Aquellas Milán- San Remo de Oscar Freire

Oscar Freire Milan San Remo Joanseguidor

Freire hizo historia en la Milán-San Remo y ésta tuvo a uno de los más grandes de siempre

He leído que algunos aficionados se han referido a la edición 2013 de la Milán-San Remo como la del año I d.F. (año uno después de Freire).

De entrada me pareció simpático, pero pensándolo con más calma, el apunte tiene más fondo, ciertamente: Esta nueva era para el ciclismo español en las grandes clásicas que se inaugura este fin de semana será la primera sin Óscar Freire, sí, pero más allá de la anécdota, su retirada es ley de vida, lo que asusta es un horizonte sin relevo para el cántabro.

Sé que no soy una excepción si admito sin tapujos que adoro la Classicissima gracias a Óscar.

Su mágico kilometraje, su recorrido casi invariable en decenas de años y su siempre emocionante final me cautivaron por culpa de un chaval de Torrelavega que llegó para hacer saltar por los aires mi esquema mental de típico aficionado español ‘¿dónde-están-los-puertos-de-montaña?’.

Nada más llegar a Mapei, con su flamante maillot de Campeón del Mundo, ya anunció que uno de sus objetivos era ‘la Sanremo’, como siempre la ha nombrado Óscar, y sus triunfos en el inicio del año 2000 hicieron surgir una euforia entre prensa y aficionados que le situaron entre los favoritos sin haber debutado siquiera en la carrera.

Dos anomalías: una, un español mostrando aspiraciones, y dos, meter en las quinielas a un novato a quien Mapei llevó en helicóptero a reconocer los puntos clave del recorrido.

La cuestión es que Freire debutó con podio e inauguró una relación muy fructífera, me atrevería a decir que incluso inédita, entre ciclista y monumento.

Desde aquel primer cajón, tras Zabel y Baldato, Óscar se mantuvo siempre entre los ocho primeros clasificados en todas sus participaciones en la Milán-San Remo a excepción del 2011, cuando con el dorsal uno una caída en el descenso de Le Manie –la incorporación más reciente al recorrido- le dejó sin opciones de llegar con el grupo delantero y sólo pudo acabar el 97º. Antes, en Vitalicio no tuvo oportunidad de acudir a La Primavera, y después, sólo las lesiones en 2001 y 2009 le alejaron de su cita con la salida en Milán.

De aquel primer podio que nos descubrió también cuán forofa estaba dispuesta a ser la prensa española para defender al nuevo ídolo nacional frente a un súper equipo, Mapei, acusado de anárquico en el tramo final de la carrera y de incluso boicotear al español, Óscar sacó una lectura muy positiva.

Freire Milan San Remo JoanSeguidor
Imagen: http://ciclismosobreletras.blogspot.com/

“Sigo pensando que es una clásica perfecta para mí. El vencedor tiene 30 años y yo 24, sé que me quedan muchas oportunidades para ganar aquí, pero me da rabia tener que esperar otro año porque podría haberlo hecho éste mismo”.

No iba nada desencaminado Freire.

Tan perfecta era para él que hasta tres veces luce en su palmarés. Permitidme que recurra al libro biográfico que próximamente estará disponible para apuntar tres pinceladas de cada una

de esas enormes victorias tal y como se comentan en ‘Óscar Freire. El genio del arcoíris’ (Titano). De su primer triunfo, ha quedado una foto mítica, con Óscar apurando sus opciones frente a un Zabel demasiado ansioso por celebrar una victoria que se le escapó por milímetros mientras levantaba los brazos.

«En su momento no fue muy divertido, pero cuando recuerdo ahora aquella Milán-San Remo, cómo me ganó cuando yo estaba saboreando ya la victoria… no puedo evitar sonreír ¡Y eso que fue muy decepcionante!», admite Erik Zabel.

El de 2007 fue un triunfo saboreado con más tranquilidad.

Óscar acumulaba ya resultados muy destacados cada año y en el centenario de la prueba, la incontestable victoria de Freire en San Remo, con un sprint magistral, no hizo más que confirmar su idilio con la carrera en un año en que no se contó especialmente con él para las quinielas de favoritos pese que advierta, él mismo, que llegaba con los deberes hechos.

«Esta mañana, antes de la salida, tenía más fe en mí mismo de lo habitual. Sabía que estaba preparado», dijo, lo que junto a un desarrollo de la carrera muy parecido al soñado, le puso en bandeja la posibilidad de luchar por el triunfo: «Lo importante era llegar todos juntos a la parte final. Sabía que los ataques no iban a tener éxito. Casi siempre tuvimos el viento de cola y eso hace que la fatiga sea menor». Luego solo tuvo que aplicar «cabeza».

Particularmente, la tercera San Remo fue la que más me emocionó.

Por diversas razones: porque tres triunfos en el mismo monumento son sinónimo de historia del ciclismo, porque en 2009 se rozó el desprecio personal hacia Óscar y ese golpe sobre la mesa calló muchas bocas, porque fue un triunfo apabullante y porque por aquel entonces yo ya estaba convencido de que Óscar merecía un libro cuando decidiera retirarse.

«El momento más difícil para mí fue en el descenso del Poggio. Pozzato se escapó con cinco o seis más. Temí que pudieran marcharse. Cuando atacó, sabía que yo solo podía buscar una rueda buena, yo no podía cogerlo. La única manera de que yo pudiera ganar era en un sprint», admitiría después el cántabro.

Liquigas trabajó para Bennati y comandó el grupo cuando pasaban por la pancarta de último kilómetro, pero Freire optó por coger la rueda de Boonen.

Aguantó ahí hasta los últimos 50 metros, cuando se abrió paso con una potencia descomunal y en unas cuentas pedaladas dejó a sus rivales —¡como había pronosticado, Boonen y Petacchi!— a más de una bicicleta de margen.

A mí se me va a hacer raro seguir la carrera sin los nervios de quien desea lo mejor para alguien cercano, pero el virus de la San Remo será algo permanente ya y por ello el domingo me dispondré a disfrutarla como se merece.

Por Juanma Muraday, autor del libro  ‘Óscar Freire. El genio del arcoíris’

 

 

Rivalidades que dividieron países: Bahamontes vs Loroño

Nadie entiende el ciclismo de los 50 sin la rivalidad Bahamontes-Loroño

Mientras que Bahamontes es conocido internacionalmente por sus hazañas en el Tour de Francia, carrera que ganó en 1959 y en la que triunfó seis veces en el premio de la montaña, Jesús Loroño forjó su palmarés sobre todo en España, por lo que es un personaje prácticamente desconocido más allá de los Pirineos.

Su rivalidad con Bahamontes marcó toda una época del ciclismo español, en la que los loroñistas y los bahamontistas discutían enconadamente intentando convencerse mutuamente de que Jesús era un corredor más completo y Bahamontes era el mejor escalador.

Nacido en un caserío de Larrabetzu, en la provincia de Vizcaya, el octavo de nueve hijos, Loroño tenía 11 años cuando estalló la Guerra Civil.

El pueblo estaba cerca del Cinturón de Hierro, la línea defensiva establecida por la República alrededor de Bilbao, donde Jesús se dedicaba a cavar trincheras por un duro al día.

Era demasiado joven como para ser internado en un campo de prisioneros, un destino que padecieron cinco de sus hermanos cuando el País Vasco cayó en manos de los sublevados.

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Cuando su padre murió en 1941, Loroño tuvo que ponerse a trabajar duro, yendo en bicicleta al monte para cortar leña y ayudando en el caserío.

Empezó a competir en carreras de la zona, para las que entrenaba medio a escondidas, por las noches, bajo la amenaza de su madre de tirar la bicicleta por un barranco, porque temía que su hijo fuera a pillar una tuberculosis sudando en las frías y húmedas noches vascas.

Cuando estaba a punto de emigrar a Chile, donde ya vivía uno de sus hermanos, Loroño fue llamado al servicio militar, donde tuvo la suerte de tener a un aficionado al ciclismo como capitán, quien le animó a seguir entrenando.

Un día de 1947 Loroño pidió permiso para participar en una carrera de la zona, pero se le denegó; el capitán le dijo que solo se lo concedería si era para ir a Asturias a enfrentarse con los profesionales en la clásica Subida al Naranco, que Fermín Trueba había ganado los dos años anteriores. Como difícilmente podía plantearse desobedecer órdenes, Loroño acabó en Oviedo tomando la salida de la prueba junto con los cracks de la época en lo que por entonces era una prueba de dos días, y sin dinero suficiente en el bolsillo para pagarse el viaje de regreso.

Con su tercera posición el primer día ganó dinero suficiente para cubrir sus gastos y confianza a raudales para afrontar la segunda etapa. Los ciclistas más curtidos miraban asombrados a aquel fornido joven vasco de cabellera negra y rizada y facciones marcadas que se atrevía a atacar al pie del Naranco.

En lugar de descolgarse acabó ganando no solo la etapa, sino también la clasificación general e incluso el premio de la combatividad.

Loroño acababa de ponerse en órbita, aunque el momento no era muy oportuno.

El ciclismo español estaba todavía muy lejos de su plena recuperación, tal y como el fiasco del Tour de 1949 había demostrado.

Cuando Loroño debutó en la prueba francesa, en 1953, ganó la montaña y una etapa en los Pirineos; conseguiría su mejor clasificación, quinto, en 1957.

Tuvo la desgracia de correr en una época en que los ciclistas españoles cuando iban al extranjero estaban demasiado obsesionados con hacer acopio de recambios de calidad que no se podían encontrar en España como para dedicarse en cuerpo y alma al trabajo de equipo.

Hay motivos de sobra para pensar que, si hubiera tenido el apoyo adecuado, Loroño había conseguido mucho más, quizá llegando incluso a igualar las hazañas de su rival, quien gozó de más y mejores oportunidades.

Lejos de los verdes valles del País Vasco, Bahamontes había nacido en la Meseta calcinada por el sol, cerca de Toledo, donde desde muy joven trabajaba de repartidor, tirando de un carrito con su bicicleta.

En una entrevista concedida cuando cumplió 70 años, Bahamontes recordaba su infancia durante los años del hambre: “Trabajaba en el estraperlo y comía mondas de patata fritas y gatos asados como si fueran conejos. A los 17 años cargaba mi bicicleta con sacos de patatas de 150 kilos.

Y yo solo pesaba 56”.

Un trabajo agotador que lo iba a curtir de cara a su futura carrera como ciclista.

La fama le llegó en 1954, cuando Bahamontes ganó la montaña en el Tour de Francia al año siguiente de que lo hiciera Loroño, y 17 años después de Berrendero.

La historia de cómo se detuvo en la cima de un puerto para tomarse un helado mientras esperaba la llegada del pelotón hoy en día forma parte de la leyenda.

De hecho estaba perpetuando una tradición entre los ciclistas españoles; en los años 30 Berrendero y Ezquerra a menudo paraban para tomarse una cervecita rápida en la cima de los puertos. Hacerse con el premio de la montaña solo se consideraba inferior a ganar la general del Tour, ya que comportaba publicidad y contratos lucrativos.

La general se daba por perdida de antemano, y apuntar a las victorias de etapa se consideraba un desperdicio de energía que era mejor reservar para acumular puntos en la montaña.

Desde sus inicios como ciclista, Bahamontes fue etiquetado como un personaje.

Su silueta enjuta se distinguía con facilidad tan pronto como saltaba del pelotón: espalda recta, manos en el centro del manillar, marcando un ágil ritmo de pedaleo con movimientos acompasados de la cabeza. Su táctica habitual era lanzar una primera aceleración para ver cómo reaccionaban sus rivales. Entonces volvía a aumentar el ritmo, que pocos querían o podían seguir, ya que sabían que más tarde pagarían por ello.

A pesar de que eran rivales directos, Bahamontes y Loroño se vieron obligados durante años a compartir equipo.

Para buscar un símil moderno, imaginen que Óscar Sevilla y Aitor González, tras su choque en la Vuelta de 2002, se hubieran visto obligados a seguir en el Kelme y a participar en las mismas carreras en vez de separarse.

La atmósfera habría sido irrespirable. Bahamontes y Loroño fueron más comedidos en una época en que conseguir una plaza en el equipo nacional era el sueño de todo ciclista.

No obstante, su rivalidad no fue del todo negativa: según Ángel Giner, biógrafo de Bahamontes, “un héroe, ya sea ciclista o guerrero, nunca puede llegar a tal grado sin un enemigo al que vencer”.

Al forzarlos a compartir equipo se ponía aún más de relieve hasta qué punto sus personalidades eran incompatibles.

Loroño, el León de Larrabetzu, era un hombre reservado, enormemente orgulloso, a quien el fervor de sus seguidores vascos empujaba a dar hasta su último gramo de fuerza.

El Águila de Toledo era voluble y volátil, inclinado a actuar según extraños caprichos y aparentemente insensible a cualquier expectativa que se hubiera depositado en su persona.

Un día se elevaba a la altura de su apodo y dejaba a todo el mundo boquiabierto con sus portentosas escaladas de los puertos más exigentes, y al siguiente se comportaba como una gallina aturullada.

Su retirada del Tour de 1957 constituye otro hecho legendario: alegando que le dolía el brazo a causa de una inyección de calcio que le habían administrado aquella mañana, se quitó las zapatillas e invadió el pedazo de prado donde una familia francesa tomaba pacíficamente su piscolabis, sentándose en posición fetal y haciendo oídos sordos a todas las requisitorias que le lanzaron.

No estaba dispuesto a menearse, ni por su madre, ni por su mujer, ni por España, ni por Franco. Pero los aficionados acabaron perdonándolo, porque a un genio siempre se le perdonan sus momentos de debilidad.

Extracto de libro “Viva la Vuelta” publicado por Cultura Ciclista

Imágenes tomadas de www.euskomedia.org i pedaleoluegoexisto.blogspot.com

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Fausto Coppi inventó La Primavera

Fausto Coppi Primavera JoanSeguidor

Nos vamos a la primavera que iluminó Fausto Coppi

Cuando Coppi salía del negro túnel del Turchino, Italia entera resoplaba tras años de humillación: estaba floreciendo la primavera.

El francés Tesseire, segundo, circulaba a un cuarto de hora, los otros más lejos. Cuando la Milán-San Remo ni siquiera había dejado la Lombardía, el vencedor ya iba solo.

Era Fausto Coppi.

Era la primera gran carrera de Italia tras la Segunda Guerra Mundial.

Era la Milán-San Remo de 1946, la primavera de Fausto Coppi e Italia.

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Coppi culminó su magna obra con 147 kilómetros de escapada en solitario.

Cuando la carrera cruzaba las pedanías milanesas, Fausto ya estaba al comando.

Turchino ese punto celebre de la Milán-San Remo es un paso de no más de 50 metros, oscuro y perentorio.

Ese día vio la luz, la primavera que vino con Fausto Coppi, cargada a sus espaldas. Una multitud lo aclamaba. “Habemus Campeonnissimo”.

Una vez cruzada la meta de San Remo, Bartali se mostraba abatido, se sabía en retirada ante el nuevo fenómeno surgido de las cenizas de la conflagración mundial. Emergía sin embargo una legendaria rivalidad que fue llevada a todos los campos.

Coppi era el hombre moderno, libre pensador, estiloso, adscrito a los avances de la dietética y del entrenamiento científico.

Gino fue “el piadoso”, el campeón monacal.

Un ser humano excepcional que jugó a ser héroe, anónimo durante mucho tiempo, en la guerra. Coppi era díscolo.

Dejaba a Bruna y su domicilio conyugal para irse con la conocida como “Dama Blanca”.

Bartali, el feligrés, icono de la Italia puritana y férrea, incluso rechazó besar a la miss Josephine Baker, en la salida del Tour de 1938 en París por estar comprometido.

Pero las exhibiciones de Coppi tenía “truco”.

Trabajaba con un masajista ciego que le seguía por doquier.

Con él Coppi revolucionó el concepto de optimización en el ciclismo. Sacó partido y punta a todo aquello que los grandes anteriores habían omitido. Su esfuerzo y sacrificios serían pasto de técnicas inusitadas hasta entonces.

Coppi resultó la Primavera del ciclismo.

El punto de inflexión.

Nada fue igual tras él.

Pero Coppi no se entiende sin Bartali.

Entre ambos ganaron ocho Giros y cuatro Tours.

Su pique les llevó a autoeliminarse ante la incredulidad de los rivales en el Mundial de 1949.

Incluso Bartali llegó a pensar que las pócimas de Coppi le daban un poder sobrenatural.

Dijo: “Miraré todo lo que me parezca sospechoso. Todos los frascos, todas las pomadas, todas las botellas. Se los daré a un amigo farmacéutico”. Hay que cosas que desde entonces no han cambiado.

Foto tomada de http://cobblesandhills.com

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Tirreno-Adriático 2013: Grazie Vincenzo

Tirreno-Adriático 2013 Vincenzo Nibali JoanSeguidor

Aquella Tirreno-Adriático del 13 es una de las carreras de la década

Retomamos la página de la historia estos días que extrañaremos la Tirreno-Adriático con aquella memorable edición de 2013, cuando frente a todo pronóstico Vincenzo Nibali tomó la cabeza y…

—escrito el 11 de marzo de 2013

Un espectador bromeaba hoy vía twitter en la retransmisión de Esport 3 de la etapa de la Tirreno-Adriático: “Hoy todos los Excel se han cortocircuitado en Team Sky”. Qué gráfica descripción de la realidad, qué gráfica y fiel porque en la grandeza del ciclismo cabe siempre lo improbable y lo discutible.

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La penúltima jornada de la Tirreno presentaba una orografía complicada que corrida a cara de perro podría resultar demoledora. Con lluvia y peligro a cada curva, estaba claro que si hoy no se discutía el atronador dominio de los hombres de negro pocas opciones se darían a lo largo de la temporada. Vincezo Nibali ha demostrado que hay esperanza para la raza humana. El quijotesco pesimismo que nos invadió al ver tan enteros y capaces a los Sky rompió contra los molinos y nos dio un resultado improbable hace unas horas.

Por que si contrastamos hombre por hombre, Vincenzo Nibali es seguramente en un mano a mano el peor corredor de los cuatro primeros clasificados en la jornada final de esta Tirreno. Mano a mano el italiano ha salido perjudicado de sus pulsos con Froome, Contador y Purito. Sin embargo, en el matiz de lo incierto que a veces sustenta las finas ruedas de estos héroes se encuentra la sisma para hacer daño.

Nibali fue el más listo de la clase. Con una general prácticamente perdida, virtualmente incluso, no cejó en el empeño de quien se sabe capaz y arrimó el milagro a su pedalear. Salvada esa pared de impronunciable cuesta, reventó hacia abajo. Buscó la suerte, no le vino ésta a ver. Y la encontró. Primero en forma de aliado conocido como Peter Sagan, y posteriormente Purito, y luego con el desaguisado que rodeaba a Froome, muy vulnerable en jornadas perrunas, tanto que deberá revisar abiertamente sus habilidades en tales circunstancias.

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Si en nuestra anterior entrada hablábamos de los problemas centrífugos que podían lastrar a Sky, con la competencia interna disparada a mil, pongamos ahora la lupa sobre las minas que le podrán sus rivales, que no son pocos y le tienen ganas. Nibali ha demostrado que el talento no es darle fuerte a los pedales sino que darle mejor, ser eficiente. Y hoy lo ha sido. Ha demostrado que el año es largo y en cualquier giro está la sorpresa. Grazie Vincenzo.

Foto tomada de www.cyclingnews.com

Triunfos anónimos: Herminio Díaz Zabala fue almirante de los dos mares

Herminio Díaz Zabala Tirreno JoanSeguidor

Cuando Herminio Díaz Zabala ganó toda una Tirreno-Adriático

Si en los años recientes nos hemos acostumbrado a ver a ciclistas españoles hollar nuevas dimensiones, hubo un tiempo que ciertos cotos parecían vedados a los nuestros.
Una de las mejores carreras del calendario, la Tirreno- Adriático, que estos días anda cruzando de costa a costa el ancho de la bota transalpina, no tuvo acento ganador hasta que aquel ciclista de generosa entrega llamado Herminio Díaz Zabala logó el éxito en el año 1991.
Y es que en el libro de oro de la ONCE, Herminio ocupa plaza afortunada.
Compañero de Perico en su Tour triunfal, le dio al cuadro dirigido por Manolo Sainz su primera gran victoria, esa que dicen nunca se olvida, con una etapa en la Vuelta a España de 1989 con final en Benicassim.
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Sin embargo si hubo una victoria que este cántabro pudo saborear con excelente tino fue esa Tirreno que acabó embolsando en un palmarés asimétrico en cantidad respecto a la calidad humana y derroche que generó a favor de otros.
En esa edición de la Tirreno Herminio debió correr con el pálpito desde el inicio pues entre Pompeya y Octaviano ya estuvo ojo avizor insertándose en fuga buena con muy buenos elementos rodeándole, tales como Taffi, Ghirotto, Wegmuller o Raúl Alcalá. Tercero en esa jornada el equipo decidió trabajar la inesperada baza del ciclista cántabro.
De esta manera la carrera estuvo atada hasta la crono final de San Benedetto del Tronto, ese lugar ya fijo en la carrera, donde Herminio sólo era superado por Erik Breukink, entonces en condición de eterna promesa en el PDM, obteniendo un rédito de cuatro segundos pero definitivo sobre Ghirotto en el gran éxito de este ciclista entonces bien dotado de cabello, pero luego reconocido por su estampa inclinada sobre el manillar y despoblada testa.
Un ciclista como pocos quedan, como pocos se ven. Un hombre cuyo mejor triunfo siempre era el ajeno.
Foto tomada de www.ciclo21.com
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Alfonsina Strada: La mujer ciclista que conquistó la luna

Alfonsina Strada puso a la mujer ciclista en la historia

Hay una historia, desconocida, tristemente obviada, no sé por qué no se divulga más, que realmente merece ser escuchada, la historia de una mujer ciclista que hizo algo singular.

Es la leyenda de Alfonsina Strada, la primera y única mujer que engañó a propios y extraños para hacer el Giro de Italia masculino, algo increíble, impensable, inconcebible.

En la edición de 1924 había un nombre entre los inscritos que no levantó sospecha. Era el de Alfonsin Strada. Ataviada con lo necesario para pasar desapercibida, no tardó el respetable en conocer la verdad.

En la octava etapa, Alfonsina sufrió un rotura de manillar y tuvo que finalizar la etapa con un palo de escoba que un espectador le dejó.

Esa medida desesperada le impidió entrar en el plazo permitido, pero la misma valentía que le hizo emprender la aventura en ese ciclismo prehistórico le empujó a insistir hasta la saciedad para que los jueces la readmitieran.

Alfonsina, Alfonsin en la relación de participantes, llegó a Milán con un retraso acumulado de 28 horas respecto a Guiseppe Enrici, toda vez había cubierto los 3600 kilómetros. Su hazaña le valió una interesante gira por los velódromos de media Europa, demostrando una verdad que entonces pareció más obvia que ahora, y no es otra que el ciclismo femenino puede ser rentable y mucho.

Pero no todo fue sencillo para esta aguerrida piamontesa.

 

Mucho antes de competir tuvo que enfrentarse a su familia para desempeñar su trayectoria ciclista.

Se vio obligada poco menos que a dejar el hogar y contraer matrimonio a la edad de 14 años con un mecánico llamado Luigi Strada.

Enamorada de la bicicleta desde bien pequeña, meter un hombre de ciclismo en casa fue el veneno que le hacía falta. Su marido fue su mánager.

Cruz: todos los portabicicletas… 

Posteriormente se casaría tras la segunda Guerra Mundial y con su nuevo marido abriría una tienda de bicicletas hasta que murió con 58 años.

Estos días, noventa años después de su singular logro, algo que nunca más sucedió y que entiendo muy complicado repetir, la localidad de San Salvatore de Monferrato la recuerda con una plaza con su nombre.

Alfonsina Strada, una mujer que bien podría haber sido astronauta.

Foto tomada paneroseacri.wordpress.com

 

Mende siempre será la cima Jalabert

Jalabert Mende JoanSeguidor

Aquel día en Mende, Jalabert puso en jaque el quinto Tour de Indurain

Mende es un lugar insertado en el Macizo Central francés que para los siglos quedará como la cima Laurent Jalabert. La inequívoca figura del mejor ciclista galo de los últimos 20 años fue aquel día de julio del 95 el cuchillo que resquebrajó la resistencia de Miguel Indurain y los suyos en una de las jornadas que quedaron grabadas a fuego en nuestra conciencia.
La pizarra del entonces rosáceo equipo de la ONCE echó humo en aquella travesía por los montes de Lorèze ataviando el mejor ataque que jamás sufriría Miguel. Con la sapiencia de que cerca de meta era tarea imposible importunar al titular del maillot jaune, la cosa quedó en mover la carrera desde lejos, tanto que 200 kilómetros se hicieron cortos.
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La fuga que hizo temblar los cimientos del Tour la integraron tres ONCE más otros tantos italianos.

A Jalabert, aquel día hacia Mende, le secundaba el mejor Melchor Mauri jamás visto junto al australiano Neil Stephens.

Con ellos Massimo Podenzana, Dario Bottaro y Andre Peron. Los seis habrían de abrir un hueco más allá de los nueve minutos.

En Banesto no daban crédito.

Las piernas de los gregarios de Indurain al unísono no enjuagaban el desperfecto. Surgieron entonces varias tesis. A cola del pelotón se fraguaba la ayuda de otros equipos. El manejo de José Miguel Echávarri dio frutos apetecidos para mantener a raya la afrenta de Jalabert.

En la subida final Jaja se deshacía de todos sus rivales.
En la recta del aeródromo, un 14 de julio, al cielo, el de Mazamet sumaba una victoria antológica, algo no visto desde que Chiapucci se armara de valor hacia Sestriere.
A aquellos que nos empañaron la mirada aquel día.
Muchas gracias.
Imagen: Graham Watson

La Het Nieuwsblad de Stannard: La mejor jornada ciclista en años

Het nieuwsblad Stannard JoanSeguidor

La segunda Het Nieuwsblad de Stannard figura entre los momentos top de las primaveras recientes

Cuando aquel cuarteto (Boonen, Terpstra, Stannard y Vandenbergh)  entraba en Gante para jugarse la primera gran pieza de la primavera de 2015, la Het Nieuwsblad, pocos esperaban un desenlace así.

Eran cuatro, lo dicho, Ian Stannard, dorsal uno en la espalda, el año anterior se había impuesto a Greg Van Avermaet en un sprint a dos, agónico, sucio. 

Ian Stannard, dorsal uno de la Het Nieuwsblad en la espalda, 27 años, ciclista del condado de Essex, producto cien x cien Team Sky, un equipo cuyo poder rara vez excedía el límite de las piedras.

Alrededor suyo tres Quick Step, salientes de una brutal criba, como brutal estaba siendo la carrera. 

Capitaneaba la armada Tom Boonen, el rey sol, por quien se podían arruinar estrategias y coherencia en la carretera.

Lefereve quería a Tom en lo alto del podio de la Het Nieuwsblad, con los años la única «major» que no estuvo en su palmarés.

Y para ello no escatimó en ceñir a Niki Terpstra y Stijn Vandenbergh al propósito de Tomeke.

Así es el Cruz Race Dark, un portabicicletas de techo 

Craso error, por que ese Boonen no era el de tres años antes, cuando ganó casi todo, salvo la mentata Het Niuewsblad, ni siquiera el que nos pondría de pie en la Roubaix del año siguiente, cuando Hayman arruinó la fiesta.

Stannard se puso a ello, peló uno a uno a los integrantes del mejor equipo del planeta en estas lides, y en la recta acabó con la suerte de Niki Terpstra, un auténtico negado en llegadas a dos.

Hoy Ian Stannard no figura en la primera línea para la Het Nieuwsblad, pero aquella obra permanece perenne en la memoria del buen aficionado.

Imagen: Ciclismo a fondo