloturistas, a recorrer con nuestras bicicletas cada vez más kilómetros, y más lejos en la distancia, conocer otros territorios, otros países y otras regiones?

La respuesta es, sin duda, la inquietud por conocer, por saber qué hay más allá de nuestras fronteras, de nuestra zona de confort, una vez que ya han caído rendidos a nuestros pedales los recorridos más cercanos a nuestra casa o nuestra tierra, en forma de puertos de montañas, pueblos pintorescos, paisajes de ensueño o carreteras con encanto junto al mar.

Pero existe todo un mundo de posibilidades mucho más allá.

Haber concurrido en bicicleta sitios increíbles pedaleando por los collados que entrelazan cordilleras como Pirineos, Alpes o Dolomitas y haber ascendido sus puertos más emblemáticos como Tourmalet, Alpe d’Huez o Stelvio, por poner algunos ejemplos, habrá sido brillante, extraordinario, una experiencia increíble, pero no sólo de nombres míticos vive el auténtico cicloturista, y éste sin duda siempre querrá más.

La naturaleza y la belleza de muchos de esos sitios pesan toneladas, pero también su cultura, su historia, su patrimonio y tradiciones, estimulando nuestra inquietud y una curiosidad sin límites.

Esto refuerza la idea que, por mucho que sepamos de esos numerosos lugares que hemos visitado a golpe de pedal, nunca nos será suficiente y siempre querremos saber más para mantener el reto del conocimiento permanente.

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Hay muchos ciclistas con cientos de puertos ascendidos marcados a fuego en los músculos de sus piernas y, a pesar de ser auténticos gurús de las montañas o verdaderos locos de las cumbres, son conscientes que no lo dominan todo.

Todo ello nos lleva de manera irresistible a seguir aprendiendo, casi de manera continua, de otras gentes, de otros lugares, recibiendo lecciones constantes de otras culturas.

Somos cicloturistas y el turismo en bici es lo que más nos atrae y llama la atención, pero también podemos, y debemos, abarcar otros ámbitos culturales.

Esta inalterable e imperecedera educación la debemos llevar a cabo como ciclistas turistas durante toda nuestra vida ciclodeportiva, una enseñanza que en muchos casos va mucho más allá de la bicicleta y se convierte en dulce apetito por descubrir: el modus vivendi de toda nuestra existencia.

Todo esto es gracias en buena a parte a la bicicleta, que nos forma como cicloturistas aprendices de la vida de manera inquebrantable sin renunciar a algo tan natural como seguir discerniendo, actualizando nuestros conocimientos y ampliando horizontes, sobre todo en un terreno tan cambiante como el nuestro, porque si no es cada día, al menos sí cada cierto tiempo, la experiencia de muchos cicloaventureros que nos hablan de sus nuevas conquistas nos suscitan estas inquietudes que nos renuevan el ansia por cultivarnos más.

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Este deseo por averiguar aún más, por ir más allá en nuestro pedaleo, lo podemos enfocar en tres direcciones: una al pasado, a la historia ya no sólo de este deporte, sino también la de todo un pueblo; otra, más actual, que nos permita aprender de lo que nos rodea y de las ideas que nos puedan surgir por el camino; y, finalmente, por qué no, otra dirección al futuro, intentando crear una bella utopía, un mundo idílico, dando ejemplo de que el movimiento se demuestra, en este caso, pedaleando, y que de esta manera todo es más sencillo, más humano y sostenible, más eficiente y ecológico.

Se trata de no decaer en nuestro esfuerzo, tanto físico como mental, de continuar añadiendo ideas, experiencias, vivencias y recuerdos que perduren en nuestra memoria toda una vida.

Seguro que tanto nuestro cuerpo como espíritu nos lo agradecerán.

Como siempre decimos, no se trata de devorar kilómetros a lomos de nuestras bicicletas, sino de saborearlos y no dejar que se apaguen nuestras luces, incluso en la oscuridad, al contrario, intentar con nuestras ansias por formarnos que prenda la llama del saber en forma de toma de contacto con otras gentes y otras tierras, empapándonos de sus culturas, dejándonos invadir por la curiosidad, visitando sus monumentos, sus teatros, sus exposiciones y museos, hablando y debatiendo con los lugareños.

Es algo que está en nuestras manos, a nuestro alcance, y que al menos nos evitará envejecer de forma prematura mentalmente.

Lo podemos considerar un estilo de vida, el que cada uno elija, porque habrán cicloturistas -de hecho, los hay y muchos- que se lo tomen como una dulce obligación, una manera de ser, una exigencia con uno mismo, siempre con hambre y sed por seguir instruyéndose, para luego pasar un digno testigo de nuestra memoria a la juventud que nos sigue, contagiándoles estas ganas de vivir que nos produce el mero hecho de montar en bicicleta y el placer que nos supone, a ritmo de pedal, la inquietud por conocer en bicicleta.

Foto: Pau Catllà

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