Los años de Indurain: 1986

Oporto es la proa del Duero en el inmenso Atlántico, una bella ciudad salteada de colinas y bellas viñas que un día puso en solfa el conocido Tour de la Comunidad Económica Europea, lo que hoy es el Tour del Porvenir, pero que entonces se vanagloriaba de cruzar varios países europeos. Desde allí la edición de 1986 se puso en marcha con un prólogo de pocos kilómetros que impuso el primer maillot amarillo de la carrera a Miguel Indurain.

El ciclista navarro seguía su romance con la carrera pequeña, la de jóvenes, y seguía sumando triunfos, siempre en solitario, para un palmarés que empezaba a tener consistencia. 22 añitos recién cumplidos y el mocetón del Reynolds domina la modalidad que habría de servirle muchas alegrías. Indurain sale líder de Oporto y pasa con nota la prueba de Luz Ardiden, la cima fetiche de Lale Cubino, donde pone por primera vez el pie en meta con los brazos en alto, como habría de hacer en el Tour y Vuelta años después. A las actuaciones de Oporto y en los Pirineos, Indurain habría de sumar otra perla en la falda del Ventoux, por Carpetras, ganando otra contrarreloj sobre el que sería pupilo de Javier Mínguez en el Amaya, Patrice Esnault. Medio minuto sobre el francés que serviría para apuntar su nombre en el Tour chico y marcar los pasos del futuro. Uno de esos triunfos premonitorios.

Pero no fue la primera vuelta que caería en las manos del de Villaba, meses antes, en la primavera murciana, Indurain ya había ganado su primera general, también merced a otra crono, ésta en Cartagena, que ganaría sobre otro ciclista que con el tiempo sería protagonista en el Tour, Juan Martínez Oliver, el almeriense que cerca de su casa vio cómo se las gastaba ese apellido de raíz navarra y poco a poco más presente en la mente colectiva. Sólo cinco segundos fueron más que suficientes para perpetrar el momento histórico.

Indurain volvió al Tour. No lo acabó porque lo dejó en Pau, en la ventana de los Pirineos, pero ya tuvo sus primeros coqueteos con plazas fuertes. Por ejemplo su tercera posición en una jornada de la primera semana, sólo superado por Peeters y Kiefel, dos galgos centroeuropeos que fogueaban las piernas de quien habría de escribir la historia con mayúsculas. A los pocos días Indurain se lleva una buena experiencia en las cronos largas e interminables de la ronda gala. Fue en Nantes, donde Hinault cocinaba su traición a Lemond, donde Miguel se cuela en el decimosegundo puesto, notable resultado para un novel, notable y sintomático.

El segundo año completo en el profesionalismo se completa con plazas de honor en Midi Libre y Ruta del Sol, sexto y quinto respectivamente. Eran vueltas pequeñas, de formato breve, pero vueltas en definitiva, carreras que resultaban de la acumulación de esfuerzos y que marcaban la medida de la recuperación de ese muchachote que emergía sobre la talla media del pelotón. Miguen Indurain ya era un nombre conocido en el gran paquete, como gustaba llamarlo entonces.

Imagen tomada de Movistar Team

#Profile2017 ¿Qué pasa con Fabio Aru?

Dice Fabio Aru en Cyclingnews que el año pasado le regaló importantes lecciones. 2016 no le dio una Vuelta, ni podios en las grandes, su palmarés se redujo a una heroica etapa que se puso entre ceja y ceja en el Dauphiné. Pero aprendió del Tour, de las miserias de la que dicen carrera más grande, que aunque no sea la más bonita para el espectador, pone a los ciclistas tan al límite que los vacía dejándolos huecos. Aru no hizo un mal Tour, pero vio el pelotón desde el medio, desde la panza y cuando asomó un poco la coronilla, la mala suerte se cebó con él, como acostumbra a hacerlo en este deporte: lo que te lleva media vida conseguir, se va en medio segundo.

Sea como fuere Aru tiene trazada la hoja de ruta del año en marcha. Está en Omán, por donde saldrá el sol de su horizonte más cercano, el Giro de Italia. Arranca de esta manera hojas del calendario, pensando qué será en la primera grande que le vio pisar un podio y en la que centra sus miras como una obsesión que le llena las horas. Aru piensa en Italia, y piensa en su Cerdeña, que dará la salida a la edición más insular de la historia de la carrera de la bota itálica, como admitiendo que sus grandes figuras ahora no son ni toscanas, ni vénetas, ni lombardas, son de las islas.

Aru tiene el Giro marcado bien profundo en su entraña, es la edición cien y para ello no ha escatimado, ni él ni su equipo, donde siempre han tenido claro que el sonriente sardo era la opción principal, por cuanto tarde o temprano Vincenzo Nibali iba a dejar la casa celeste. Por eso ahora en Astana no hay dudas de quién lidera y quién tiene el timón, otra cosa diferente será que la nave llegue a buen puerto.

Porque a Fabio Aru le admitimos muchas virtudes, la primera, saber dar el 110% en cada pedalada. Aru no compite, se derrenga sobre la bicicleta, traza escorzos perpendiculares, su boca no toma aire, crea el vacío alrededor suyo, sin embargo creo que con el plantel que se anuncia en Italia, Aru no me parece el primer favorito. En esas tres semanas de calambre rosa, para mí, sobre el papel, los hombres a seguir son Nairo Quintana y Vincenzo Nibali. Aru en todo caso ocuparía el segundo peldaño, con Thibaut Pinot.

Sin embargo, a diferencia del irascible francés, Aru siempre ha sabido remar a contracorriente. La Vuelta que ganó por ejemplo lo hizo partiendo de la segunda línea, remando y remando hasta verse de rojo cuando todos apuntábamos a Tom Dumolin, otro que estará en Italia en mayo, como ganador. Y esa es la gran baza de Aru, como dijimos antes, el flaco corredor moreno, de ojos que hablan solos y sonrisa alargada, la baza de la lucha sobre la bicicleta hasta que no quede gota de sudor por salir de sus poros y la sensación de que nunca se ha hecho o suficiente para ganar.

Por eso, aunque Aru parezca que haya dado un paso atrás el año pasado, la sensación que transmite es que en cada momento sabe dónde estar y qué hacer, incluso en ese latino concepto que tiene de este deporte, por eso cuando nos preguntemos qué pasa con Aru, sabremos que estará ahí sí o sí.

Imagen tomada del FB de Astana

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La letra pequeña de Alejandro Valverde

Había ayer por los redes cierta admiración religiosa que prendía como la pólvora. Había ganas de Alejandro Valverde, de verle ganar, celebrar algo, llevarse más y más incienso a un palmarés que está rozando los 100 triunfos, un estado gracia reservado a los más grandes de la historia. Y Valverde ganó, en su casa además, ante los suyos y el clamo casi de semana santa campando por entre las vayas y la social media.

Corrió, en ese calambre casi reverencial, la foto que ilustra este post. Lanzado, en uno de esos baches que los cicloturistas de la zona conocen al dedillo, Valverde voló y alguien, en un acto de suma fortuna le captó. Tengo amigos fotógrafos que hablan de coger foco, de satisfacerse con el momento mágico y el de Valverde de ayer fue éste y hubo uno que tuvo “foco”.

Valverde suma así su quinta Vuelta a Murcia, es como Fausto Coppi en su Lombardía. Ha hecho de su huerto su feudo, plaza fuerte en un palmarés excelso, que como hemos dicho camina hacia cotas de leyenda. Hace poco me empezaron a seguir desde una cuenta tuitera que trabaja en un ranking histórico que como no podía ser de otra manera encabeza Eddy Merckx ¿Sabéis quién es el mejor español de todos los tiempos según el baremo? Valverde, sí, el de Las Lumbreras, que en el cómputo de todas las carreras UCI, es el mejor incluso superando a Miguel Indurain.

Las perlas de Valverde las conocemos, las piezas más conocidas y deseadas de su bagaje. Liejas, Flechas Valonas, etapas y podios en las tres grandes, incluyendo la Vuelta, Volta, Dauphiné, por partida doble, y un reguero de actuaciones de toda índole y factura. Una auténtica pasada, un palmarés de excepción, que más allá de las estadísticas referidas, en el ciclismo español es muy complicad encontrar, cosa que le hace singular, el más singular a este lado de los Pirineos.

Valverde tiene un buen trozo del pastel cocinado en Burgos, Castilla y León, Mallorca, Murcia, Andalucía,… carreras que lo han pasado mal, muy mal, y que posiblemente al tener a gente como él en su historial hayan salido adelante, pero cuando se piensa en un corredor como Valverde se hace a lo grande, y aquí pensamos en porqué no disputó nunca a fondo San Remo, carrera en la que le enfocaron como favorito desde la primera vez que tomó parte, en 2005, porqué nunca se tomó en serio Flandes, porqué no quiso amasar más etapas en lugar de luchas por generales que tuvo imposibles,…

Por qué, por qué, por qué,… los estadísticos piensan en ello y a Valverde le resbala porque él es feliz haciendo esto, incluso corriendo tres grandes el mismo año, y ahora ya no va a cambiar, está de vuelta, sin presión añadida, con 37 años, en la elite desde hace quince y ganando, y podéis decirle u opinar lo que queráis, él está contento con el conjunto, incluso con la letra pequeña…

Imagen tomada del FB de El Casao

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#ClassicMen El camino ya no lo traza Cancellara

La sesión de clásicas del año en marcha será especial. Vivirá los últimos requiebros de Tom Boonen y se hará sin Fabian Cancellara marcando el camino. Hay un buen listado de nombres para sucederles, y seguro que lo harán bien, pero la grandeza de los dos polos opuestos, las fuerzas brutas de este periodo, siempre flotará en el ambiente como una de esas rivalidades que trascendió fronteras y caló en el ADN del buen aficionado.

Porque estadísticamente la cifra fue demoledora. Durante diez años tanto Flandes como Roubaix cayeron de un lado u otro. Si no ganaba Tom, si no triunfaba Fabian, lo hacía alguno de sus acólitos: Terpstra, O´Grady, Devolder,… sólo perlas aisladas, Ballan, Van Summeren o Nuyens, rompieron la tiranía.

Con ese ejercicio de memoria, y la figura latente de Fabian cerca de nosotros en la retina, la dimensión del llamado espresso de Berna seguro que se echará de menos en los highlights de esta sesión. La anterior fue rara para Fabian que cayó en la vuelta de honor al velódromo de Roubaix mientras la mirada se le nublaba por la emocion de la despedida, una despedida que la hizo fajado en mil situaciones y una terrible caída que no le sacó de la ruta, pero que hablaba de la tremenda carrera que su rival del alma, Tom Boonen, había planetado pillándole a contrapié a una eternidad del velódromo.

Una semana antes, un momento, un titubeo, provocó que Kwiatkowski y Sagan se fueran ante su mirada sin el poder de reacción necesario. Devolder, experimentado en los laberintos de Flandes, le hizo el gesto, ahí van dos campeones del mundo, Fabian les dio rienda, y no les cazó, no al menos a Sagan, que se valió para dejarle segundo en su ultima De Ronde.

Al margen de los renglones finales, Fabian fue un corredor cameleónico en la llamada primavera. Tres por tres, tres Roubaix y otras tandas Flandes, a la que sumarle una San Remo marca de la casa, abordando el último kilómetro a full y dejando el pelotón sumido en desconcierto. Ese Fabian fue natural miuchos años, al punto que dijimos, si el suizo no gana por KO, de lejos y a lo bruto, no tiene herramientas para gestionar el triunfo.

Así rebañó Flandes y Roubaix y del tirón, sacando un pozo al resto de rivales, llegando con tiempo para celebraciones, besos y algarabía. Pero ocurrió un día que los rivales se le soldaban a rueda y no había forma de romper la carrera. Lo comprobó en Roubaix 2011 cuando una mosca cojonera vestida de arco iris, Thor Hushovd, se convirtió en su sombra y neutralizó todo el poder del suizo.

Con ese nuevo guión llegaron triunfos memorables, para un servidor los mejores, tanto el de Roubaix 2013 como Flandes 2014. En la primera remontó a los escapados y soltó rivales para batir a Vanmarcke en meta. En la segunda, remó y remó a contracorriente, en pleno desconcierto de Quick Step y frustración de Van Avermaet. Llegó al sprint con éste y otros dos, también los ganó.

Victorias ajustradas, apretadas que marcaban la piel de camaleón de Fabian, el corredor que llenó de adoquines y tierra su vitrina, pues también exhibió victorias en Harelbeke y dio lustre a la clásica de nueva generación, la Strade Bianche, una carrera que Cancellara prestigió con su registro imbatible hasta la fecha y que este año, sin ir más lejos, ya está entre las mejores del mundo, cuando nació hace una década escasa.

No sé si Fabian estará por las metas de Roubaix y Flandes este año, no sé si querrá prodigarse, o tomar distancia, de lo que no cabe duda, es que el ciclismo de generaciones siempre sabrá que hubo una, la suya y la de Boonen, que nos iluminó la mirada cada vez que el adoquín asomó por el calendario.

Imagen tomada de SBS

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El regalo nos lo hizo Nairo

Recuerdo el primer post que escribí centrado en Nairo Quintana. Ya en la Vuelta a España de 2012 había destacado, siendo varias veces el último en descolgarse del duelo a tres que mantuvieron Contador, Valverde y Purito. Entonces no escribimos de él, aunque todo lo que decía sobre el mismo empezaba a cobrar coherencia, aquella etapa del Dauphiné, la general del Porvenir,… el portento que venía desde las alturas que rascan la bóveda del cielo colombiano daba que hablar.

Recuerdo que ese primer post vino unos meses después, cuando ganó la etapa reina de la Volta a Catalunya, en medio de un paisaje mechado de nieve, y acabó por triunfar en la Vuelta al País Vasco, tras una semana en la que el pelotón tiritó al ritmo de Kyirienka y acabó jugando la suerte de la carrera en la una crono pestosa que hablaba de la potencialidad de ese tostado ciclista que vestía de azul Movistar.

Recuerdo ese post, lo titulé “Hiere como una bala, flota cual silbido. Es Nairo Quintana”. Lo titulamos así impresionados por la facilidad, el semblante inexpresivo, la elegancia intrínseca en el pedaleo, el leve movimiento de la bicicleta, el ángulo de sus brazos y el sabor de su victoria. Era una forma hacer que no ofendía. Simplemente aceleraba y se iba. Simplemente.

Aquel Nairo fue el que nos prendó, nos dejó marcados, puso forma y baile a la perfección sobre la bicicleta, era el calor, el ciclista que destacaba desde pequeñito para ir saltando peldaños a la velocidad del sonido. Aquel año, hace cuatro, fue podio en el Tour, explosionó, y todo se aceleró para bien y para mal. Para bien porque a modo de gotero sus victorias fueron llegando, y no han sido pocas ni discretas. Para mal, porque la presión se ha multiplicado, el peso es enorme, la losa de un continente pendiente de ti, de tu suerte, de tu quehacer, no es sencillo gestionarlo.

Y eso arrugó la estrella, la hizo consciente de su dimensión, y Nairo se volvió más frío, digamos que conservador, no sabemos si a motu propio o inducido desde el coche, pero el ciclista que prendó dejó paso al ganador, efectivo y poco efectista. Pensamos que el primer Nairo no volvería.

Erramos, mucho además. El primer Nairo ha vuelto, en febrero, el día de su cumpleaños, ganando la etapa de Mas de la Costa haciendo lo que siempre imaginamos que podía logar: abordar una pendiente de cabras desde abajo, sin esperar, sin especular, y ejecutar el canto sobre la bicicleta. Este sábado de un febrero ventoso pero no frío Nairo nos ha devuelto cuatro años atrás, al corredor que prendaba incluso a quien no supiera o gustara de ciclismo, porque era una delicia verle danzar sobre la flaca.

No sabemos quién llevará los timmings de Nairo, ni sus progresiones ni tempos, pero da miedo pensar que este corredor ambiciona el Giro y el Tour el mismo año y rueda así tan pronto. Entiendo que esto no es gratuito, que el despliegue estaba en el guión. Eusebio Unzue dice que tiene la receta para ganar las dos grandes el mismo año, no sé si guardó la fórmula de Indurain de hace un cuarto de siglo. No sé si le valdrá, pero al menos nos queda este sábado del nada ciclista mes de febrero para situar nuestra memoria en la jornada que Nairo quiso y pudo ser el que un día se presentó en Europa para maravillar.

Imagen tomada de Vuelta a la Comunidad Valenciana – JM Artero Photographer

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#Profile2017 Qué bueno que volviste John Degenkolb

La vida del ganador no es sencilla. Es un tipo que camina en el filo, que generalmente nunca tiene suficiente y que vive en el permanente precipicio de la frustración. John Degenkolb, el ciclista con cara de policía de Alemania del Este, cumple ese perfil de deportista casado con el éxito, acostumbrado a anotar con asiduidad y recibir el beso de las guapas cada poco.

Sin embargo, las cosas en la vida a veces pegan un giro brusco y el año pasado por estas fechas Degenkolb no pensaba en ganar, posiblemente ni siquiera en volver a competir. Degenkolb estaba centrado en reunir la mayor cantidad de piezas de su maltrecho cuerpo y volver a ser una persona normal, tras el tremendo accidente que sufrió junto a varios compañeros en el Alpecin mientras entrenaba por Levante. Aquel día, como ningún otro, se vio con toda la crudeza la indefensión que el ciclista padece por las rutas de medio mundo ante todo tipo de agresiones y principalmente la de conductores incapaces de entender la responsabilidad que llevan sobre cuatro ruedas cuando salen a la ruta.

Degenkolb vio como toda su temporada se iba al garete. Era la temporada de su consagración ya no como velocista, y sí como clasicómano de primera línea. El vigente ganador de San Remo y Roubaix, fuera de concurso. Pasó la primavera, paso gran parte de la campaña y de John supimos cuando ganó en Noruega y se cabreó como una mona cuando vio que el corte bueno del Mundial se marchaba ante sus narices.

Fue una reacción de ganador, de ciclista que apuesta alto y ve como un corte le pilla en el sitio inadecuado en el peor momento. Era la guinda a un año nefasto en lo deportivo que seguro que no lo fue tanto en lo personal, porque en este competidor de alto copete, como diría nuestro querido Gerardo, reside una sonrisa casi imborrable que no le abandonó ni siquiera cuando temió perder un dedo.

Y son esas cosas las que te hacen fuerte y resistir mejor que otros cuando vuelves a la vanguardia. Porque Degenkolb ha vuelto a la vanguardia, a la primera línea. No sabéis la alegría que nos proporcionó su sprint en Dubai, sacudiendo con esa violencia la máquina, como si un día, el menos pensado, las calas se acabaran desencajando del eje por tal empuje.

Ganando en Dubai, feudo que se le suele dar bien, Degenkolb demuestra que ha hecho los deberes este invierno, porque el feudo árabe suele ser buen test para los hombres rápidos de cara a lo que ha de venir. Aunque tengamos todos a Alberto Contador como fichaje de campanillas en el Trek, no conviene olvidar a este alemán, que también esta en el equipo cafetero por excelencia, con una misión nada sencilla, seguir el camino que trazó Fabian Cancellara, quien ahora ve los toros desde la barrera.

Ver a Degenkolb ganar en Dubai puede significar que tenemos otro actor para la primavera, otro tipo a sumarse a la fiesta de Sagan, Boonen y Van Avermaet, con un inciso, este teutón de poderoso tren inferior reúne las virtudes de los anteriormente citados pero además es más rápido que todos ellos. Será un hueso duro de roer, tanto él, como ojo, su compañero Jasper Stuyven, para mí uno de los tapados de esta primavera que es ya inminente.

Imagen tomada del FB del Dubai Tour

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#Profile2017 Si Wellens gana, gana el ciclismo

Corrió ayer por la tarde el rumor de que por las curvas que llevan a Deià, por las crestas de la Tramuntana, pasó un avión que iba recto y veloz. Era valón, iba de rojo Lotto y respondía al nombre de Tim Wellens. Quienes le vieron en el resumen enlatado de Teledeporte dicen que fue brutal, espectacular, por las mismas rutas, remojadas, muy remojadas, en las que perdió contra Fabian Cancellara, él quiso homenajear el mito suizo midiéndose en ambición y arrojo.

Pero, con todos los respetos para el prólogo mallorquín, esto es el entremés de la campaña, el primer cerrojazo al amanecer de una temporada que idea y busca ahora qué será de ella en los grandes momentos. Con Wellens sabemos que no nos equivocamos si decimos que será protagonista, estelar o no, dependerá de su suerte y acierto en la elección. En un ciclismo trufado de racanería e intrascendencia, gente como él tiene las horadas contadas, sin embargo hasta que podamos, debemos disfrutar de ellos.

Wellens explotó hace ya un tiempo. Lo hizo en 2014, en los estribos del otoño valón de mes de agosto, cuando le ganó un Eneco Tour a Tom Dumolin jugando a lo grande por los escenarios que llevan a Lieja. Ese día anotamos su nombre, en rojo y con letras marcadas, casi rehundidas en en papel. Una exhibición de esas que perturban, que quedan en la memoria, jugando a grande siendo un mocoso de 23 años y un pelotón de estrellas persiguiéndote.

Ganó ese Eneco, y ganaría el del año siguiente, también jugando fuerte, a lo grande, esta vez contra otro que no se esconde, Greg Van Avermaet, otro rara avis en el pelotón de pinganillos y órdenes de contener. Otro Eneco Tour, una de esas carreras que todos discutimos cuando la calzaron en el máximo circuito y que ha resultado excepcional por estos ciclistas. Al poco ganó en Montreal, una de las carreras canadienses que nada tiene que envidiar en plástica y calidad de artistas a un mundial.

Esas son las medidas de Wellens, las de un ciclista grande, con 25 años aún, en mayo cumplirá 26, con hechuras para volar alto, muy alto, como cuando ganó una etapa en el Giro, descubriendo que el Tour, por el momento, no le va y comprendiendo que quizá mejor dar un paso atrás en la más grande de todas y hacerte notorio en otras carreras.

Pero Wellens mira a su casa, a sus carreras y seguro que por Deià, mientras sorteaba los culebreos de la zona, pensaba en Lieja y en Huy, porque si alguien siemore busca romper antes del gran muro de la Flecha Valona ese es Wellens quien año tras año no ha podido llegar delante y sin embargo no renuncia a su estilo y forma de hacer.

Por todo eso no lo olvidéis, si gana Wellens gana el ciclismo y para muestra ir al resumen de Mallorca. Veréis lo que entendemos por CICLISMO.

Imagen tomada de Ciclo21- Iraia Calvo

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#Profile2017 Geraint es bueno en todo pero el mejor en nada

A Geraint Thomas lo quieren todos en su equipo: polivalente, dócil y muy bueno. Es precisamente ahí donde falla, o destaca, según se mire. Su valor real excede sus resultados. Su versatilidad la hace vale para un roto y un descosido. En el superespecializado ciclismo, sólo él es capaz de brillar en Roubaix y estar entre los grandes en el Tour. Queda todo dicho. A ello se le suma la incondicionalidad en el trabajo para otros. Froome estos años, Cavendish en su día, incluso Wiggins, muchos han probado sus virtudes.

Y él sigue buscando su propio camino, la forma de realizarse, sin gritar en exceso ha hecho valer sus cartas. No es sencillo, en un equipo como en el que está, con la jerarquía bien establecida y la necesidad de aceptar tu rol si más. El problema es que Geraint quiere las dos cosas, la comodidad del equipo de casa, que además le ofrecería los mejores medios humanos y materiales, sumada a una hipotética capitanía en ciertas citas.

Esos galones parece que los compartirá con Mikel Landa en el Giro. El alavés no pudo asumir el reto en su primer año, y ahora le ubican un segundo de abordo que no sé si estará por encima, al mismo nivel o un peldaño por debajo. Dicen que la carretera dictará sentencia, esas cosas son un arma de doble filo, veremos qué tal funciona y cómo se lo toma Landa, quien reclamaba ser el gallo del corral y ahora esto.

Sea como fuere el Giro parece irle bien al galés, que ve como la cita 100 de la carrera rosa suaviza en cierta manera el itinerario, quizá por eso más de uno se haya atrevido a ponerlo en su agenda. La triada de favoritos es importane, y Geraint, aunque se agarre al Tour de hace un par de años, tiene aún cosas que demostrar, como el día que evidenció su calidad camino de Niza, encajando los golpes de Contador y ganando una carrera que considero el paso intermedio para optar a las grandes.

No queda clara su pretensión para las clásicas, eso que un día se le daba de maravilla y que poco a poco arrincona. En el equipo negro los monumentos del pavé siguen siendo, como el Giro, una asignatura pendiente, muy pendiente. Otra vez irán con la caballería -ojo con Gianni Moscon- que cada vez es más grande y potente, pero a Geraint aquí no le vemos centrado como cuando hace dos años abultó su palmarés con un Harelbeke sublime ganando por la mano a Sagan y Stybar, palabras mayores.

Combinar la aspiración al Giro con una primavera intensa es complicado, incluso para él, que derrocha polivalencia y bebe del respeto a todo el ciclismo y sus variantes. Veremos qué hace, pero al final la trampa del galés es esa, su valor dentro y fuera de la carretera, algo que le hace bueno para casi todo pero el mejor en nada.

Imagen tomada del Team Sky

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