Boonen quiere ser Valverde

Santa Fixie – Cabecera 2020

Debe de ser cosa de la edad. Imagino que no puede ser otra cosa. Antes, cuando era más joven, las carreras de los corredores me parecían eternas. Era como si estuviesen allí de toda la vida y lo fuesen a estar por siempre. Ahora, las cosas como son, ya no tengo esa impresión. El paso por el pelotón de una figura –o un anónimo– se me antoja cada vez más corto. Más fugaz.

Así, todavía tengo muy presentes los primeros años de Tom Boonen. Aquel polémico paso del US Postal al equipo de Lefevere. La esperanza que levantaba en Bélgica ante la inminente marcha de aquella generación de los Museeuw, Van Petegem, Peeters, Hoste, Mattan, Vandenbroucke o Tchmil entre otros muchos. De su Mundial de 2005. De sus escarceos con la cocaína y de la dificultad que tuvo para asimilar el éxito y la fama. De su conversión de yerno perfecto a «enfant terrible» y, de nuevo, a yerno perfecto –aunque ya con mucho menos pelo en la cabeza–. Y todo eso, como decía la canción, en apenas un suspiro.

Llevamos ya unos cuantos años en los que cada vez que le vemos en el mes de enero en Calpe, lugar habitual de concentración de su equipo en la pretemporada, los periodistas le preguntamos, más o menos delicadamente, cuándo va a colgar la bicicleta. La próxima vez, será el día 7 de enero, aunque en esta ocasión sólo una duda quedará por resolver: ¿lo dejará al final de 2016 o correrá hasta la París-Roubaix de 2017?

Seguramente, cuando le formulemos esa pregunta el día después de Reyes, ni él sepa la respuesta y su “dependerá de cómo vaya esta temporada” sea absolutamente sincero. Tom Boonen fue –pretérito perfecto– uno de los mejores clasicómanos del pelotón mundial y es –presente simple– una de las leyendas que el ciclismo tendrá siempre en esto de las carreras de un día, pero lleva encadenadas varias temporadas para olvidar.

No siempre, eso debe de quedar claro, por un evidente deterioro de forma causado por la edad, sino casi siempre debido a factores externos en forma de caída que han diezmado la parte más importante de su campaña.

El problema, claro, es que ahora, en la que puede ser su última primavera –es seguro que será su último año completo– la presión será mucho mayor. Cuando uno es joven y sufre un tropiezo, sabe que tendrá tiempo para solucionarlo. Para volver a intentarlo. Pero este ya no es su caso. Hemos visto en este 2015 a un Boonen que ha rodado tremendamente ‘cuadrado’. Tenso. Sin la alegría que le ha caracterizado durante los últimos 15 años.

Y, claro, eso lleva inevitablemente aparejado un importante aumento en la posibilidad de sufrir una caída. Luego, la lesión que se produce a causa de la misma, es cuestión de buena o mala suerte. Pero, como suele decirse, los grandes campeones no se caen. Y no lo hacen por una combinación entre un poco de suerte, un poco más de seguridad y un mucho de seguridad en uno mismo.

Si todo va bien y las caídas y lesiones le respetan, la gran duda es saber de qué será capaz Tom Boonen. Él, claro está, sueña con hacer historia. Con ganar su cuarta Vuelta a Flandes y convertirse en el hombre con más triunfos allí y hacer lo propio en el Infierno del Norte dejando atrás, con un quinto triunfo, a Roger De Vlaeminck. Eso es lo que quiere. Lo que sueña con conseguir. El que sería su legado perfecto. Pero, sinceramente, parece que el tiempo de conseguirlo ya pasó.

Para los que hemos sido muy ‘Boonistas’ es duro aceptarlo, pero Tornado Tom ya no está en esa primera división que le permite aspirar a todo. Lo sabemos nosotros y lo sabe él. Lo sabe, también, un Patrick Lefevere que tuvo que jugar muy duro en las negociaciones de renovación, haciéndole ver al corredor que ya no merecía un contrato como los de antaño toda vez que ya no era capaz de garantizar las victorias de entonces.

Boonen asume un riesgo enorme al alargar una temporada más su carrera. Un riesgo sólo comparable a una apuesta de todo o nada. Si consigue el objetivo de ganar una de sus dos carreras fetiche, todo habrá merecido la pena. No cabe ninguna duda. Pero, por el contrario, si sufre otro contratiempo que le obligue a volver a arrastrarse por las carreteras como alma en pena, el daño que él mismo le hará a su propia historia será imperdonable.

Boonen sueña con ser Valverde. Con firmar ese pacto que el murciano tiene con el paso del tiempo. Con seguir ganando. Con seguir infundiendo miedo –porque el respeto sí se lo tiene ganado– entre sus rivales. De ser el gran favorito cada vez que se presenta en una línea de salida. De no ver, a primera vista, el final próximo.

Pero Boonen no es Valverde. Boonen es belga y no murciano. Boonen es reconocido en su país como una leyenda del deporte –no sólo del ciclismo–. Valverde comienza a ser reconocido aquí como un buen ciclista y sólo los grandes aficionados saben reconocerle su valía. Boonen, como decimos, quiere ser Valverde y seguir en lo más alto. Valverde, quizás, querría ser Boonen y sacrificar algún año de su carrera por conseguir el reconocimiento que de verdad merece.

Por el momento, enero se acerca. Volveremos a preguntarle a Boonen cuándo tiene previsto retirarse. Volveremos a estudiarle con la mirada mientras él habla. Buscaremos señales de dejadez o de mala preparación. Y no las encontraremos. Volveremos a ver al tipo en forma y entregado a la bicicleta que todos los inviernos aparece en Calpe. Y pondremos el reloj de la cuenta atrás en marcha. Lo sincronizaremos con Flandes y con Roubaix. Y esperaremos, tranquilos, a saber si Boonen es, por fin, leyenda inalcanzable.

Por Nico Van Looy

INFO

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