Teledeporte & Ciclismo: ¿Sólo triunfos españoles?

Ciclismo teledeporte JoanSeguidor

En el carrusel de «revivals» de Teledeporte puede haber joyas ajenas al ciclismo español

Sigue el serial de ciclismo, recortes y recuerdos que Teledeporte nos trae cada tarde, este domingo ha repescado aquella etapa entre Bayona y Pau que ganara Perico, escapado con Bernard Hinault.

La hora de retransmisión que nos han regalado de aquel Tour 1986 ha sido una delicia. 

Una delicia que habla de lo que fue aquella edición, memorable edición, del Tour.

Perico ganó, pero la clave de la jornada estaba sobre los corredores de La Vie Clare: bajo el pretexto de cargarse a Laurent Fignon, el mejor equipo del momento inició la guerra contra todo y contra todos, incluso contra ellos mismos.

Yo no sé si Perico se lo olió, pero estuvo ahí, pendiente de Hinault, cuando fue con todo y le acabó metiendo cuatro minutos largos a su «compañero» Lemond, a quien le había prometido un triunfo que no le iba a dejar fácil.

Aquel Tour fue propicio para el ciclismo español, a esas alturas ya habían ganado Sarrapio, el día que casi le matan en meta por ganar a Bagot, y Peio Ruiz Cabestany.

Quedaría la Eduardo Chozas en los Alpes, el día que Lemond le tomó el liderato a Hinault, ya estaba bien de tantas tonterías del francés.

Gracias a Teledeporte, por desempolvarnos estas joyas.

Pero si quieren hurgar realmente en la historia de este deporte, si quieren llegarnos al corazón que Teledeporte resucite otras perlas del ciclismo.

No sólo queremos ver las mejores jornadas de Miguel Indurain, cuyo recuerdo nos eriza el bello, ni las de Perico, con quien empezamos a querer este deporte, ni siquiera las de Contador, que tenemos por más recientes.

De aquel Tour, además de las machadas de Peio, Chozas y Sarrapio –escuchar a Mir cómo le sacó de aquella marea de hostilidad que le esperaba en meta es un regalo-, estuvo la etapa de Superbagneres y la inmolación de Hinault o la icónica jornada de Alpe d´Huez que acabó con una imagen que ilustra portadas de libros en medio mundo.

Y si escarban, si Teledeporte quiere darnos buen ciclismo que rasquen en el Tour del 89, el duelo eterno de Lemond y Fignon, que busquen en la Vuelta del 93, la etapa del Naranco, que nos lleven a las cabalgadas de Pantani en el Giro y Tour del 98, que sí, que iría como iría, pero fueron memorables.

Y si quieren entrar en lo reciente que no se olviden de la etapa del Agnello, Giro de 2016, cuando Nibali le dio la vuelta a una carrera que tuvo perdida.

La etapa que coronó a Aru en la Sierra Madrileña, la jornada de Forminagl, incluso la anterior de Aubisque en la Vuelta 2016 que se decidió entre Nairo y Froome…

Son ejemplos, son tesoros de ciclismo que seguro Teledeporte tiene en sus archivos, por que, muchos más no nos constan, pues el ciclismo ha sido algo que ha menguado, por desgracia, en los archivos del ente público.

Como muchas veces hemos dicho, el buen amante del ciclismo no sabe de banderas.

El rampante león de la bandera de Flandes

Flandes bandera JoanSeguidor

El león llena la bandera amarilla de Flandes

Flandes, amarillo, por otro lado: Tres colores verticales visten la bandera belga: negro, amarillo y rojo.

Repartidos equitativamente, en tercios, cada color tiene su qué. El negro viene de la armadura, el amarillo por el color del león de las armas y el rojo procede de la lengua y dientes de ese león. No siempre fue así. Hasta hacer su enseña una réplica de la tricolor francesa, ésta era horizontal y con ésta combatieron el rodillo de los Austrias en el siglo XVIII.

Bélgica es un país que alcanzó la independencia en 1830. Sus colores vienen heredados de la heráldica de Bramante, la región central de un país polarizado por dos vertientes muy opuestas en todo: Flandes y Valonia.

En la primera la vida es rural y vecinal, la otra es industrial y afrancesada. Ni mejor, ni peor, diferentes.

Sin embargo son cuatro las grandes regiones belgas.

En medio, Bruselas, color púrpura y flor de lys en medio, flor amarilla por cierto.

Al sur, encajada en montañas, al final de las Árdenas, territorio hostil y bélico, la región alemana, también llamada Limburgo, con león desafiante, casi flamígero rojo y nueve rosas, tantas como ayuntamientos.

Encima de ésta Valonia, la patria de la Lieja y la Flecha.

Su bandera es un gallo, semi protectorado francés.

La bandera de Flandes es otro cantar, harina de otro costal. La verán mucho estos días. Prácticamente sondeará el camino de los pelotones desgajados por estas carreras dibujadas por el demonio. Curva, viraje, giro, contra giro, pasarán mil veces por el mismo lugar, por el mismo cercado, primero bajando, luego en transversal, después subiendo.

Un laberinto en medio de la nada, de pequeñas colinas que fueron atravesadas por la metralla de dos guerras mundiales.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

El león negro sobre fondo amarillo es la bandera de Flandes y casi diría que la del ciclismo.

Sólo algunas otras se podrían medir a ella, la ikurriña vasca, inspirada en la Union Jack, y la luxemburguesa –la civil, que es de franjas azules horizontales con león rampante coronado y con dos rabos- muy frecuente en los muros que van a Lieja cuando los Schleck guardaban opciones de victoria.

La bandera flamenca echa raíces en 1302 cuando Pieter de Coninck la desplegó en la batalla contra los franceses en la ciudad de Kortrijk. Hay dos versiones de esta bandera, adoptada como la oficial flamenca hace poco más de cuarenta años.

Una, la formalmente establecida en los libros, que es amarilla con un león negro y la lengua roja. La otra no diferencia la lengua del rampante animal, que también es negra, porque de esta manera se omite el vínculo con Bélgica.

Esta es la más usual en la Ronde, en Harelbeke, en la Kuurne, en la Het Nieuwsblad,… es la bandera independentista.

La categoría del león flamenco es tan grande que dos ciclistas fueron apodados con tan viril etiqueta. En los años cincuenta, mientras Italia se relamía las heridas de la guerra entre Coppi y Bartali, el tercer hombre, Fiorenzo Magni, hacía historia en Flandes. En la década pasada Johan Museeuw se ganó también el apodo. Ambos fueron leones, y no unos leones cualquiera, leones de Flandes.

Imagen tomada de deronde1.wordpress.com

Perico, Orbea y la niebla de Luz Ardiden

Perico Luz Ardiden JoanSeguidor

Curiosamente, aquella tarde, la niebla de Luz Ardiden alumbró el camino de Perico

La historia de hoy ocurre entre dos nieblas, la del recuerdo carcomido por 35 años y la de Luz Ardiden envolviendo la hazaña de Perico.

Hasta la década de los ochenta, muchos vericuetos habían llevado a la fábrica de Orbea hasta una situación límite.

La floja gestión de la tercera generación de la familia, con el que fuera alcalde de Eibar al frente, Esteban Orbea, dejó la empresa, entonces sociedad anónima, al pie de los caballos a finales de los sesenta.

Luego, a partir de 1969, la empresa encontró acomodo entre sus propios trabajadores, quienes un día tomaron la decisión de hacerse con el mando de nave en medio de una tormenta perfecta: una competencia muy fuerte como la de BH, una percepción de marca pesada y anticuada, una cruda crisis económica, una plantilla con elevada media de edad, una tesorería maltrecha,…

Pero de aquel atolladero se salió sentando las bases de una época más floreciente cuando el mundo entró en los ochenta.

Hubo alguien, Peli Egaña al frente, que un día pensó que a Orbea le vendría bien un equipo ciclista para acabar de redondear su presencia en el mercado.

Se decidió retomar la historia de los “antiguos Orbea”, como le gusta decir a Txomin Perurena. Los Cañardo, los Montero, los Berrendero,… tenían ahora herencia, cincuenta años después de sus malandanzas.

Y se pusieron a ello, un puñado de entusiastas ciclistas, con dos símbolos por bandera llamados Peio Ruiz Cabestany y Jokin Mujika, un tipo cuya humildad abruma.

Con ellos en vanguardia se sacó un equipo pro en 1984 que tuvo continuidad al año siguiente con uno de esos fichajes que tuercen la historia de una marca, de una empresa y por ende de cientos de familias.

Pedro Delgado recaló en Orbea en 1985, con el copatrocinio de Gin MG en la Vuelta  y Seat en el Tour.

Julio Delgado le dijo a su hijo, en el momento de saber del interés de la firma vasca, que “muchas bicis habrán de vender estos para poder pagar tu sueldo”.

Pero pudieron y Perico apostó por Orbea, equipo en el que estuvo un año, pero qué año.

El año que cambió la suerte de la cooperativa.

Hace cinco años por estas fechas se conmemoró en Navacerrada un acto que recordaba las tres décadas del triunfo del segoviano en la Vuelta a España, aquella que sin obedecer a otro objetivo que ganar la etapa, acabó llevándose tras galopar con Pepe Recio en medio de la niebla física e informativa, porque las referencias que manejó el líder, Robert Millar, aún hoy siguen siendo más misteriosas que las brumas de Navacerrada.

Al poco tiempo, Perico ganó en Luz Ardiden la etapa reina de los Pirineos, también en medio de la niebla, entre cortinas de confusión y emociones cruzadas pues nadie sabía cuán cerca venía el «Jardinerito» Lucho Herrera. Fue otro día memorable, como si la pizarra del hotel se encajar en los muchos kilómetros que van desde el Aspin a Luz Ardiden, pasando por el Tourmalet.

Una victoria de equipo, con Pepe del Ramo, el hoy mentor de Catlike, Peio y Perico encadenados a la memoria del momento.

Un triunfo con tantas interpretaciones como actores intervinieron.

Al año siguiente Perico no siguió en Orbea, pero el segoviano había torcido la historia, la había enderezado.

Tras años de incertidumbre financiera, con la familia en su últimos momentos de gestión y los complicados arranques de la cooperativa, la firma de origen eibarrés habían encontrado el camino para ser lo que es hoy.

Indurain vs Bruyneel: El ciclismo no entiende de banderas

Bruyneel Indurain JoanSeguidor

El recuerdo de aquella jornada de Indurain y Bruyneel nos ha venido a la memoria

Recuerdo el día.

Era un sábado al mediodía, tedio de julio, calor húmedo y pegajoso.

Barcelona, verano del 95.

Barcelona, pero con un ojo en las Ardenas, rutas de la Lieja-Bastogne-Lieja integradas en la primera semana del Tour.

Entonces las carreras en Bélgica se distinguían rápido porque a los corredores se les obligaba a competir con la mítica chichonera.

Aquello pasó al baúl.

Johan Bruyneel va escapado, se destaca del primer grupo y por detrás Miguel Indurain se va.

Arranca, toma metros, y se va solo, completamente solo.

Es la exhibición de Lieja, vísperas de la primera gran crono.

Jalabert, Zulle, Rominger, Riis se miran: ¿A dónde va éste?

Indurain pillaría a Bruyneel y éste le aguantó hasta meta.

Le ganaría al sprint.

En el grupo de Facebook de Miguel Indurain, por donde solemos pasar porque el navarro nos dejó tocados, Johan Bryuneel, muy activo en estas redes, comentó lo siguiente de aquella jornada…

Bruyneel sobre Indurain JoanSeguidor

El comentario, de primera mano del susodicho, con quien alguna polémica nos ha costado carísima, es oro y un manual de lo que es el ciclismo.

Y es que el aporte de Bruyneel va perfecto para saber que, por mucho que nos lleven los colores, que nos pueda la bandera, se disputa por marcas y a veces esto produce una amalgama de intereses que no entiende de banderas ni fronteras.

Aquel día Johan Bruyneel corrió para la ONCE, porque Jaja y Zulle iban por detrás, como David de la Cruz le rateó a Alberto Contador para ganarle una etapa en Niza.

Y aunque a muchos les suene fuerte la palabra «ratear», el mundo es así, imperfecto y lleno de servidumbres, por doquier.

Aquella jornada yace como una de las más bellas gestas de Miguel Indurain, y lo fue.

Quizá sólo los muy entendidos sepamos que hubo un corredorazo que fue Johan Bruyneel a su rueda para rebañarle la victoria más allá del puente del Mosa.

Es interesante, por eso, entender de que va esto, cuando algunos se llenan la boca de patria y esas cosas sobre una bicicleta.

Y si algo creo que distingue, por suerte, y así espero que sea por mucho tiempo, al aficionado ciclista es que no entiende de nación y sí de corazón y condición.

Y aquel día ganaron dos: Bruyneel, la batalla, e Indurain, la guerra.

Imagen: A Tumba abierta

Miguel Indurain y las clásicas: ¿Un amor imposible?

Indurain clásicas JoanSeguidor

Las clásicas se le podrían haber dado muy bien a Miguel Indurain

Puestos a realizar castillos de arena, en estos días en los que tenemos más tiempo y nos llenan la sobremesa larga con las gestas de Miguel Indurain, nos preguntamos por lo que habría sido del astro navarro si hubiera abierto el tiro también a las clásicas.

Y lo hacemos por lo que leemos en la última newsletter de Cuadernos del Ventoux

Pasó en Lieja. Una tarde de julio de 1995 Miguel Indurain sorprendió al mundo. No lo hizo en las montañas alpinas ni en las romas planicies francesas, sino en el paisaje ondulante de las Ardenas. Durante la séptima etapa de aquel Tour, hoy programada por Teledeporte (17:10), Indurain esbozó lo que pudo haber sido y jamás fue.

  • Un clasicómano. Indurain aprovechó aquel perfil quebrado para arrebatar 50″ a sus rivales en una escaramuza inédita. Es un hito de la memoria popular española porque se mostró al mundo como nunca antes: agresivo, punzante e imprevisible.
     
  • ¿Podría haber conquistado las carreras de un día? Más pistas: acumuló resultados en San Sebastián (1º), Lieja (4º) y Flecha Valona (4º, 7º) durante los años previos a su primer Tour (1989-1991). Tenía resistencia y cierta punta de velocidad.
     
  • La prueba del algodón, los Mundiales. Indurain siempre los compitió al máximo. Cosechó tres medallas cuando ya estaba centrado en GV. En una línea temporal paralela, quizá, quién sabe, hubiera engalanado un palmarés de por sí alucinante.

Con lo que nos comenta Andrés, lo cierto es que tenemos un certero cuadro del perfil de Miguel Indurain para las clásicas en concreto y las carreras de un día en general.

El navarro tenía en Lieja su carrera más adecuada, de hecho firmó un cuarto puesto en 1991.

Ese día Miguel Indurain se metió en un corte que provocó Claude Criquielion muy lejos de la meta, y en el que, como era costumbre por aquellas fechas, se impuso Moreno Argentin.

Nunca volvió Miguel Indurain a volar igual en un monumento

Descartados los del adoquín, tenían peligro e inadversión para Miguel y los suyos, a partes iguales, carreras como Amstel o Lieja podrían haber sido parte de su objetivo.

A su favor tenía:

  1. un físico tremendo para esos recorridos
  2. técnica y manejo de la bicicleta sublimes, como hemos visto mil veces en los momentos que se ponía serio
  3. estratega total, con visión de carrera y economía de esfuerzos sin igual
  4. buena punta de velocidad, mejor de la que muchas veces exhibió… aquel mundial en el que ganó al sprint a Ludwig y Museeuw

En contra, tuvo esa planificación para el Tour que se rebeló imbatible durante cinco años y que la primavera le sentaba como un tiro.

En comparación con otros grandes, a Indurain se le extrañan clásicas en el palmarés, pero todo, los tiempos, los rivales, las exigencias, nada tuvo que ver con el pasado.

Cada época fue diferente.

Sean Kelly y su clásica sencillez

Pocos corredores guardan la admiración eterna que se ganó Sean Kelly

Sean Kelly fue discreto, adusto, trabajador, solitario,… una hormiguita que reinó durante años en un mundo de cocos, en el ocaso de Hinault, la explosión de Fignon, el auge de Lemond, el descubrimiento de Roche.

Fue Sean Kelly, ese rostro irlandés, un trébol de cuatro hojas que sembró fortuna por donde pasaba y ejerció de discreto pero efectivo patrón.

Ciclobrava – 400×100 Landing
400×100 Sea otter Landing
Gravel Ride 400×100

Sean Kelly bebió de dos tiempos, del pasado, mostrando las cicatrices de un deporte que maltrataba los cuerpos y exprimía las mentes.

Un ciclismo que venía de lejos, heroico, sin guantes, desprovisto de artificio en el que el más fuerte ganaba porque sí.

Pero también fue un campeón moderno, imbuido por el legendario Gribaldy en técnicas de entrenamiento que no premiaban la cantidad, nada de seis y siete horas para las grandes clásicas que se metía, por ejemplo, Roger De Vlaeminck, nada de eso, mejor series, calidad, intervalos y esas cosas que por aquel entonces sonaban místicas.

Por eso, quizá por eso, “King Kelly” tardó tanto en explotar, en lograr su primer triunfo importante, ese que te centra en el objetivo de ser una leyenda, objetivo que lograría, vaya sí lograría.

En el Giro de Lombardía de 1983, con 27 años ya a las espaldas, Sean Kelly da cuenta del rival que le privaría de ser campeón del mundo, el entonces joven y recién irisado Greg Lemond, un americano risueño que subía como la espuma y que se definía como la antítesis del irlandés: apegado a la fama, amante del primer plano y artífice de uno de los primeros grandes contratos de la historia del ciclismo.

Pero Kelly siguió a los suyo, bajo la batuta de Gribaldy abrió su época en Roubaix. Al año siguiente demostraba un control total de la situación, saltando a 45 kilómetros de meta junto al belfa Rudy Rosiers, quien sería su sombra hasta el final del día y batiría “sin ambages” en el velódromo.

A los dos años Kelly también formaría parte del grupo noble en “La Pascale” imponiéndose fuera del velódromo a Van der Poel y Dhaenens en medio del malestar de la concurrencia que vio como una marca comercial, La Redoute, se llevó el final de la Roubaix fuera del velódromo y sí enfrente de su sede central, en lo que se consideró la venta del Infierno a manos privadas.

Pirinexus 400×100 MOVIL
Cruz 400×100 Banner Landing
Gore 400×100 MArzo2020

A los pocos días de ganar su primera Roubaix acuñaba su nombre en la decana, en Lieja, cuando ésta acababa abajo, en centro de la ciudad, mucho mejor para él y mucho peor para Claude Criquielion, el ídolo del lugar, el valón que no pudo con Kelly en su casa, porque Kelly era sencillamente mejor en esos recorridos que invitaban a la initimidad y recogimiento que tanto identificaron a un irlandés que repetiría en Lieja a los cuatro años.

Ciclista total, ganador de una gran vuelta, la París-Niza en siete ocasiones, excelso contrarrelojista, sus piernas dieron para otros dos Lombardías, si bien, si hubo una carrera que se le ajustaba a sus hechuras de ciclista total, fue la Milán-San Remo. Ésta cayó de su lado dos veces.

La primera en 1986, desgastando rivales en la Cripressa y rematando en el Poggio, armando el corte con Lemond y Beccia y batiéndolos en la Via Roma.

La segunda en ese descenso suicida hacia San Remo, mejorando las trazadas de Moreno Argentin, primero arriba, donde la cabina, y siendo veloz, mucho más veloz que el mágico italiano.

Ese día fue un día de marzo de 1992, con Kelly barruntando su retirada, apareciendo de la nada, vestido con un horrendo maillot azul y portando un casco incalificable, fue como eso una centella venida del pasado, triunfando en el presente, un ciclista irrepetible que demostró trascender más allá de su periodo natural, los ochenta, como si su imagen quisiera hacerse tan perenne como el cariño que siempre le tuvimos.

¿Y si la Vuelta a España la hubieran parido los catalanes?

Primoz Roglic La Vuelta JoanSeguidor

La historia dice que la Volta fue la antesala de la Vuelta

Puestos sacar de las catacumbas de la historia episodios y personajes de nuestra maltratada historia ciclista, estas fechas resultan especialmente indicadas para hablar de una aparente y poco conocida paradoja sobre la Vuelta.

La Vuelta Ciclista a España estuvo a punto de ver la luz en 1913, y no en 1935, como finalmente sucedió. Y aquella Vuelta non nata tenía que ser cosa de catalanes. Sí, de catalanes de Barcelona, aunque algunos habían nacido en otros sitios, como el propio Artemán, o el cerebro gris detrás de todo: Narciso Masferrer, catalán como el que más… nacido en pleno Foro.

La Vuelta nacional de España, cosa de catalanes. ¿Se imaginan?

Ciclobrava – 400×100 Landing
400×100 Sea otter Landing
Gravel Ride 400×100

La Vuelta del siglo XXI está sólidamente anclada en el imaginario colectivo como un asunto que, pase por donde pase y vaya adonde vaya, siempre acaba en Madrid.

El Paseo de la Castellana es a la ronda española lo que  los Campos Elíseos a la Grande Boucle. Más español que un botijo.

Obvio, ¿no? Francia-París.

El Tour acaba siempre en París. Italia-Roma.

El Giro acaba siempre en… ¡un momento! ¡El Giro acaba siempre y desde siempre en Milán! A ver si resultará que no todas las vueltas nacionales tienen el mismo ADN jacobino…

Y a ver si resultará que la propia Vuelta nacional de España no siempre ha tenido tanto apego por el oso y el madroño.

Repasando las ciudades que acogieron los finales de las Vueltas de 1955 a 1979 las cuentas son las siguientes: Bilbao, 13 veces; San Sebastián, 6 veces; Madrid, 5 veces. Hay trampa claro, porque tanto en el caso italiano como en el español durante el periodo mencionado el periódico organizador era (es) de la ciudad donde más veces suele acabar la ronda en cuestión. Pero lo significativo es precisamente que sea un periódico de Milán, y no de Roma, el promotor y organizador de la vuelta nacional italiana. Y todavía más interesante es que durante gran parte del franquismo la Vuelta fuera un asunto… de vascos.

Recuerdo que en la presentación del libro del malogrado Xavi Tondo que tuvo lugar en Valls, el autor, Rafael Vallbona, afirmó que hoy en día la Volta es la vuelta nacional de Catalunya.

No entraremos a valorar si esta afirmación es esencialmente cierta o si se trata de un desideratum más o menos candoroso.

Lo que sí que es impepinable es que quienes la parieron, allá por 1911, no pensaron ni por un segundo en clave nacional catalana, sino todo lo contrario, en clave española y españolista.

Solo hay que repasar los encendidos artículos patrióticos (españolistas, se entiende) que publicó en abundancia Narciso Masferrer, otra figura casi olvidada que está pidiendo a gritos desde el más allá que alguien le escriba una biografía, en una de sus criaturas favoritas, El Mundo Deportivo. Y digo una, porque el hombre tuvo familia numerosa: la Volta a Catalunya (con permiso de mi amigo Iván: Artemán fue el ejecutor, pero Masferrer fue el cerebro), el Salón del Automóvil, la Federación Española de Ciclismo, de la que fue presidente hasta en cinco ocasiones, el estadio olímpico de Montjuïc… Masferrer fue el gran inseminador de la cultura deportiva de este país, y todavía espera desde el más allá que algún alcalde le dedique una triste calle.

No, la Volta no nació como vuelta nacional catalana, sino como embrión de la que tenía que ser la primera Vuelta a España de la historia, en 1913.

La promovían un grupo de burgueses de Barcelona, encabezados por el catalán-madrileño Masferrer desde su doble cuadro de mandos de la presidencia de la Unión Velocipédica Española (la actual RFEC, que tuvo sede en Barcelona hasta 1939) y de la dirección de El Mundo Deportivo.

Durante el verano de 1912 la campaña pro-creación de la Vuelta España emprendida por Masferrer llega a su punto álgido.

E inmediatamente decae. El proyecto nunca verá la luz, para amargura de su padre ideológico. ¿Dónde se encalló el barco? Pues por lo que parece, en plena meseta castellana.

La culpa fue, al menos según el padre frustrado de la criatura, de la frialdad e indiferencia con que el proyecto fue acogido en la capital española. El 24 de octubre de 1912 El Mundo Deportivo informa de que los enviados del comité organizador a Madrid (entre los cuales figura… Miguel Artemán)  regresan con impresiones “nada positivas” respecto a la viabilidad del proyecto. La Vanguardia, diario en el cual Masferrer ejerce por entonces de redactor jefe de deportes, anuncia finalmente el entierro del proyecto de una Vuelta a España catalana:

“Esta noche celebrará sesión el Comité Central de la U. V. E. para acordar la línea de conducta que ha de seguir, ante el fracasado propósito de verificar la Carrera Vuelta à (sic) España (…) Las dimisiones de todo el Comité se confirmarán esta noche y que para enero próximo se reunirá un nuevo Congreso para la elección de cargos y quien sabe si para tratar de un cambio de capitalidad, puede que necesario para la buena marcha de la U. V. E. (La Vanguardia, 12 de noviembre de 1912).

Vuelta fumar Joanseguidor

Seguramente en el fracaso del proyecto intervinieron otras causas de peso, aparte del pasotismo madrileño. Dejémoslo correr. Pero no deja de ser sugerente pensar en lo que hubiera podido ser una Vuelta Ciclista a España creada tan solo diez años después que el Tour de Francia (y no 32, como acabó pasando), con salida y llegada en Barcelona, y parida y gestionada por catalanes.

Una Vuelta más española que un botijo, seguramente, porque no parece que Masferrer ni ninguno de sus hombres tuvieran nunca la más mínima veleidad catalanista. Pero eso sí, un botijo con aires de càntir.

Pirinexus 400×100 MOVIL
Cruz 400×100 Banner Landing
Gore 400×100 MArzo2020

Para saber más: López, Bernat (2010): “The Failed Vuelta Ciclista a España of 1913 and the Launching of the Volta a Catalunya (1911–1913): Centre Versus Periphery in the Struggle for the Governance of Cycling in Early Twentieth-Century Spain”. Sport in history vol. 30, n. 4.

Por Bernat López, profesor de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Rovira i Virgili y promotor de la editorial Cultura Ciclista

Las cinco grandes gestas de Miguel Induráin

De entre muchas, hemos escogido las cinco gestas de Miguel Induráin

No tenemos remedio y es que nunca nos olvidamos de él, ahora vamos a por las cinco gestas de Induráin que vistas ahora lo marcan todo.

Sus hazañas a lomos de una bici por Italia, Francia y España.

Y es que, como siempre decimos, Induráin nunca pasará de moda.

 

Siempre en el candelero y más ahora que a sus 55 años vuelve a la competición, algo que en broma ya vaticinamos en este mal anillado Cuaderno.

Todos recordaremos mientras vivamos a Miguel V de Francia.

También a Miguel II de Italia, al Extraterrestre, al Exterminador, al Rey Miguel, a Big Mig, a Michelone, Indurainator o Tritourador.

Apodos, todos ellos, que definieron con mayor o menor acierto al mejor ciclista del mundo en aquel momento.

El Gran Miguel, Señor de las Carreteras,  que tuvimos la fortuna de vivir la época más dorada del ciclismo español y una de las más bellas del ciclismo mundial.

No fue un sueño y su vida fue también parte de la nuestra.

Las gestas de Indurain nos marcaron.

Como aficionados, quizás muchos no sabríamos decidirnos a la hora de elegir sus momentos más brillantes.

Sus mejores actuaciones. Las más emocionantes.

Pero vamos a intentarlo.

Al menos quedarnos con cinco de sus grandes gestas, las que para nosotros fueron sin duda las jornadas más memorables.

Hay mucho y bueno donde elegir.

Podríamos empezar diciendo que Induráin puso en el escaparate al ciclismo español en el mundo.

Esto ya de por sí fue una hazaña.

 

Seguiríamos hablando de cómo un ciclista, con una fuerza descomunal, fue capaz de sacrificarse permanentemente por este deporte para llegar a la cúspide y alcanzar la gloria.

Porque Induráin era demasiado grande para la bicicleta y tuvo que forjarse a sí mismo.

Bruyneel Indurain JoanSeguidor

Otra proeza.

Y a partir de aquí, la leyenda.

Podríamos narrar sus gestas contra el reloj o como el gigante podía contra todos en la montaña, marcando entonces aquel ritmo con un estilo que todo el mundo llegó a admirar.

Los escaladores apenas le hacían daño.

Como trovadores y poetas medievales podríamos cantar sus hitos más destacados, sus victorias más sonadas.

Haciéndolo de esta manera, seguro que acertaríamos.

Pero todos los que idolatramos a Induráin conocemos sus proezas y narrarlas sería el recurso fácil, un camino demasiado trillado.

Todos sabemos que Miguel ha sido grande en la victoria pero también en la derrota, y es ahí adonde hemos querido ir a parar.

Por eso hemos elegido de entre todos sus triunfos, pero también hemos rebuscado entre sus capitulaciones que, igualmente, han hecho crecer el mito.

Nuestro Top 5

Número 5. La Vuelta del 85: el líder más joven

Corría el año 1985 y Miguel participaba en la Vuelta, su primera gran ronda por etapas. Tenía tan solo 20 años.

En el prólogo de Valladolid da la sorpresa quedando segundo tras un especialista como Oosterbosch, que entonces era el mejor en este tipo de pruebas.

Pero el holandés no podía ni con las tachuelas de tercera y en la segunda jornada se quedó en la primera cuesta.

De este modo Miguel se convertía en el líder más joven de la historia de la Vuelta a España.

Su primer hito.

Número 4. Tour del Porvenir del 86: desmelenado en el Izoard

Su segunda gran empresa, logrando su primera gran victoria como profesional en Turín, en el Tour del Porvenir de 1986, con exhibición incluida en el Izoard, donde dio a conocer al mundo del ciclismo su imponente marcheta tropical cuesta arriba.

Algo que repitió diez años más tarde cuando se impuso en aquel memorable Dauphiné Libéré.

La colección de invierno de Spiuk 

Número 3. Giro del 94: espectáculo en el Mortirolo

Podemos recordar sus épicas actuaciones en el Giro: llegó a Italia en 1992 y arrasó. Casi ni le inquietaron y aunque en 1993 repitió victoria, sufrió como nunca antes lo había hecho.

Él y nosotros, su afición.

Aquel año tuvo que luchar ante la fuerza de los equipos italianos y la dureza de sus montañas.

En la ronda italiana del 1994 fue derrotado, pero todos recordamos la etapa Merano- Aprica: en el Mortirolo Miguel ofreció un espectáculo grandioso.

En nuestra memoria colectiva quedó cómo Pantani atacó nada más comenzar su ascenso. Berzin le siguió. Miguel parecía que no podía.

El ruso se había cebado a rueda de Marco y lo pagaba caro: se quedaba.

Por detrás, un Induráin imperial que había impuesto su ritmo, lo atrapó y lo soltó a dos kilómetros para la cima.

Le metió 1’30’’ en esa corta distancia. Parecía que la maglia rosa estaba a su alcance.

Lo que pasó luego, en el Valico de Santa Cristina, fue otra -triste- historia.

Mundial Colombia JoansEGUIDOR

Número 2. Mundial de Colombia del 95: un oro y una plata, con sabor a oro…

En sus participaciones en los Mundiales, Miguel Induráin consiguió un oro, dos platas y un bronce.

Oro en el de contrarreloj de Colombia (Duitama) en 1995: el segundo campeón del Mundo de la especialidad, después de Boardman (1994).

Plata en Oslo en 1993, detrás de Lance Armstrong, y Colombia’95, que ganó Abraham Olano y Miguel, dando una magistral lección de ciclismo, de señorío, fuerza y de conocer las reglas del juego, hizo de auténtico secante disuasorio a todos aquellos que osaran ir en persecución de su compañero de equipo.

Por último recordar su medalla de bronce en Sttutgart en 1991.

 

Número 1. El Tour del 95: su obra maestra

Lo que hizo Miguel en sus cinco Tours consecutivos victoriosos daría para escribir varios libros.

Fue un lustro de oro y podemos recordar multitud de hazañas como la etapa Jaca-Val Louron, en 1991, cuando bajando el Tourmalet, Miguel ataca bajo un calor sofocante. Entre él y Chiappucci destrozan la carrera en la subida final a Val Louron. El italiano gana la etapa y Miguel se convierte en el nº1 del ciclismo mundial.

¿Y quién no recuerda la crono de Luxemburgo del Tour del 92?

Armand de las Cuevas, el segundo clasificado, a 3 minutos. Bugno, el que tenía que ser su gran rival, tercero a 3’41’’, Lemond a 4 minutos, Delgado a casi 5, Chiappucci aún más distanciado…

Una auténtica escabechina.

En Luxemburgo, Induráin infundió el terror entre sus rivales.

En el Tour del 93, Miguel llega enfermo a los Pirineos. Rominger y Jaskula le atacan en el Tourmalet y le meten casi un minuto.

Descendiendo el coloso, Induráin da una nueva lección y atrapa, llegando por detrás como una exhalación, al suizo y al polaco: les acababa de enjugar, en diez kilómetros de bajada, los 55” de ventaja que le llevaban.

Rominger, cuando lo vio a su lado, no se lo podía ni creer.

De 1994 nos habríamos de quedar sin duda con la etapa Cahors-Hautacam: Miguel ya era líder de aquel Tour, pero decidió mover el manzano en la última ascensión.

Resultado: Rominger se quedó y nadie fue capaz de seguirlo a excepción del francés Luc Leblanc que, a rueda, se impuso al sprint en meta. Quedaba media carrera por delante, pero el suizo, segundo en la general, estaba ya a casi 5 minutos.

Terrorífico.

Y llegamos al 5º Tour. Para nosotros el mejor, sin duda, la mejor de las gestas de Induráin.

En esa edición tenemos tantos buenos momentos para elegir… Podríamos citar la etapa Charleroi-Lieja, en la que Induráin atacó en el clásico terreno de cotas que jalonan la monumental Lieja-Bastogne-Lieja.

Sólo Bruynnel, sin darle un puñetero relevo, fue capaz de aguantarle la rueda. Ni los Riis, Zulle, Jalabert, Gotti o Rominger fueron capaces de dar caza a un Induráin desatado que realizó una de las mayores demostraciones de toda su carrera, a pesar de que la victoria de etapa fue para su compañero de fuga.

 

Un hecho que siempre fue una constante en toda su carrera deportiva: para su acompañante de escapada, la etapa, y para él, la general.

Pero lo mejor estaba por llegar en la 9ª jornada entre Le Gran Bornand-La Plagne.

Zulle andaba escapado por delante. Induráin empieza a poner su ritmo infernal por detrás.

Aquello fue un destrozo brutal y todos sus grandes rivales se fueron descolgando uno a uno: un espectáculo tremendo.

Los mejores habían quedado reventados por el paso militar de Miguel.

Zulle ganó, pero el 5º Tour estaba ya en su mano.

Para finalizar este repaso de las grandes hazañas de Miguel Induráin, llegamos a lo que para nosotros sería su mejor gesta, la mejor de las mejores.

Por eso, queremos permitirnos esta pequeña licencia y otorgarle a esta hazaña la calificación “fuera de categoría”.

Al fin y al cabo, en esta proeza, Induráin no luchó contra ningún rival que no fuera él mismo, desafiando las leyes de la naturaleza.

Entre las gestas de Induráin está fue la total.

 

Hors Catégorie. Récord de la hora de Burdeos (1994)

Lo que vivimos el 2 de septiembre de aquel año lo gozamos y disfrutamos como nunca.

Fue algo completamente distinto a lo que habíamos visto antes: el mayor espectáculo ciclista del mundo.

Todo, absolutamente todo, fue espectacular: empezando por su bicicleta, la famosa Espada, pasando por su estratosférica indumentaria, el ambiente que se vivió aquel día en el velódromo de Burdeos, la puesta en escena, el impacto mediático…

Una jornada inolvidable que perdura en nuestra memoria.

Otra de las gestas de Induráin.

Ahora os toca vosotros.

Decidnos… ¿cuál sería vuestro Top 5 ideal?