Un ciclista y pistard abrió el medallero español en Barcelona 92

El velódromo de Horta lucía esmaltado. Brillante. La elipse de madera traída del Camerún era la corona de las instalaciones olímpicas de Barcelona 92. Ésta fue la primera instalación, ocho años antes, en estar lista para la primera y única olimpiada en España.

Esa tarde de julio un servidor con veinte años menos quiso estar en el graderío, pero fue imposible. El papel estaba todo vendido. Un fornido andaluz nacido en Ámsterdam llamado José Manuel Moreno sonaba como gran esperanza para abrir el palmarés español en sus juegos. Habían pasado unos días, recuerdo, y la gente empezaba a estar impaciente. El casillero estaba a cero.
Enjutado en un grueso y viscoso buzo blanco arriba y negro de culote, Moreno calentó como un poseso tras un encierro de unas seis horas por la instalación a la falda del Tibidabo. Montado sobre una endeble Otero, su corpulencia parecía suficiente para domar el hierro de un cuadro montado sobre un desarrollo descomunal que cabía moverlo desde el segundo cero de la manera más violenta posible.
José Manuel miró abajo, fijó sus pies y atizó lo que pudo. Una vez me dijeron: “El kilómetro es un esfuerzo tal, que destroza a quien lo disputa”. Ese quebranto, ese umbral de dolor y saber mantenerlo, resulta claves. Moreno rompió en círculo sus músculos sobre los pedales. Sus bielas soportaron la matraca de un yunque. 1000 metros, cuatro vueltas. En la primera rodó por encima. Para los otros tres pasos no sólo era el primero, abría hueco según avanzaba… hasta la gloria. Atravesada la doble línea levantó la cabeza, algarabía en el graderío. Sí, el marcador lo decía: era campeón olímpico. Alzó el puño izquierdo y al paso por meta le frenaron. Cuando le quitaron el casco se la consecuencia de lo logrado. Un hombre felizmente destrozado. Un ciclista abrió el medallero español en Barcelona. 
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El campeón de Barcelona 92, siempre en nuestro corazón

En ocasiones milagroso, en otras cuestión de un angelito de la guarda. La muerte visita el mundo del ciclismo en cuentagotas, y ya nos parece demasiadas las veces que lo hace. En nuestra vida quién no ha trazado un escorzo barroco sobre el sofá durante alguno de los descensos fielmente retratados por una moto y una cámara en desafío a las leyes de la física pues su  equilibrio se adivina algébrico con esas frágiles y huesudas figuras.

Pero la guadaña hace acto de presencia, sí. Aunque nos parta el corazón y nos encoja el estómago. Son esos momentos donde uno se percata de la ridiculez que envuelve algunos de nuestros comentarios, ensoñados por que la carrera nos ofrezca el espectáculo que nos consideramos dignos de recibir. La muerte sin embargo acecha y no siempre hacia abajo o en volatas. El fallecimiento más ilustre de la historia fue sobre las descarnadas rutas del Ventoux protagonizado por Tom Simpson, pasado de revoluciones y otras sustancias.
Un servidor no ha visto muchas muertes en directo. Le marcó aquella de Lolo Sanroma en Vilanova y la Geltrú. De aquel dolor pudo participar en persona. Sanroma fue joven e intrépido, pero la vida no le hizo justicia. Como a Wouter Weylandt en el Giro del año pasado. La pérdida de Xavi Tondo, ausente de la competición, fue otra de las dagas en el corazón.
Pero en este entretiempo olímpico que estamos saboreando, queremos recordar la personalidad de Fabio Casartelli, el campeón de Barcelona 92. Aquel talentoso italiano ganó en el circuito de Sant Sadurní d´ Anoia de forma tremenda. Su equipo incorporaba un tridente formado por Michele Bartoli, Davide Rebellin y Francesco Casagrande. Qué no juntarían lo tres años atrás y eso que a Rebellin, segundo 16 años después en Pekín, la gloria se le atragantó en forma de positivo letal.
Angel Edo corrió aquel achicharrante día de agosto entre cepas y al abrigo de un cielo azul y un sol matador indisimulados por la ausencia de arboleda. El catalán tiene a fuego la imagen de Fabio cruzando la meta. “Ganó de tal manera que Erik Dekker –el mismo que lograría etapas en el Tour y la Amstel- desistió de sprintar agotado a 50 metros de meta” rememora. Aquel italiano iba para muy grande, le costó la adaptación de pros, pero a juicio de Edo no había perdido la esencia. Era un gigante en potencia.
Pero la desgracia se cruzó. La jornada reina de los Pirineos del Tour de 1995 nació agitada. Richard Virenque se puso en harina desde el principio como si la vida, y el maillot a puntos que tenía atado, le fueran en ello. La carrera circulaba lanzada en los primeros puertos. En el descenso del Portet d´ Aspet, una moto se detiene ante lo que parece un accidente grave. Lo era, un Motorola yace inmóvil en el suelo. Le perfila el rostro inerte un tremendo chorro de sangre. Es Fabio Casastelli y su vida se va por momentos.
Allí, en un petril de este puerto pirenaico, muy cerca de la frontera con Catalunya Casartelli encontró el final. La conmoción fue mayúscula. A los pocos días, en Limoges, Lance Armstrong golpeaba con fuerza la tapia del cielo para dedicarle a su compañero fallecido un triunfo que jamás quiso en homenaje póstumo.
Fabio Casartelli, campeón en Barcelona, diecisiete años después, sigue vivo y presente en todos aquellos que por lo que sea, se encojen por el sufrimiento ajeno y lloran por la muerte de un ciclista. 
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El homenaje que Miguel Indurain tributó a Barcelona 92

Hoy he leído una cita realmente estimulante en nuestros tiempos. “Si el pasado fuera bueno se llamaría presente”. Dardo en la diana, sinceramente, me dejó sin más palabras que felicitar a quien la clavó en twitter. Pero hoy nos permitirán irnos dos décadas atrás. Sí, ayer hizo veinte años el Estadi Olímpic de Montjuïc abrió el telón de los XXV Juegos Olímpicos. Una efeméride así es transversal. No hay nada que se mida a la nobleza olímpica, nada. El lamento es que son sólo quince días y separados por cuatro años.

Un servidor hace veinte años bajó al pie de su pequeña casa de la mano de sus papás  a ver pasar el entorchado camino de Montjuïc. Un estrecho pasillo humano adivinaba el itinerario, ahí, en la larga carretera de Sants. Barcelona era un puñado de emociones mal encajadas y menos disimuladas. Los Juegos son algo muy grande, y por ello entiendo que Madrid los quiera acoger, pero no tanto que no sepa ver las limitaciones que los tiempos nos han sobrevenido.

Aquellos días de julio en la Barcelona preolímpica, disfrutábamos con el segundo Tour de Miguel Indurain. El navarro andaba esos días por el Loira y alrededores camino de París y vestido de amarillo. Se habló que fuera el último relevista, para entonces los pros no tenían sitio en el programa olímpico. Decían, atisbo en la lejanía temporal, que sería un crimen poner al navarro a correr los últimos metros de ese relevo una vez llevaba 20 etapas más prólogo del Tour que estaba en vísperas de ganar. Nada menos adecuado para un ciclista retratado por los rigores del esfuerzo más allá de lo recomendable.
Una antes de la tarde que Barcelona chilló un “Hola” en un mosaico del tamaño del verde del olímpico de Montjuïc, Miguel Indurain rubricaba un registro antológico. El récord de la hora en carretera abierta, con sus subidas y bajadas, curvas y contracurvas, entradas y salidas del viento. Más de 52 kilómetros a la hora, antes de que lo abordaran Graeme Obree y Chris Boardman en el privilegiado peraltado de Burdeos. Entre Tours y Blois, dos de las ciudades más monumentales del Loira, Miguel sembró su obra, una entre tantas, pero especial, pues se culminó escasas 24 horas antes de que se incendiara el pebetero barcelonés.  
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El círculo virtuoso del ciclismo anglófilo

El día que dos ingleses entraron con sus hombres para conquistar París, cabe decir que el ciclismo en las Islas  Británicas no ha sido tradicionalmente un deporte de masas. Su irrupción se ha hecho al calor de los éxitos de la pista que desde 2004, coincidiendo con los Juegos atenienses, sentado un dominio como la modalidad pocas veces había visto. Los velódromos, sus parapetos, cascos, monos “skin suit”… fueron elementos cuyo furor rompió en la carretera. A ello se le añade la llegada de un gran patrocinador, Sky que complementó el camino que arrancaron las Loterías inglesas, y el empuje de varios ciclistas en todos los frentes para cerrar el círculo virtuoso. Un momento dulce que se resume en la afluencia récord de miembros de British Cycling en pleno Tour y a puertas de los juegos londinenses.

En un velódromo. Aquí empezó todo
Pero el ciclismo de habla inglesa abrió sus horizontes lejos de la cuna de su lengua simultáneamente a proyectos propios. Su mejor versión surgió desde círculos influidos por el poder del imperio de ultramar antes de la implosión del Team Sky. No obstante cualquier historia que hable de ciclismo inglés o anglosajón, empieza siempre por Tom Simpson. El afamado campeón del mundo, ciclista de perfil alto cuyo trágico final es una de las leyendas más solicitadas del ciclismo mundial. Pasaron 45 años y sigue siendo evocado.
Anglosajones en el Tour
La presencia inglesa en el Tour de Francia arrancó en los 50, muchos años después llegarían los estadounidenses con el 7 Eleven. La década central del anterior siglo fue una época fértil en lanzar equipos al profesionalismo inglés. No en vano Gran Bretaña fabricaba tres millones anuales de bicicletas, un favorable contexto que se tradujo en muchas escuadras vinculadas a las fábricas: BSA Bikes, Raleigh- Dunlop, Sun Carlton, Hercules, Ellis Briggs, Viking,… muchos equipos pero escasa trascendencia del ciclismo como deporte. De entre estos el Hércules corrió el Tour merced a las afinidades del organizador Goddet con las islas, donde fue estudiante de Oxford. En ese equipo militaba Brian Robinson quien logró la primera etapa inglesa en la carrera. Fue en 1957 en Brest. Muchos consideran a Robinson como el auténtico pionero del ciclismo en las islas, un corredor que abrió las puertas al legendario Tom Simpson. Éste falleció ascendiendo el Mont Ventoux en 1967, al día siguiente de tan luctuosa fecha su compatriota Barry Hoban, bajo los colores de la Gran Bretaña, cruzaba en solitario la meta de Sète para recordar a su malogrado colega. Hoy Hoban es el esposo de la mujer de Simpson.
En 1971 surgía el Ti Raleigh bajo licencia británica. Proyecto modesto en sus orígenes, acumuló un buen número figuras como Thurau, Bracke y Raas, aunque el conjunto de Peter Post acabaría siendo holandés. Pero Raleigh volvería ser inglés, en los ochenta, cobijando los primeros días de Malcom Elliot. Mientras en el Peugeot galo crecían estrellas anglófonas como Robert Millar, Jonathan Boyer, Stephen Roche y Sean Yates. Otros como Sean Kelly, Greg Lemond y Andrew Hampsten optaron por otras vías.
Proyectos que hablan inglés pero no ingleses
Sin duda el equipo anglófilo más afamado nació en su día con el nombre de 7Eleven y con los años acabó llamándose Discovery Channel. En 1981 nacía una escuadra amateur en Estados Unidos con el nombre de 7 Eleven. Con la tutela de Jim Ochowitz, se trataba de poner freno a la fuga de talentos hacia Europa. Frustrado en su carrera deportiva, Ochowitz se pasaba a la gestión deportiva con tan sólo 28 años y un proyecto en las manos que ilusionaba a propios y extraños cuando conseguía ganarse la confianza de la entonces afamada marca de supermercados 7Eleven. Los Ángeles 84 era la meta más próxima de aquel esbozo de equipo, trabajar por tramos se convertía en imperativo, y los juegos de casa eran el gran objetivo. Para ello se rodeó de los mejores corredores jóvenes y añadía las féminas más representativas. En 1983, el proyecto tenía el beneplácito del patrón del Tour, Felix Lèvitan, quien abría la “Grande Boucle” al nuevo equipo norteamericano.
El de Lèvitan fue un gesto acompañado con hechos. En 1986, mientras los dos mejores ciclistas nacidos en Estados Unidos, Andrew Hampsten y Greg Lemong vestían los colores de La Vie Claire, asomaba por el Tour de Francia el primer maillot del 7Eleven. Lo vestían Raúl Alcalá, Ron Kiefel, Chris Carmichael, Alexi Grewal, Eric Heiden, Davis Phinney, Doug Shapiro, Jeff Pierce, Bob Roll y Alex Steida, anónimo corredor para muchos a día de hoy, pero que vistió el “maillot jaune” durante un sector vespertino.
Las primeras grandes victorias de la recién creada escuadra las firmaría Andrew Hampsten en el Giro de Italia de 1988. Cabe recordad que el ciclismo estadounidense ya había derribado para entonces otros muros pero a título individual. Greg Lemond ya se había proclamando campeón del mundo, en 1984, y ganador del Tour, dos años después. Temporadas más tarde Hampsten firmaría otro éxito simbólico: ganar en Alpe d´ Huez. Lo consiguió en 1992 vistiendo de azul, los colores del Motorola, segundo gran padrino de la saga que vería el debut en 1992 de Lance Armstrong. La empresa de telefonía desembarcó en el ciclismo en 1991 y se mantuvo hasta 1998. En ese tiempo grandes éxitos y dos momentos amargos. El primero en el Tour de 1995 con la pérdida de Fabio Casartelli. Un año después su emergente figura, campeón del mundo en 1993 a una edad récord, 21 años, Lance Armstrong sufría los rigores de un cáncer. Volvería en 1998, ya con el US Postal, el servicio de correos estadounidense, en su maillot, y la temporada siguiente iniciaría su dominio en el Tour que se alargó hasta en siete ediciones, la última con los colores del Discovery Channel, canal temático de televisión, que con los años dio vida al Radio Shack, mientras BMC, Garmin y como no, Team Sky se han hecho con el comando sin intención de no hacerse a un lado.
En esta entrada se ha usado información publicada por un servidor en Meta 2 Mil. 
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Tour de Foie (XII): El “maillot à pois” recupera su esplendor

En la cima de la Madeleine Peter Velits y Fredrik Kessiakoff jugaban duro por tomar los puntos del primer alto de la montaña. Un Sprint por encima de los 2000 metros de más de un kilómetro, alternativamente comandado por uno y otro, que bien pareció un final de etapa.
Todo en el aire
El cambio de manos del maillot de puntos rojos de la montaña ha sido una de las tónicas de estos días, otorgando a este ranking el valor que nuestros ancestros le llegaron a tributar. Miremos los contendientes para suceder a Samuel Sánchez y tomaremos conciencia del nivel y competencia que recoger el maillot de Carrefour implica. El sueco Fredrik Kessiakoffencabeza la general en la antesala de los Pirineos y su lucidez para pillar escapadas le confiere opciones. Sin embargo a su estela circulan dos elementos de cuidado, Pierre Rolland y Thomas Voeckler, quienes pueden hacer de este maillot el centro de las labores de equipo en ausencia de las responsabilidades mayores del año pasado. Luego está Chris Anker Sorensen, quien a sabiendas de lo que puede o no dar se sí su equipo, éste sería un premio para calmar la larguísima espera de Saxo para que vuelva Contador.
El trío alternativo, aunque garante de justificadas dudas, lo forman Michele Scarponi, algo fatigado en el tramo final de los Alpes, Thibaut Pinot, joven y algo pasado de revoluciones, y el ciclista de la general, Chris Froome, quien salvo un implacable control de su equipo, parece descartado para tan empeño.
Una de las químicas que el Tour y su gran leyenda han sabido cuadrar ha sido el innegable influjo y atractivo que las montañas le han transmitido. Junto al resto de maillots el de la montaña ha sido especialmente querido y batallado. La historia habla de ganadores de postín, ciclistas que usualmente alternaban la puja por la general y la montaña de forma simultánea. Cabe solo ver quiénes han llevado el emblemático maillot de topos rojos. El primero un cántabro, Trueba y con él una buena serie española donde destacaron Bahamontes y Jiménez hasta el paréntesis de 37 años entre Perurena y Samuel. Sin embargo en los últimos tiempos los portadores de esta prenda en París quizá no acabaran de ser del agrado de la organización, dígase Charteau o Pellizotti, y por eso la lucha por este entorchado ha tomado relieve a nueve días de aterrizar en los Campos Elíseos. 
Foto tomada de http://www.velochrono.fr/ ASO
Con motivo del Tour de Francia 2012, tenemos un nuevo concurso para todos los lectores de El Blog de Joan Seguidor. Participar es muy sencillo, tan sólo tenéis que dejarnos un comentario en este post, indicando quién creéis que ganará los tres maillots de este año.
Como premio el ganador podrá elegir entre una de las gafas deportivas de la colección de Mister Spex, con un valor de hasta 100 euros. No está mal, ¿no creéis?
Animaos a participar, es muy sencillo ¡y podéis ganar unas gafas nuevas para salir a pedalear!
¡Mucha suerte a los participantes!

Votad, el plazo expira el próximo martes 17 de julio

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La mejor contrarreloj de la historia del ciclismo ocurrió hace veinte años

Aquel verano hacía un calor horroroso. El Tour celebró el Tratado de Maastricht visitando un buen puñado de países comunitarios. San Sebastián alumbró la carrera, ésta cruzó los Pirineos que nos descubrieron a Richard Virenque, escapado con Javier Murguialday en Pau, y se fue al norte, a Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Sí, a Luxemburgo.


El día 13 de julio de 1992 hubo un antes y un después. Una jornada que marcó a fuego. Un monumento de sesenta y cinco kilómetros y una hora larga de esfuerzo. Si “maître Jacques” viviera se habría visto de azul y blanco, sobre una cabra customizada de Banesto y un casco con un triangulo rojo invertido, como un “ceda el paso” a quien lo portara.
Recuerdo perfectamente aquella jornada. Una tarde de julio. La carrera ya lanzada, los favoritos en carrera, y entre ellos el primero en estar operativo Miguel Indurain. Navarro, ganador el año pasado, las dudas crecieron las jornadas del norte, cuando Lemond y Chiapucci le tomaron ciertos segundos, simbólicos, pero para muchos sintomáticos. Aquello fue una merienda de negros. Jugársela en los adoquinados de Bruselas no tuvo mayor premio que la consolación frente a lo que acontecería en el pequeño ducado.
“Atención, primer punto, Miguel Indurain mejor tiempo con mucha ventaja” gritaba un Carlos de Andrés veinte años más joven. Miguel había iniciado la que considero su obra maestra. Si Luxemburgo había sido fatal para Pedro Delgado tres años antes, aquí, con el uno a la espalda y también en una crono, el de Villava firmaría la que por muchos está considerada la mejor crono de la historia.
Las rutas luxemburguesas, fueran largas, estrechas o en páramo, presenciaron como un ciclista fue capaz de doblar a tres compañeros de pelotón. El último de ellos, Laurent Fignon había partido seis minutos antes. Ello da dimensión de la hazaña. En el umbral del arco de llegada Armand de las Cuevas se demoró tres minutos, Gianni Bugno 3´41´´ y Greg Lemond más allá de los cuatro. Sencillamente devastador. Aunque Pascal Lino salió ese día de amarillo, el suyo fue un premio testimonial. Duró lo que el pelotón tardó en entrar en los Alpes.  

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El gallo vuelve al “maillot jaune”

Cada año que pasa es una losa para el ciclismo francés, pues concluye otra temporada sin ganar el Tour de Francia. Ya han pasado 27 desde que Bernard Hinault ganara su quinto Tour y desde entonces, aunque Laurent Fignon y Richard Virenque han estado cerca de sentar precedente, ningún anfitrión se ha vestido de amarillo con la perspectiva del Arco del Triunfo a su espalda.

En estos tiempos de proteccionismo e identidades nacionalistas, el Tour ha devuelto la marca patria al maillot jaune. Le Coq Esportif, esa marca que muchos conocimos con la selección española de fútbol hace 25 años, sale impreso en la túnica sagrada al  lado de las iniciales HD de Henry Desagrange, el papá de la carrera. El regreso del gallo francés se podría interpretar un paso intermedio para que uno de los suyos vista finalmente la flamante casaca en los Campos Elíseos.
El último ciclista en vestir un maillot serigrafiado por Le Coq fue Pedro Delgado. Desde entonces varias marcas han entrado en el selecto club de “partenariado” de la carrera en calidad de proveedor textil: Castelli, Giordana y Nike. Ésta última en el periodo de los cuestionados siete Tours de Lance Armstrong cerrando un círculo virtuoso para los amantes del marketing.
Pero el maillot surgió hace mucho. Camino de los cien años, esta prenda ha universalizado el amarillo como el color del éxito sobre una bicicleta. Su poder evocador ha homogeneizado los lideratos de todo el mundo. Ya no existen el blanco de Niza, el verde de Romandía,… las nuevas carreras tintan de este color sus líderes y sólo el Giro resiste y la Vuelta se rebela con su reciente rojo.
El amarillo fue un color que siempre extrañó Raymond Poulidor. Para Jean-Pierre Genet “llevarlo significó el día más bonito de mi vida”. Te marca de por vida. “No existe un “maillot amarillo en rebajas” admitió Martial Gayant. Pero como dice el refrán sin rima, esta pieza da alas, como atestiguó Accacio Da Silva, el primer portugués en vestirlo en 1989. Su invención se debió para querer distinguir al líder del resto, pues todos vestían insalubres prendas grises.
En 1919 Eugéne Christophe vistió el primer maillot amarillo, se lo dieron en el “Cafe L´ Ascenseur”. Su soleado resplandor cinceló los machacados cuerpos de Henri Pellisier, Ottavio Bottechia, Nicolas Frantz, André Leducq, Antonin Magne, Renne Vietto, Georges Speicher, Charles Pélissier, Guy Lapébie y Maurice Archambaud. En esa época el último se daba en los Parque de los Príncipes de París. Gino Bartali marcó el inició y fin de la Segunda Guerra Mundial de amarillo. Mientras Romain Maes, vencedor en 1935, puso el nombre de “Au Maillot Jaune” a su café. Como él más de 250 atletas lo han vestido alguna vez.

Lieja es la capital mundial del ciclismo

La Tour de France vuelve a salir de Lieja y lo hace como si fuera desde casa. La capital de la Bélgica francófona ya ha sido sede del Tour varias veces, aquella de Miguel Indurain en 1995 junto al ausente Johan Bruyneel fue quizá la que más nos impactó, pero la historia es más amplia y por eso queremos recuperar este artículo que publicamos en el Meta 2 Mil hace unos años.

Lieja, capital mundial del ciclismo
Valonia fue, lo vimos no hace mucho, cuna de corredores como Frank Vandenbroucke, Pino Cerami, Claude Criquielion y en tiempos presentes de Philipe Gilbert. Su escarpada geografía encierra leyendas ciclistas de más de un siglo. Una región cuya capital, Lieja, es ahora mismo la única ciudad que ha acogido las tres grandes vueltas, amén de otras grandes citas. Una privilegiada urbe en la cuenca industrial del río Mosa de poco más de 200.00 habitantes con un legado histórico notable, aunque lejos de la publicidad de sus homónimas flamencas, Gante y Brujas, principalmente.
Lieja es punto de salida y culmen de la clásica más vieja de cuantas son etiquetadas como monumentos, la Lieja- Bastogne- Lieja, con una antigüedad que en breve se situará en los 120 años. Con cinco triunfos Eddy Merckx es su principal corredor por delante de Moreno Argentin. En 1930 la ciudad acogió la cuarta edición de los Campeonatos del Mundo inscribiendo el nombre de Alfredo Binda por segunda vez en el palmarés de una cita donde figura entre los mejores de siempre.
Sin embargo fue el primero de septiembre último, en una lluviosa tarde, cuando  Lieja pasaba a la historia del ciclismo por ser la primera urbe que ha visto el paso de las tres grandes vueltas. Un antecedente que curiosamente se consolidó en un país, Bélgica, que no es anfitrión de  ninguna de las mentadas pruebas. Aquella fue una jornada que a pesar de ser la quinta en la relación de etapas, marcó la suerte de muchos corredores cuando a la salida de una rotonda se produjo una de las caídas más multitudinarias que hemos visto. Fue entre los diques de Timmermans y el de Banning donde medio pelotón besó el viscoso asfalto de una tarde, aún veraniega, que bien parecía otoñal. Del corte que se produjo quedaron seis corredores por delante. Dada la situación de los equipos con velocistas se produjo paridad tres Quick Step contra otros tantos Columbia. Weylandt, Velo y Tosatto versus Greipel, Grabsch y Sieberg. Al final el fornido Greipel se hizo con el triunfo, el primero de los seis que firmaría.
Con el alemán de Columbia se culminaba un libro de oro que explica que en Lieja no gana cualquiera. El Tour de Francia la ha frecuentado varias veces, algo por otro lado habitual, por que las distancias físicas con el país galo son escasas, aunque menores lo son las culturales, por ser ésta la mitad francófona de Bélgica. Han sido diez las veces que la capital valona ha estado en la historia del Tour. La primera de ellas en 1948 cuando Gino Bartali, escapado, se impuso sobre el francés Robic y los belgas Schotte y Ockers con más de un minuto sobre el pelotón. El místico italiano sentenciaba, si cabe, un poco más, el que sería su segundo Tour. Dos años después Adolfo Leoni mantenía intacto el feudo transalpino en el corazón belga imponiéndose en una llegada masiva sobre Magni y Bobet.
La línea cronológica de Lieja en el Tour siguió en la década de los cincuenta. En 1953, también procedente desde Metz, Lieja recibía el Tour con el suizo Fritz Schaer en vanguardia con dos segundos sobre el luxemburgués Wagtmans y 47 antes del grupo de notables encabezado por Bartali, Koblet, Magni y Robic. El primer triunfo francés lo firmaría André Darrigade en 1956 quien llegó escapado con el propio Schaer y el británico Robinson en la que fue primera etapa de aquel año tras partiendo desde Reims. Una jornada que marcó diferencias dantescas, con el pelotón de los favoritos con cerca de siete minutos de retraso. La siguiente sería una jornada en sprint masivo. En 1965 Rik Van Looy lograba la victoria en velocidad sobre los también belgas Vandenberghe y Sels, también en una jornada inaugural que partió desde Colonia. A continuación una crono colectiva de 22 kilómetros coronaba al equipo Ford. Pasarían quince años para volver a ver el Tour por Lieja con el neerlandés Henk Lubberding llegando en solitario y un minuto treinta por medio sobre un cuarteto belga formado por Claes, Van Calster, Vandenbroucke y Schepers.
Sin embargo la más espectacular de las llegadas a Lieja se desarrolló en 1995. En un tramo final que reproducía en parte el trayecto de la clásica primaveral, Miguel Indurain saltaba del grupo de notables para devorar a los componentes de la escapada inicial, siendo Johan Bruyneel el único en poder seguirle. El belga, entonces enrolado en la ONCE, ganaba la etapa que dejaba el camino expedito al gigante villabés hacia su quinto Tour. La última vez que Lieja entró en el Tour fue cuando acogió el “Grand Départ” de 2004 mediante un prólogo que se adjudicó Fabian Cancellara, dos segundos más veloz que Armstrong y ocho por debajo de José Iván Gutiérrez. Al día siguiente se tomó camino de la otra gran ciudad valona, Charleroi.
En 2002 el Giro de Italia experimentó una salida similar a la que la Vuelta realizó en su última edición partiendo desde la holandesa ciudad de Groningen –el año próximo lo saldrá en la capital Amsterdam-. En su camino hacia Italia, la caravana rosa tomó camino del sur llegando en su tercera jornada a Ans, la pequeña localidad a las afueras de Lieja que cada año acoge el final de la Doyenne. Tras atravesar Lieja, de hecho aquí se ubicó la oficina permanente de la carrera italiana, se tomó dirección hacia Ans para acabar con victoria de Stefano Garzelli.
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