El Tour en Villard de Lans: ¿Alguien emulará a Laurent Fignon?

Tour de Francia - Laurent Fignon JoanSeguidor
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En Villard de Lans Fignon salió a morder el Tour tras hundirse en el Ventoux

Etapa de recuerdos nítidos, Villard de Lans, un lugar que no es el más duro de los Alpes, ni el más conocido, pero que para los amantes del Tour es recordar ciertos tiempos y nombres.

La escapada de Fabio y Lucho, la de Roche y Perico, el amarillo de Perico, la crono de Breukink…

Villard de Lans fue un sitio clásico en los Tours a caballo de los ochenta y noventa, creo que desde entonces no se ha vuelto a prodigar, con esa silueta tan típica, una subida larga, un falso llano matador y el pico final.

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Traemos un extracto del libro de Laurent Fignon, «Éramos jóvenes e inconscientes«, narrando parte del Tour 1987, y en especial las etapas del Ventoux, la que gana Bernard en una cronoescalada que le debió dejar seco para lo que quedaba de carrera, y el final de Villard de Lans, donde el enfurecido rubio armó trisca de la buena, cabreado y frustrado por su hundimiento en el monte pelado.

A aquella fiesta se unieron otros, Perico, Mottet, Roche ante la debacle de Jeff Bernard….

En aquel Tour me sentía asfixiado. Hasta que llegó la muy famosa cronoescalada al Mont Ventoux. Cima mítica. Escenario de todas las representaciones ciclistas. Teatro majestuoso. Frontera simbólica norte-sur. Santuario en memoria de Tom Simpson. Es allí donde Jean-François Bernard llevó a cabo su conocida hazaña, cayendo entre lágrimas en brazos de su gurú, Bernard Tapie, nada más cruzar la meta. El patrón: padre y dueño, contando sus dividendos y centrando en su persona las cámaras del prestigio. El corredor: falso hijo y verdadero esclavo, firmando allí, en el altar de sus sacrificios, el apogeo de una carrera que llevaba en sus genes su propia decadencia antes de hora…

En aquella subida invadida por una multitud histérica yo había decidido poner toda la carne en el asador, absolutamente toda. Estaba concentrado, motivado, tenía sed de victoria. Desgraciadamente no pasó absolutamente nada. Mi golpe de pedal era el de un cicloturista. El vacío, la nada. Todo se aflojó de golpe. Demasiada emoción, demasiados problemas. ¿Qué más puedo añadir, aparte de exhibirme al desnudo? Resultado: 64 de la etapa, a casi 10 minutos de Bernard. Estaba consternado por mi rendimiento.

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Mi hijo había nacido el día antes.

Estuve a punto de irme para casa.

Durante la subida, algunos espectadores que conocían la noticia me gritaban: “¡Venga, papá!”. Aquello era violento. No avanzaba, iba sufriendo, era el Ventoux.

Al entrar en el minibús de meta me hundí. “No lo conseguiré”. Lejos de las miradas, lloré durante mucho rato.

Aquella tarde me crucé con un periodista en el hotel y me preguntó: “¿Bernard es su sucesor?”. Le contesté: “Eso quiere decir que usted ya me ha enterrado, ¿no?”. Él: “Igual sí”. Yo: “Entonces tengo un motivo más para demostrarle que se equivoca”.

Estaba en un estado de rabia absoluta. Tenía la clara impresión de que aquello era el fin, que ya no estaba en mi sitio. Más adelante me di cuenta de que, decididamente, tenía necesidad de tocar fondo antes de levantar cabeza. Profundizar en la angustia antes de remontar.

Tras el Ventoux y sus episodios hirientes de ninguna manera podía abandonar. Quería demostrar a todo el mundo que todavía podía asombrar. Estudiamos el perfil de la etapa siguiente y decidimos saltarnos el avituallamiento. Volvíamos a entrar en acción. Aquel día Bernard lo perdió todo. Sus compañeros de equipo quisieron llevarlo hacia delante inmediatamente, pero él, nada alterado, dijo que no, afirmando: “Hay tiempo para empalmar”. Grave error. Por delante se había formado una gran coalición…

Tour Villard de Lans

En un ataque de orgullo yo me había vuelto a encontrar con unas piernas más o menos decentes. Mi cólera se cebó también con aquellos malditos pulsómetros: apagué el mío para no ver más la información. La cosa me fue más o menos bien. Al día siguiente, en el Alpe d’Huez, acabé sexto. Y al otro día gané en La Plagne una etapa prestigiosa. No obstante, recuerdo que no rodé a fondo. A ver, no me merecía quedar totalmente fuera de juego en aquel Tour. A pesar de haber corrido muy mermado conseguí en París la séptima plaza de la general, con un retraso de 18 minutos: más o menos lo que perdí en las contrarrelojes. Mi regularidad en montaña había sido significativa.

Dos o tres días después de la etapa de los Campos Elíseos, tirado en un sofá, me pregunté seriamente sobre mi capacidad para volver a ganar el Tour…

Imagen: FB Le Mont Ventoux

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Cuando Sarrapio prendió fuego al Tour en Poitiers

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Aquel día de Tour en Poitiers Sarrapio le quitó el bigote a Jaime Mir

Mir en otro Tour, Mir en el Tour de 1986. Su labor ahora era para el Teka, el equipo de su amigo Santiago Revuelta, otra de las personas de su vida, que cuyo nombre muchos años después sigue presente en cualquier sobremesa. En aquel Tour, el famoso de LeMond e Hinault, con este manteniendo la zozobra hasta el final sobre si sería fiel a la palabra dada, corría con Teka un asturiano de Arenas de Cabrales que destacó siempre por sus largas escapadas. Tras sufrir un accidente gravísimo en la Vuelta a Asturias en el 84 se rehizo y protagonizó, al año siguiente, una cabalgada en solitario de 200 kilómetros camino de San Remo, y a las pocas semanas ganó en solitario una etapa de la Vuelta a España en Sant Quirze del Vallès.

Era Ángel José Sarrapio y su nombre aún resuena en la Francia más chovinista como el español que engañó a un francés de la forma más sutil que se recuerda. “Hay días que se aparece la virgen”, le dijo el asturiano, el percherón, a Javier de Dalmases cuando cruzó primero la meta del entonces incipiente parque de Futuroscope, mientras era aseado por Mir. Sarrapio acababa de ganar la décima etapa del Tour, ante la incredulidad de todos.

La historia fue la típica de una jornada de transición. En el kilómetro 60 de etapa, el asturiano se unió a la rueda del francés del Fagor Jean-Claude Bagot para hacer camino hacia el nuevo parque temático en los aledaños de Poitiers. La ventaja rápido superó los cuatro minutos y en esos guarismos se movería casi hasta el final, aunque condicionada por la caída en el pelotón de un nombre importante como Robert Millar, que calmó los ánimos de la caza, sobre todo del Panasonic holandés.

La cosa iba bien, todo normal, hasta que el director del Teka, José Antonio González Linares, viendo que iban a llegar escapados, aconsejó a su corredor que fuera conservador en los relevos hasta prácticamente omitirlos. La jugada empezaba a ser redonda: Sarrapio racaneaba porque sabía que Bagot estaba cerca de ser líder y este, aunque se desgañitara, no sacaba más de su compañero.

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A 20 de meta Sarrapio, quien desde días antes venía arrastrando una bronquitis, empezó a hacer lo que se llama “teatro del bueno”, fingiendo fatiga extrema, sacando los pies de sus rastrales, realizando estiramientos y poniendo cara de ir extenuado. Aquello fue la gota que colmó el vaso de la confianza de los franceses, que dijeron a Bagot: a tope hasta meta.

Fue tan buena la escenificación de Sarrapio que en el coche de Fagor, imprudentes ellos, empezó a correr el champagne a tres kilómetros de pisar la recta final. Mientras, González Linares a lo suyo: “Ángel, los dos sois un plomo al sprint, haz que vas mal y tendremos una oportunidad”. Y Sarrapio volvía a poner cara de circunstancias mientras estiraba los muslos. Bagot se giraba, lo miraba, y siempre, casualmente, Sarrapio se tocaba la rodilla o resoplaba.  Bagot, mientras, echaba toda la carne en el asador, se arrimaba hacia los laterales de la carretera, que le diera el aire. Se abría hacia el otro lado, imploraba un relevo: el de Cabrales, con cara de circunstancias, que no entraba, no entraba. Luego otra vez a “meterle cuneta”.

Cuando la cámara de meta enfocó a los dos escapados en la larguísima recta que llevaba hasta las mismas puertas de Futuroscope, todos dieron por ganador a Bagot. El francés tensó primero, pero Sarrapio respondió. A menos de un kilómetro volvió a acelerar: Sarrapio ahí, presto.

La broma se acabó cuando Sarrapio, no contento con seguirle, le tomó la aspiración y le dio el último relevo a unos 200 metros de meta. “Coup de théâtre”, que gusta decir en Francia. El españolito se cargó las ilusiones del galo el día de la fiesta nacional. “¿Cómo infravaloró de esa manera Jean-Claude al español?, ¿cómo midió sus fuerzas teniendo en cuenta la llegada en alto?”, se preguntaban, si bien conviene aclarar que, aunque la etapa era tenida por llana e intrascendente, la meta picaba para arriba, como se suele decir.

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“¡Ángel, Ángel, has ganado, has ganado!”, chillaba Mir mientras no paraba de saltar. Sarrapio, vacío por el esfuerzo, deambulaba entre la gente en la meta expuesto a un ambiente muy poco amistoso. Mir se percató de que allí las miradas eran cuchillos y las manos podían salir a pasear con facilidad cuando se dirigió a Lévitan, el mismo que años antes le había echado efímeramente del Tour, diciéndole: “Felix, Felix, que hemos ganado, etapa para Teka, etapa para España”. “Merde d’Espagne!”, le clavó el responsable de la carrera.

Mir, helado, calló y tiró para el podio. El ambiente era muy tenso. “¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta del peligro de Sarrapio?”.  “Vámonos de aquí, que estos te matan”, le dijo, entre gritos de “gitano” y “ladrón”. Ahí estaba también, con piernas afiladas y polo tricolor, José Ramon de la Morena, con su micro de la Cadena Ser, intentando sonsacarle unas palabras al ganador.

El asturiano había engañado con todas las letras a Bagot, quien además se quedó con las ganas del liderato, que le quedó lejísimos a final de la etapa. Curiosamente Bagot era gran amigo de Maurice De Muer, el que fuera jefe de Mir en el Bic. Preguntado por Sarrapio en L’Équipe, Mir recordaba su gesta en la Vuelta del año anterior y tiró por la vía del coraje: “Es un luchador nato”. Se habían olvidado de la casta del asturiano.

De vuelta al hotel, salvadas las entrevistas y las ceremonias de podio, el equipo se sentó alrededor de la meta para cenar con ganas de gresca. Querían el bigote de Mir, y este no pudo negarse. Tras Viejo y Ocaña, le tocaba el turno a Sarrapio, pero este le dijo: “Tranquilo, Mir, porque no tengo intención de raparte el bigote”. Sí, el asturiano, “un trozo de pan” para muchos, le indultó.

Extracto del libro «Secundario de lujo» 

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Decir Ocieres Merlette es decir Luis Ocaña

Portada de Marca el día que Ocaña se puso líder en el Tour
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La gran historia de Luis Ocaña se escribe antes y después de Ocières Merlette

En la subida a Ocières Merlette de este Tour, el nombre que flotará en el ambiente será el de Luis Ocaña, el corredor que puso en la historia en este lugar.

Ahí va ese párrafo del libro «Secundario de lujo» en el que Luis Ocaña toma el mando de la narración de Jaime Mir en una secuencia tremenda: Ocières Merlette, Marsella y Col de Mente…

Sobre Luis Ocaña, Mir hace cálculos de lo que pudo ser su palmarés. Pudo ganar dos Vueltas, la de Agustín Tamames en 1975, más la que había ganado cinco años antes, y dos Tours, el que ganó y el que perdió aquellos días en que enloqueció por no perder nunca de vista a Eddy Merckx, aunque gozara de renta suficiente en la general. Sí, fue en 1971, días en los que se vivió tan peligrosamente que todo acabó en desastre. El Tour era de Ocaña, líder, sólido, siete minutos… todo a su favor. De Muer lo tenía atado como a un caballo adormecido, porque Luis no cabía en sí, henchido por el tremendo palo que había propinado a su rival del alma en la jornada de Orcières-Merlette.

Aquella fue una jornada largamente soñada. En las entrañas del Bic, recuerda Mir, De Muer y Gem especulaban sobre el estado real de Merckx, líder e intocable hasta el momento. Estaba ahí, delante, comandando, pero como acartonado, lento de reflejos. Varios síntomas delataban que no iba al 100%.

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Un año antes Goddet entraba un día en la redacción de L’Équipe para afirmar en un editorial que lo de Merckx “era una catástrofe, pues acababa de ganar el Tour tras vencer siete etapas más un prólogo y lanzar a Joop Zoetemelk más allá de los 12 minutos”. El dominio de Merckx molestaba y asustaba, a los organizadores, a los periodistas e incluso a los aficionados. Pero el año 71 las cosas no iban como de costumbre. Los cinco pinchazos que le apartaron de la París-Roubaix fueron premonitorios. No tomó la salida en el Giro, por primera vez en cinco años, y en su lugar corrió el Dauphiné, que logró ganar con grandes apuros ante Ocaña.

Con los años se supo que el belga corría esos días con cambios en los pedales para intentar paliar el hecho de que una pierna fuera un poco más corta que la otra. Esos cambios se percibieron desde el primer día del Tour. Sufría en las subidas por cortas que fueran, echaba de menos el barniz de lucidez que el Giro daba a sus piernas. Era el Merckx de siempre, porque iba de amarillo, pero con pies de barro, como si las musas le hubieran abandonado.

Con esas impresiones, a Ocaña le fueron midiendo en el seno del grupo. El conquense no cabía en sí. Mir le calmaba por las noches en el hotel: “tu día llegará”. La pareja de directores sabía que el belga estaba más cerca que nunca, pero había que ser muy precavido porque las cartas había que mostrarlas cuando correspondiera. Ocaña corría por sus opciones, para rentabilizar la brutal inversión de Bic y por las ilusiones de los muchos que, como Goddet, estaban hartos del dominio total de Merckx.

Y llegaron dos etapas: primero en el Puy de Dôme, como Bahamontes una década antes, y finalmente en Orcières, donde aquello reventó. Luis remató un día en que el Bic tiró a morir de salida, corroborando que Merckx no iba bien. Los corrillos de Luis con sus directores en la noche francesa tuvieron su porqué. Mir se explicó al fin tanto secretismo, tanto mimo en los planes.

A continuación, el desastre, que también se escribió en dos entregas. En la primera jornada tras la exhibición alpina, Luis se descolgó un momento del pelotón. Era la salida, no pasaba nada aparentemente relevante. Los micros le solicitaron una entrevista en directo por la radio. Como la prensa no podía entrar en el pelotón, lo hicieron por detrás del mismo. Alguien del equipo de Merckx vio que el líder andaba ocioso. Surgió el caos. Merckx y todos sus muchachos entraron al relevo y rompieron la carrera. La jornada acababa en Marsella, y por el camino llegaron a tener cinco minutos de ventaja. Al final, tras mucho pelear, el Bic y sus oportunísimos aliados, los maletines corrieron, redujeron a poco menos de dos minutos la ventaja del belga.

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La consecuencia, al margen del brutal castigo, fue el tremendo adelanto de la carrera en meta. No había literalmente nadie en la tribuna marsellesa; bueno, sí, Mir, que vio aquel tropel entrar en meta como si no hubiera un mañana con la grada vacía. La guerra sin cuartel de Merckx había descuadrado el horario en tres cuartos de hora. “No había nadie, nen. Ni el alcalde vio el final de etapa, las gradas desiertas”, refrenda Mir.
A los dos días, en la etapa Revel-Luchon, el universo ciclista se paró:

Desgraciadamente ahora ya es todo agua pasada y Ocaña no ganará el Tour 1971 como estaba más que previsto y merecía con todos los honores. La emisora del Tour a través de la voz entrecortada por la emoción de Félix Lévitan nos lo dijo con la brevedad de un disparo, pero nos dejó a todos paralizados por la emoción. No se podía decir más con menos palabras. Hoy estamos a poco más de 300 kilómetros de Barcelona y el corazón nos invita a regresar, porque si nuestro barco se hunde, resulta casi lógico que nos hundamos con él.

Eso, un disparo, Joan Plans no escribía aquella crónica del 14 de julio de 1971 para El Mundo Deportivo, no, Plans, el amigo del primer Tour de Jaime, sollozaba sobre las hojas del diario amargamente, recordando el momento en que Lévitan decía: “Chute d’Ocaña!” (¡caída de Ocaña!) por la radio de carrera.

Luis Ocaña en el suelo del Col de Mente

Aquella es una historia ampliamente glosada. En las horas previas, en el fortín del hotel, Mir percibió a los dos directores alrededor de Ocaña. Trataban de calmarlo, por querer tenerlo todo excesivamente controlado, especialmente De Muer, que pedía prudencia, porque Gem, más arrojado, entendía aquello como un tema de hombres y de honor. Un angelito a la derecha y un diablillo a la izquierda. Luis se dejó llevar por el segundo. Merckx, que lo conocía bien, lo tentó. “Sabía del carácter de Luis, vaya si lo sabía”, repite Mir. En el col de Mente, bajo el diluvio más universal, atacó tres veces. No eran ataques a la resistencia del líder, ni siquiera buscaban probar su fortaleza, fuera de toda duda. Eran aguijonazos a sus nervios, auténticos arpones al orgullo del líder.

Luis entró al trapo: “Merckx iba delante de mí. Vaciló, derrapó y yo también. Cuando caí sentí un impacto muy fuerte. Me sentía mal, muy mal. Pero tuve fuerzas para tratar de reincorporarme. De pronto sentí un tremendo golpe y un dolor muy fuerte en el pecho. Y ya no me acuerdo de más. Eso sí, algunas caras en torno mío, gritos y gente que corría”.

Merckx cayó y Ocaña, también. El primero estaba a siete minutos y necesitaba arriesgar, el otro tenía el Tour ganado con aguantar la compostura, pero también arriesgó. Merckx se levantó y prosiguió. Ocaña también, pero cuando se disponía a montar en su máquina llegó Zoetemelk y lo arrolló, al poco le golpeó Agostinho, y finalmente Guimard. Cuatro golpes. Luis ya no se levantaría.

Desde el segundo coche del Bic, Mir estiraba el cuello en medio de cortinas de agua y nervios, gente corriendo y griterío inhumano. Distinguió a Luis, allí, en los brazos del doctor. También a De Muer con las manos en la cabeza, a Christian Darras, jefe de publicidad en Bic, golpeando el coche. Aquello era dantesco. La imagen era estremecedora: Luis era un Cristo yacente de Semana Santa, moreno, fibrado, finísimo y lacerado de dolor. Adiós al Tour que tenía ganado. Adiós desde el helicóptero que se lo llevó del lugar. De Muer y Darras estaban espantados por los quejidos del maillot amarillo. Luis no paraba de jadear. Pensaron en lo peor.

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“Creyeron, literalmente, que se había partido la médula y llamaron rápidamente al helicóptero”, concluye Mir, con la imagen in mente de Roger Rivière, otro mito, inmóvil en una curva del Macizo Central once años antes. “Pero aquello no fue más que un escandaloso golpe en los riñones”, sostiene, que por suerte no pasó a mayores.

Anquetil, que no pertenecía al equipo, pero estaba siempre por ahí, lo tachó de “accidente estúpido y desagradable” por haber corrido Ocaña “unos riesgos innecesarios”. Aquella noche la cena fue un funeral. A Mir, de natural dicharachero, le habían arrancando el alma. Nadie levantó la vista del plato. “Nunca hablamos de ese día en el Tour. No es que fuera un tema tabú para él pero su carácter era cerrado. Había que sacarle las palabras” recuerda Mir.

El quinto fue el mejor Tour de Miguel Indurain

Miguel Indurain La Plagne JoanSeguidor

El quinto Tour de Miguel Indurain es la obra maestra, el ciclista total

Nos hacemos mayores y la celebración de ciertas efemérides nos los ponen de relieve: veinticinco años del quinto Tour de Miguel Indurain.

Recuerdo cuando empezábamos a escribir en este mal anillado cuaderno, cuando recordamos que habían pasado veinte años de la gesta de Val Louron, aquello era el primer Tour, y ahora recordamos el cuarto de siglo de la victoria, la quinta, de Miguel Indurain.

Pero «c´est la vie».

Ello no quita que miremos con nostalgia aquel loco verano del 95, diferente en todo ahora, por motivos obvios, pero por otros, como la mirada inocente y la credulidad en todo lo que se veía y se dejaba de ver.

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Ese ciclismo de los noventa que nos enamoró y vinculó a este deporte por los siglos de los siglos, tan sucio, visto ahora, con gestas inhumanas, corredores que vistos hoy parecen de dibujos animados, y en ese entorno, Miguel Indurain fue el rey.

Y no, no se trata de acusar nadie, se trata de describir la realidad tal cual era.

Sea como fuere si aquel periodo tuvo un momento culminante fue el quinto Tour de Miguel Indurain, una de las ediciones ganadas con mayor entereza y solidez por parte de un campeón.

Indurain aterrizó fresco y sin un Giro en las piernas en un prólogo que recuerdo tarde y lluvioso con la idea de un no va más que consiguió plasmar en la carretera con momentos memorables.

Era ese Tour al que Jalabert llegaba con hambre de todo, que Rominger abordaba con un Giro como bálsamo, que los Gewiss parecían imparables, un Tour de los de la vieja escuela, primera semana de nervios y tensión, con favoritos arruinando sus opciones en caídas y cortes que nunca perjudicaban a Miguel y un primer fin de semana, en Bélgica, que abría el juego entre los grandes.

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Hay unanimidad que la exhibición de Miguel Indurain en Lieja fue un antes y un después: atacar en medio del pelotón, a la vista de todos ls rivales, en una recta atascada de gente, eso no tuvo precio, dejarles atrás y mantener el hueco, fue sublime.

Una acción inesperada que completó con la crono del día siguiente, dos etapas y balance en uno.

La contrarreloj de Charleroi no está entre las mejores de Indurain, pero su cómputo con Lieja se le aproxima en los daños ocasionados en otras a los rivales.

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Si bien el destrozo estuvo en la que consideramos, con Luxemburgo, la mejor jornada de siempre de Miguel Indurain, en el Tour y fuera de él, y mira que tuvo unas cuantas.

El goteo de rivales quedándose en la base de La Plagne al albur de un ritmo que fue el mismo abajo, en medio y arriba nos deja una de las mejores exhibiciones que hemos visto nunca a alguien, ojipláticos como pocas veces nos ha supuesto este deporte.

Ahí, podríamos decir que se acabó el Tour, pero no.

Aquel Indurain era el más maduro, sólido y consciente de su poder de siempre, pero también objeto de ataques indiscriminados como la ONCE en Mende.

Salió airoso porque era el más fuerte, su equipo era un señor equipo y cuando éste no llegaba Echávarri se movió bien por los coches de otros directores.

El quinto Tour de Indurain es la obra maestra, el ciclista total, en un tiempo que hoy vemos oscuro, pero que iluminó nuestro amor eterno por el ciclismo. 

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¿Quién no querría ser Gianni Bugno?

Gianni Bugno JoanSeguidor

Cuando ir con Gianni Bugno molaba más que hacerlo con Indurain

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Siempre he pensado, al calor de aquella etapa de Val Louron, Tour 1991, qué habría sido de Gianni Bugno si hubiera salido a a rueda de Indurain en el descenso del Tourmalet o de Chiapucci en el tramo hacia el Aspin.

Pero Gianni no les tomó la rueda se quedó con Lemond, un gato panza arriba ese día, Motter, ni frío ni calor, Fignon eléctrico, entrando y salidno del grupo importante, y Leblanc, al límite.

Gianni Bugno nos privó en esos gloriosos instantes de lo que podía haber sido. 

 

Guillermo Ortiz no pasó por alto ese momento, no, lo grabó y lo pasaría en bucle en su cabeza.

Poco importa ahora esa decisión, porque bien podemos decir que si Indurain tuvo un rival magnético, ese fue Gianni Bugno, el tío cuya elegancia es el canon del humanismo sobre una bicicleta, como el David que Miguel Angel vio de aquel pedazo de piedra lo es la historia arte.

Es por ello que el libro que firma Guillermo y publica Contra Ediciones no cayó en nuestras manos como cualquier cosa, su lomo ancho, tapa dura y rugosa y el forro de la contra interior, un estampado de Gianni repetido mil veces cuando cogía el manillar por la parte plana, tirando de Miguel, en amarillo, aquella tarde de Alpe d´ Huez, hace casi treinta años.

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«Qué cabrón, recuerdo que pensé. Gianni tenía un punto de exnovia, pero exnovia con la que se acaba bien. Nada de separaciones traumáticas no relaciones imposibles. Nada de distancias kilométricas y cartas empalagosas, Buen rollo y punto. A Bugno, una vez le has querido y le has querido tal y como es, es imposible dejar de alquilarle de vez en cuando un rinconcito de tu corazón«

Así relata Guillermo en su libro, rememorando el instante en el que Bugno le rebañó a Abraham Olano unos segundos importantes en el sprint por la maglia rosa aquel día que el vasco estuvo tan cerca de ganar el Giro.

Así retrata Guillermo su adolescencia, algo plasmado en el sentimiento de «ir con el que nunca gana». 

Un homenaje, con la excusa de Bugno, de un cuarentón, como quien esto firma, de esos años de efervescencia en lo que todo nos parecía lo más.

Bugno es el hilo que lo cose todo, el amor, las ilusiones, los estudios, los campamentos de verano, Bugno como Rubicón de ese ciclismo de los noventa que tan presente estuvo en nuestras vidas.

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Un viaje despreocupado, sin cuestionarse el porqué de las cosas, de ciertas actuaciones algunos rendimientos y el estrato de algunas hazañas.

Todo iba bien, lo bien que el tiempo tardaría en contradecir.

Felicidades a Guillermo por llevarnos en historia ligera y amena a esos años que estos días tan extraños tanto echamos de menos, y vestirlo tan bien, con buena música y cine, y otras varietés de la época para lograr un todo que nos ha dejado un excelente sabor de boca.

En este agosto raro, de tardes interminables, con la espada de Damocles sobre la cabeza de todos nosotros, quizá mejor viajar a través de la prosa treinta años atrás y ver que eso que nos dicen tantas veces es cierto: «Que los malos son la antesala de los buenos momentos».

Poneros la tricolore italiana que Gianni inmortalizó y notar que ir con «el que nunca gana» también tiene glamour.

Imagen: Ride Shimano

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Lo que la ONCE aportó al ciclismo

ONCE ciclismo JoanSeguidor

En el haber de la ONCE en el ciclismo perduran grandes innovaciones

Decir ONCE ahora mismo en ciclismo no es bienvenido por muchos, una palabra prohibida de un tiempo prohibido del que nos acoramos muchos estos días huérfanos de Tour de Franca y de tardes de julio sin bicicletas.

Hace pocos días se cumplieron 25 años de una de las jornadas icónicas de la ONCE, cuando el equipo no vestía de amarillo, y sí de rosa en aquellos Tours en los que no se podía vestir como el líder.

Un poco como lo de no ir más guapa que la novia a la boda.

 

Un cuarto de siglo de trampa de Mende y la salida en tromba de Manolo Saiz y los suyos

Oír a Jalabert hablar de aquella jornada, del bus, del desarrollo, de todo eso… habla de la intensidad de un día que pasó a la memoria de toda una generación. 

Una generación que crecimos amando el ciclismo en la negra década de los noventa.

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Ahondar toda la grandeza que la ONCE alcanzó en el ciclismo en el charco de la trampa no es más que una visión parcial de la realidad.

Leemos esta pieza en un medio muy crítico con todo aquel ciclismo y nos damos cuenta que el legado de la ONCE en ciclismo merece también otras lecturas.

Sitúan la acción en aquella etapa del Tour de 1992 cuando el equipo echó el resto para que Laurent Jalabert pudiera ser el primer francés, desde Bernard Hinault, en vestir el maillot verde.

Venden aquella jornada como una actuación coral en la que el valor del equipo se impuso en beneficio de su líder.

Y eso también fue la ONCE, un bloque que era uno, rocoso y férreo, que no sólo intimidaba, también ejecutaba el plan establecido con una precisión suiza.

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Cosas así no son fruto de la casualidad ni la improvisación que otros han llevado a cabo, entrenando cronos por equipos solo cuando una grande prevé ponerla ese año, eso es método y plan, estrategia y ejecución, cosas que hace 25 años sonaban a cuentos chinos en muchos sitios.

Esa forma de hacer la impuso un chavalillo llamado Manolo Saiz en 1989, desconocido para todos, pero con ideas bajo el brazo que vinieron para quedarse. 

En la relación de innovadores en ciclismo no hubo tantos, señalan lo que ha hecho el Team Sky esta década, también el Garmin de Vaughters, antes pudieron contarse Guimard y el tinglado que montó con Fignon, los bloques de Peter Post y poco más.

La ONCE merece ese sitio en el ciclismo según un medio anglosajoón, garante de la limpieza y la moral, y eso es de destacar. 

Podremos sacarle mil peros, todo fue mejorable, pero cada uno vivió su tiempo y compitió con lo que hubo, pero que ver imágenes de Breukink en el Tour del 93 con ese mono, recordar esos cascos Giro, esas Look, es beber de una modernidad avanzada a su tiempo es una realidad, como que la armada amarilla fue una avanzada a su época.

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La desconocida historia de Enric Armengol

Enric Armengol JoanSeguidor

Fallecido muy joven Enric Armengol fue un prometedor y fugaz ciclista

Enric Armengol fue un joven ciclista muy prometedor que murió en un accidente en carrera a la edad de 21 años cuando todavía tenía toda su vida por delante.

A pesar de su juventud, Armengol ya se había consolidado como una de las grandes promesas del panorama ciclista español en los años 40, con victorias de prestigio como un triunfo de etapa a la Volta Ciclista a Catalunya o el Trofeo Masferrer.

Su sobrino, Endika Armengol Pérez, ha recogido en un libro documentación, artículos y fotografías sobre su trayectoria a modo de homenaje de un ciclista que tuvo una breve carrera pero intensa. Bajo el título de “Una estrella fugaz” (Editorial Hebras de Tinta) se puede redescubrir la figura de Armengol.

Su gran momento como ciclista llegó precisamente a la Volta Ciclista a Catalunya de 1945, en la etapa inaugural de la 25a edición, cuando obtuvo el triunfo de etapa al Circuito de Montjuic, protagonizando una escapada triunfadora con Bernardo Ruiz.

En aquella misma edición tuvo que abandonar por una caída.

Pocas semanas después, el 7 de octubre de 1945, Armengol sufrió el trágico accidente en una prueba social organizada por la UD Las Corts, donde perdió la vida días después a consecuencia de las heridas por el choque frontal con un vehículo.

La Volta Ciclista a Catalunya organiza anualmente -en los últimos años dentro de las carreras de la Fiesta Mayor de Sants- el Trofeo Enric Armengol, de la categoría de Júniors, en memoria del ciclista nacido en La Palma de Cervelló, y que este 2020 tenía que celebrar la 74ena edición (finalmente se tendrá que disputar al 2021 por la pandemia del Covid-19).

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No salen todos en la foto del bidón entre Bartali y Coppi

Tour de Francia - Bartali y Coppi JoanSeguidor

En la foto de Bartali, Coppi y el bidón resulta que tiene truco

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Se trata de una estampa inolvidable, impresa en la memoria de cualquier aficionado ciclista al margen de su edad. Fausto Coppi y Gino Bartali en las rampas del Galibier, tostados bajo un sol de justicia.

Una vida entera les separa.

Una rivalidad de tintes mitológicos, preñada de lecturas socio-culturales, metafísicas y literatas

Nada les une.

Nada excepto un bidón de agua.

Sus manos se entrelazan fugazmente durante el Tour de Francia de 1952, ya en el ocaso de Bartali, en el último año de verdadera gloria de Coppi, cuando la ronda francesa se corría por nacionalidades y Bartali, envejecido y ufano, afrontó con pesar su rol de gregario para Coppi, quien una vez fue su teórico ayudante.

Tan poderosa imagen fue publicada por primera vez en el número 28 de la revista Calcio e Ciclismo Illustrato.

La imagen mostraba a ambos ciclistas en solitario.

La sombra incierta de un rival a rueda de Bartali es irrelevante.

La fotografía representa la disputa entrena entre las dos Italias, la agraria y urbana, la septentrional y meridional, la racional y religiosa

Desde un primer momento, se convirtió en objeto de disputa…

¿Quién entregaba el bidón a quién?

¿Qué Italia acudía al rescate de la otra?

¿Qué clave sostenía aquella bóveda caótica e incomprensible de nación?

Bartali negó en todo momento recibir nada de Coppi.

«Se lo di yo», explicaría, el ego de los dos impedía asumir cualquier vulnerabilidad.

Creció el mito y la cuestión aún hoy irresuelta en torno al bidón.

Y nos olvidamos de todos los demás. Resulta que la fotografía original incluía a otro ciclista, menos agraciado y recordado que el dúo italiano: Stan Ockers, un belga competente que terminaría aquel Tour segundo.

Estaba allí. Junto a Coppi y Bartali. Al lado.

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Pero fue borrado de la imagen.

Lo sabemos hoy gracias a que un apasionado italiano, Carlo Delfino, la ha encontrado en el inmenso archivo de Marino Vigna, leyenda de la pista y ex-olímpico.

El negativo original mostraba a Ockers y a la sombras de otros ciclistas.

Bartali siempre explicó que había más rivales junto a ellos, probablemente Bernardo Ruiz, Antonio Gelabert y Raphaël Géminiani.

Todos nos habíamos olvidado de ellos.

Como cuenta Il Corriere, la «soledad» de Coppi y Bartali se había convertido en una leyenda indisociable de su rivalidad, del relato que Italia construyó en torno a aquella imagen.

Ockers representaba un incordio.

Y se moldeó la realidad para apuntalar una leyenda que pervivirá por siempre.

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Aquella fotografía no muestra nada de lo que siempre imaginamos, pero sí es un imborrable testimonio del carácter totémico del ciclismo.

Un deporte empeñado en construir leyendas, en inventar su propia tradición, en trascender mediante la lírica a los hechos sobre la carretera, tan mundanos.

Y por todo ello tan emocionante.

Por Andrés P. Mohorte@CdelVentoux 

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