¿Cuál es la capital del ciclismo?

Capital de ciclismo JoanSeguidor

Si existiera una capital del ciclismo estaría entre tres nombres

Hay lugares en el bello globo bendecidos por la naturaleza, la belleza o el azar, en el ciclismo hay tres enclaves que podrían competir por ser la capital de este deporte. 

Son tres sitos que beben de su ubicación y extraordinaria tradición.

Supongo que podréis añadir alguno más, pero si me preguntáis por la capital del ciclismo, se me ocurren estos tres: Lieja, Briançon y Valkenburg.

La primera la conocéis de sobra, es noticia una vez al año, fijo, cuando no más.

Es la cuna de la decana, la Lieja-Bastogne-Lieja porque era el trayecto que encajaba para que los periodistas fueran y vinieran en tren el día de carrera, siguiendo al pelotón.

Por Lieja además pasa el Tour de forma recurrente, si no es directamente, en tránsito.

Por Lieja discurrió incluso una edición de la Vuelta a España y en Lieja se han jugado varios campeonatos del mundo. Incluso Lieja ha albergado el mundial, recuerdo uno en tiempos de Mariano Cañardo cuando los italianos monopolizaban la contienda.

Luego está Briançon, ahí en el valle, acuñada entre el Izoard y Galibier, en medio de un océano de cimas con nieves perpetuas, en una encrucijada, cerca de Italia, de Sestriere, la puerta al valle de Aosta.

Briançon y su ciudadela han visto el mismo año el Giro y a las pocas semanas el Tour de Francia.

Si no es final de etapa, es ciudad de paso.

En el olimpo de lugares ciclistas, está tocada.

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Ciudades bendecidas por el ciclismo: Lieja, Briançon y… Valkenburg

Aunque si queréis que os seamos sinceros, lo de Valkenburg es rizar el rizo.

Encajada en el Limburgo, la ceja de las Árdenas donde los Países Bajos dejan de ser bajos.

En el corazón de la vieja europa la ciudad neerlandesa es al ciclismo lo que Old Trafford al fútbol, la catedral del circo de las dos ruedas, un idilio del lugar, de la gente y el paisaje con la bicicleta.

Valkenburg tiene por descontado el ciclismo anualmente siendo ciudad de paso, mil veces, y meta de la Amstel Gold Race, la fiesta nacional neerlandesa de la bicicleta y el ciclismo.

Valkenburg ha puesto en el mapa un enclave como el Cauberg, la violenta subida en la que Philippe Gilbert cimenta su leyenda, habiendo ganando varias veces la Amstel Gold Race y siendo, incluso, campeón del mundo.

La ciudad del Valkenburg, modesta en dimensiones y población ha sido sede de los Campeonatos del Mundo de ciclismo en carretera cinco veces. Nada más y nada menos.

Cinco mundiales de ciclismo han acontecido en Valkenburg

Viajamos a 1938 y conocemos a marcel Kint, alemán, que se convierte en campeón mundial. Diez años después, y tres ediciones más allá, por el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, Valkenburg corona a Alberico Schotte, el belga que sacó petróleo de la increíble rivalidad de Bartali y Coppi, anulados en un marcaje imposible.

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Año 1979. 

Jan Raas, el especialista en la Amstel, saca oro de Valnkenburg que bate al sprint a Thurau y Bernaudeau.

Ya en el 98, Oskar Camenzind, suizo de Mapei, se corona campeón el día que todos miraban a Michele Bartoli bajo el diluvio de septiembre limbugués.

El Tour también ha aterrizado por Valkenburg, dos veces además. Ganaron Giles Delion, prometedor francés, en 1992, y Matthias Kessler, alemán de final infeliz, en 2006.

Pues bien, con este bagaje, con una infinidad de carreras, pruebas y eventos relacionados con las dos ruedas, el Campeonato del Mundo de ciclocross aterrizó aquí hace unos años con la hinchada entregada a la causa de Mathieu Van der Poel, quien no vivió su mejor tarde frente a Wout Van Aert.

Volviendo al principio, son tres nombres para capital del ciclismo, enclaves de frontera que hablan un idioma que va sobre una bicicleta…

¿Se os ocurre alguno más?

Imagen: Zimbio 

 

 

 

Es tentador decir que Jan Ullrich fue un juguete roto

Jan Ullrich JoanSeguidor

La historia de Jan Ullrich esconde uno de los grandes talentos jamás visto

En la jornada que nos reprodujeron la victoria de Roberto Laiseka, Tour 2001, en Luz Ardiden volvimos a saborear la figura de Jan Ullrich: su porte sobre la bicicleta, ese perfil agresivo e hiriente, ese corredor que dejó huella profunda, aunque el palmarés que acabara amasando estuviera lejos de lo que un día pudimos proyectar.

Hijo de la Alemana del Este, de Rostock, allá arriba, en las orillas del Báltico, Jan Ullrich fue un prodigio, quizá el que más se pudiera equiparar en cualidades a Miguel Indurain en treinta años de ciclismo.

Un motor de gran cilindrada que sin embargo gripó ante la aventura de la historia y el juicio de los años.

Ese corredor, siendo aún un imberbe pelirrojo, subió al primer podio de un mundial contrarreloj, en Sicilia, para acabar siendo ariete en el fin del reinado de Indurain.

En el Tour de 96 se abrió un periplo de unos diez años en los que Jan Ullrich nos ha regalado grandes momentos, mezclados con sonoros fracasos sociales y personales, que han culminado en la persona que es hoy, un personaje que ha llenado líneas de sucesos, tristes y alejados de aquella grandeza que demostró sobre la bicicleta.

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Una grandeza que no sólo se resumió en la victoria, también en la derrota, como esa meta de Luz Ardiden en la que tendió la mano a Lance Armstrong, manifiestamente invulnerable durante todo el Tour.

Una grandeza que evidenció en la misma subida, un par de años después cuando, después de apretar al americano en el Tourmalet, la caída de éste con Iban Mayo fue suficiente para mandar parar.

Y paró, lo hizo sin temor a las consecuencias que le llegaron acto seguido, cuando Lance se fue a por el quinto Tour, que no sale en los anales, pero que recordamos perfectamente.

¿Cuál fue el mejor Jan Ullrich de la historia?

Si no hablamos de rendimiento deportivo, y sí de fidelidad con lo que fue y consiguió una fotografía general, a entradas y salidas del estrellato, con capítulos de todo tipo.

Su explosión en el Tour que gana su compañero Riis y acaba segundo habla de ese motor que, aunque trucado, fue único.

Un motor que le dio para ganar el último Tour de un ciclo que hoy vemos con escepticismo y me gustaría llegar que con lejanía.

Jan Ullrich JoanSeguidor

Cuando Jan Ullrich sacó las pegatinas a Pantani y Virenque en una subida como Arcalís quedamos alucinados, cuando los lanzó al espacio sideral en la posterior crono, conmocionados, pero lo mismo que al pelirrojo se le daban bien las exhibiciones, también le hacían pupa las lagunas que surgían en algunas carreras.

La jornada aquella de los Vosgos, con medio Festina delante, le salvo la cortedad de miras que muchas veces marcó la carrera de Virenque.

Al año siguiente inició su filtreó con la segunda plaza del Tour, aunque resuenan los truenos de la exhibición alpina de Pantani y los fuegos artificiales posteriores de Armstrong.

Estos fueron los compañeros de viaje de Jan Ullrich, está todo dicho, como le preguntábamos a Haimar hablando del Euskaltel, sobre estos mismos y Vino y Hamilton.

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Fue una generación que queramos o no escribió páginas de ciclismo que quedan en la memoria, páginas intercaladas con esos escándalos que acompañaron este talento sin igual.

Accidentes de coche, problemas de alcohol, de drogas y follones con el vecindario una vez colgada la bicicleta.

Ullrich llegó con estruendo al estrellato, dejó el ciclismo con el pie cambiado, vinculado a un galeno especializado en ginecología identificado en una lista de apodos que no encontró obvias relaciones con otros, y con el escándalo a la espalda.

¿Fue un juguete roto?

¿El ciclismo contribuyó a ello?

Cada uno tiene su opinión, la verdad sólo la sabrá él, otra cosa es que su image nos trae el recuerdo de uno de los ciclistas más dotados de los últimos treinta años.

Purito y anhelo por conocer el Tour

Purito Tour JoanSeguidor

Cómo la presión por correr el Tour tuvo en vilo a Purito Rodríguez

Hace diez años Purito era un ciclista incompleto, quería conocer el Tour de Francia.

Con nueve temporadas completas en el profesionalismo, el catalán admitía que no haber corrido la mejor carrera del mundo le estaba matando.

Su último director antes de recalar en Katusha, fue Eusebio Unzué en el Caisse d´ Epargne, el navarro nunca dejó de esconder la carta del Tour ante Purito.

«No quiero llevar mis dos mejores delanteros a la mejor carrera» le repetía, vinculando su ausencia a Francia al concurso de Alejandro Valverde.

Purito debutó en el Tour con Katusha hace diez años.

Teledeporte nos trae su triunfo en Mende, escapado con Alberto Contador que venía de descolgar a Andy Schleck en el tramo duro, antes de la recta del aeródromo.

Era la confirmación que el Tour también era para él, una obsesión superada, y que recogemos en este fragmento del libro «Estilo Purito«.

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El Tour, la más grande

El Tour de Francia fue el gran anhelo de Purito todos aquellos años que quemó en el Caisse d’Epargne, años en los que insistía para ir a la Grande Boucle, sin éxito alguno. El Giro es una carrera que a Purito le erizaba, y le eriza, el vello. El Tour de Francia es otra cosa: más estrés por todos los lados, nervios en el director que se contagian a los corredores y el equipo, porque está en juego el grueso de la temporada.

Quizá en términos de carretera y rutas no sea tan problemático como el Giro, tan propenso a las encerronas y carreteras estrechas, sobre todo en el sur, donde están sucias porque llueve poco, salvo cuando van los ciclistas, que son el mejor reclamo para el líquido elemento. El Giro es más de muros, repechos, curvas, trampas… En el Giro hay eso, y como no tengas un italiano en el equipo, lo pasas mal. Es imprescindible tener a alguien cerca que te avise de esa carretera de 20 kilómetros asquerosos que te ponen al límite y pueden acabar sacándote de la carrera.

Pero el Tour es el Tour. “C’est le Tour”, un mantra mil veces repetido que, como algunas mentiras, de tanto machacarlo se convierte en verdad, al menos en la mente del público. Un mantra, por eso, que tiene visos de realidad: hay equipos a los que solo les interesa Francia durante el mes de julio, porque saben que lo que hagan allí cuenta por mil. Hay equipos, se podría decir, que nacen para el Tour, cuya sola mención ha mantenido y mantiene a flote el ciclismo francés, por mucho que lleve tres décadas sin ganar su carrera.

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Si te fichan para el Tour es lo que hay, aunque muchos ciclistas, como el propio Purito, hayan demostrado que hay ciclismo más allá del Tour. Ha habido corredores que han podido salir adelante sin el Tour y el grupo ASO. Ciclistas muy apreciados, como Domenico Pozzovivo, o Gilberto Simoni con anterioridad, que iban al Tour y se les hacía bola. Ello no les restó un ápice de su carisma, ni quitó brillo a su palmarés. Son formas de verlo.

El Tour no es solo ganarlo o disputar la general, hay muchos premios por el camino que compensan el esfuerzo: hay un podio, etapas de todo tipo, figurar en las escapadas, pelear por la regularidad o la montaña… Por ejemplo, cuando la gente quiere recordar a Purito en el Tour, viene la imagen de esa tarde, ya noche, con los Campos Elíseos iluminados a su espalda, en el podio, recogiendo el premio por la tercera plaza. Tercero en el Tour, ¿quién lo habría de decir? ¿Eusebio Unzué? Desde ese peldaño, con los dos niños a su lado, con Froome saludándoles, se ve París al fondo, y ver París es como ver el mundo.

Imagen: El Litoral 

 

El maestro de Lieja se apellidaba Argentin

Moreno Argentin hizo de Lieja y alrededores un coto muy particular

A grosso modo, cuatro veces en Lieja, tres en la Flecha Valona, todo eso avala el rendimiento de Moreno Argentin en este lugar.

Le llamaban “Il capo”, fue un ciclista que alternó talento, insitinto y clase a partes iguales, controlaba todo y a todos, tenia la imagen clara y certera de lo que pasaba en cada momento, como si su visión fuera aérea, cenital.

Nada pasaba sin que Moreno Argentin lo viera, nada que no fuera importante y nada que no ocurriera en Lieja.

Porque la decana fue coto y terreno privado de Moreno durante cuatro años, nunca subió al podio si no fue para recoger el primer premio.

Una especie de colonia italiana en “il Belgio”, en la mitad valona que frustró a la gran estrella local, el gran Claude Criquielion, la gran víctima del fino olfato de Moreno, cuya ultima gran clásica sería aquella famosa Flecha Valona del 94 que tanto atufó y tanto dio que hablar.

En el 85, Sean Kelly miraba a Argentin extrañado, poseído por la eterna de duda de cómo calificarle, cómo describirle. No era un escalador al uso, pero dominaba las cotas, no era el más rápido, pero mataba en las llegadas. Su fino olfato empezó a dar sus frutos rápido. Criqui en arco iris levantaba la hinchada valona tras ganar en la Flecha, le veían haciendo el doblete.

Confiado, el campeón irisado atacó de lejos y arrastró a Roche y Argentin con él. En el Boulevard Sauvenière el italiano daría cuenta de ambos, era la primera.

La siguiente, un año después. Cambia el reparto, no los protagonistas.

Criqui ataca en La Redoute, acuciado por la necesidad de llegar solo a Lieja. Argentin le sigue, con él Pedersen y Van der Poel. En el boulevard de “centre ville”, Argentin vuelve a imponer su velocidad.

Otro año más, otra vez la misma historia, pero con suspense.

Esta vez Criqui hace daño, hace hueco.

Se lleva a Roche, en capilla de su gran año, y hacen camino.

Se lleva a Roche sí, pero no su favor.

Aunque los segundos caen del lado de los de adelante, la cosa no anda clara. Por detrás Argentin tira y pide ayuda a Millar y a Yvon Madiot.

El dúo de cabeza entra con cuarenta segundos sobre sus perseguidores en Lieja y empieza el marcaje, un marcaje feroz, férreo, tan bestia que lo que tendría que ser entre Criqui y Roche pasa a ser entre cinco y Argentin machaca, como machacaría cuatro años después, con Criqui, siempre Criqui, Sorensen e Indurain, en su mejor monumento de siempre.

Ese killer, que gusta llamarle, era Moreno Argentin, campeón del mundo en Colorado Springs, es decir oro, plata y bronce en los mundiales, ganador también en Lombardía en Milán por delante de Van Lancker y el otro Madiot, Marc, y en Flandes, año 90, con la tricolor y Fignon de gran favorito.

El francés revienta la carrera a casi setena de meta, todos le miran, todos fijan su marca, hasta que Moreno ataca en el Molemberg y sólo le sigue Dhaenens, futuro campeón del mundo en Japón a los pocos meses. Argentin da cuenta de él, aunando las dos grandes clásicas belgas en su palmarés, ese que nunca tuvo San Remo, sobre todo porque Kelly, el que no acertaba a describirle, lo impidió, en aquel descenso histórico del Poggio.

Imágenes tomada de Graham Watson

 

Euskaltel y los días más naranjas del ciclismo

Euskaltel Haimar Zubeldia JoanSeguidor

Euskaltel es al ciclismo lo que el naranja a la paleta del pintor

En la ronda de charlas de este ciclismo confiando que estamos manteniendo, el Euskaltel y aquella famosa marea naranja que rebosaba por las cumbres de los Pirineos es el hilo de la de hoy.

Al otro lado del teléfono, Haimar Zubeldia, símbolo de aquella generación de corredores que puso ese maremoto naranja muy arriba, para hablar de esos años que dieron la medida de cuán alto puede llegar el corazón de un proyecto que espera seguir dando que hablar…

Haimar ¿qué era Euskaltel cuando tú subiste a pros?

«Era el referente para nosotros, no estaba al primer nivel que llegaría luego, pero nos motivaba ser pros en el equipo de casa. Hablo de los años 98 y 99, cuando todavía era un proyecto relativamente joven»

¿Cuándo subes tú al primer equipo?

«En 1998, fue especial, ahí dimos el salto dos guipuzcoanos, dos vizcaínos y dos alaveses, ahí íbamos Beloki, Gorka Gerrikagoitia y yo, entre otros. Para mí fue clave ganar el Campeonato de Euskadi amateur»

Recuerdos de esos años…

«Volví a estar con Julián Gorospe, que había sido mi director en Olarra. Empezamos a crecer como equipo y en ambiciones, enganchábamos a la gente»

El Euskaltel se hacía mayor poco a poco…

«Cada año subía alguien de aficionados, eso nos apegaba a la tierra, pero es que los resultados crecían, a mí me salió una buena Euskal Bizikleta, Beloki, podio en la Volta. Aquello no llegó de la noche a la mañana»

¿Recuerdas qué cambios notaste cuando te dijiste: «Ya soy pro»?

«Notas que empiezas como de cero, todo está más organizado, las ideas están más claras. Abres un libro en blanco con idea de llenarlo y aprender día a día, piensas en lo que puedes llegar a ser…»

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Y debutas en una carrera que te marcó, debutas en el Tour

«Sí, fue en 2001, el de la victoria de Laiseka en Luz Ardiden. Recuerdo que fue muy duro, días en los que iba en la grupeta final, sufriendo los cambios del viento, un aprendizaje a marchas forzadas. Al año siguiente pasé quince días buenos, pero la tercera semana se me hizo pelota»

Hay un año en la historia marcado a fuego en Euskaltel, incluso en la historia de algo tan vasco como Orbea, es el 2003, aquel Tour fue la bomba

«Era mi tercer Tour, llegaba bien, con la idea de ganar la etapa, pero empezó bien desde el mismo prólogo de París, en el que estuve con el mejor tiempo mucho rato, al final acabé cuarto. Arrancar así fue bueno, incluso con la pérdida de la crono por equipos, porque luego llego Alpe d´ Huez y el triunfo de Ibán Mayo»

En el álbum de familia del Euskaltel, pero también en el Haimar, hay una foto que marca aquella época: dos naranjas con Ullrich y Armstrong en la cima del Tourmalet

«Fue tremendo. Recuerdo que antes de La Mongie, Armstrong muestra debilidad y Ullrich arranca. Iban Mayo, con ellos. Vinokourov iba conmigo atrás, pero veía que no caminaba así que decidí probar, ya en los túneles. Hice La Mongie solo y les cogí saliendo»

En ese momento se desató  la locura…

«Íbamos por un estrecho pasillo de gente,  gritos, pasión… y en medio de todo gente conocida, que me gritaba y animaba. Increíble»

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¿Recuerdas alguno en especial?

«En la última recta reconocí a los organizadores de la Itzulia, a Jaime Ugarte y compañía. Ver toda esa gente, todos esos conocidos, en el Tour… impresiona mucho»

Dos Euskaltel con los dos más grandes personajes del momento, pasión, furia, atacando para el PODIO EN EL TOUR… pero, pasada la cima, Julián Gorospe, en el coche de equipo, os pide calma

«Cuando empiezas a bajar un puerto como el Tourmalet debes tener cuidado, los primeros metros son peligrosos, además a más me vino a la mente la caída que había tenido en Tour del Porvenir. Julián (Gorospe) nos pidió tranquilidad…»

Visto ahora ¿fue una oportunidad perdida?

«Fríamente, ahora, creo que es entendible, era la primera vez que estábamos ahí, a ese nivel, no es sencillo tomar una decisión, en cierto modo podemos decir que a nosotros, aquello ya nos valía»

Pero el podio estaba a tocar…

«Ya y nos acabaron adelantando Hamilton y Vinokourov»

Vaya nombres, Hamilton, Vinokourov, Ullrich, Armstrong…

«A posteriori salieron muchas cosas feas, da que pensar, claro, y te preguntas qué habría sido de ti sin ellos en competición, qué final habría tenido todo, pero es lo que hubo y no creo que quepa darle más vueltas»

¿Fuisteis conscientes de lo logrado?

«Costó, pero te das cuenta de lo que es el Tour y llegas a casa y vas de homenaje en homenaje, durante la carrera no eres consciente de lo que estás logrando?

¿Fueron aquellos días los mejores de la historia de Euskaltel?

«Posiblemente sí, desde luego encumbraron al equipo, pero no podemos olvidar que luego vinieron grandes nombres como Samu, Antón o Nieve»

Y ahí estaba la famosa marea naranja…

«Era increíble, en el Tour lo llenaban todo, un puerto como el Tourmalet no tenía hueco alguno, no sólo iba gente del ciclismo. Cuando cruzabas la meta y bajabas al bus te daba hasta miedo de la cantidad de gente que había, ahí te encontrabas de todo, amigos, familiares que te paraban, te cogían casi en volandas, aunque hay que decir que la gente siempre supo comportarse bien»

A los diez años Euskaltel decía adiós al ciclismo

«Lo viví muy triste. Sé que había una presión enorme por los dichosos puntos UCI  y que la gente no acabó de entenderlo»

Pero este rarísimo 2020 nos ha devuelto Euskaltel al pelotón…

«Es ilusionante. Desde la parte que me toca, desde Etxe Ondo, ves que las cosas vuelven a salir, poco a poco. Que Euskaltel volviera nos saco una sonrisa a todos»

¿Volverá a ser lo que fue?

«¿Por qué no? entonces ya llegamos»

Imagen: Diario de Triatlón

La Flecha Valona que cambió el ciclismo

Nada fue igual tras la Flecha Valona de 1994 y los azules haciendo pleno

La primera parte de los noventa se tiene como la época más oscura de la historia del ciclismo y muchos toman la Flecha Valona del 94 como el cénit.

No son pocos los testimonios que hablan de un ciclismo psicodélico, de corredores que no corrían, volaban, de cosas raras, de podencos hechos caballos de carreras,…

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Testimonios no faltan.

Dos son elocuentes. Greg Lemond justifica parte de su declive por las dos velocidades de aquel ciclismo, un salto de rendimiento que apuntaba una sustancia cuyas siglas eran EPO. David Millar habla en su libro de sus primeras carreras como algo inalcanzable, no había ni roto a sudar que el pelotón ya les había dejado de rueda.

#DiaD 20 de abril de 1994

En el año 94, la Vuelta a España seguía disputándose en abril.

En la antesala de la misma estaba el tríptico de las Ardenas, pero en orden diferente al actual. Una semana después de Roubaix, se corría la Lieja, luego la Flecha Valona y finalmente la Amstel, posteriormente vendría la Vuelta que en esa ocasión dominaría a placer Tony Rominger.

La Flecha Valona se presentaba como la reválida para Eugeny Berzin. El ruso de rubia cabellera había ganado en Lieja días antes y era la punta de lanza del potente Gewiss. Por nombres el equipo celeste copaba las apuestas, sin embargo, los italianos no querían ganar, querían sencillamente coparlo todo.

En el llano que precedía el muro de Huy, Berzin, que iba insultantemente fácil, tomaba unos metros sin que nadie osara seguirle, salvo sus dos compañeros Moreno Argentin y Giorgio Furlan. En la cima de Huy Argentin culminaba la masacre, siendo primero por delante de sus dos colegas.

Ellos ruedan y nosotros nos quedamos. Hacen que ir en bici parezca sencillo, no necesitan ni preparar estrategia alguna” dijo Gérard Rué, el gregario de Miguel Indurain, preso de la incredulidad.

Los peores temores que circulaban por el pelotón se hacían realidad y las sospechas no tardaron en plasmarse cuando al día siguiente en una conversación entre Michele Ferrari y varios periodistas, en una pedanía de Lieja, el galeno afirmaba sin pudor:

Si yo soy ciclista y sé que hay una sustancia que mejora el rendimiento y otros la usan, yo también la utilizaría. La EPO no es mala, sólo lo es si abusas de ella, como si te atiborras de zumo de naranja”.

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En efecto, el ciclismo de dos velocidades ya era un secreto publicado y público, la caja de pandora se había abierto, estallaría en pocos años…

Imagen tomada de www.vavel.com

 

Los monumentos de Tom Simpson

Tom Simpson se hizo grande también en monumentos

No es sencillo sentarse en la mesa con alguien, preguntarle, inquirirle y que te explique que él estaba allí cuando Tom Simpson murió en los desniveles calvos del Ventoux.

Yo pude oírlo de la voz de Jaume Mir y su testimonio suena a dolor inmenso, como perenne, cautivado por la mística de un momento que no es único, es leyenda de este deporte.

Tom Simpson fue eso, un irreverente, marcado por no sé qué para ser historia grande en este deporte. Hubo un antes y después de aquello para el ciclismo, que entró de forma pública y unánime en la crónica negra.

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Pero existió también un Simpson clásico, un ciclista que hizo carrera y forjó un nombre más allá del Tour.

El Simpson que dominó las clásicas no fue efímero, duró unos años, los suficientes para ganar tres monumentos y un mundial, la historia se remonta a Flandes, año 1961: todos miran a Rik Van Looy, el emperador de Herentals, cerca de Amberes, el brillo de un diamante.

Sin embargo el imponente ciclista brabanzón cae en desgracia en el Kruisberg y emergen dos ciclistas, el mentado Simpson y el pistard italiano Nino Defilipis.

Ambos hacen camino, cazan a los de adelante y a la altura de Gotenberge se van solos.

En el sprint todos apuestan por el italiano, más rápido, más ducho.

Pero Simpson, el que nunca se ahora en un vaso, le aborda por la derecha y es suficiente.

Nunca esas Ray Ban ocultaron tantas lágrimas.

Cruz: todos los portabicicletas 

Seguimos, nos vamos a San Remo, año 1964, una carrera cargada de favoritismo de los italianos. Corren en casa. En pleno debate sobre lo bien que sienta la París-Niza para la correr la primavera, Simpson aterriza con un favoritismo sordo que ejerce a partir del Capo Berta.

Se lleva con él a tres más, entre ellos Poulidor, un lastre que sabe gestionar y acaba por apuntillar en el descenso del Poggio. Era el segundo monumento.

El tercero sería al año siguiente, en Lombardía, con un maillot arco iris limpio y a estrenar. Todos miran a Gimondi, Anquetil y un joven Merckx.

Nada, hay un inglés que gana y lo hace con solvencia, con más de tres minutos sobre Gianni Motta, el único que sostiene el equilibro frente al vendaval de Tom, un tipo que no sólo corre, también habla, y habla duro, pues había aterrizado en Lombardía tras firmar de su puño y letra tres crónicas de dopaje y cloacas ciclistas en la revista People, cuestionando el ciclismo francés y en especial a Henry Anglade.

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Una crónica negra que anunciaba su ocaso y trágico final.

Simpson, el Simpson clásico fue el menos revelado, pero esa faceta le proporcionó suculentos ingresos que le abrieron la puerta del chalet de Córcega en el que pensaba instalarse cuando tuviera lo suficiente para vivir de rentas. No llegó para verlo.

Imagen tomada de www.milanosanremo.info

Mundiales de leyenda: Esa tarde de Oscar Freire en Verona

Mundial de ciclismo- Verona Oscar Freire JoanSeguidor

En Verona empezó y acabó el idilio de Freire con los Mundiales

Recuerdo aquellos días tempranos de octubre de 1999, la semana que conducía al Mundial de Verona, el primero de Oscar Freire.

Recuerdo pesimismo, Paco Antequera justificando una alineación ajena a las estrellas, con un bloque plagado de incógnitas, sin certezas.

Era un mal muy extendido en aquel ciclismo español, acostumbrado a a abundancia de Miguel Indurain, de Abraham Olano.

Pero si veníamos de un oro y plata en el mundial contrarreloj, un año antes, firmado por el mentado Olano y Mauri, segundo.

Esos días en Verona, Iván Gutiérrez se había colgado el oro en la crono sub 23 marcando el camino de otro cántabro hasta la historia hacia la inmortalidad.

Por que lo que sentimos entonces, viendo la evolución de Freire por el Mundial de Verona, lo ratificamos hoy.

Siempre delante, bien ubicado, atento, marcando lo que sería su carrera, saber pescar en río revuelto, entre estrellas rutilantes como Casagrande, Ullrich y VDB, que aquellos días volaba.

Cuando Freire nos contó su milagro de San Remo, explicamos aquel Mundial en Verona… la historia de un ciclista único.

Teledeporte nos lo recupera hoy.

El primer Mundial de Oscar Freire se consiguió entre un grupo de estrellas saliendo de la nada…

Recta final del Mundial de Verona.

Apenas 500 metros para meta.

Allí están las grandes figuras del ciclismo mundial, vigilándose entre sí.

Es el momento decisivo de la carrera.

Un despiste, una mala colocación, un pequeño corte o una rueda inalcanzable, y todo se iría al traste.

Y eso, después de 16 vueltas a un circuito de 16,25 kilómetros, habiendo tenido que superar la dura tachuela del repecho de Torricelle: 1,4 km al 9%.

Llevan más de 6 horas de pedaleo por un auténtico recorrido rompe piernas.

Todos se preparan para el esperado desenlace final abocado al sprint. El pequeño grupo de elegidos está integrado por nueve corredores.

Llevan un rato zigzagueando, jugando al gato y al ratón.

Hay un pequeño parón.

De repente alguien ataca: ¡se trata del único integrante de la selección española!

Los Zberg, Robin, Casagrande, McRae, Camenzind (actual campeón y portador del maillot Arco Iris), Vandenbroucke, Ullrich y Konyshev, se miran unos a otros.

Apenas unas décimas de segundos de dudas. Para cuando se dan cuentan, el «tapado», que había saltado por la derecha como una flecha, ya había cogido unos cuantos metros de distancia.

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Los suficientes.

Tan sólo cuatro segundos de margen que le sirvieron para levantar los brazos: ¡Campeón del Mundo de fondo en carretera! El segundo español en lograrlo tras Abraham Olano.

¡Sí! ¿Pero quién es? -se preguntaba la gente.

¡Es Óscar Freire! -narraba con voz entrecortada el recordado Pedro González.

El instante que Oscar Freire lo cambió todo

Recuerdo aquel momento.

Nadie se lo esperaba.

Sí, venía un español en el grupo de elegidos pero nadie hubiera dado un duro por aquel desconocido chico que, eso sí, había aguantado con los mejores hasta el final.

Bastante había hecho. Pero no se conformó. Afortunadamente.

Cuando saltó del pelotón yo salté con él, de golpe, para acercarme hasta la televisión y no perderme aquel histórico momento con todo detalle.

No me lo podía creer. Igual que un emocionado Pedro González que gritaba y no se creía lo que estaba pasando.

Como Perico. Como toda España.

Freire seguía avanzando. Nadie había sido capaz de ponerse a rueda. Continuaban vigilándose. Demasiado tarde. Todos brincamos de alegría con la tremenda sorpresa.

Pedro González no paraba de reír. De felicidad. Y Perico.

Con tan sólo 23 años se convertía en campeón del mundo.

Nadie se lo creía pero Freire ya era increíble.

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Óscar Freire Gómez, de Torrelavega (Cantabria), nacido el 15 de febrero de 1976, maillot Arco Iris contra todo pronóstico, estaba en aquel momento allí, en Verona, igual que se podía haber quedado en casa viendo la prueba por televisión.

Y lo corrió porque Paco Antequera, el seleccionador, había confiado en él ciegamente.

Freire, que no era cojo, ya había sido subcampeón del mundo aficionado en ruta en San Sebastián en 1997.

Y Paco lo vio correr allí y se fijo en él.

Ahí empezó todo.

Por resultados Freire no debía haber estado nunca en Verona.

Bueno, eso pensaban muchos periodistas que criticaron la decisión de Antequera.

Pero ambos les callaron la boca. Y de qué manera.

Quizás no sabían que Óscar llegaba en un excelente estado de forma, que había competido poco pero entrenado mucho. Apenas 11 carreras aquella temporada. Algunas molestias físicas en forma de dolores de espalda, de lumbares, de rodilla derecha e incluso un inoportuno pliegue muscular, hicieron que estuviera muchos meses sin competir.

ero él siguió entrenando, incluso con molestias. Hizo mucho fondo, llegando hasta los 230 kilómetros en una sola jornada.

Pero aquel día, en la línea de salida en Verona, era un perfecto desconocido para el ciclismo mundial.

Decían que aquella selección era la más débil de los últimos años, pero Antequera lo tenía claro.

La consigna para la carrera estaba definida: tener a Freire y a Martín Perdiguero lo menos desgastados posible durante los 228 kilómetros de recorrido para encarar con posibilidades las dos últimas vueltas.

Y vaya si lo consiguieron, protegidos por un gran Jon Odriozola que supo llevarlos tranquilos.

Muy bien lo tuvo que hacer el guipuzcoano porque Perdiguero se dejó ver y Freire ya sabemos lo que fue capaz de hacer, corriendo con mucha inteligencia y siempre en el grupo de cabeza, apareciendo en el instante oportuno.

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En ningún momento perdió la serenidad con exhibiciones de fuegos de artificio. Para nada. Su carrera fue perfecta. En aquel mundial sabía que no le iban a vigilar mucho porque nadie le conocía. Eso le facilitó bastante las cosas, pero no le quitó ni un ápice de mérito a su victoria.

Demostró ser un corredor muy listo, con fuste de líder, y en las temporadas siguientes acabó consagrándose como lo que era, un gran campeón, repitiendo título mundial en Lisboa 2001 y sobre todo, de nuevo, en su ciudad talismán: Verona en 2004, consiguiendo su tercera corona, éxito sólo al alcance, en aquel momento, de los Binda, Merckx y Van Steenbergen.

Aquel domingo 10 de octubre muchos pensaron que aquello tenía que ser solo flor de un día, que había sido un milagro o que había sonado la flauta de casualidad, incluso se habló de la mayor sorpresa en un Mundial desde que un holandés ganara a lo «Ottenbros» el campeonato de 1969 en Zolder (Bélgica). Pero Freire era diferente, era un Óscar de Oro.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de Velominati