Las alianzas nacionales en ciclismo siempre fueron una utopía

Fabio Parra JoanSeguidor

El ciclismo ni entiende ni entendió nunca de banderas

El otro día Miguel González recuperó en twitter una historia de la que nos acordamos bien, aquella que puso colofón a la Vuelta a España de 1989, cuando en la Sierra de Madrid, Fabio Parra puso contra las cuerdas a Perico, de líder a las puertas del final, e Ivan Ivanov salió en ayuda del segoviano.

Quizá un día sepamos más, de viva voz, sobre aquella historia y lo podamos traer a este mal anillado cuaderno, pero mientras nos quedamos con un par de detalles.

Uno el sobre que Perico le dio a su salvador ruso al día siguiente antes de la salida, lo que hubiera ahí lo saben ambos e imaginamos todos y otro con las palabras del propio Fabio Parra, lamentando que corriera para un equipo español, el Kelme, y no pudiera contar, en aquel entonces, toda la verdad sobre lo que sucedió tanto en aquella etapa, como en el Tour del año anterior.

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Sea como fuere de aquella jornada, se escribió mucho y se dijo más.

Es curioso que el equipo que ayudó a Perico en su primera Vuelta, el Kelme con Pepe Recio, casi le hizo perder la segunda.

En todo caso, aquella famosa etapa que finalizaba en la «achi-visitada» llegada de Destilerías Dyc, tuvo por delante otro episodio muy curioso, con la «alianza colombiana» contra Perico.

Mientras Omar Hernández, corredor del Kelme, iba escapado, Fabio Parra salió por detrás, al tiempo que surgió Luis Alberto Camargo, un Postobón que, como dice Javier de Dalmases en la crónica de la jornada: «Tiraba como un Kelme más«.

A Omar Hernández le pararon para colaborar con el propio Parra y Camargo en el empeño de dejar atrás al líder que tuvo en el ruso Ivanov la «rueda amiga».

Poco más de medio minuto salvó a Perico.

De aquella historia siempre se habló de la ayudita de Ivanov, pero poco de la pinza colombiana en lo que fue una de las pocas veces que vi a corredores de un mismo país ir a una.

En aquella ocasión Camargo se aseguró la etapa, pero su empeño iba más allá ¿quería que la Vuelta fuera a Colombia?

Recuerdo a los pocos años, en el Giro, con Miguel Indurain rodeado de italianos que se habló de una alianza de los anfitriones contra el navarro y su liderato.

Recuerdo tambien que Indurain, en un ejercicio de «realpolitik» ni consideró esa opción, por que al final sus perseguidores son rivales entre ellos y no se deben a la bandera y sí al mecenas que pone el nombre en el pecho.

Muchos años antes, los franceses habían sido un desastre en su trabajo conjunto para destronar a Bahamontes en el Tour que acabaría ganando.

La configuración del ciclismo hace de esas alianzas algo tan utópico que sólo citarlas produce sonrisa.

Como quienes echaron en cara a David de la Cruz que no ayudara a Contador a ganar una París-Niza en su escapada contra Sergio Henao.

De la Cruz iba a por lo que iba, la etapa en el Boulevard des Anglais para su equipo, no para España.

Le valió una buena bronca en redes, bronca que seguro se echó a la espalda una vez bajó del podio con el ramo de flores.

Hasta en los mundiales se conocen sonadas broncas entre miembros de selección que durante el año se deben a equipos diferentes.

Y es que hablar de pinzas nacionales en el ciclismo no tiene sentido, más en este ciclismo especialmente sostenido por un frágil sistema de patrocinios donde cualquier retorno es un clavo ardiendo.

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¿Quién no ha usado nunca la mítica chichonera?

La chichonera es el símbolo de un tiempo que nunca volverá

Veo últimamente muchos tweets con una chichonera en ristre…

Incluso las chichoneras han levantado algún debate…

En fin, quienes tenemos una edad las recordamos con fascinación, sobre todo aquellos días que se competía en Bélgica, con aquella vez camino de Lieja, Tour de 1995.

Os refrescamos esta pieza de nuestro amigo Jordi Escrihuela sobre chichoneras.

En el mundo en el que vivimos todo pasa muy deprisa.

Las noticias, los hechos, las informaciones, se suceden una tras otra sin cesar, sin darnos demasiado tiempo a frenar, reflexionar y pensar, porque detrás de una info llega la siguiente y así, es un no parar.

Por eso es necesario visitar a veces lugares que nos permitan comprender nuestra evolución en el universo que nos rodea.

En nuestro caso, en el del ciclismo, y en concreto en el de la bici, este hecho no escapa a esta realidad y por eso los museos están desarrollando un papel fundamental a la hora de mostrarnos no sólo la historia de «la pequeña reina», sino también de todos los complementos y materiales que tuvieron relación con ella.

Son lugares donde el tiempo se para y donde podemos informarnos, aprender y sobre todo observar la evolución técnica de, además de estas máquinas, accesorios que se han vuelto imprescindibles -y obligatorios- para una práctica segura de nuestro deporte favorito.

En este último caso, en efecto, estamos hablando del casco ciclista, pero es que antes de que evolucionara de manera increíble hasta lo que se ha convertido hoy en día, en un elemento esencial que ofrece la máxima protección con toda la ligereza y ventilación que necesitamos, como cualquier historia, tuvo un antepasado: la chichonera.

Ese día que Miguel Indurain llevaba una chichonera…

El otro día, en la imagen destacada que ilustraba un post publicado en este mal anillado cuaderno, que recordaba la épica etapa de Lieja del Tour del 95, en la que Miguel Induráin llevaba puesta una chichonera, mientras Bruyneel se hacía un tras moto a su rueda, muchos se sorprendieron de ver al campeón navarro mostrando un retrato poco habitual en él, tan acostumbrados que estábamos a verlo con las equipaciones más innovadoras de todo el pelotón.

Bruyneel Indurain JoanSeguidor

Verlo con aquel feo casco que, por cierto, tuvo que llevar inevitablemente porque entonces en Bélgica ya era obligatorio competir con protección en la cabeza, nos trasladó, con aquella fotografía, a un ciclismo de otra época que hablaba de heroicidades, épica y aventura, como la que él mismo protagonizó aquella memorable jornada.

Quizás fuisteis los más jóvenes los más extrañados al ver aquella pieza tan arcaica en la cabeza de Miguel, pero para los que ya tenemos una edad, ay, no nos lo era para nada raro.

Lo que Induráin llevó aquel día, para superar aquella etapa, fue una reproducción fiel del casco clásico de tres bandas, que habían usado los ciclistas durante las competiciones de los años 60 y 70. En aquella época, el uso del casco aún no era obligatorio y todavía no era objeto de estudio científico sobre aerodinámica.

La seguridad del ciclista se había confiado a esas tres simples bandas de cuero que ofrecían escasa protección, por no decir mínima.

Ésto el que llevaba chichonera, porque la mayoría salían “a pelo”. Cuando se empezaron a promocionar las primeras chichoneras modernas, las marcas llamaban la atención de los ciclistas con frases del estilo:

Si usted siente aprecio por su cráneo, póngase chichonera, porque más de la mitad de las lesiones graves y de los impactos por accidente de bicicleta provienen de golpes en la cabeza. Una buena chichonera reduce espectacularmente el riesgo de lesiones en la cabeza al amortiguar los impactos por caída”.

¿Estamos de acuerdo?

La verdad es que luego, con la práctica, se demostró que en caso de caída no servían para nada… o casi.

Este llamativo anuncio venía acompañado con la imagen de uno de estos “trastos”: un modelo llamado Casco Banana (no hace falta dar muchas explicaciones del porqué de este nombre) de la marca Brancale, hecho de tiras de espuma que visiblemente daba la sensación de ofrecer muy poca protección.

Eso sí, ligero sí parecía.

Todos los portabicicletas de Cruz

Chichonera Gianni Bugno JoanSeguidor
Castelli

En resumidas cuentas, había nacido la chichonera como protector para la cabeza y es lo que se usaba antiguamente antes de inventarse el casco tal y como lo conocemos hoy en día, aunque algunos corredores, de manera residual o simbólica, la siguen usando.

Quizás lo que muchos no sepan es que esta protección mínima de cuero, con forma de redecilla, tuvo su origen siguiendo un modelo que se había comercializado en Catalunya nada menos que ya a a finales del siglo XIX.

Aquel “invento” consistía en una gorra de paja diseñada para niños que, al dar sus primeros pasos, no se golpearan en la cabeza si caían al suelo.

Alguien pensó entonces que si era bueno para los niños también lo habría de ser para el ciclista, y así empezó todo, ya que la finalidad era la misma y se trataba de protegernos contra impactos en la cabeza.

Yo también tuve mi particular experiencia con la chichonera, por supuesto, y a finales de los años 80 me hice con una que usé muy poco tiempo, porque cada vez que la miraba sentía un cierto escepticismo y dudaba de su seguridad:

¿qué podía hacer aquello en caso de caída, con aquellas ligeras tiras negras del grosor de un dedo índice unidas entre sí y que se ajustaban a mi cabeza con un complejo cierre?

Afortunadamente, en el año 1975, unos pioneros como la marca Bell diseñaron el primer casco exclusivo para bicicleta: el Bell Biker, con una cubierta dura de poliestireno.

Aunque a algunos no les gustaba porque con él puesto decían que era lo más parecido a la “hormiga atómica”, la verdad es que se estuvieron viendo muchos cascos de este tipo durante muchos años, compaginándose con las chichoneras, hasta que poco a poco fueron quedando arrinconadas y obsoletas en los fondos de armarios de los ciclistas.

Unió Ciclista Vilanova JoanSeguidor

Sin embargo, gracias en gran parte a la moda retro, al retorno de la estética vintage en el ciclismo y que tanto nos gusta a los nostálgicos, y a la organización de eventos de ciclismo clásico como La Eroica o La Pedals de Clip, las chichoneras se han vuelto a sacar del cajón, las hemos desempolvado y se han convertido, como otro tipo de elementos retro, en auténticos artículos de culto que nos transportan a la época romántica del ciclismo, de sensaciones, de competiciones heroicas y que completan la vestimenta perfecta del aficionado a estas marchas clásicas.

Y vosotros, ¿también tuvisteis chichonera?

El quinto fue el mejor Tour de Indurain

Miguel Indurain La Plagne JoanSeguidor

El dominio de Indurain en el quinto Tour fue sublime

En nuestro frecuente viaje al pasado, queríamos acordarnos, ahora que ha transcurrido más de un cuarto de siglo, del que consideramos el mejor triunfo de Miguel Indurain en el Tour.

Y lo situamos en el último, el quinto, para nosotros sin lugar a dudas una obra de arte de abajo arriba, el ejercicio de control y dominio sublimado por quinta vez, el más difícil todavía, pues no sólo seguía siendo mantenerse, también implicaba mejorar las cuatro ediciones anteriores.

En 1995 Miguel Indurain se plantaba en el Tour con el dorsal uno, sin el Giro en las piernas y la certeza de que entre Francia y el mundial en Colombia iba a estar el cogollo de la campaña.

Y así fue.

En todos los campos que toquemos el quinto fue el mejor Tour de Miguel Indurain

Quizá sólo falló una cosa a la que nos acostumbró, la tarde de escabechina contra el reloj que sí que nos ofreció en Luxemburgo, Lac de Madine y Bergerac, la mejor de estas tres la dejamos a gusto del consumidor, para nosotros algo como lo de Luxemburgo fue único e irrepetible.

De hecho Indurain no ganó por aplastamiento la primera crono larga, en las Ardenas, nada menos que saliendo de Huy en un ejercicio que pareció de contención, pues mantuvo y mantuvo, en especial a Bjarne Riis, hasta ganarle por la mínima al final.

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Pero era suficiente, más que suficiente.

Aquella crono formaba parte de un díptico belga celebrado en fin de semana que se había abierto un día antes con la jornada de Lieja, aquella famosa que se escapó con Johan Bruyneel, donde emergieron dos cosas.

Por un lado el patriotismo sin fundamento de aquellos que pensaron que el belga debió dejar ganar a Indurain por que éste hizo todo el gato y además se debía a un equipo español.

Por el otro la rivalidad con el equipo ONCE, un auténtico martillo sobre la resistencia de Indurain y su Banesto.

En La Plagne, primer día de Alpes, Alex Zulle lo puso todo al límite hasta desencadenar la reacción furibunda de Indurain en el que consideramos su mejor día sobre la bicicleta, aquella subida al coloso alpino.

Luego, unos días después en Mende, ya sabemos a dónde llevó las cosas Jalabert, acompañado por Mauri y Stephens, una barbaridad de jornada que puso al límite a Banesto.

Se sorteó el que quizá fue el órdago más grande que Miguel Indurain haya tenido jamás que lidiar en el Tour, y lo hizo para añadir más brillo, si cabe, a su quinto triunfo en Francia.

El dominio y presencia de Indurain en ese quinto Tour hizo que una carrera que era un avispero -allí convivían Jalabert, Pantani, Rominger, Riis y Zulle, entre otros- nunca pareciera fuera de control.

Y es que, más que nunca, pareció hacer fácil lo más difícil, encadenar Tours como quien aprendía a sumar.

Cosas que creo nunca volveremos a ver.

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Miguel Indurain hizo fortuna en el Giro

Para Indurain el Giro fue una plaza casi perfecta

El Giro de Italia, tres Giros corridos por Miguel Indurain: dos los saldó con victoria y el otro con una tercera plaza.

Eso en tiempos de dobletes, Giro + Tour, logros que en los últimos treinta años hemos visto sólo tres veces, a las dos que lo consiguió Indurain, añadidle el de Pantani.

En este tiempo varios corredores han atacado el doblete, en especial en años recientes, hace tres Chris Froome, ganador de Giro, pero tercero en Francia.

Nairo y Contador también anunciaron su «grand slam», pero no tuvieron suficiente.

Ahí queda el tamaño de la gesta que Miguel Indurain con ese doblete Giro-Tour en dos años consecutivos.

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Sólo con esa estadística tan apabullante, uno toma conciencia de la naturalidad con la que ganaba el mejor ciclista español de la historia.

Una naturalidad, sea dicho, no exenta de sufrimiento y obstáculos.

Indurain tuvo su estreno en el Giro en 1992, llegaba como ganador del Tour y un saco de incógnitas sobre sus opciones.

Preparar su segundo asalto a la Grande Boucle era su único objetivo en Italia pero, ganó: “Llegué con la incertidumbre propia de quien llega a una carrera que no conoce. Todos me comentaban que era una carrera muy a la italiana, donde los italianos atacaban mucho. Mi idea era preparar el Tour, aunque si la carrera se ponía tiro no se podía desaprovechar. Una vez salvamos la primera parte nos dimos cuenta de que podríamos luchar por la victoria”.

Se presentó y ganó.

Se vistió de rosa en Arezzo y reforzó su liderato un día después en la crono de Sansepolcro.

Reconoce que “no fue una victoria fácil por que en definitiva no dejas de ser un rival para todos los italianos”, pese a ello reconoce haberse sentido “muy bien acogido por el público. En alguna ocasión se oía hablar de alianzas entre corredores italianos –sobretodo en su segundo Giro- pero al final cada uno fue a lo suyo”.

Recuerda haberse sentido muy impresionado por los Dolomitas: “Son realmente impactantes por la cantidad de roca que se ve en las montañas y el gran ambiente que rodea la carrera. Son puertos que no tienen nada que envidiar a los del Tour”.

Un puerto, por encima del resto, es el más duro a su entender: el Mortirolo

Pero no es el único: “El Stelvio no tiene tanto desnivel pero su longitud lo hace muy duro. La característica de las etapas de montaña del Giro es que los puertos se suceden casi sin descanso”.

Mortirolo y Stelvio son dos cimas que entraron en aquella fantástica jornada de ciclismo que fue la 15ª etapa del Giro de 1994 entre Merano y Aprica

Un día extraordinario que hizo vivir a Miguel todos los estados del ciclismo, de la euforia del Mortirolo al calvario del Valico di Santa Cristina.

Sobre aquel día ha sido peguntado mucho: “Fui muy bien, pero se me olvidó hidratarme y lo pagué caro”.

Indurain pasó de acariciar el rosa que vestía Berzin a despedirse de él en espacio de media hora, fruto de una tremenda pájara.

Sobre lo que rodea a la carrera está totalmente de acuerdo con que nos contó Marino Lejarreta hace unos días: “Para Italia el Giro es una fiesta. En mi época veíamos pueblos enteros que dejaban de trabajar por ver la carrera. No obstante la gente no sólo vive el Giro, sino todo el calendario en general. Sea en el norte o sur, siempre hay mucho seguimiento”.

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Estos fueron los rivales más íntimos de Miguel Indurain

Indurain Val Louron JoanSeguidor

Entre los rivales de Indurain se cuentan tres generaciones

Cinco Tours y dos Giros, a ello sumado un buen número de éxitos, no fueron pocos los rivales con los que Miguel Indurain se cruzó por el camino, un recorrido de casi una década.

Entre ellos hubo todo tipo de corredores.

Los más obvios fueron los de la generación del 64, con Breukink, Bugno y Alcalá junto al mismo Miguel.

Chiapucci era un año mayor, Ugrumov y Rominger, tres, junto a los mayores de entonces que iban desde Fignon a Lemond, pasando por Roche y el propio Perico, añadiéndose con el tiempo ciclistas como Olano, Berzin, Ullrich, Pantani…

En definitiva una amalgama de corredores, ahí no están todos, entre los que surgieron momentos épicos que  hoy miramos con ojos nostálgicos.

¿Cómo no mirar así La Plagne, Sestriere, Marmolada… esos años?

Fueron tiempos de heroísmo, incluso también de controversia, muchos de esos ciclistas ya sabemos cómo acabaron, aunque algunos quieran mirar para otro lado, pero fue en el cogollo de todo eso, donde cimentamos el amor que le tenemos a este deporte.

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Los sucios noventa nos engancharon al ciclismo.  

Así las cosas Miguel Indurain irrumpió en el ciclismo que mamó de las ubres, directamente además, de Bernard Hinault.

En un grado inferior Stephen Roche -quien dijo que Indurain no era un auténtico campeón- coincidió en alguna contienda con el gigante navarro, aunque serían Greg Lemond y Laurent Fignon quienes le sufrirían en sus carnes.

Hete aquí la famosa crono de Luxemburgo y el doblaje, triple, firmado por el navarro.

Una hazaña, no se puede describir de otra manera, que Laurent Fignon tildó como increíble, cuando saliendo seis minutos más tarde, Indurain dio cuenta de él en el tramo final.

Indurain había sido espectador directo del duelo de Fignon con Lemond, Tour de 1989, una visión privilegiada de la mejor edición de los tiempos modernos .

Esa leyenda, ese dominio americano, cayó por la borda con la irrupción de Indurain, un par de años después.

El americano, en ese momento, en ese lugar, justo en la coronilla del Tourmalet, le daría en mano la corona de la mejor carrera del mundo.

Despegaba entonces la leyenda de Indurain a lomos del caballo más desbocado que le tocó domar, Claudio Chiapucci

Juntos construyeron un monumento a la historia del ciclismo en las laderas de Val Louron, aquella tarde julio.

En esa cabalgada pudo estar Gianni Bugno, pero no salió con Claudio en el llano posterior al Tourmalet y se perdió la fiesta.

Si un día nos pedís quiénes fueron los rivales más genuinos, directos y cercanos Miguel Indurain hablaríamos de Claudio y Gianni.

Rivales íntimos de Miguel Indurain, querríamos decir, aquellos en los que pensamos primero cuando relatamos la concurrencia del momento.

Como Tony Rominger, quien ganó mucho esos años, pero que con Indurain tendría un solo duelo genuino, ocurrió Tour del 93, aquellas tardes de Isola 2000, Saint Lary, pero sobre todo Serre Chévalier y el previo Galibier.

Indurain Rominger JoanSeguidor

No coincidieron mucho suizo y español, pero su rivalidad se llevaba en la distancia en tiempo y lugar: el récord de la hora que Rominger batió dos veces, nada menos, partiendo del que había establecido Indurain.

Ellos son los primeros en quien pensamos cuando hablamos de los rivales de Miguel Indurain.

Pero no perdamos el hilo, por que en esos años dos ciclistas aparecieron desde el GB-MG: primero Franco Chioccioli, efímero en la película, pero intenso con aquella cabalgada de Imola como gran momento, Giro del 92, y Zenon Jaskula, el frío polaco que popularizó el término «goma» mejor que nadie para ganarse un hueco en el podio del Tour del año siguiente.

Relativamente breves fueron también Moreno Argentin y su troupe formada especialmente Eugeni Berzin y Piotr Urgumov.

Ugrumov anduvo como un tiro en el Giro del 93, aquella etapa de Oropa, y luego en el Tour del año siguiente, trepando y trepando hasta ser segundo, aunque sin amenazar de forma directa el liderazgo de Indurain.

Argentin fue maestro de ceremonias confabulando contra Miguel en sendos Giros

En el primero Ugrumov se quedó en el camino, en el siguiente dio en la diana con Berzin, infringiendo la derrota más dura de todo el «ciclo» Indurain.

Pero Berzin llegó, ganó y se fue, así, con la misma naturalidad que entró, salió de escena.

Duró más Marco Pantani, el ciclista que tronaba hacia arriba que co-protagonizó la etapa más demencial jamás vista, aquella de Aprica, Giro del 94, junto a Sestriere el día que las palomitas no daban de sí ante la televisión.

Pantani fue una constante ante Miguel en sus últimos dos años en lo más alto y acompañó al mentado y a Olano en el podio del mundial de Colombia.

Aquí también hay que citar a los ONCE…

Alex Zulle estuvo siempre ahí, pero nunca tan cerca como en el último Tour: mientras el suizo volaba en La Plagne, Indurain destrozaba, uno a uno, el grupo trasero.

Zulle tenía potencial para estar con Indurain en muchos momentos, pero siempre le fallaba algo.

A veces una mentalidad que sí tenía Laurent Jalabert, posiblemente el más coral de los rivales de Indurain.

El francés se cruzó con él muchas veces y no sólo en el Tour, aunque aquí la jornada de Mende siempre será esencial.

El epílogo de esta historia de grandes nombres se escribe con el de un percherón y alto danés que interrumpió el ciclo de seis Tours.

Bjarne Riis -con Jan Ullrich- fue posiblemente el último de los rivales de Miguel Indurain y en su recuerdo se entremezcla la amargura de la derrota con todo lo que le vino después.

Pero fue otra historia, la que centró ésta habla de los rivales de Miguel Indurain, cuyo sólo relato y ubicación temporal nos da la medida de lo grande que fue ese periodo.

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Victorias que querríamos haber visto

En la historia grandes ciclistas lo dejaron con alguna asignaturas pendiente

¿Qué gran ciclista se perdió por el camino de la victoria que hubiera puesto la guinda al pastel, a su pastel?

Pues hay unos cuantos, y es que en la historia, siempre nos quedaron asignaturas, emocionalmente, pendientes de parte de los corredores que nos hicieron amar este deporte.

Algo así como si Alejandro Valverde se hubiera retirado con el palmarés que le sitúa como el séptimo mejor ciclista de la historia, pero si el arcoíris de Innsbruck iluminando el camino

Y ya que empezamos con el murciano, y con la vista puesta a Tokio, siempre extrañaremos que en su interminable lista de éxitos no suene la música olímpica, una prueba a la que Valverde ha acudido puntual desde Atenas 2004, pero que nunca ha conseguido domar y eso que en alguna ocasión, 2008 especialmente, llegaba en un estado de forma brutal.

Valverde no se ha colgado, por el momento, aunque creemos que para Tokio lo tiene complicado, el oro olímpico, como Purito Rodríguez no lo hizo con el mundial.

El de Parets lo tuvo a tocar en el famoso entuerto de Florencia, pero aquello, lo recordamos todo, acabó en un baño de lágrimas, y no de alegría.

Para Purito quedaron otras piedras en el zapato, la de una gran vuelta, y en especial en el año 2012, cuando Hesjedal ganó un Giro para el que no contaba, ni volvería a contar, y Contador una Vuelta que remontó in extremis camino de Fuente Dé.

De aquellas experiencias, algunas más amargas que otras, se extienden a otros dos grandes nombres con un palmarés excelso pero pequeños agujeros negros: ni Laurent Jalabert ni Sean Kelly consiguieron ser campeones del mundo.

El primero cayó ante el imperial sprint de Bugno en Benidorm y en San Sebastián vio como Brochard se llevaba una prenda que llevaba bordado su nombre, aquello valió un buen cabreo de Manolo Saiz con Melcior Mauri, cuando éste se debía a España y no a Francia.

Laurent Jalabert 1995 JoanSeguidor

El irlandés tuvo un grano en Greg Lemond, en especial en el mundial de 1989 cuando le batió al sprint bajo la lluvia, por medio estuvo el elegante soviético Konyshev.

Sean Kelly fue el eterno aspirante al mundial, pero nunca se le dio, años antes fue tercero por primera vez, le superaron Saronni y un tal Lemond.

En 1987 contribuyó al éxito de Stephen Roche, ganador de Giro y Tour esa campaña.

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Si seguimos hurgando en la historia y el sentimiento, habremos pensado qué habría sido de Miguel Indurain de haberse colgado también un oro mundialista en la ruta.

El mejor ciclista que jamás hemos visto lo tuvo a tocar dos veces, y otra que Bugno le demostró que su sprint era tremendo tras 260 kilómetros, pero el navarro no vistió el arcoíris más que en alguna crono por el título que se había llevado en Colombia, días antes del increíble desenlace con Abraham Olano.

Mundial Colombia JoansEGUIDOR

Indurain tampoco pudo domar la Vuelta a España y eso que figuró, no sé si aún sigue haciéndolo, como el líder más joven de la historia de la carrera.

En 1990 fue como líder de Banesto, pero Perico acabó tomando el mando, y al siguiente año Melcior Mauri estuvo intratable.

Siguiendo con grandes vueltas, pensamos firmemente que Nairo Quintana podría haber sido el primer colombiano en haber ganado el Tour de Francia, sobre todo aquella edición de 2015, en la que Froome pegó primero pero acabó pidiendo la hora.

En todo caso, grandes ciclistas siguen pensando en lo que pudo ser y nosotros lo lamentamos

Milán-San Remo Kwiatkowski Sagan JoanSeguidor

Por ejemplo que Peter Sagan no haya ganando nunca la Milán-San Remo cuando la ha tenido en la mano en varias ocasiones, si no era Alaphilippe, era Kwiatkowski, hasta Ciolek le quitó una que parecía cincelada a su nombre.

Hubo un tiempo que Geraint Thomas disputó a pulmón abierto las grandes del adoquín sin resultados que avalaran una apuesta que Brad Wiggins centró en Roubaix un año.

Al menos nos cabe el consuelo que Van Avermaet ganó una vez Roubaix, tras ser campeón olímpico, y disimuló su desencanto eterno con Flandes, la carrera de casa que se resiste a entrar en su palmarés.

Aunque si de grandes decepciones hablamos, pocas como la de Tom Boonen cuando perdió en la misma línea del velódromo la posibilidad de ser único en Roubaix… y es que ese momento en el que Hayman le privó a él y a la historia de algo tan singular, la decepción que nos recorrió el cuerpo describe la sensación de vacío que emerge cuando aprecias ciclistas como los mentados y no logran resarcirse de su pequeña gran obsesión y los años pasan y caen a plomo hasta que lo dan por imposible.

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Ciclismo: ¿Qué es la clase?

Gianni Bugno JoanSeguidor

En ciclismo la palabra clase implica muchas cosas al mismo tiempo

Desde tiempos inmemoriales, donde alcanza mi memoria en ciclismo, la palabra «clase» ha sido recurrente, una especie de «día de la marmota» en el terreno de las explicaciones que ha servido para argumentar actuaciones que perduran en la memoria.

Clase, tener clase en ciclismo no es sencillo, se necesita la alineación de los astros, un tío con clase que no tenga fortuna no gozará de gran recorrido, un tío con clase que no le acompañe la fuerza no llegará lejos, pero un tío con clase que lo tenga todo en la mano, posiblemente acabe haciendo historia.

¿Qué es la clase?

Cuando surge esta palabra, lo asociamos, yo creo que automáticamente, con un ciclista, Gianni Bugno, la perfección sobre la máquina, la elegancia en la victoria y derrota, mover vatios como quien sume un azucarillo en el café, con naturalidad y perfección.

Gianni Bugno no fue el mejor de su generación, su palmarés es de gourmet, pero su clase es eternidad. 

Lució uno de los maillots más bonitos que recordamos, aquel del Tour de 1991, el de campeón italiano, con el que claudicó por primera vez ante Miguel Indurain, exhibiendo el mismo porte atacando en el Poggio para ganar en San Remo que descolgándose en Sestriere de Vona e Indurain.

El esfuerzo no pasaba por su rostro, ni por su postura sobre la flaca, era fino, elegante, como el cuchillo incandescente en la mantequilla, una saeta a nuestro enamoradizo corazón.

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Hasta le escribieron un libro, el del eterno perdedor que deja surco.

Si entendemos clase como la elegancia equidistante del rendimiento, sin que uno perjudique al otro, más bien se retroalimenta en un cóctel letal para los rivales y placentero para el espectador, son unos cuantos lo que también habríamos de mencionar.

Si hablamos de rostro neutro, que no expresa no expresa ni alegría ni sufrimiento, aunque con rendimiento sublime se nos ocurren dos, por un lado Laurent Jalabert, fino y sutil, por el otro Nairo Quintana, acompasado sobre la flaca, pero fatal para los rivales.

El estilo de ambos conecta con el de un francés que subía como los ángeles, David Montcoutié.

Luego están dos eternos alemanes, cada uno en su estilo.

Jan Ullrich, desplegando fuerza, cadencia y postura casi pornográfica sobre la máquina.

Andreas Kloden, cincelando el ciclista perfecto, acoplado, siendo uno con la bicicleta, armando la estampa que seguro Miguel Ángel sacaría de un pedrusco de mármol si su David fuera un ciclista.

Clase y ciclismo, ambos tienen terreno abonado en la crono, el esfuerzo individual, sin distorsiones, donde la imagen es el espejo del alma.

Y ahí hay una línea cronológica, que arranca de uno que vimos, Jacques Anquetil, no lo vimos en directo, sí en diferido, el ejercicio contra el reloj sublimando la profesión, como la perfección de Miguel Indurain, incluso cuando subía, llegando a los más recientes: Wiggins-Dumoulin-Ganna.

Vaya tres en tiempos nada propicios para la lucha contra el reloj.

La clase no está reñida con la violencia y el ataque furibundo

La clase puede ser un ataque luciendo chepa, mentón coqueteando con el manillar y mirada asesina, como si el cuerpo fuera elástico, como un tirachinas antes de lanzar la piedra.

La chepa de Fausto Coppi, perfectamente peinado, que recreó Luis Ocaña y que en tiempos modernos nos puso Tom Boonen en los adoquines de Roubaix.

Es una «clase clásica», podríamos decir.

Aunque para ver magia sobre los adoquines os sugiero apreciar cómo rueda Filippo Pozzato, quien no ganó Flandes, ni Roubaix, pero qué manera de rodar.

Por que la clase procuró agradables recuerdos, pero no siempre atronadoras victorias, por eso siempre nos quedaremos con Mikel Landa, agarrado de abajo, rompiendo techos de cristal.

Eso también es clase.

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Los nueve mejores ciclistas que más he disfrutado

Una lista totalmente subjetiva sobre mi nueve ciclista ideal

Como toda lista que aterriza en este mal anillado cuaderno, sin más intención que ponernos a recordar buenos momentos y mejores victorias, quería compartir mi manuscrito de nueve ciclistas que he tenido ocasión de ver en directo, haciendo de las suyas y escribiendo en letra bien marcada la historia del deporte más bello del mundo.

Esta vez vamos por orden y el primero, cosa que no he visto igual en la vida, os sugiero el nombre de Miguel Indurain, el corredor más poderoso que hemos tenido la suerte de apreciar sobre la máquina, ejerciendo un dominio, casi sin titubeos durante cinco años seguidos en el Tour, algo que no creo que se haya visto antes, salvo que los viejos del lugar me contradigan.

Por que la historia está llena de grandes mitos, apellidos perennes y gestas que no responden a una generación, interpelan a la masa en general, pero el control y dominio que Miguel ejerció sobre el Tour y un par de Giros, con la laguna de la edición que le ganó Berzin, es complicado replicarlo, por no decir que imposible.

Coetáneo a Miguel Indurain, Laurent Jalabert nos resultó el ciclista total, un heredero digno de los campeones de antaño que todo lo querían, todo lo disputaban, ciclista diez meses del año y por que en los otros dos no había calendario.

Jalabert domó todas las artes, fue un velocista de un inicio, acabó ganando en grandes cimas y hasta llegó a coronarse campeón del mundo contrarreloj.

Jalabert Mende JoanSeguidor

Fue una gozada disfrutarlo, y en su haber figura la temporada más increíble que jamás haya visto, la de 1995, con triunfos tan dispares como San Remo y Vuelta, pasando por el Tour y todo aquello que se cruzó en su camino.

Jalabert fue uno, pero hubo uno antes y otro después que ponen marco a sus gestas.

Sean Kelly era un irlandés que deshojaba tréboles de cuatro hojas, con una relación de servicios impecables, campañas equiparables o mejores a la mejor de Jalabert, que en mis años mozos me enseñó que el ciclismo es una alquimia, una mezcla no escrita de sacrificio pero también de humildad y constante aprendizaje.

El lujo para el ciclismo fue que él fuera ciclista.

Tras ellos Alejandro Valverde supuso siempre lo más parecido.

Que en ocasiones, nos parezca que pudo habernos dado más, o un poquito más, no implica que en este mal anillado cuaderno nos rindamos al que consideramos un prodigio de este deporte, con casi dos décadas de ciclismo, con dos paréntesis, sanción y lesión, que no le han quitado un ápice ni de apetito ni de calidad.

Su palmarés es excelso, pero pensar que podría serlo más es tan humano como las decisiones que han guiado su carrera.

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En terreno de velocidad, hemos disfrutado de no pocos fenómenos, siempre fuimos de Jean Paul Van Poppel, pero nadie nos impresionó tanto como Marcel Kittel cuando, en sus mejores años, que no fueron muchos, resultaba intratable en las llegadas en grupo.

El rubio alemán sucumbió demasiado pronto a la increíble presión que debe gestionar esta gente, pero ello no quita que el tiempo que estuvo ahí le considerábamos favorito inapelable en cada sprint.

Como cuando Fabian Cancellara tomaba parte en cualquier Flandes o cualquier Roubaix en la que llegaba a full.

Cancellara, uno de sus últimos despieces

El suizo nos parece una leyenda de este deporte, marcando una evolución que no muchos podrían firmar, pues demostró que supo ganar en todos los registros, pero sobretodo manejando fugas y llegadas en pequeños grupos, un talón de Aquiles que le veíamos esos años que se imponía solo y a lo bruto.

De época de Indurain, Tony Rominger era el corredor redondo, como su pedaleo, que, creciendo en la alargada sombra del navarro, hizo su camino y forjó un riquísimo palmarés que tuvo de todo y de todas las clases.

Rominger en forma era un martillo pilón sobre los rivales, marcando en todos los terrenos, inapelable para arriba, perfecto contra el reloj y con un apetito infinito.

Y para el final dos de los que hablamos no hace tanto, nuestros estrategas de cabecera, Vincenzo Nibali y Greg Lemond.

Del primero, que ha sacado un palmarés gourmet a base de mover la pizarra mucho mejor que rivales superiores sobre el papel, del segundo, que casi lo mismo, que hablamos de un tío que, a pesar de ser un chuparruedas para muchos, era inteligencia pura sobre un cuerpo que nunca volvió a ser el mismo tras ese accidente de caza.

De no haber mediado éste, mucho me temo que la cifra de tres Tours se quedaría corta…

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