Un ciclista y pistard abrió el medallero español en Barcelona 92

El velódromo de Horta lucía esmaltado. Brillante. La elipse de madera traída del Camerún era la corona de las instalaciones olímpicas de Barcelona 92. Ésta fue la primera instalación, ocho años antes, en estar lista para la primera y única olimpiada en España.

Esa tarde de julio un servidor con veinte años menos quiso estar en el graderío, pero fue imposible. El papel estaba todo vendido. Un fornido andaluz nacido en Ámsterdam llamado José Manuel Moreno sonaba como gran esperanza para abrir el palmarés español en sus juegos. Habían pasado unos días, recuerdo, y la gente empezaba a estar impaciente. El casillero estaba a cero.
Enjutado en un grueso y viscoso buzo blanco arriba y negro de culote, Moreno calentó como un poseso tras un encierro de unas seis horas por la instalación a la falda del Tibidabo. Montado sobre una endeble Otero, su corpulencia parecía suficiente para domar el hierro de un cuadro montado sobre un desarrollo descomunal que cabía moverlo desde el segundo cero de la manera más violenta posible.
José Manuel miró abajo, fijó sus pies y atizó lo que pudo. Una vez me dijeron: “El kilómetro es un esfuerzo tal, que destroza a quien lo disputa”. Ese quebranto, ese umbral de dolor y saber mantenerlo, resulta claves. Moreno rompió en círculo sus músculos sobre los pedales. Sus bielas soportaron la matraca de un yunque. 1000 metros, cuatro vueltas. En la primera rodó por encima. Para los otros tres pasos no sólo era el primero, abría hueco según avanzaba… hasta la gloria. Atravesada la doble línea levantó la cabeza, algarabía en el graderío. Sí, el marcador lo decía: era campeón olímpico. Alzó el puño izquierdo y al paso por meta le frenaron. Cuando le quitaron el casco se la consecuencia de lo logrado. Un hombre felizmente destrozado. Un ciclista abrió el medallero español en Barcelona. 
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El campeón de Barcelona 92, siempre en nuestro corazón

En ocasiones milagroso, en otras cuestión de un angelito de la guarda. La muerte visita el mundo del ciclismo en cuentagotas, y ya nos parece demasiadas las veces que lo hace. En nuestra vida quién no ha trazado un escorzo barroco sobre el sofá durante alguno de los descensos fielmente retratados por una moto y una cámara en desafío a las leyes de la física pues su  equilibrio se adivina algébrico con esas frágiles y huesudas figuras.

Pero la guadaña hace acto de presencia, sí. Aunque nos parta el corazón y nos encoja el estómago. Son esos momentos donde uno se percata de la ridiculez que envuelve algunos de nuestros comentarios, ensoñados por que la carrera nos ofrezca el espectáculo que nos consideramos dignos de recibir. La muerte sin embargo acecha y no siempre hacia abajo o en volatas. El fallecimiento más ilustre de la historia fue sobre las descarnadas rutas del Ventoux protagonizado por Tom Simpson, pasado de revoluciones y otras sustancias.
Un servidor no ha visto muchas muertes en directo. Le marcó aquella de Lolo Sanroma en Vilanova y la Geltrú. De aquel dolor pudo participar en persona. Sanroma fue joven e intrépido, pero la vida no le hizo justicia. Como a Wouter Weylandt en el Giro del año pasado. La pérdida de Xavi Tondo, ausente de la competición, fue otra de las dagas en el corazón.
Pero en este entretiempo olímpico que estamos saboreando, queremos recordar la personalidad de Fabio Casartelli, el campeón de Barcelona 92. Aquel talentoso italiano ganó en el circuito de Sant Sadurní d´ Anoia de forma tremenda. Su equipo incorporaba un tridente formado por Michele Bartoli, Davide Rebellin y Francesco Casagrande. Qué no juntarían lo tres años atrás y eso que a Rebellin, segundo 16 años después en Pekín, la gloria se le atragantó en forma de positivo letal.
Angel Edo corrió aquel achicharrante día de agosto entre cepas y al abrigo de un cielo azul y un sol matador indisimulados por la ausencia de arboleda. El catalán tiene a fuego la imagen de Fabio cruzando la meta. “Ganó de tal manera que Erik Dekker –el mismo que lograría etapas en el Tour y la Amstel- desistió de sprintar agotado a 50 metros de meta” rememora. Aquel italiano iba para muy grande, le costó la adaptación de pros, pero a juicio de Edo no había perdido la esencia. Era un gigante en potencia.
Pero la desgracia se cruzó. La jornada reina de los Pirineos del Tour de 1995 nació agitada. Richard Virenque se puso en harina desde el principio como si la vida, y el maillot a puntos que tenía atado, le fueran en ello. La carrera circulaba lanzada en los primeros puertos. En el descenso del Portet d´ Aspet, una moto se detiene ante lo que parece un accidente grave. Lo era, un Motorola yace inmóvil en el suelo. Le perfila el rostro inerte un tremendo chorro de sangre. Es Fabio Casastelli y su vida se va por momentos.
Allí, en un petril de este puerto pirenaico, muy cerca de la frontera con Catalunya Casartelli encontró el final. La conmoción fue mayúscula. A los pocos días, en Limoges, Lance Armstrong golpeaba con fuerza la tapia del cielo para dedicarle a su compañero fallecido un triunfo que jamás quiso en homenaje póstumo.
Fabio Casartelli, campeón en Barcelona, diecisiete años después, sigue vivo y presente en todos aquellos que por lo que sea, se encojen por el sufrimiento ajeno y lloran por la muerte de un ciclista. 
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El homenaje que Miguel Indurain tributó a Barcelona 92

Hoy he leído una cita realmente estimulante en nuestros tiempos. “Si el pasado fuera bueno se llamaría presente”. Dardo en la diana, sinceramente, me dejó sin más palabras que felicitar a quien la clavó en twitter. Pero hoy nos permitirán irnos dos décadas atrás. Sí, ayer hizo veinte años el Estadi Olímpic de Montjuïc abrió el telón de los XXV Juegos Olímpicos. Una efeméride así es transversal. No hay nada que se mida a la nobleza olímpica, nada. El lamento es que son sólo quince días y separados por cuatro años.

Un servidor hace veinte años bajó al pie de su pequeña casa de la mano de sus papás  a ver pasar el entorchado camino de Montjuïc. Un estrecho pasillo humano adivinaba el itinerario, ahí, en la larga carretera de Sants. Barcelona era un puñado de emociones mal encajadas y menos disimuladas. Los Juegos son algo muy grande, y por ello entiendo que Madrid los quiera acoger, pero no tanto que no sepa ver las limitaciones que los tiempos nos han sobrevenido.

Aquellos días de julio en la Barcelona preolímpica, disfrutábamos con el segundo Tour de Miguel Indurain. El navarro andaba esos días por el Loira y alrededores camino de París y vestido de amarillo. Se habló que fuera el último relevista, para entonces los pros no tenían sitio en el programa olímpico. Decían, atisbo en la lejanía temporal, que sería un crimen poner al navarro a correr los últimos metros de ese relevo una vez llevaba 20 etapas más prólogo del Tour que estaba en vísperas de ganar. Nada menos adecuado para un ciclista retratado por los rigores del esfuerzo más allá de lo recomendable.
Una antes de la tarde que Barcelona chilló un “Hola” en un mosaico del tamaño del verde del olímpico de Montjuïc, Miguel Indurain rubricaba un registro antológico. El récord de la hora en carretera abierta, con sus subidas y bajadas, curvas y contracurvas, entradas y salidas del viento. Más de 52 kilómetros a la hora, antes de que lo abordaran Graeme Obree y Chris Boardman en el privilegiado peraltado de Burdeos. Entre Tours y Blois, dos de las ciudades más monumentales del Loira, Miguel sembró su obra, una entre tantas, pero especial, pues se culminó escasas 24 horas antes de que se incendiara el pebetero barcelonés.  
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El círculo virtuoso del ciclismo anglófilo

El día que dos ingleses entraron con sus hombres para conquistar París, cabe decir que el ciclismo en las Islas  Británicas no ha sido tradicionalmente un deporte de masas. Su irrupción se ha hecho al calor de los éxitos de la pista que desde 2004, coincidiendo con los Juegos atenienses, sentado un dominio como la modalidad pocas veces había visto. Los velódromos, sus parapetos, cascos, monos “skin suit”… fueron elementos cuyo furor rompió en la carretera. A ello se le añade la llegada de un gran patrocinador, Sky que complementó el camino que arrancaron las Loterías inglesas, y el empuje de varios ciclistas en todos los frentes para cerrar el círculo virtuoso. Un momento dulce que se resume en la afluencia récord de miembros de British Cycling en pleno Tour y a puertas de los juegos londinenses.

En un velódromo. Aquí empezó todo
Pero el ciclismo de habla inglesa abrió sus horizontes lejos de la cuna de su lengua simultáneamente a proyectos propios. Su mejor versión surgió desde círculos influidos por el poder del imperio de ultramar antes de la implosión del Team Sky. No obstante cualquier historia que hable de ciclismo inglés o anglosajón, empieza siempre por Tom Simpson. El afamado campeón del mundo, ciclista de perfil alto cuyo trágico final es una de las leyendas más solicitadas del ciclismo mundial. Pasaron 45 años y sigue siendo evocado.
Anglosajones en el Tour
La presencia inglesa en el Tour de Francia arrancó en los 50, muchos años después llegarían los estadounidenses con el 7 Eleven. La década central del anterior siglo fue una época fértil en lanzar equipos al profesionalismo inglés. No en vano Gran Bretaña fabricaba tres millones anuales de bicicletas, un favorable contexto que se tradujo en muchas escuadras vinculadas a las fábricas: BSA Bikes, Raleigh- Dunlop, Sun Carlton, Hercules, Ellis Briggs, Viking,… muchos equipos pero escasa trascendencia del ciclismo como deporte. De entre estos el Hércules corrió el Tour merced a las afinidades del organizador Goddet con las islas, donde fue estudiante de Oxford. En ese equipo militaba Brian Robinson quien logró la primera etapa inglesa en la carrera. Fue en 1957 en Brest. Muchos consideran a Robinson como el auténtico pionero del ciclismo en las islas, un corredor que abrió las puertas al legendario Tom Simpson. Éste falleció ascendiendo el Mont Ventoux en 1967, al día siguiente de tan luctuosa fecha su compatriota Barry Hoban, bajo los colores de la Gran Bretaña, cruzaba en solitario la meta de Sète para recordar a su malogrado colega. Hoy Hoban es el esposo de la mujer de Simpson.
En 1971 surgía el Ti Raleigh bajo licencia británica. Proyecto modesto en sus orígenes, acumuló un buen número figuras como Thurau, Bracke y Raas, aunque el conjunto de Peter Post acabaría siendo holandés. Pero Raleigh volvería ser inglés, en los ochenta, cobijando los primeros días de Malcom Elliot. Mientras en el Peugeot galo crecían estrellas anglófonas como Robert Millar, Jonathan Boyer, Stephen Roche y Sean Yates. Otros como Sean Kelly, Greg Lemond y Andrew Hampsten optaron por otras vías.
Proyectos que hablan inglés pero no ingleses
Sin duda el equipo anglófilo más afamado nació en su día con el nombre de 7Eleven y con los años acabó llamándose Discovery Channel. En 1981 nacía una escuadra amateur en Estados Unidos con el nombre de 7 Eleven. Con la tutela de Jim Ochowitz, se trataba de poner freno a la fuga de talentos hacia Europa. Frustrado en su carrera deportiva, Ochowitz se pasaba a la gestión deportiva con tan sólo 28 años y un proyecto en las manos que ilusionaba a propios y extraños cuando conseguía ganarse la confianza de la entonces afamada marca de supermercados 7Eleven. Los Ángeles 84 era la meta más próxima de aquel esbozo de equipo, trabajar por tramos se convertía en imperativo, y los juegos de casa eran el gran objetivo. Para ello se rodeó de los mejores corredores jóvenes y añadía las féminas más representativas. En 1983, el proyecto tenía el beneplácito del patrón del Tour, Felix Lèvitan, quien abría la “Grande Boucle” al nuevo equipo norteamericano.
El de Lèvitan fue un gesto acompañado con hechos. En 1986, mientras los dos mejores ciclistas nacidos en Estados Unidos, Andrew Hampsten y Greg Lemong vestían los colores de La Vie Claire, asomaba por el Tour de Francia el primer maillot del 7Eleven. Lo vestían Raúl Alcalá, Ron Kiefel, Chris Carmichael, Alexi Grewal, Eric Heiden, Davis Phinney, Doug Shapiro, Jeff Pierce, Bob Roll y Alex Steida, anónimo corredor para muchos a día de hoy, pero que vistió el “maillot jaune” durante un sector vespertino.
Las primeras grandes victorias de la recién creada escuadra las firmaría Andrew Hampsten en el Giro de Italia de 1988. Cabe recordad que el ciclismo estadounidense ya había derribado para entonces otros muros pero a título individual. Greg Lemond ya se había proclamando campeón del mundo, en 1984, y ganador del Tour, dos años después. Temporadas más tarde Hampsten firmaría otro éxito simbólico: ganar en Alpe d´ Huez. Lo consiguió en 1992 vistiendo de azul, los colores del Motorola, segundo gran padrino de la saga que vería el debut en 1992 de Lance Armstrong. La empresa de telefonía desembarcó en el ciclismo en 1991 y se mantuvo hasta 1998. En ese tiempo grandes éxitos y dos momentos amargos. El primero en el Tour de 1995 con la pérdida de Fabio Casartelli. Un año después su emergente figura, campeón del mundo en 1993 a una edad récord, 21 años, Lance Armstrong sufría los rigores de un cáncer. Volvería en 1998, ya con el US Postal, el servicio de correos estadounidense, en su maillot, y la temporada siguiente iniciaría su dominio en el Tour que se alargó hasta en siete ediciones, la última con los colores del Discovery Channel, canal temático de televisión, que con los años dio vida al Radio Shack, mientras BMC, Garmin y como no, Team Sky se han hecho con el comando sin intención de no hacerse a un lado.
En esta entrada se ha usado información publicada por un servidor en Meta 2 Mil. 
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Tour de Foie (XII): El “maillot à pois” recupera su esplendor

En la cima de la Madeleine Peter Velits y Fredrik Kessiakoff jugaban duro por tomar los puntos del primer alto de la montaña. Un Sprint por encima de los 2000 metros de más de un kilómetro, alternativamente comandado por uno y otro, que bien pareció un final de etapa.
Todo en el aire
El cambio de manos del maillot de puntos rojos de la montaña ha sido una de las tónicas de estos días, otorgando a este ranking el valor que nuestros ancestros le llegaron a tributar. Miremos los contendientes para suceder a Samuel Sánchez y tomaremos conciencia del nivel y competencia que recoger el maillot de Carrefour implica. El sueco Fredrik Kessiakoffencabeza la general en la antesala de los Pirineos y su lucidez para pillar escapadas le confiere opciones. Sin embargo a su estela circulan dos elementos de cuidado, Pierre Rolland y Thomas Voeckler, quienes pueden hacer de este maillot el centro de las labores de equipo en ausencia de las responsabilidades mayores del año pasado. Luego está Chris Anker Sorensen, quien a sabiendas de lo que puede o no dar se sí su equipo, éste sería un premio para calmar la larguísima espera de Saxo para que vuelva Contador.
El trío alternativo, aunque garante de justificadas dudas, lo forman Michele Scarponi, algo fatigado en el tramo final de los Alpes, Thibaut Pinot, joven y algo pasado de revoluciones, y el ciclista de la general, Chris Froome, quien salvo un implacable control de su equipo, parece descartado para tan empeño.
Una de las químicas que el Tour y su gran leyenda han sabido cuadrar ha sido el innegable influjo y atractivo que las montañas le han transmitido. Junto al resto de maillots el de la montaña ha sido especialmente querido y batallado. La historia habla de ganadores de postín, ciclistas que usualmente alternaban la puja por la general y la montaña de forma simultánea. Cabe solo ver quiénes han llevado el emblemático maillot de topos rojos. El primero un cántabro, Trueba y con él una buena serie española donde destacaron Bahamontes y Jiménez hasta el paréntesis de 37 años entre Perurena y Samuel. Sin embargo en los últimos tiempos los portadores de esta prenda en París quizá no acabaran de ser del agrado de la organización, dígase Charteau o Pellizotti, y por eso la lucha por este entorchado ha tomado relieve a nueve días de aterrizar en los Campos Elíseos. 
Foto tomada de http://www.velochrono.fr/ ASO
Con motivo del Tour de Francia 2012, tenemos un nuevo concurso para todos los lectores de El Blog de Joan Seguidor. Participar es muy sencillo, tan sólo tenéis que dejarnos un comentario en este post, indicando quién creéis que ganará los tres maillots de este año.
Como premio el ganador podrá elegir entre una de las gafas deportivas de la colección de Mister Spex, con un valor de hasta 100 euros. No está mal, ¿no creéis?
Animaos a participar, es muy sencillo ¡y podéis ganar unas gafas nuevas para salir a pedalear!