¿Quién no querría ser Gianni Bugno?

Gianni Bugno JoanSeguidor

Cuando ir con Gianni Bugno molaba más que hacerlo con Indurain

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Siempre he pensado, al calor de aquella etapa de Val Louron, Tour 1991, qué habría sido de Gianni Bugno si hubiera salido a a rueda de Indurain en el descenso del Tourmalet o de Chiapucci en el tramo hacia el Aspin.

Pero Gianni no les tomó la rueda se quedó con Lemond, un gato panza arriba ese día, Motter, ni frío ni calor, Fignon eléctrico, entrando y salidno del grupo importante, y Leblanc, al límite.

Gianni Bugno nos privó en esos gloriosos instantes de lo que podía haber sido. 

 

Guillermo Ortiz no pasó por alto ese momento, no, lo grabó y lo pasaría en bucle en su cabeza.

Poco importa ahora esa decisión, porque bien podemos decir que si Indurain tuvo un rival magnético, ese fue Gianni Bugno, el tío cuya elegancia es el canon del humanismo sobre una bicicleta, como el David que Miguel Angel vio de aquel pedazo de piedra lo es la historia arte.

Es por ello que el libro que firma Guillermo y publica Contra Ediciones no cayó en nuestras manos como cualquier cosa, su lomo ancho, tapa dura y rugosa y el forro de la contra interior, un estampado de Gianni repetido mil veces cuando cogía el manillar por la parte plana, tirando de Miguel, en amarillo, aquella tarde de Alpe d´ Huez, hace casi treinta años.

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«Qué cabrón, recuerdo que pensé. Gianni tenía un punto de exnovia, pero exnovia con la que se acaba bien. Nada de separaciones traumáticas no relaciones imposibles. Nada de distancias kilométricas y cartas empalagosas, Buen rollo y punto. A Bugno, una vez le has querido y le has querido tal y como es, es imposible dejar de alquilarle de vez en cuando un rinconcito de tu corazón«

Así relata Guillermo en su libro, rememorando el instante en el que Bugno le rebañó a Abraham Olano unos segundos importantes en el sprint por la maglia rosa aquel día que el vasco estuvo tan cerca de ganar el Giro.

Así retrata Guillermo su adolescencia, algo plasmado en el sentimiento de «ir con el que nunca gana». 

Un homenaje, con la excusa de Bugno, de un cuarentón, como quien esto firma, de esos años de efervescencia en lo que todo nos parecía lo más.

Bugno es el hilo que lo cose todo, el amor, las ilusiones, los estudios, los campamentos de verano, Bugno como Rubicón de ese ciclismo de los noventa que tan presente estuvo en nuestras vidas.

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Un viaje despreocupado, sin cuestionarse el porqué de las cosas, de ciertas actuaciones algunos rendimientos y el estrato de algunas hazañas.

Todo iba bien, lo bien que el tiempo tardaría en contradecir.

Felicidades a Guillermo por llevarnos en historia ligera y amena a esos años que estos días tan extraños tanto echamos de menos, y vestirlo tan bien, con buena música y cine, y otras varietés de la época para lograr un todo que nos ha dejado un excelente sabor de boca.

En este agosto raro, de tardes interminables, con la espada de Damocles sobre la cabeza de todos nosotros, quizá mejor viajar a través de la prosa treinta años atrás y ver que eso que nos dicen tantas veces es cierto: «Que los malos son la antesala de los buenos momentos».

Poneros la tricolore italiana que Gianni inmortalizó y notar que ir con «el que nunca gana» también tiene glamour.

Imagen: Ride Shimano

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Lo que la ONCE aportó al ciclismo

ONCE ciclismo JoanSeguidor

En el haber de la ONCE en el ciclismo perduran grandes innovaciones

Decir ONCE ahora mismo en ciclismo no es bienvenido por muchos, una palabra prohibida de un tiempo prohibido del que nos acoramos muchos estos días huérfanos de Tour de Franca y de tardes de julio sin bicicletas.

Hace pocos días se cumplieron 25 años de una de las jornadas icónicas de la ONCE, cuando el equipo no vestía de amarillo, y sí de rosa en aquellos Tours en los que no se podía vestir como el líder.

Un poco como lo de no ir más guapa que la novia a la boda.

 

Un cuarto de siglo de trampa de Mende y la salida en tromba de Manolo Saiz y los suyos

Oír a Jalabert hablar de aquella jornada, del bus, del desarrollo, de todo eso… habla de la intensidad de un día que pasó a la memoria de toda una generación. 

Una generación que crecimos amando el ciclismo en la negra década de los noventa.

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Ahondar toda la grandeza que la ONCE alcanzó en el ciclismo en el charco de la trampa no es más que una visión parcial de la realidad.

Leemos esta pieza en un medio muy crítico con todo aquel ciclismo y nos damos cuenta que el legado de la ONCE en ciclismo merece también otras lecturas.

Sitúan la acción en aquella etapa del Tour de 1992 cuando el equipo echó el resto para que Laurent Jalabert pudiera ser el primer francés, desde Bernard Hinault, en vestir el maillot verde.

Venden aquella jornada como una actuación coral en la que el valor del equipo se impuso en beneficio de su líder.

Y eso también fue la ONCE, un bloque que era uno, rocoso y férreo, que no sólo intimidaba, también ejecutaba el plan establecido con una precisión suiza.

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Cosas así no son fruto de la casualidad ni la improvisación que otros han llevado a cabo, entrenando cronos por equipos solo cuando una grande prevé ponerla ese año, eso es método y plan, estrategia y ejecución, cosas que hace 25 años sonaban a cuentos chinos en muchos sitios.

Esa forma de hacer la impuso un chavalillo llamado Manolo Saiz en 1989, desconocido para todos, pero con ideas bajo el brazo que vinieron para quedarse. 

En la relación de innovadores en ciclismo no hubo tantos, señalan lo que ha hecho el Team Sky esta década, también el Garmin de Vaughters, antes pudieron contarse Guimard y el tinglado que montó con Fignon, los bloques de Peter Post y poco más.

La ONCE merece ese sitio en el ciclismo según un medio anglosajoón, garante de la limpieza y la moral, y eso es de destacar. 

Podremos sacarle mil peros, todo fue mejorable, pero cada uno vivió su tiempo y compitió con lo que hubo, pero que ver imágenes de Breukink en el Tour del 93 con ese mono, recordar esos cascos Giro, esas Look, es beber de una modernidad avanzada a su tiempo es una realidad, como que la armada amarilla fue una avanzada a su época.

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La desconocida historia de Enric Armengol

Enric Armengol JoanSeguidor

Fallecido muy joven Enric Armengol fue un prometedor y fugaz ciclista

Enric Armengol fue un joven ciclista muy prometedor que murió en un accidente en carrera a la edad de 21 años cuando todavía tenía toda su vida por delante.

A pesar de su juventud, Armengol ya se había consolidado como una de las grandes promesas del panorama ciclista español en los años 40, con victorias de prestigio como un triunfo de etapa a la Volta Ciclista a Catalunya o el Trofeo Masferrer.

Su sobrino, Endika Armengol Pérez, ha recogido en un libro documentación, artículos y fotografías sobre su trayectoria a modo de homenaje de un ciclista que tuvo una breve carrera pero intensa. Bajo el título de “Una estrella fugaz” (Editorial Hebras de Tinta) se puede redescubrir la figura de Armengol.

Su gran momento como ciclista llegó precisamente a la Volta Ciclista a Catalunya de 1945, en la etapa inaugural de la 25a edición, cuando obtuvo el triunfo de etapa al Circuito de Montjuic, protagonizando una escapada triunfadora con Bernardo Ruiz.

En aquella misma edición tuvo que abandonar por una caída.

Pocas semanas después, el 7 de octubre de 1945, Armengol sufrió el trágico accidente en una prueba social organizada por la UD Las Corts, donde perdió la vida días después a consecuencia de las heridas por el choque frontal con un vehículo.

La Volta Ciclista a Catalunya organiza anualmente -en los últimos años dentro de las carreras de la Fiesta Mayor de Sants- el Trofeo Enric Armengol, de la categoría de Júniors, en memoria del ciclista nacido en La Palma de Cervelló, y que este 2020 tenía que celebrar la 74ena edición (finalmente se tendrá que disputar al 2021 por la pandemia del Covid-19).

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No salen todos en la foto del bidón entre Bartali y Coppi

Tour de Francia - Bartali y Coppi JoanSeguidor

En la foto de Bartali, Coppi y el bidón resulta que tiene truco

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Se trata de una estampa inolvidable, impresa en la memoria de cualquier aficionado ciclista al margen de su edad. Fausto Coppi y Gino Bartali en las rampas del Galibier, tostados bajo un sol de justicia.

Una vida entera les separa.

Una rivalidad de tintes mitológicos, preñada de lecturas socio-culturales, metafísicas y literatas

Nada les une.

Nada excepto un bidón de agua.

Sus manos se entrelazan fugazmente durante el Tour de Francia de 1952, ya en el ocaso de Bartali, en el último año de verdadera gloria de Coppi, cuando la ronda francesa se corría por nacionalidades y Bartali, envejecido y ufano, afrontó con pesar su rol de gregario para Coppi, quien una vez fue su teórico ayudante.

Tan poderosa imagen fue publicada por primera vez en el número 28 de la revista Calcio e Ciclismo Illustrato.

La imagen mostraba a ambos ciclistas en solitario.

La sombra incierta de un rival a rueda de Bartali es irrelevante.

La fotografía representa la disputa entrena entre las dos Italias, la agraria y urbana, la septentrional y meridional, la racional y religiosa

Desde un primer momento, se convirtió en objeto de disputa…

¿Quién entregaba el bidón a quién?

¿Qué Italia acudía al rescate de la otra?

¿Qué clave sostenía aquella bóveda caótica e incomprensible de nación?

Bartali negó en todo momento recibir nada de Coppi.

«Se lo di yo», explicaría, el ego de los dos impedía asumir cualquier vulnerabilidad.

Creció el mito y la cuestión aún hoy irresuelta en torno al bidón.

Y nos olvidamos de todos los demás. Resulta que la fotografía original incluía a otro ciclista, menos agraciado y recordado que el dúo italiano: Stan Ockers, un belga competente que terminaría aquel Tour segundo.

Estaba allí. Junto a Coppi y Bartali. Al lado.

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Pero fue borrado de la imagen.

Lo sabemos hoy gracias a que un apasionado italiano, Carlo Delfino, la ha encontrado en el inmenso archivo de Marino Vigna, leyenda de la pista y ex-olímpico.

El negativo original mostraba a Ockers y a la sombras de otros ciclistas.

Bartali siempre explicó que había más rivales junto a ellos, probablemente Bernardo Ruiz, Antonio Gelabert y Raphaël Géminiani.

Todos nos habíamos olvidado de ellos.

Como cuenta Il Corriere, la «soledad» de Coppi y Bartali se había convertido en una leyenda indisociable de su rivalidad, del relato que Italia construyó en torno a aquella imagen.

Ockers representaba un incordio.

Y se moldeó la realidad para apuntalar una leyenda que pervivirá por siempre.

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Aquella fotografía no muestra nada de lo que siempre imaginamos, pero sí es un imborrable testimonio del carácter totémico del ciclismo.

Un deporte empeñado en construir leyendas, en inventar su propia tradición, en trascender mediante la lírica a los hechos sobre la carretera, tan mundanos.

Y por todo ello tan emocionante.

Por Andrés P. Mohorte@CdelVentoux 

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Mi primer julio sin Tour

Tour de Francia - Perico Delgado JoanSeguidor

Nunca habríamos imaginado un mes de julio sin Tour

Recuerdo un verano, un julio hace mucho, que me enamoré de una carrera, el Tour.

Vagos recuerdos, que mirándolo con el tiempo, comprobé que se situaban en la legendaria edición de Lemond e Hinault.

Vagos recuerdos de una contrarreloj en una televisión en un pequeño bar del barrio, una crono, que después me aseguré que fue aquella de Lac de Vassiviere que selló el éxito americano sobre ese francés que no aceptaba el peso de los años.

 

Desde entonces julio es Tour, el Tour de Francia, el Tour por Francia. 

Y aprendimos a leer prensa en sus portadas, a querer el paisaje desde el helicóptero, a saber geografía en los atlas de carretera, a medir los puertos, saber de los desniveles, de los coeficientes.

Entraron en nuestra vida nombres como Tourmalet, Aubisque, Galibier y Alpe d´ Huez, teatro de sueños, leyendas, que veíamos lejanos, que nunca pensábamos que un día los conoceríamos.

Aterrizaron nombres y sensaciones.

Aquel Tour que Perico perdió en el filo con Roche, esa crono donde la mostaza, en Dijon, días después de apreciar al irlandés ido entre la muchedumbre en la cumbre de La Plagne.

Los Tours de Perico fueron una montaña rusa por la curva de la emoción. 

Aquellas carreras corridas al albur de tórridos veranos, siempre en el filo de la sorpresa, algunas veces agradables, otras inolvidables, la edición que empezó con tres minutos de retraso en Luxemburgo.

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No hay julio sin Tour, ni Tour que no sea en julio. 

El ciclismo que demostró que ese americano llamado Greg Lemond era mágico, que bebió de una modernidad que sigue presente…

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Un disparo mal dado en una jornada de caza casi acabó con su vida, un rival navarro, grande y fuerte acabaría con sus aspiraciones en la única gran carrera que motivaba.

Los cinco Tours de Miguel Indurain son eso calor, julio, pasión y ojos de niñez en una adolescencia que tuvo al de Villaba como un surtidor infinito de valores: precisión, poder, grandeza pero sobre todo humildad.

Aquellos Tours vistos recién levantado, con el dolorcillo de cabeza y la sequedad de las primeras resacas no nos los quitarán nunca.

Una realidad que vimos y vimos, que nadie nos estropeará, como un día nos escribieron: «No tengo ni la más remota idea si dentro de 200 años aparecerá en algún laboratorio de Francia, un doctor o un investigador con una micro muestra de un pis que dejó Induráin en no sé qué sitio, ni si ese pis tendrá un nanogramo de una sustancia que tenía uso terapéutico u otro… Me daría igual»

Pero aquella pasión de verano prendió todo el año.

Aquellas tardes de Tour completaban la frustración de no poder ver la Vuelta, cuando era en abril, porque había cole.

Pero entre julio, el Tour, la Vuelta la pasión fluyó, y llegó a la primavera, a los mundiales, incluso el lejano e inabarcable Giro entró.

Por televisiones que se volcaron con Miguel reinando en Italia, por diarios que siempre daban cuenta de lo que pasaba en la carretera, el ciclismo entró por julio y el Tour y llenó el año de ilusiones.

Un círculo, una rueda que nunca dejó de girar, nunca, hasta este maldito veinte veinte, un año que nos vino maldito, que nos quitó una primavera entera, un Giro y que ahora, hoy, 27 de julio, nos da de bruces contra un realidad que hace poco más de tres meses no podríamos haber imaginado, que este último sábado de junio no dará la salida al Tour…

Porque éste es nuestro primer julio sin Tour.

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Juan Antonio Flecha ¿por qué nunca ganó Roubaix?

Flecha Roubaix JoanSeguidor

Flecha tuvo demasiadas cosas en contra para ganar el Roubaix

En las tardes de Teledeporte durante el coronavirus el ciclismo ha sido nuestro compañero, dicen, con unas buenas audiencias, esta vez ha tocado una de las Roubaix de Flecha, la de 2006.

La carrera que acabó en manos de un magistral Fabian Cancellara, en uno de sus duelos con Boonen, tuvo a Flecha entre los contendientes de Roubaix.

Recuerdo, poco antes de retirarse, una entrevista con Flecha sobre si colgaba la bicicleta sin ganar una «major», eso es Flandes o Roubaix.

Vino a responder que es lo que había, que poco podía hacer más si la victoria no se decantaba… que la vida sigue.

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Y es un poco triste, ciertamente, cuando vemos que en el ciclo de Flecha como profesional, resultaron ganadores en Roubaix ciclistas de perfil menor, sobre el papel, pero que se han quedado con un adoquín de por vida.

Ciclistas como Magnus Bäckstedt, Stuart O´Grady o Johan Van Summeren lograron el éxito que Flecha siempre quiso para sí en Roubaix.

Sin embargo el catalán no lo tuvo nada sencillo, le tocó bailar con la más fea, más feas para ser más preciso y eso añadido a cuestiones de estrategia y capacidades propias.

Ahí van unos motivos por los cuales tuvo a tocar la gloria de Roubaix, pero no lo consiguió…

El primero desde luego compartir generación con dos monstruos como Fabian Cancellara y Tom Boonen, entre ambos siete pedruscos en casa, un legado enorme compartido y sumado entre ambos, una barbaridad sólo al alcance de los más grandes.

Entre Boonen y Cancellara han dominado el paisaje, y cuando ellos no han podido, otros de su equipo han sacado réditos.

Segundo motivo y aunque suene muy español, Flecha nunca tuvo un equipo al cien por cien en su causa.

Sabemos de la rivalidad interna que le supuso un tipo como Sebastian Langeveld, quien miró, legítimamente, por lo suyo, estando en un equipo de casa, antes que por la suerte de ese español excéntrico que le gustaban los adoquines.

Es curioso, el mejor aliado de Flecha, Mathew Hayman sí que ganó en Roubaix en una de las mejores carreras de los últimos tiempos.

Otro argumento, las caídas, cortes, malos pasos… Flecha siempre tuvo algo que fallaba, o no estaba cuando el corte final se hacía o la avería sobrevenía en el peor momento.

Incluso la caída.

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Una vez hizo la carrera desde adelante, el podio de 2005, pero tuvo la mala suerte de arrastrar a Tom Boonen hasta meta, y eso, esos años era mortal.

Y es que el cuarto punto fue la falta de velocidad, que no le impidió derrotar a un buen sprinter a rachas como Wesemann para ser segundo tras O´Grady.

La secuencia de Flecha en Roubaix es elocuente 23-13-3-4-2-12-5-3-9-4-8, no es un código de barras, no, es la estela numérica de un corredor cuya suerte y lucha reflejan la complejidad de la gesta de ganar en ese velódromo en el obligo del infierno llamado Roubaix.

Imagen: Dorsal 51

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Lance Armstrong y el mejor homenaje a Carlos Sastre

Tour de Francia - Carlos Sastre JoanSeguidor

El desprecio de Lance Armstrong a Carlos Sastre es gratuito e innecesario

Si Lance Armstrong quería poner en el mapa a Carlos Sastre lo ha logrado, no sé si queriendo, o si sólo con la simple intención de mofa.

 

El comentario, que no es la primera vez que lo hace, se enmarca en ese documental que el americano propicia para prodigar su verdad y se replica por cientos en las redes, y deja claro que si Carlos Sastre puede ganar el Tour, él podía volver perfectamente.

A pesar de vivir en un entorno global, ser uno de los primeros padrinos de twitter y todas esas cosas, el tejano nunca ha escondido su curiosidad por el carácter mesetario en más de una ocasión, obviamente el otro actor en esta ecuación es Alberto Contador.

Carlos Sastre no es un prodigio de popularidad, a un servidor, por ejemplo, no le entusiasmaba escucharle en la televisión, pero como ciclista y persona, lo cierto es que está a años luz de Lance Armstrong.

Cinco minutos con la voz calmada del abulense, hablando de sus cadetillos, de la fundación, dedicándote su tiempo, su mirada y atención, desentrañan un cariño por el ciclismo que dudo haya tenido nunca el americano que se pica hasta con su sombra.

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Y no sólo eso, es cuestión de clase y modales, también de humildad, Lance Armstrong no ha conocido todo eso, Carlos Sastre le podría dar lecciones.

Pero no creo que lo haga, ni siquiera creo que le ofenda lo que ha dicho, él será feliz con su gente, en su entorno, sacando rédito a una, entiendo, cómoda vida que se ha granjeado en la carretera y ganando un Tour con total merecimiento, porque de los que corrieron ese año, en ese momento, fue el mejor y punto.

Dicen que el hombre es la persona que tropieza dos veces con la misma piedra, Armstrong no ha sacado nada en claro de cuán cara le costó su altanería dejando enemigos por el camino.

Pensamos que el americano no hizo cosas muy diferentes a sus contemporáneos, pero él ha sido cabeza de turco, conejillo de indias, y pagó los platos rotos, quizá no le dé el coco para pensar por qué él y no otros..

Y sí, Sastre ha corrido con Manolo Saiz, con Riis y otros ¿ha pitado? ¿tenemos pruebas de su trampa? no, pues circulen…

Lance Armstrong le ha regalado una cuota de protagonismo a Carlos Sastre que el aludido no necesita para continuar como si tal cosa, el que ofende, sin embargo, necesita el foco como quien bebe el agua de los floreros.

Ciclismo de los 80 y 90 vs ciclismo actual

Siempre miramos el ciclismo de los 80 con justificada nostalgia

Soy de una generación de amantes del ciclismo que aún creen que cualquier tiempo pasado fue mejor y claro nos viene a la mente el ciclismo de los 80 y por ende 90.

Y digo «aún», porque no he encontrado todavía ningún argumento que me indique a pensar todo lo contrario: que el ciclismo actual es mejor que el de hace 20, 30 y, ya no digo, 40 años atrás.

Es así.

Pienso que somos muchos los que opinamos de esta manera, sobre todo aquellos que ya tenemos una edad por encima de los 50 años.

Esto no significa que más jóvenes – incluso mucho más jóvenes-, también sean partidarios de esta misma idea: que los ciclistas de los 80 eran mejores que los de los 90 y éstos, a su vez, mejores que los actuales.

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Pero, ojo, quizás habría que distinguir entre «quiénes eran mejores» y «quiénes nos hicieron disfrutar más».

Eso está claro porque, por supuesto, no vamos a dudar de la profesionalidad, el carácter o la fortaleza tanto física y mental de los corredores de hoy en día.

Ni de sus mejores líderes.

Ahí están, son unos campeones, unos héroes, unos gigantes, como ya hablamos de ellos no hace mucho en este mal anillado Cuaderno.

Pero… ¡ay! cuando se trata de echar la vista atrás y recordar aquellos Tours de los 80, por poner algún ejemplo, que disfrutamos como niños, podemos recordar con añoranza que no tienen nada que ver a los más sosos y aburridos que se disputan en la actualidad.

¿No os parece? ¿Estáis de acuerdo?

Lo hemos comprobado y demostrado, además, con la feliz idea del canal Teledeporte de reemitir las mejores etapas de la historia de este sacrificado deporte -al menos del ciclismo español- para hacernos más llevadero el confinamiento en casa de estos últimos tres meses.

La mayoría de ellas han sido sacadas directamente del baúl de los recuerdos: carreras de los 80 -la mayoría-, los 90 -pocas-, y a partir del año 2000 -las que menos-.

Hemos visto que prácticamente todos los aficionados hemos suspirado por aquel épico ciclismo de esforzados de la ruta, de leyenda y épica,  de héroes que sufrían, sudaban, se desvanecían y al final solo quedaba uno.

Era un tiempo en que el ciclismo no era sinónimo de escándalos y sustancias prohibidas, en el que los corredores hacían historia engrandeciendo las carreras por donde pasaban, años del sinuoso movimiento de la serpiente multicolor camino de la sacrificada vida que habían elegido estos deportistas.

Si hasta Ibón Zugasti  el otro día opinaba, hablando con Joseba Arizaga (Orbea), que «el ciclismo de los 80, y hasta de los 90, era un deporte de mineros, de jornaleros, de pasar miserias, de sufridores, muy lejos a lo que es hoy en día: un deporte de culto, de moda, de elegancia».

Como comentamos, quizás también era un ciclismo más bisoño, más inocente, en el que casi no oíamos hablar de dopaje, muy diferente al de ahora, en el que no hace mucho, todos despertamos de golpe sabiendo que muchos habían (o han) corrido con gasolina extra.

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Ciclistas sin pinganillos, sin calculadoras, dueños de su destino, más fuertes, más atléticos, que se batían en aquellas peores carreteras,  muy lejos de la aparente anorexia generalizada que «lucen» muchos corredores en la actualidad, más robotizados, que compiten en un ciclismo más monótono y aburrido, más especializado, en la que se ha perfeccionado de tal manera la preparación física que casi no existen diferencias entre ellos.

Quizás sea la edad, la que ya tenemos, pero aquellos corredores se veían más hombres, quizás vistos por nuestros ojos de niños o de adolescentes, porque los de hoy en día parecen mucho más críos al lado de aquellos fornidos ciclistas de los 80 y los 90.

Nosotros nos quedamos sin duda con aquellos, que no es que fueran mejores, o peores, simplemente nos hacían vibrar más, los que nos engancharon a la pasión por el ciclismo.

Eran días de radio, de épicas crónicas narradas en los periódicos de aquellos años.

Jornadas espectaculares, de ataques desde lejos, de fugas y escapadas,  de emoción, de pájaras y desfallecimientos, de errores y despistes

Un ciclismo «a pelo».

Cada etapa de montaña era sinónimo de lucha y de batalla, una oportunidad para el ciclismo de ataque, no como ahora que incluso en estas grandes jornadas a veces nos hacen hasta bostezar.

¿No es así, amigos?

Quizás, como decimos, no se trata de saber quienes fueron mejores sino quienes nos hicieron disfrutar más.

Por ese motivo, os invitamos a elegir entre este elenco de grandes ciclistas:

¿Con qué os quedáis? ¿Con los años 80 de Perico, Hinault, Lemond, Roche, Kelly, Herrera, Moser, Fignon…?

¿Con los 90 de Induráin, Bugno, Chiappucci, Cipollini, Jalabert, Zulle, Rominger, Pantani, Tonkov, Rijs…?

¿Con los del año 2000 como Ullrich, Basso, Vinokourov, Contador, Simoni, Heras, Armstrong -a pesar de todo- o el «eterno» Alejandro Valverde?

En vuestra mano dejamos la sentencia final.