#Top2020 Julian Alaphilippe sólo puede gustarte

Julian Alaphilippe

Alaphiippe se ha propuesto ser y ha sido protagonista del año

Sabemos que con Julian Alaphilippe sucede una singularidad: la palabra indiferencia no existe en su diccionario, pero tampoco entre la afición cuando su nombre flota en el ambiente.

No será el mejor ciclista del mundo, tampoco en muchas de las facetas que componen este deporte, pero resulta omnipresente y abrumadoramente eficaz, un tipo de mirada que le delata que en tres meses de competición, ha protagonizado varios momentos top, sin olvidarnos que suya fue, allá por marzo, en una tarde de domingo lluviosa y heladora, la última gran exhibición ciclista antes del confinamiento.

Aquel Alaphilippe puso el cascabel al pelotón en la primera etapa de una París-Niza que no llegó ni a Niza, y ese mismo Alaphlippe ha sido protagonista estelar en la reanudación, desde su acoso a Démare en el campeonato francés y la derrota de San Remo ante Van Aert, al capítulo final en Flandes con el motorista.

Y aunque caigamos en el riesgo de volver sobre temas aquí ya escritos, la virtud de Julian Alaphilippe, al margen de la calidad que atesora, es la de estar, siempre aparecer, siempre dar que hablar, y eso en ciclismo entendido con la óptica clásica, no acaba de ser bueno, pero en el presente de redes sociales y gente despachando pasión, inquina y rabia a partes iguales, no es bueno, es buenísimo, significa alargar la inversión, hacerla más rentable, su cabe, y ponerla en valor.

Por eso no es sencillo pasar de puntillas sobre el fino francés y no torcer el gesto, sea para bien, sea para lo contrario.

Su campaña ha tenido de todo, en lo deportivo, pero en lo otro, ay en lo otro, ha sido casi el el hilo conductor de gran parte de lo noticiable que ha sucedido.

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Él por de pronto se sacudió la presión casi de inicio, el primer fin de semana de Tour, aún en Niza, sacando el manual de San Remo para ganar su etapa y el amarillo antes que la carrera hubiera roto a sudar.

Una pieza que estaba claro no le iba a durar hasta el final –pensar en el francés como aspirante al Tour no es objetivo– y que perdería por un avituallamiento de esos que demuestran que ni siquiera las figuras, pero tampoco los equipos, se saben el reglamento como deberían.

En todo caso, el Tour no acabaría para él: estuvo omnipresente, escapado casi todos los días, reventando, sucumbiendo al estrés de competirlo todo como si la vida le fuera en ello, pero sabedor que sus mecenas le estarían muy agradecidos.

Vestía, esos días, sin saberlo, por última vez en un año los colores del Deceuninck pues en el Mundial de Imola fue sota, caballo y rey.

La fórmula de San Remo que no le funcionó con Van Aert pero sí en el Tour, en Niza, le sirvió en la Emilia para llegar sólo al circuito de velocidad y calarse el arcoíris.

Julian Alaphilippe le dio a la prenda irisada el estreno más surrealista posiblemente de su historia protagonizando una Lieja-Bastogne-Lieja de inicio a fin, llevándose las fotos en la salida y en la meta, abajo en el Boulevard, celebrando un triunfo que perdería dos veces: la primera por que Roglic no cejó hasta el final y el ganó en el golpe de riñón, por celebrarlo antes de tiempo, y la otra por el jurado que le vio perjudicar claramente a Marc Hirschi, el suizo que ha emergido para hacerle sombra.

A las dos semanas, el desordenado calendario finalizó en Flandes, tras armar la escapada clave y lanzar a los favoritos Van Aert y Van der Poel y acabar en el suelo por no esquivar una moto de carrera.

Incluso con dolor y cara de espanto, Alaphilippe no paró de figurar, de estar, ahí siempre, como el hilo que trenzó la temporada más trepidante de la historia.

Por sus piernas, sus carantoñas, sus trazadas imposibles, y los riegos que en ocasiones reparte por el grupo pasó una buena parte del ciclismo que hemos visto este veinte veinte.

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#Moment2020 El gran error de Alaphilippe en Lieja

Alaphilippe Lieja

La imagen de Lieja acompañará para siempre a Alaphilippe

Hay llegadas que marcan una generación, de esas que por más vueltas que le das, no encuentras consuelo, finales como el de Purito en Florencia con Rui Costa o de Erik Zabel con Freire en aquella San Remo.

El ciclismo de gran fondo es un arte de resistencia y tenacidad bien mezcladas con la sapiencia de saber que la clave no sólo está en las sensaciones propias y sí en el paisaje, los rivales, sus sensaciones y las miradas que sabes te están escrutando.

El gran fondo tiene eso, que hace posible lo imposible, y en el carrusel de la vida, te pone cada día en un sitio diferente.

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Qué ganas tendría Julian Alaphilippe de ganar la Lieja-Bastogne-Lieja para protagonizar ese final, tras más de 250 kilómetros para protagonizar ese final en la capital valona.

Qué ganas y que ingenuidad pensar que iba a resultar tan fácil.

Por que el último kilómetro de Alaphilippe en esta Lieja de septiembre, una semana después del mundial, dos tras el final del Tour, fue un manual que correrá por las escuelas de lo que no se debe hacer en la cumbre de una de las grandes del calendario.

Ahí llegaron cuatro, de los más fuertes del Tour, también del mundial para dar la medida de lo bonito que es un final de monumento en llano, tras una limada tremenda por las Árdenas y las fuerzas en zona roja.

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Alaphilippe irisado, se creyó la niña de todos los focos, trazaba raro, delante tenía rivales que sobre el papel debía ganar, pero era eso, sobre el papel, por que en el gran fondo, volvemos al inicio, corredores como Hirschi, Roglic o Pogacar te hacen un roto con una facilidad insultante.

Y a ellos les añadió, cómo no, otro esloveno, Mohoric, para complicarlo un poco más.

De esta guisa, el francés hacía alguna ese, ya de lejos, y esos quiebros eléctricos sacarían a Hirschi y Pogacar de la ecuación, inadmisible, corriendo como si la carretera fuera suya, echando por tierra una carrera bien ejecutada hasta ese momento, sabedor que no era el mejor en esos instantes, pero sintiéndose partícipe de la puja.

Ahí ya quedó sentenciado por los jueces, pero a la de éstos, se añadió el veredicto de Roglic quien aprovechó una celebración temerariamente temprana para acabar de ponerle en su sitio.

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Alaphilippe es un ciclista que, gestitos y tonterías a parte, sólo puede gustarte, pero ese día encendió merecidamente la ira de la gente y la pólvora de las redes.

Si el ciclismo quiso estrellitas, ahí amortizó el maillot arcoíris, nada menos, en un malabar que acabó sin red, una historia que Alaphilippe llevará para consigo siempre y de la que echaremos mano como en su día Eric Zabel sembró el precedente ante el más listo de la clase, Oscar Freire.

Y es que para que eso ocurra, hay que ser un superdotado y el francés lo es, el perejil de todas las salsas…

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A Julian Alaphilippe sólo puedes quererle

Alaphilippe ha estado en buena parte de los grandes momentos de la mini temporada 2020

Cuando Julian Alaphilippe puso el pie en la Strade Bianche, con el dorsal uno, hace más de dos meses y medio, no podíamos imaginarnos la omnipresencia del francés en la mini campaña 2020.

Y es que no ha habido carrera en la que haya tomado parte de forma anónima.

Ahora ya todo se acabado, el astro francés descansa y se recupera de sus fracturas de la mano tras el fostiazo que se dio en Flandes, escapado con Van der Poel y Van Aert, pero si mira para atrás estas diez últimas semanas el tan odiado como admirado ciclista campeón del mundo ha llenado parte de los mejores momentos de nuestra vida ciclista reciente.

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A Julian Alaphilippe se le dijo de todo hace dos semanas, cuando en Lieja sucumbió a los nervios de estrenar el arcoíris, condicionar el final con una maniobra ilegal y de celebrar el triunfo tan rápido, demasiado como vimos.

Entonces era el villano, el corredor de la cara, de los gestos, que parece querer una moto y cámara para él, que tiene averías y vuelve al grupo, que hace extrañas maniobras, como si le fueran dando tics y tembleques en la ruta.

A los pocos días ganaría a Fleccha Brabanzona a Van der Poel en un mano a mano antológico donde el neerlandés cometió todos los errores que no protagonizaría en el epílogo de Flandes.

Aquí, en la gran carrera de adoquines de la campaña, Julian Alaphilippe dejó atrás la aureola de novato, sacó el látigo y propuso una carrera antológica, sin saber si iba a la gloria o a estrellarse, sin miramientos, no cortapisas, sabiéndose escapado con los dos cocos del momento, pero también bien pertrechado por sus compañeros detrás.

El lujo que propuso el francés se quedó en medio de la ruta, en un tramo de asfalto tras estrellarse con la moto

Me ha llamado la atención que nadie ha hecho sangre del motorista más allá que tendría que haber estado al otro lado, por la parte abierta de la curva, cosa que parecería de lógica, pero que no siempre ocurre.

Me alegro, por que ese jurado debió vivir un momento de «tierra trágame» al punto que le pidió diez veces perdón a los del Deceuninck.

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Fue un bajón, sin duda, el duelo a tres quedó en un pulso cuyo desenlace tenemos bien presente.

Un Alaphilippe con Van Aert y Van der Poel habría sido una orgía de ciclismo a pelo, a golpe limpio, a «maricón» el último, de ahí podrían haber llegado de uno en uno, al sprint o haber sido cazados por los de atrás, por que se hubieran neutralizado.

Ahora son todo conjeturas, ciclismo ficción, pero el premio que nos dio ayer este francés tan odiado como querido no tiene precio.

Se le podrán achacar mil cosas, que es un teatrero, que desquicia rivales, que traza eléctrico en medio del grupo, pero también que corre a pecho descubierto y que entiende que en el riesgo va parte de su sueldo y el espectáculo que se le exige.

Cierra la campaña Alaphilippe con una fractura en la mano que apoya en la caída, una de las fotos del año y una temporada, la siguiente, que amanecerá en arcoíris.

Admitidlo, a este flaco gabacho, sólo puedes quererle.

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Julian Alaphilippe: El truco es que siempre te vean

Alaphilippe Lieja

El final de Lieja es una parte de Julian Alaphilippe, pero no el todo

El desenlace de Lieja parecía el momento esperado por los haters de Julian Alaphilippe para salir en tromba, en España, sin ir más lejos, mientras el Madrid jugaba contra el Levante, mientras la gente elucubra sobre la salud de Donald Trump, Alaphilippe ha sido TT.

Medios generalistas tachando de «ridículo» lo que ha hecho Julian Alaphilippe, gente sacando punta a su soberbia, a sus cambios de trazada… un show.

No creo, como también he leído que esto sea cosa de la maldición de arcoíris, sencillamente, hablaría del peso del arcoíris, y de la dificultad de conciliar el sueño y las miradas cuando te sabes objetivo de todas las opiniones.

Por que hasta entrar en Lieja, Alaphilippe corrió como se le presumía, tuvo antes de La Redoute algún problema, creo que un percance, pero poco más, fue en la entrada en Lieja donde le entraron todos los males.

Una de las explicaciones a lo sucedido la vemos en este serial de tweets…

Sinceramente Alaphilippe estaba obsesionado con Marc Hirschi y si en Niza, hace cinco semanas justas, el francés impuso su velocidad, aquí el suizo ya no es una sorpresa, es un corredor moldeado en tiempo récord en la élite de esto del ciclismo, que ha crecido como el biscocho en el horno, a tal velocidad que no ha pasado desapercibido para nadie, tampoco para Loulou.

Y así el desenlace en Lieja es un despropósito, cambios de trazada, bandazos, uno casi acaba con Roglic en el suelo, un esloveno, Mohoric que llega para alterarlo todo, y un sprint lanzado por las vallas que quiere acabar por el centro en un cambio de trazada que provoca dos cosas: la eliminación de Hirschi por la derecha y la puerta para Roglic por la derecha.

Una tragedia doble aliñada con una celebración prematura, antes de perder la carrera y ser descalificado.

Esto es ciclismo y un monumento, va todo tan al límite que los mejores fallan cuando nada invita a pensar que van a fallar.

Pero de ahí a la red ardiendo contra el francés, no lo entendemos, cometió errores de bulto, casi tira a Roglic primero y el suizo después, pero ha pagado un precio alto, un precio en tres incómodos plazos: celebración precipitada ante la vista de todos, derrota en la línea y descalificación a la quinta plaza.

¿Ridículo de Alaphilippe?

Un poco sí, pero esto es ciclismo, lo que Alaphilippe celebraba hace una semana en Imola, Roglic lo lamentaba en la Planche hace dos, es lo que hay, nadie está exento.

A dos cosas se puede agarrar Alaphilippe, a que si todo va bien disputará otra Lieja en arcoíris y que los saborean el buen ciclismo no podemos menos que apreciarlo.

Todo lo de más ruido…

DT-Swiss Junio-Agosto

 

-escrito el 28 de septiembre-

La virtud de Alaphilippe es que siempre está cuando se le espera y cuando no

Hace unos días incluimos a Julian Alaphilippe en el ocho del Tour 2020 y lo hicimos diciendo esto:

Julian Alaphilippe ha sabido reinterpretarse en condición de animador de lujoolvidándose de ese sueño que veíamos imposible para él, la general del Tour, y basándose en una presencia casi constante en carrera, presencia que además no es estéril, pues se llevó una etapa y varios días de un amarillo que perdió por desconocer el reglamento.

Hay con Julian Alaphilippe una cierta coña, una trampa, en la que se cae muy a menudo, como en tantas cosas en la vida.

Verle siempre en la escapada con en los Alpes del Tour, realizar el ataque que le arrastra al fondo del grupo, digamos en el Peyresourde, y disputar una plaza de honor lleva a confusión a la gente, por que piensa que el francés sólo quiere estar o figurar, pero nada más lejos de la realidad, quiere eso y  además complementándolo con un sentido táctico y visión de carrera privilegiados en jornadas que las piernas acompañan.

Julian Alaphilippe       Alaphilippe Mundial Imola JoanSeguidor

El Tour 2020 ha sido muy diferente para Julian Alaphilippe, desposeído del amarillo, sin la presión de tener que exprimir el limón para morir, seguramente, en la orilla, se dedicó a hacer lo que mejor sabe hacer: estar.

Corrió siempre por delante, para chanza del narrador y comentarista de Teledeporte, luego nos preguntan por qué no nos gustan, entrando en casi todas las escapadas, cayendo casi siempre, pero con honor, levantando gritos de la gente que se acercaba ¿cuántas veces hemos oído «allez Julian»?, creando imagen, haciendo marca, dándole a su patrocinador imponderables minutos de televisión y yendo a por la victoria cuando realmente estaba convencido que era su etapa, aquella de Niza.

Por que la exposición constante de Julian Alaphilippe no le distrae del objetivo deportivo, al contrario, cuando éste llega, que siempre esté en el tiro de cámara lo hace más grande.

Eso pensamos al verle pasar primero en la meta de Imola.

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Alaphilippe es un corredor que necesita saber que le están viendo para sacar lo mejor, y eso es bueno, acepta, gestiona y convive de forma admirable con la presión, y no es que su repertorio guarde recetas inesperadas.

Puede ganar tipo San Remo o Mundial, atacando cerca de la cima y a sacar quilates a su habilidad para bajar, o atacar de más lejos, como el año pasado en el Tour y meter presión a los de atrás.

Ha ganado contrarrelojes e incluso alguna llegada al sprint.

En Imola se sacó los fantasmas de encima con una pasmosa efectividad, sabía que si Wout Van Aert o Marc Hirschi le tomaban la rueda el cuento cambiaba mucho, pero lo hizo, les miró y se fue… en sus narices.

En un ciclismo homogéneo, casi sin identidad, encontrar algo así es un tesoro, más Alaphilippes y menos «top ten» podríamos decir si no queremos que cada vez que el ciclismo se cuele en nuestra sobremesa nos invada la tentación de la siesta.

Y sí, veremos caras, cucamonas y recuerdos de Voeckler, pero éste es un ciclista que cuando se pone el mono, se olvida de lo superfluo…

Imagen: Cor Vos – Jumbo Visma

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No hay comparación entre Alaphilippe y Valverde

Alejandro Valverde- JoanSeguidor

Muchos llaman a Alaphilippe «el nuevo Valverde» pero hay matices que marcan diferencia

Vaya por delante que este artículo se escribió antes del desenlace de la Lieja…

Julian Alaphilippe está como Alejandro Valverde hace un par de años, como un niño con bicicleta nueva, todo a juego con el arcoíris que merecidamente ganó en Imola.

Leemos que Alejandro Valverde no estará en la Lieja de este domingo, no sabemos el motivo, dan malo, acumulación de esfuerzos… sí, ya sabemos que no es popular decis, pero los años pesan a todos, Alejandro Valverde no es excepción.

No hemos querido ahondar mucho en su Tour de Francia, a la vista estuvo, anónimo es la palabra.

Con casi veinte años en el máximo, Valverde ha tenido rivales naturales que se ha cruzado con mayor o menor frecuencia.

Podríamos resumirlos en tres, el primero, el príncipe veronés Damiano Cunego, ambos explotaron casi al mismo tiempo, tenía don, pegada al final, aunque Damiano vio su declive empezar cuando todos le augurábamos lo mejor.

Tras la sanción, todos esperábamos un duelo Valverde vs Gilbert, un mano a mano en Árdenas y mundiales, especialmente, se dio rara vez.

El tercero es Julian Alaphilippe.

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Valverde y Alaphilippe llevan tiempo porfiando, les recuerdo en las Flechas y Liejas que ganó el primero, con el francés dando golpes en el manillar, por que el maestro era inabordable.

Pero hubo una Flecha que cambió el signo de los tiempos, la de hace dos años, y desde entonces el alumno va haciendo camino, aunque no siempre cruzándose con el maestro.

Si una cosa tiene el nuevo campeón del mundo es que tarde o temprano se venga de quienes le derrotaron una vez, Sagan y Kwiatkowski en San Remo, Valverde en la citada Flecha, el mismo Van Aert en el Mundial.

Sin embargo flota en em ambiente, cada vez que Alaphilippe gana algo, que alguien recuerde a Valverde, cuando no le han llamado directamente «el nuevo Valverde».

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Sin embargo, las comparaciones, aunque golosas, no siempre son exactas.

A los 28 años que tiene ahora Alaphilippe, Valverde estaba en capilla de ganar la Vuelta a España, firmó una de sus mejores campañas, la de 2008, y tenía un par de Liejas en el zurrón.

Estadísticamente, Alaphilippe lleva números más modestos en cantidad, pero a la par en calidad y es aquí donde radica la principal diferencia para no entrar a comparar ambos corredores.

Son dos ciclistas de época que beben de culturas ciclistas diferentes, no antagónicas

Alejandro Valverde fue un talento precoz que pareció perfecto para atacar todas las clásicas que se le pusieran por delante, más etapas e incluso vueltas por etapas, un tipo Sean Kelly per de Las Lumbreras pero confió su carrera a una casa donde las grandes vueltas es el motor y el Tour, el rey sol.

Sobre esa tabla, Valverde ha tenido ocasiones de renunciar a puestos en la general para la caza de etapas, pero esa nunca fue su guerra, él ganó la Vuelta, pisó el podio del Giro y el Tour y con eso sacó brillo a su carnet en «chez Unzue».

A ello le añadió muchos triunfos que, teniendo su mérito, no son top, dejando de lado carreras en las que nunca se dedicó a fondo, tipo San Remo o Flandes, carreras que en definitiva en Caisse d´ Epargne, hace una década, y Movistar ahora, nunca han levantado pasión.

Julian Alaphilippe bebe de la tradición clasicómana de Patrick Lefevere, una línea que arranca muy de lejos que el francés prosigue con esmero, renunciando a algo que Valverde no habría renunciado nunca, la disputa del mismo Tour de Francia.

Tiene su primer monumento en una antológica San Remo y crece en carreras de un día, etapas en el Tour y alguna jornada de amarillo, ahora a todo eso le añade el mundial.

Es decir, Alaphilippe quiere cantidad, pero sobre todo calidad, nunca dejaría una San Remo por correr y ganar la carrera de su pueblo: ¿Cuántas vueltas a Andalucía y Murcia tiene Valverde?.

Y no, no nos olvidamos de tres Voltas, dos Dauphiné y un País Vasco.

La carrera de Valverde es la suya, singular, única, tremenda, la de Alaphilippe se está haciendo, pero, incluso teniendo alguna similitud, creo que estamos ante dos ciclistas con carnets tan diferentes que la comparación se complica.

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Mundial: Alaphilippe aprueba la teoría y la práctica

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El mundial que gana Alaphilippe es un manual de hacer buena la teoría en la práctica

Cuando Julian Alaphiippe atacó en la subida final, cerca de coronar, la cosa empezó a estar nítida para el mundial… 

Claro que dicho ahora puede sonar ventajista, pero si una virtud tiene este francés afilado es que cuando se mueve a esas alturas de carrera no es para figurar, no supone un acto teatral, como otras tantas veces, que le ponen en escena y entra en el corazón de la gente.

En estas carreras, Alaphlippe no corre de cara a la galería, más que nada por que no sirven, es una eliminatoria a partido único, sin partido de vuelta, ni forma de enmendar el error.

Y ahí Julian Alaphilippe era el amo del mundial.

Dejó hacer, que otros quemaran naves y cartuchos, que los belgas tiraran a por Pogacar, que España controlara someramente, que Italia asomara, tan solo eso.

Su Francia había tirado vueltas atrás, Gulllaume Martin busco tensar la cuerda, lo demás corría de su parte.

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Un final mucho más duro que San Remo, pero planteado como San Remo

Alaphilippe vio a Hirschi vacía el bidón y atacar, luego a Kwiakowski hacer lo mismo.

Hubo un momento que tres ganadores de San Remo tomaron el mando, el polaco, Van Aert y Alaphilippe, pero a diferencia de la primavera, ahora había en juego el arcoíris del mundial.

Cuando Julian Alaphilippe atacó no había marcha atrás, se adivinaba la cima, Van Aert agachó la cabeza, Kwatko miró para otro lado, como cuando éste ataco hace seis años en Ponferrada y Dani Moreno se hizo el sueco.

Se hizo brecha, se conformó un grupo de perseguidores lleno de estrellas (Hirschi, Kwiatkowski, Van Aert, Roglic y Fuglsang) y ahí acabó la película, por que donde Alaphilippe iba a ponerlo todo, siempre tendría alguien por detrás que pasaría con un punto de reserva.

El francés se sabía a la perfección la teoría y la práctica.

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Y se ha colgado una medalla de oro como un sol, como el rey sol que desde hoy ya es, para protagonizar «la une de L´Équipe», ese diario que se dice de deportes por que habla de todos los deportes.

Una victoria total, excelente, sin saber si ésta es su mejor versión, pero que le ha bastado para asegurarse el arcoíris en «chez Lefevere» como Bettini, como Kwiatkowski, como Museeuw y como Boonen, ojo de quienes bebe Julian.

Se queda con la plata, otra plata, Wout Van Aert, el corredor que hubiera necesitado unos kilómetros más en la crono para igualarse a Ganna y el golpe de pedal del Poggio para seguir a Alaphilippe como aquella tarde.

Ni una cosa ni otra se han dado, y el gran favorito a todo en Imola se lleva dos platas.

Qué grandes los italianos, qué grande Imola, una mundial improvisado en mes y pico, como si estuviera montado desde hace años, con esencia de mundial, estampas de mundial- esta vez a una semana del Giro- y esas imágenes que algunos necesitan meses para tener estudiadas y que en Imola venían de serie.

Es lo que tiene querer hacer las cosas y saber hacerlas, unos maestros de cuya mano parecieron surgir la pericia y genio de Alaphilippe para domar su primer mundial.

Imagen: FB Imola 2020

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Alaphilippe sin maillot amarillo: una sanción muy merecida

Marc Hirschi
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Alaphilippe debería saber que iba a perder el maillot amarillo por ese bidón

Cuando todos dimos finiquitada la tediosa etapa de ayer, con la excelente victoria de Wout Van Aert, la tarde deparaba otra sorpresa, ésta ajena a la carretera: Julian Alaphilippe era desposeído del maillot amarillo por un avituallamiento no permitido a menos de veinte kilómetros de meta.

Ayer mismo pudimos intervenir en un programa de radio y nos preguntaron por el hecho en cuestión: que si no se habían pasado en la aplicación de la norma, que si los comisarios eran unos tiquismiquis, que…

 

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Sinceramente la sanción está perfectamente aplicada, y no hay otra

Julian Alaphilippe recibió un bidón cuando no debía y los veinte segundos que marca la norma debían ser aplicados.

Era justo y necesario aplicar el reglamento: justo porque para eso está y necesario por que Julian Alaphilippe pierda el maillot amarillo va en contra del relato que le interesa al organizador, dándose así una imagen de independencia necesario para los comisarios de la competición, completamente ajenos al Tour y su círculo.

Recordad la que se lió con los comisarios en la pasada Vuelta, cuando el pelotón saltó en mil pedazos a la salida de un pueblo.

Ahora bien, como argumentamos en el corte de radio, ¿en qué papel quedan el corredor y su conocimiento de reglamento?

Julian Alaphilippe debería saber que si cogía ese bidón en ese punto podía perder el maillot amarillo ¿por qué lo coge? ¿por qué no indica que se lo den tres kilómetros antes?

Leo comentarios que la culpa es del staff del Deceuninck, y aún siendo verdad, en parte, a veces creemos que el corredor sólo debe dar pedales y ejecutar, pensamos que son marionetas en manos de quien lleva el coche de equipo y que su cerebro es el pinganillo por el que oye voces.

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Pero no, uno no es ciclista para replicar órdenes en la carretera, hay cosas que un ciclista profesional, que se dedica a esto a tiempo entero, debe dominar, y el reglamento está entre otras.

Otro tema es la vara de medir y los criterios cambiantes en el arbitraje de una carrera…

 

Y aquí los comisarios, con interpretaciones a veces dudosas del reglamento tendrían que ser conscientes de que confunden más que ayudan al personal.

Un ciclista debe saber que el reglamento está para cumplirlo, que en el momento que te pones el dorsal lo aceptas –como admites que en este Tour en especial te puedes ir a casa si hay dos positivos por Covid19 incluso siendo líder con media hora– y no esperar que cualquier cosa que haga mal tenga que estar sujeta al comisario del turno.

Ahora bien si todos hicieran bien su papel, siempre, nos ahorraríamos bochornos así y declaraciones como las de Adam Yates, mostrando casi disgusto por vestir el amarillo de esta manera, en vez de reafirmar que el reglamento está para cumplirlo, siempre.

A veces no os entendemos…

Puesta a punto de la bicicleta en cinco pasos…

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Tour: Julian Alaphilippe arregla el año entero

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Para Alaphilippe, etapa y liderato en el Tour le colman las primeras aspiraciones

En el año de la pandemia, los cheques en blanco son pocos y se pillan al vuelo, Juian Alaphilippe sabía que el suyo pasaba en el Tour, como por San Remo corrió el de Van Aert o el de Lombardía que parecía esperar a Evenepoel, de no haberse caído en ese puente.

Así las cosas, el Tour ya tiene el ganador y líder que le van como anillo al dedo para el relato

El Tour más raro de la historia, desubicado en septiembre, con la gente pendiente de mil historias, vuelta al cole, economía, Covid19… que Alaphiippe entre en los titulares es la cuadratura del círculo.

Él lo sabía, además, ese cheque en blanco pasaba por Niza y la «Grande Départ», una historia de un fin de semana que veremos hasta cuándo se prolonga, aunque seguimos pensando que si Francia tiene un ganador de Tour, no será Alaphilippe, en todo caso, sería Pinot, y con reservas.

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Por es cuando en los cuatro caminos, hacia el cruce en mitad del Col d´Èze, Alaphilippe puso a Devenyns a sostener la marcheta que el Jumbo interrumpió para no perjudicar a Dumoulin, caído en un afilador con Kwiatko, estaba caro que los focos se los llevaría él.

Por que Julian Alaphilippe tiene una cosa, un don, sale vivo de ornadas dantescas como las de ayer, incluso de ese disco que le «porculea» y va a por todo en el epílogo de la salida por capítulos de Niza.

Este Alaphilippe de 2020 no es el de la primavera de 2019, aunque se le aproxima

Derrotado en el Poggio y San Remo, hizo lo mismo con Èze y Niza, atacó subiendo y se lanzó bajando.

Y no lo tuvo sencillo, demostró piernas, para romper la carrera, y gestión de carrera, escapado con Marc Hirschi, 22 añitos tiene a perla suiza, y Adam Yates, un ciclista que en la recta final de su camino a Ineos, se muestra seguro, sólido y contundente.

Dejar el gran grupo a esas alturas necesitaba de una cilindrada que sólo tres tuvieron.

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Alaphilippe remó como el que más, remoloneó en ocasiones, gesticuló, se justó las calas, hizo de todo y ganó el sprint por media bicicleta, lanzándolo antes que nadie, acabando lo que empezó y mirando al cielo, llorando como si fuera la primera vez que ganaba.

En el año de la pandemia este triunfo es oro, doble éxito, dando en la diana en la primera oportunidad que se cruzó y sacando rédito de una popularidad que en estos lares es… kilométrica.

Dudamos mucho que Alaphilippe y su liderato en el Tour tengan el mismo recorrido del año pasado, él ya ha hecho camino, ha dado el golpe de efecto y piensa en alargar esto cuanto le sea posible.

Su 2020 posiblemente no iguale al 2019, pero será lo mejor que podrá ser, vistas las circunstancias.

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