La decadencia del Clásico RCN

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El Clásico RCN fue una carrera que disputaron Fignon, Hinault y Chiapucci

Por estos días de campeonatos mundiales por Innsbruck se corre en Colombia el Clásico RCN, una carrera que en otros años –sus grandes años– congregó a figuras de la talla de Bernard Hinault, Laurent Fignon, Pascal Simon, Claudio Chiappucci, Sean Kelly o Charly Mottet.

Todos ellos firmaron su nombre ganando etapas y Chiappucci, “El Diablo”, luchó con firmeza por el título en 1992 quedando subcampeón.

Fueron célebres los duelos de Hinault y Lucho Herrera, como lo fueron también muchos de los campeones criollos de esta prueba. Para ello basta repasar nombres: Martín “Cochise” Rodríguez, Javier “Ñato” Suárez, Rafael Antonio Niño, Patrocinio Jiménez, Fabio Parra…

Esta competencia, más joven que la Vuelta a Colombia, fue creada en 1961 por RCN, una de las principales cadenas radiales del país.

Pronto se convirtió en la hermana menor de la Vuelta, una hermana menor que a veces se agrandaba, que le hacía sombra, donde se resolvían las batallas que quedaban aplazadas en la otra.

Hubo grandes campeones que nunca ganaron la primera pero sí vencieron la segunda: Álvaro Mejía, Pacho Rodríguez, Carlos “La Brujita” Montoya…

Entre los ochenta y los noventa el Clásico suplió el rol que la Vuelta había desempeñado en los cincuenta y sesenta: esa carrera del nuevo mundo donde acudían estrellas y equipos extranjeros, pero ahora no eran selecciones mexicanas o españolas, sino los mejores equipos profesionales de Europa.

Mientras ocurría el debut de los escarabajos en las rutas europeas se posicionaba también esta carrera que llegó a ser la más prestigiosa de América latina.

¿Qué pasó con el Clásico RCN?

Tras el declive del ciclismo colombiano en los noventa las carreras nacionales perdieron importancia.

El escritor Matt Rendell asegura que aquella selección de futbol noventera que participó en dos mundiales y goleó cinco a cero a los argentinos en unas eliminatorias, la selección del Pibe Valderrama y Faustino Asprilla, contribuyó a que el ciclismo cediera su papel de “deporte nacional”.

Pero tal vez haya más de fondo.

Los manejos administrativos, la crisis del café –y de la Federación de Cafeteros, que financiaba y daba su nombre al más importante equipo de corredores del país–, la reinvención, o perversión, del ciclismo, ahora asociado a médicos, nuevas tecnologías, sustancias extrañas y rendimientos sobrehumanos, dejaron a los colombianos en una segunda línea de la que costó casi dos décadas salir.

En Gobik, prendas que son guantes

En el 2004, el año en que fue campeón aquel Hernán Buenahora que estampó su nombre en la Volta a Catalunya, el Clásico RCN salió del ránking de la UCI, desde eso es una carrerita amateur, que no da puntos ni reconocimiento, sin mayores controles de dopaje, sin premios gordos, sin el despliegue despampanante que tuvo en otras épocas con periodistas y televisiones y largadas multitudinarias.

Por eso sólo lo disputan equipos colombianos, muchos de segunda categoría, y de pronto algún que otro conjunto extranjero mediocre que la organización invita de vez en cuando.

No obstante, eso la hace, una carrera atractiva e interesante en cierta medida: es una competencia salvaje, impredecible, donde un montón de mercenarios atacan todo el día y revientan los lotes sin control, matándose encima de la bicicleta por premios irrisorios que a veces ni siquiera son pagados.

Ahora, en el palmarés figuran apellidos de dudosa trayectoria como Sevilla, Infantino o Soliz, apellidos célebres por sus positivos y escándalos, apellidos que no hacen honor a esa carrera que en años mejores disputaron los Hinault, Fignon y Chiappucci.

Imagen tomada de FB de Clásico RCN

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