En Lieja no gana un cualquiera

La cuarta grande del calendario llega con la Lieja- Bastogne-Lieja. No vale la pena buscar, no hay ninguna más longeva que ella. Le llaman la decana, “La Doyenne”, y es lo opuesto a Flandes y Roubaix. Es el tesoro de la Bélgica francófona, la valona, la que compite con su antagonismo flamenco. El perfil de sus ganadores responde al más común del ciclismo. No es raro que aquí triunfen corredores que después lo hagan bien en las grandes vueltas.

Entre sus ilustres, tenemos a un italiano, Moreno Argentin y al irrepetible Eddy Merckx. Ganarla da mucho prestigio “por que moviliza mucho público. A pie de cuneta podemos ver tanta gente como en una etapa alpina del Tour. Unos días antes de correrla, cuando vas entrenando, puedes ver un montón de autocaravanas en las cunetas en sitios como emblemáticos como La Redoute” no dijo Samuel Sánchez, hace unos años, cuando se prestaba a disputar estas carreras.

Para Samu el recorrido ofrece en dos partes. Dicho resueltamente la ida y la vuelta: “Una primera más cómoda de falsos llanos sin puertos puntuables, y la segunda que se corresponde con los cien últimos kilómetros donde encontramos todas las cotas poco después de pasar por Bastogne. Lo importante empieza con Stockeu –a 80 kilómetros de meta- pero donde normalmente se decide la carrera es en las tres últimas cotas”.

Y como dijimos poco tiene que ver con su hermana pequeña, la Flecha Valona. Según el líder de Euskaltel “son dos carreras que no tienen nada que ver. La Lieja es mucho más dura que la Flecha. A partir del kilómetro 200, las piernas se te empiezan a doblar y un ataque en el 230 te hace mucho daño. Además se ve mucha más motivación en la Lieja”.

Si al recorrido y espectáculo, le añadimos que estos tienen lugar en Bélgica el resultado es envidiable: “En Bélgica el ciclismo tiene mucha tradición. Allí el ciclista es una estrella mediática por encima de los futbolistas. Ello te hace sentir muy bien. Por otro lado acompaña el recorrido, es una lucha de hombre a hombre, donde las tácticas y el equipo no tienen tanta importancia. Lo mismo decir del ambiente que nos acompaña durante toda la semana”.

Y aunque, sí, la Flecha tenga poco que ver con Lieja, lo cierto es que señalar un hombre fuerte es muy complicado. A tenor de lo visto en la citada Flecha, más la Amstel, la igualdad parece la tónica. Sinceramente al margen de que los colombianos lo harán probablemente bien, sobre el resto aplicamos tabula rasa. Eso sí, quien gane no será un cualquiera.

 

Foto tomada de www.comunidadciclismo.com

Dominicales de @JoanSeguidor: 100 ediciones del Tour en una expo fotográfica

El Tour cumple 100 ediciones este año y París ha querido rendirle homenaje durante unos meses a través de una exposición fotográfica que recorre la historia de la carrera ciclista más famosa del mundo. Una exposición que nos enseña el viaje de la serpiente multicolor a través de la geografía francesa, durante sus 110 años de historia. Mucho han cambiado las cosas entre la primera fotografía, de 1921, en la que las bicicletas se mezclan con carros tirados por vacas, y la moderna infraestructura que ha convertido al Tour de Francia en un producto mucho más allá de una carrera ciclista.

Los coches de caballos han sido sustituidos por una extensa caravana; y no se ven ya gafas y viseras de aviador entre los modernos maillots de los ciclistas de nuestra época, que tampoco parecen llevar ya las cámaras de aire en bandolera por si hubiese un pinchazo repentino. Poco concebible nos parece a día de hoy imágenes como la de Arséne Alancourt en 1923 pasando solo en medio de un barrizal en los Pirineos, o la de un montón de ciclistas metiéndose en el agua del mar en St Maxime en 1950 para refrescarse mientras dejan sus bicicletas sobre la arena. y todo sea dicho, poco tiene que ver la galantería de Anquetil, firmándole la pierna a una aficionada, con la imagen de Sagan tocándole el culo a una azafata el domingo pasado.

El Castillo de Chambord, la Abadía de St Rouen y la Cité de Carcassonne, entre muchos otros sitios, nos muestran la faceta más turística de la carrera. No faltan las grandes cumbres como Mont Ventoux, Galibier, Izoard, Luz Ardiden o la Croix de Fer. Se mezclan adoquines, barro,  carreteras de dudoso asfalto y anchas autopistas. Las ciudades abarrotadas con la tranquilidad de los emblemáticos campos de girasoles. El contraste entre un pelotón relajado en la costa bretona frente a la tensión que se percibe a punto de comenzar el Muro de Bretagne, retratado casi vertical por algún fotógrafo.

Los  más grandes se pasean a sus anchas. Esa inolvidable cara de esfuerzo que cualquiera confundiría con una sonrisa de Indurain, la elegante potencia contra el crono de Anquetil en Besançon, la fuerza bruta de Merck cuesta arriba en 1969, vigilado de cerca por Poulidor; o la travesía en solitario de Hinault en 1986 hacia la meta de Superbagnéres. Todos quedan retratados para la posteridad. Para algunos faltará un nombre, para otros no. En las fotos no aparece.

Acaba la exposición con dos imágenes de la carrera llegando a París. 1923, trajes antiguos, señores arreglados en el Parque des Princeps. 48 de 139 ciclistas alcanzan por fin la meta tras más de 222 horas dando pedales.  En 2012 encontramos bullicio, gente, coches, colores, el Arco de Triunfo de fondo. Llegan 153 de 198, y el ganador lo hace en menos de 87 horas.  Parecen imágenes completamente diferentes. Han cambiado las circunstancias, las carreteras, la tecnología, los aficionados, y sin embargo, en ambas se percibe lo mismo. Han logrado su hazaña, llegado a su destino, y, sin importar su posición en la clasificación, son recibidos como héroes. Ya son parte de la historia.

 

Por @ariamsita sobre la exposición situada en los Jardines de Luxemburgo de París

Las fotos del amigo Miquel Poblet

Descubro, aturdido por la noticia, que tengo un sobre, con letra del propio Miquel Poblet, que contiene  más de diez incunables fotográficos del campeón y su época de gloria. Retratos de esos tiempos que hizo grande el maillot de la Ignis, esa empresa que le idolatró casi tanto como Italia entera. El contenido del sobre estaba destinado a ilustrar un artículo que salió en una edición de Ciclismo en Ruta con impresiones del astro sobre el Giro de Italia. Veo siete años después de ese “préstamo” que no le he retornado ese sobre con acuse de devolución. Lo siento Miquel, he sido un impresentable.

A Miquel Poblet le podías preguntar por el tiempo y acabar una tarde entera conversando de esos años que ahora idolatramos. Los mágicos cincuenta. Tiempos de miseria y tristeza generacional, pero pasionales, terriblemente intensos. Miquel Poblet, su sola presencia en el cartel, valía llenar un velódromo. Lo hizo en Barcelona, en los muchos escenarios que el ciclismo tenía entonces por la ciudad, pero también en Madrid, en Donosti, en Buenos Aires. En aquellas veladas de nebulosa interior, por la cantidad de puros que se fumaban en su desarrollo Poblet era la vedette que todos querían tener.

Leo continuamente la palabra pionero en los artículos que referencian la muerte del “noi de Montcada”. Decir que fue pionero es quedarse corto. Fue un rara avis más bien. Convivió en la España de Bahamontes y Loroño como poco antes el primer león de Flandes Fiorenzo Magni sorteó fortuna en la Italia de Bartali y Coppi.

Poblet fue todo en Italia, donde una vez incluso habiendo dejado la bicicleta, siguió ganándose la vida. Su amistad con el patrón de la Ignis fue legendaria. Le dio dos Milán-San Remo, dos Voltas, etapas en el Tour, en el Giro, en la Vuelta, en multitud de carreras, amasó las mejores clásicas catalanas, pisó el podio de Roubaix. En 1955 fue el primer y último ganador de etapa del Tour de Francia, ese año vistió el primer amarillo de un español en Francia. Creo que hubo un año que coronó primero el Tourmalet. Le llamaban sprinter.

Fue presidente de la Federació Catalana de Ciclisme y luego ejerció nuevamente de precursor de la Escola Catalana de Ciclisme junto Alfred Esmatges, Jordi Clarós i Xavier Rafols, dando origen a una cantera que ha dado tantos y tantos magníficos corredores de pista y routiers. Un lugar de donde surgieron, entre otros, Juan Antonio Flecha, de quien tan pendientes estamos estos días de primavera.

 

Por todo eso y por la amistad y cariño que nos brindaste al abrigo de tu tienda o de cualquier cuneta o pelousse, amigo Miquel, descansa en paz. No te olvidaremos.

Luis Ocaña te ganaba en las distancias cortas, por José Manuel Olivan

Mi relación con el admirado Luis Ocaña se inició en la década de los 90, cuando coincidimos en el equipo de José María García, en la Cadena Cope. Luis llevaba años como comentarista y tuve la fortuna de conocerle en la Vuelta a España de 1993, que partía de La Coruña. Era una persona inquieta, algo anárquico con sus horarios y muy despistado, de aquella gente que va completamente a su aire y se rige por sensaciones, más que por el reloj. Pero fue en ese mismo año, en el Giro de Italia, que acabaría ganado Miguel Indurain, donde compartí muchas horas de trabajo y de diversión con Luis.

Viajábamos juntos, en el mismo vehículo, durante el seguimiento de las etapas. Para mí, aquello  era de pura ciencia ficción, ya que me encontraba, en pleno Giro,  junto al ídolo de mi infancia ciclista, compartiendo carrera y vivencias,  durante casi un mes. Ocaña era un loco enamorado de los coches y de la velocidad. En las autopistas, por ejemplo, la velocidad no bajaba nunca de los 180-190 kms/h y descender los míticos puertos Dolomíticos a su lado, era viajar permanentemente al límite, a verdadero ritmo de rally. Los múltiples accidentes de tráfico que sufrió durante su vida, alguno gravísimo,  parece que no afectaron su adicción  por la velocidad.

Con Luis compartí la pasión y el amor que profesan los italianos al ciclismo y el culto a los grandes campeones de la historia. Recuerdo cómo disfrutábamos viendo aquellos pueblos y ciudades, con sus comercios y establecimientos teñidos de rosa. En cierta ocasión, en las cercanías de Bolonia, nos desviamos de la carrera para visitar la a su íntimo amigo Ercole Baldini, natural de Vilanova di Forli. Baldini era un ciclista italiano que llegó a ser campeón del mundo, ganador del Giro de 1958 y oro olímpico en los Juegos de Melbourne de 1956. Luis, Ercole y sus respectivas familias compartían una gran relación de amistad.

Baldini, encantador como el resto de su entorno, nos dispensó una acogida sensacional y un trato exquisito, en su lujosa residencia. Tan a gusto estábamos que se nos echó el tiempo encima, por lo que Luis y un servidor llegamos a la línea de meta con el tiempo justo para iniciar la retransmisión, después de los 40 kilómetros, en coche, más angustiosos de mi vida y buscando excusas ante las preguntas de García, que no entendía nuestro retraso por incorporarnos al programa final de etapa de la radio.

Recuerdo otra anécdota con Luis. En aquellos años la cobertura de telefonía móvil era muy limitada, sobre todo en las etapas montañosas. En cierta jornada, se nos echaba encima la conexión para el informativo de la radio y la comunicación desde el coche resultaba imposible. Ni corto ni perezoso, Luis clavó el coche junto a una casa,  en pleno descenso de un puerto, llamó a la puerta, pidió permiso para usar el teléfono particular de aquellos paisanos, una familia dedicada a la agricultura, y realizamos la conexión para el informativo de la Cope.

El “problema” llegó después. La familia llenó la mesa de manjares y  de vinos y licores de la zona. No nos permitían partir por nada del mundo. El patriarca, un apasionado del ciclismo, muy al estilo italiano, era un enfervorizado admirador de Luis Ocaña y no cesaba de pellizcarse para convencerse que aquella escena era real y no un sueño pasajero. Su ídolo Luis Ocaña estaba en el comedor de su casa. Nos hicieron comer y beber, fotos y más fotos, Luis firmó autógrafos a doquier para todo el pueblo. Tuvimos que salir gas a fondo, porque los ciclistas se acercaban a nuestra posición y caso de superarnos, se haría muy difícil llegar a la meta por delante de la carrera.

Un año después, en aquel fatídico 9 de mayo del 94, lloré por el amigo y por el ídolo de mi  infancia, pero su recuerdo, personalidad  y carácter calaron para siempre en mi persona. En España, el francés de Priego.  En Francia el español de Mont de Marsan.  Parecía no tener patria ni espacio propio. Lo tuvo y lo tiene en mi corazón. Le recuerdo como un auténtico genio, un mito del ciclismo. Por casta y orgullo, nunca he conocido, ni creo que conozca, otro fenómeno ciclista de la categoría y la clase de mi admirado Luis Ocaña.

 

José Manuel Olivan es redactor jefe de Radio Marca Barcelona

Hubo un catalán que nació en Olite: Mariano Cañardo

Decir Mariano Cañardo entre la gente de la Volta a Catalunya es poner a todo el mundo de pie. Aunque muchos lo ignoren, el récord numéricamente hablando más jugoso de la historia del ciclismo español lo atesora este corredor nacido en la preciosa Olite pero amamantado y perpetuado por el ciclismo catalán por que ciento y pico años después, nadie como este ciclista de la prehistoria: siete triunfos le contemplan en la decana, un mito que nadie osa derribar, ni hoy, ni cuando el ciclismo se escribía con mayúsculas.

El 5 de febrero de 1905 venía a la vida Mariano Cañardo Lacasta. De esa caballeresca villa navarra surgió el un ciclista independiente que en 1926 ya estaba entre los que entonces se podrían considerar profesionales, una suerte de deportistas semi especializados que se sacaban tres duros y unas alpargatas por correr sobre una bicicleta.

A los dos años de estar en el nuevo nivel, construyó las bases de su leyenda. Ganó su primera Volta a Catalunya con los colores del Elvis-Wolber. Luego repitió éxito con el Fútbol Club Barcelona y lo aunó a la otra grande del momento, la Vuelta al País Vasco. Siguió como independiente y engordó el palmarés: Vuelta a Levante, campeón de España, Circuito de Getxo,… Dos veces incluso fue séptimo en los Campeonatos del Mundo sin obviar su paso por el podio, segundo, de la primera Vuelta a España de la historia. Estamos en 1935.

Con los años amasa fortuna estadística. Se hace con una etapa en el Tour de Francia de 1936, en la termal villa de Aix-Les –Thermes, y completa con la Vuelta a Marruecos, Clásica de los Puertos, el Circuito del Norte,… sin embargo su palmarés se hizo grande por la Volta. Escasos meses después de finalizar la Guerra Civil lograba su séptimo entorchado en la primera carrera por etapas del país.

Cuando en 1943 dejó la bicicleta “su” Catalunya le dedicó el Trofeo Mariano Cañardo, una prueba que con los años acabaría siendo el germen, junto a otras, de aquella magnífica competición llamada Setmana Catalana, ausente de nuestros calendarios desde hace ocho años. Cañardo sería incluso presidente de la Federació Catalana de Ciclisme. Él fue uno de los artífices de que el Campeonato del Mundo de ciclismo de 1973 se celebrara en Barcelona. El 20 de febrero de 1987 nos dejaría.

Pero volviendo a su afinidad con la Volta valgan dos datos: la corrió ininterrumpidamente entre 1926 y 1942 y sólo Miguel Indurain, con tres triunfos, se le acerca en el historial.

La Volta a Catalunya fue creada por un andaluz

Hoy que arranca la Volta a Catalunya voy a hablaros de un miembro de una generación prodigiosa, unos hombres de naturaleza renacentista que tanto bien hicieron por nuestro deporte cuando éste despertaba en los albores del siglo XX. Nuestro ciclismo, el de hoy, es el que ellos imaginaron y llevado a buen puerto hace más de un siglo. Un pelotón de talento humanista que entre otras cosas dio luz a lo que hoy es la primera carrera centenaria de España, la Volta a Catalunya.

De entre ese grupeto, destacamos a Miguel Arteman Cerdá. Este sevillano tocó todas las teclas. Fue un hombre orquesta, como tantos otros en su época. Cuán necesitaríamos ahora un personaje de su perfil. Nació en 1884. Fue deportista en activo tanto del mundo del motor como ciclista. Ejerció todos los roles posibles: árbitro, periodista, organizador, eventos varios, … en su tarjeta de presentación sobraban habilidades. El tiempo se le quedaba pequeño. Su día duraba treinta horas.

Ingresó miembro de la primera redacción de El Mundo Deportivo en 1906. Culminó crónicas del motor y ciclistas. Luego fue campeón de España de motociclismo. Será por un tema de neumáticos, ciclismo y motor en aquella época caminaban de la mano. Ante la buena marcha de la primera edición de la Volta a Tarragona, quiso emular el método pero a escala regional. Nacía la Volta a Catalunya. Era el año 1911. Al frente de la organización del Grupo Deportivo, obró el milagro de poner en marcha una competición en medio de una España convulsionada y problemas reales y apremiantes, mucho más que los actuales.

El día de Reyes de ese año salió la primera Volta, y desde entonces hasta ahora. Su condición de andaluz le dotó a la carrera el guiño blanquiverde que luce el maillot de líder. La seña de identidad de la carrera de barrio de Sants, ese jersey blanco con franjas verdes sigue vigente, sobreviviendo a los tiempos de estandarización que comprime el ciclismo. En la Volta el líder no es amarillo.

Poco después Arteman alumbraría la Vuelta a Andalucía, una de las clásicas de inicio de temporada. Al tiempo colaboró en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, esa que ocupó la monumental plaza de España hispalense. Capitaneó una empresa con su apellido, revolucionó su época. Su figura es hoy más sugerente que nunca. Con su niña, la Volta, cumpliendo 102 años, y un deporte tocado en la línea de flotación, Arteman debería ser una de nuestras inspiraciones.

El descenso de Kelly a los cielos de San Remo

Moreno Argentin coronó con escaso margen el Poggio. Pequeño pero aparentemente suficiente. El italiano llegó a tener 15 segundos sobre un grupo de donde surgió una chispa azul. El dorsal 71 (más o menos en la hora diecinueve de la retransmisión) saltó del grupo en medio de un ambiente suicida. Sean Kelly era el tipo de azul. Cogió al italiano y le sumió en los infiernos en la Via Roma. Ahora que se habla tanto de las opciones de Sagan conviene tomar nota de este tipo de triunfo.

Una carrera en España en vísperas de cumplir noventa años

Este fin de semana en Sabadell empieza la temporada catalana de carretera. Se trata de una doble cita. Primero el Trofeu Joan Escolà, en honor al que fuera ciclista y abuelo de Isaac, campeón de España sub 23 hace diez años. Al día siguiente, el domingo, el Campionat de Sabadell, una de esas carreras en las que merece la pena detenerse.

Situémonos. España, 1924. Miguel Primo de Rivera no lleva ni un año ejerciendo su dictadura. Hablamos del día 22 de junio, en Catalunya fecha celebrada, por ser víspera de la verbena de San Juan ese día tuvo lugar la primera edición del Campionat de Sabadell. Una temporada antes, la prueba tuvo un prolegómeno con la Copa Cervantes.

Casi noventa años después, la competición sigue en manos de los mismos gestores que entonces, la Unió Ciclista Sabadell. Desde entonces el campionat se ha granjeado un lugar entre las más antiguas de España. Sólo la Volta le supera en lo vetusto, quizá alguna más, pero disculpen, sencillamente no lo sé. De lo que no cabe duda es que vivir 89 años es tener una salud de hierro, a prueba de fuego. Una suerte de milagro que sorteó todo.

Los primeros trazados del Campionat de Sabadell transitaron por Terrassa, Olesa, Martorell y vuelta por Matadepera. Hoy el recorrido es de unos 120 kilómetros. Nunca excedió en exceso esta cifra. Sólo tuvo tres paréntesis, los años 1930 y 1931 y los obvios de la Guerra Civil más otro que luego reseñaremos. Gabriel Cruz, Mariano Cañardo y Francesc Payà  y Josep Maria Sans fueron los primeros en ganarlo más de una vez.

En 1945 la persona más íntimamente vinculada al ciclismo de Catalunya, Miquel Poblet logró llevarlo a su palmarés. Luego vendrían los hermanos Sant Alentà, de los cuales Albert se lo embolsó tres veces. Tuvo un efímero paréntesis en 1962. Dejó de ser profesional para convertirse en faro del campo amateur. Desde entonces en este grado camina.

Ya lo ven. Historias que alumbren el ánimo siempre podemos traer. En un momento de conflicto total, incluso. Cabe ver en este espejo sabadellense la suerte de las cosas bien hechas como el paso previo a que perduren. Ahora que la bicicleta y el ciclismo camina atolondrados por la vida, que no nos confundan, al horizonte siempre llegaremos sobre dos ruedas e impulsados por nuestra propia fuerza motor.

 

Foto tomada de cathonys.blogspot.com