El post 1001 va por estos chicos

Sé que quizá está fuera de plazo hablar de las tiritonas y escalofríos que atenazaron los campeones que hicieron cima en Lavaredo. De ello hace más de cuatro meses. Ese día se ganaron nuestro respeto y cariño aquellos que dieron vida a la etapa más dantesca que nuestros jóvenes ojos recuerdan. Hoy gracias a los amigos de @amantes_cycling recuperamos una pieza que es la esencia del ciclismo, ese deporte que pisoteado, vilipendiado, humillado y pisoteado curiosamente sigue adelante.

El ciclismo como cronista de lo social

Esta imagen la colgó hace tres días @olympia_vintage en twitter y llamó nuestra atención desde el primer momento. Como la arquitectura y la pintura más allá de cuando existía la fotografía nos sirvieron para narrar la historia, el carácter nómada del ciclismo sirve para expresar realidades sociales que cuando menos lo imaginamos vuelven.

La imagen de Enrique Aja cruzando en la meta de Reinosa en la Vuelta a España de 1987 pone de relieve los tensos días que se vivieron en la idílica localidad cántabra aquella primavera por el cierre de Cenemesa que debía poner en la calle 2000 personas en una localidad de 13.000 habitantes. Cenemsa es hoy Gamesa.

Aquel cierre se enmarcó en el proceso de reconversión industrial que dejó España desprovista de muchas de sus industrias. Curioso que en los tiempos que corren se habla de revertir aquella situación hablando de una reindustrialización. La historia es circular. El ciclismo fue entonces testigo, como en otros muchos casos, de esa problemática y la difundió. Es curioso por eso que en España de 2013 no surjan más señas de malestar como en aquella época.

Le llaman la montaña de los holandeses, se llama Alpe d´ Huez

Pocas horas del paso, doble en este caso, de la caravana del Tour de Francia por la subida franquicia de la gran carrera, rescatamos un pasaje de hace dos años. Mientras Samuel Sánchez y Alberto Contador hacían el canelo con Pierre Rolland por delante, la hinchada tulipán se deshacía con uno de los héroes de aquella edición, Johnny Hoogerland, quien aún tenía tiernas las cicatrices del desgraciado que le atropelló en plena carrera lanzándole a una alambrada.

El Mont Ventoux exige humildad

“Ojo Ferdi, el Ventoux no es una subida como las otras” le espetó Louison Bobet a Ferdi Kubler, de los dos grandes suizos de los cincuenta, el más brutote y básico. Estamos en 1955. Ferdi Kubler entró, a sus 36 años, a saco en el Mont Ventoux. Como si la vida le fuera en ello, el inconsciente ciclista helvético rodó en vanguardia hasta que, desplomado, se bajó de su máquina y dijo que aquello era demasiado. El embrujo del Ventoux, esa sirena que te ensimisma en la su arbolada base, pero que te envenena con su plomizo aire en sus últimos metros antes de la cima había acabado con uno de los corredores más duros de la época.

El Mont Ventoux fue un descubrimiento intelectual de Petrarca que lo abordó hace menos de 700 años. Imbuido por el paisaje y la singularidad, el humanista toscano redactó una de las primeras cartas que se entendieron como línea de inicio del Renacimiento. Y no fue porque la cima provenzal le pareciera de dimensión humana, pues, a pesar de rozar los 2000 metros, no destaca entre las cumbres más altas de la historia del ciclismo aunque sí en la zona, raramente llana. Ello le ha valido el apodo de “el gigante de la Provenza”.

Pero al margen de sus dimensiones, esa carretera que parte de Bedoin envenena la resistencia de los ciclistas. Quien desafió la cumbre lo pagó. Es un lugar de extremos, que puede registrar 40 grados sobre cero y 30 por debajo. Un sitio despoblado de masa forestal, rocoso y lunar que ha visto mistrales soplar por encima de los 320 kilómetros a la hora.

Por eso el Ventoux exige respeto y sobretodo humildad. No la tuvo Eddy Merckx que se supo mejor. El astro reverenció el memorial a Tom Simpson solo y solo se desvaneció en la cima, donde se le tuvo que aplicar el oxígeno que falta en esas ingratas laderas. No contemos, una vez, más la historia de Tom Simpson, pero sí recreemos la exhibición que Jeff Bernard plantó aquí en 1987 con una cronoescalada para enmarcar corrida tan al límite que le hizo explosionar al día siguiente, justo cuando Pedro Delgado llamaba a las puertas del amarillo.

Pocos han encontrado gratitud de este lugar reserva de la biosfera por una variedad botánica sin igual. Quizá quien mejor pueda hablar del lugar sea una de las leyendas que en la actualidad trabaja en el Tour. En 1972 Bernard Thévenet fue prudente. No quiso entrar en las andanadas y acabó derrotando a Merckx y Ocaña, como si fuera tan sencillo. A veces, incluso, hasta quien no se lo esperaba sacó gratitud del enclave. Por ejemplo dos de sus ganadores más sorpresivos, Eros Poli en 1994 y Juanma Gárate hace cuatro años, siendo además el último en hacerlo. Por que conviene no olvidar que el irundarra es poseedor de la corona del Ventoux.

Las relaciones inglesas del Mont Ventoux

Pocas cimas engendran la historia y atractivo del Mont Ventoux. Esa pirámide de coronilla pelada que se yergue en la campiña provenzal surgió un día fruto de los cataclismos que empujaron de los Alpes hacia los Pirineos y viceversa, como si lo telúrico y las fuerzas que perfilaron el viejo continente tuvieran rol premonitorio.

Si hay un nombre vinculado a la historia que enhebró el Ventoux en el ciclismo fue el de Tom Simpson por su cabalgada hacia la nada más absoluta en la décimo tercera etapa del Tour de 1967. Un golpe a la inocencia del ciclismo de la belle époque que despertó de forma más terrible por la tenaza del dopaje y el abuso de sustancias.

Pocos años antes, en el paso por lo Pirineos –aquí lo contamos la semana pasada- Simpson había sido el primer británico en portar el maillot jaune. Fue una concesión histórica pero fugaz, pues le duró un día, poco tiempo para muchos y minúsculo para el mítico el inglés que debió quedarse con tales ganas de repetir logro que enloqueció en el uso de ayudas ajenas.

Durante un tiempo Tom Simpson estableció su base en la Europa continental en la flamenca cuidad de Gante. En ella, poco después nacería Bradley Wiggins en esa misma urbe, por mucho que se venda como londinense. La estrechez en las relaciones entre ambos no  finaliza sin embargo en esta coincidencia en el lugar. Wiggins vivió mucho tiempo en el bloque donde habitaba la hija de Simpson.

Pero hay más. En la lucha por ser el primer “Brit” en pisar un podio de París, Bradley Wiggins apeló al embrujo del Ventoux y el espíritu de Simpson para defender su suerte la última vez que la carrera subió hasta aquí arriba. En la etapa de 2009, en la que Juanma Gárate logró batir a Tony Martin, Wiggo luchó a brazo partido por el tercer escalón del cajón de los Elíseos contra Lance Armstrong, a la postre titular de ese resultado, y Frank Schleck, pues los dos primeros, Alberto Contador y Andy Schleck, eran ya inabordables.

En esa indómita lucha Wiggins grabó la cara de Simpson en el cuadro de la Felt que para entonces usaban los Garmin. A pesar de las ganas y ahínco que le puso el largo inglés, su poder no pasó de la décima plaza y acabó cuarto la edición, que por otro lado, le convencería de que el Tour estaba en su radar. Tres años después cerró el círculo, sucedió a Simpson en la titularidad inglesa del maillot jaune y consiguió llevarlo hasta los pies del Arco del Triunfo.

Foto tomada de www.guardian.co.uk

El Tour x los Pirineos: Miguel Indurain como ciudadano ilustre

Miguel Indurain Larraya es ciudadano navarro, nato en Villaba integrado en esa mágica añada surgida en 1964. Ubicado en el camino de Santiago, la localidad vecina a Pamplona tiene los Pirineos a unos 40 kilómetros. En esa distancia Miguel Indurain tenía Roncesvalles y los parajes aledaños a su alcance. Desde la localidad iniciática de la ruta jacobea, Indurain tomaba las rutas de Larrau, Ochagavía y Valcarlos para perfilar sus poderosas piernas.

El Tour de 1991 no estaba siendo sencillo para los españoles en general y Banesto en particular. A la pérdida de tiempo de las primeras jornadas se le sumó la jornada de Jaca, donde los nuestros pasaron con total discreción. La única victoria de Miguel Indurain en la primera crono larga suavizó un poco un ambiente que no era el más propicio.

Sin embargo la gran etapa de la edición, que iba de Jaca en Val Louron, fue el escenario elegido para dar el golpe. En un maratón pirenaico como pocas veces se vio Miguel Indurain se dejó caer al inicio del Tourmalet, se acompañó de Claudio Chiapucci y acabó vistiendo el amarillo, el primero de su carrera, en el podio.

Y es que el gigantón de la cuenca pamplonesa tuvo en los Pirineos un baluarte logrando en Cauterets su primer éxito en el Tour, y postulándose en Luz Ardiden como el gigante que acabaría siendo, una vez dejó a Greg Lemond en la estacada. Incluso, antes, en el Tour del Porvenir, ya moldeó maneras de grande en la cordillera que le acogió en sus jornadas de entrenamiento, gloria e pero también miseria, pues en 1996, en Hautacam, hincó la rodilla para despedirse de su sexto Tour.

El Tour x los Pirineos: Tom Simpson eclipsa la gesta más redonda de Bahamontes

El líder que sale de los Pirineos en este Tour es inglés, de raíces keniatas, pero compite con los colores de su Majestad. Chris Froome sucede en la línea real a Brad Wiggins, que también cruzó en amarillo los Pirineos y lleva a adentrarse en la edición de 1962, año que vio el primer hijo de la reina en líder. Fue en Saint Gaudens. Tom Simpson vistió efímeramente por 24 horas la prenda que le perturbó hasta la casi total locura.

Tom Simpson era entonces ya un ciclista de renombre que servía además para darle cierto caché a este deporte tan radicado en la Europa continental. De veinticuatro años, había sido segundo en la París-Niza de ese año. Afincando en Gante, luego en Saint Brieuc, la oxidada escuela británica le dio su apellido y poco más. No obstante su bagaje ya escondía éxitos premonitorios para ese país en materia ciclista pues se colgó un presea olímpica en Melbourne en la persecución por equipos.

Simpson escribía semanalmente en el Daily Express sobre ciclismo. Contaba e informaba de esas aventuras sobre bicicletas maltratadas por los elementos más allá del Canal de la Mancha. Ese mes de julio de 1962 dieron mal tiempo en las Islas y las partidas de cricket no celebradas por la lluvia darían más espacio al ciclismo. Hasta The Guardian y la BBC dieron papel y minutos al maillot amarillo de Simpson en los Pirineos.

Y en estas que en Superbagneres, tras una agotadora ascensión en solitario, Simpson empezó a dar que hablar. Atosigado por el esfuerzo, superado por la situación, padece unas extrañas convulsiones en meta. Más de un uno le da una interpretación en términos de dopaje y trampa. Está claro que la carencia de escrúpulos no surge por generación espontánea y su fatídica muerte en el Ventoux, años después, había arrojado algún antecedente.

Por que Simpson logró copar titulares que sencillamente Federico Martín Bahamontes se había trabajado a conciencia con un paso casi limpio por la cordillera pirenaica. El alado y aguileño ciclista de Toledo logró coronar delante de todos Aspin, Tourmalet, Peyresourde y Portet d´ Aspet, al margen de ganar la cronoescalada de Superbagneres, esa que dio pistas sobre el trágico final que aguardaba a Simpson.

Imagen tomada de www.cyclinghalloffame.com

El Tour x los Pirineos: La democratización de las cumbres

Año 1933. El Tour de Francia cumple treinta años. La España de la segunda República puebla masivamente las mejores subidas de la carrera francesa en apoyo de un ciclista que apodaban como “la pulga”, Vicente Trueba. Pero la informe masa venida del sur para animar a su ídolo, no está sola en la conquista popular de las cumbres. Desde la organización, desde los consejos comarcales, se nota que las subidas acumulan una cantidad de gente que no es lo más recomendable para el bienestar de la montaña.

L´Ouest- Eclaire publica “el Aubisque es una auténtica locura”. Las montañas ya son iconos y eso que el Tour no ha cumplido ni treinta ediciones. La situación en el Tourmalet, Aspin y Peyresourde no es muy diferente. La sensación de colapso es tangible cuando la reputación que el ciclismo le da a estos lugares confluye en numerosas manifestaciones deportivas por la zona a lo largo del año.

La organización del Tour camina en el filo. Al margen del daño que le causan a la zona, empiezan a pensar en la seguridad propia de los ciclistas, de la caravana, de la carrera. Hacen números y no les salen. Se gastan la cifra nada despreciable de 1300 francos de la época para garantizar la seguridad, sin embargo, la sensación es que ésta se queda corta ante el gentío que se aproxima. El dilema queda servido, y hoy sigue siendo fuente de debate, cuando vemos a auténticos trillados correr al lado de finas figuras que “malamanete” mantienen el equilibrio ante la fatiga y la exigencia del reto.

Mientras en la carrera Georges Speicher logra salir reforzado en la general, entra en los Pirineos con quince segundos y sale con más de cinco segundos sobre Lemaire después de cuatro jornadas de tránsito pirenaico que ve el doble triunfo parcial de Jan Aerts en Ax les Thermes y Tarbes.