Un año corriendo denodadamente

Entre que no llevo la cuenta exacta, ni me preocupo, desde hace un tiempo, en anotarlo, saber cuántos kilómetros me han salido en este 2013 es complicado aunque no estaría muy lejos de la realidad si dijera que me han salido unos 3500 kilómetros. Sí, esa cifra me gusta, es redonda, expresiva y creo que hace honor a la realidad.

3500 kilómetros con sus series, con sus calentamientos, sus estiramientos posteriores. 3500 kilómetros que incluyen playas, arena suave, fina, dura, esponjosa. 3500 kilómetros de pedregal, subidas infames, caminos de cemento, asfaltos quebrados, cunetas llenas de mierda. 3500 kilómetros de parque, de río, de montaña, de trialeras, de escaleras. 3500 kilómetros como la vida, a veces cuesta arriba, otras hacia abajo.

Pero una cosa está clara, 3500 kilómetros de amistad, de charlas, de risas, de sufrimientos, de flatos, de dolor, de lesiones, de días de gloria y menos gloriosos. 3500 kilómetros que incluyeron, sí aquí, en Barcelona, hasta una nevada y crujidos nevados bajo mis pies.

Porque el 2013 ha sido mi mejor año desde que salgo a correr, y no hablo de marcas, hablo de experiencias, de caras que antes eran conocidas y ahora intercambian palabras contigo. Temas mil, variados para todos los gustos. Tardes soporíferas de verano analizando la etapa del Tour, medio noches comentando la aventura de los conquistadores de América, arreglando Catalunya, el mundo. Que si esto, que si lo otro. Recetas económicas, penurias ajenas, algunas cercanas, muy cercanas, a tocar de mano. Que si Rajoy, que si Arturito Mas, que si no nos merecemos tanta purrela dirigiendo nuestra suerte… que si los mejores hispanistas son ingleses, que si la carta de Pérez Reverte. Que si Charlie Harper se tiró aquella putilla,… en definitiva, os lo recomiendo, los mejores 3500 kilómetros de mi vida.

Y ya que estamos en balance, quiero alimentarme el ego contando mis mejores días del año que se escapa. Días como mi primer cinco mil en las calles de Esplugues, en la carrera de Sant Joan de Deu, que vio cómo subí por primera vez a un podio a recoger un trofeo, un premio, os lo juro, de los que marcan pues eso es algo que los mundanos nunca nos atrevimos a soñar.

Pero aquello no fue casualidad y a los pocos meses volvimos al redil, en mi distancia favorita, los 21 kilómetros de una media maratón. Ésta en Cunit, como en casa también. Otro trofeíllo a la vitrina que empieza a reclamar “más madera”.

Sin embargo, y supongo que me entenderéis, lo que buscamos en el fondo son marcas, marcas, marcas,… y en ese frenesí cayó una barrera, la de los 36 minutos en el diez mil, cosa que logré en el barrio donde crecí, el barcelonés de Sants, y me acerqué a mi meta en la media maratón, bajar una vez de la hora veinte. Por de pronto ya logré la hora veintiuno en Vilanova. Cierro el año además con varios top ten, otra muesca inesperada, si no me equivoco tres quintos, un sexto, un séptimo, un noveno,…

Ahora toca, incluso en estos días de celebraciones superlativas, seguir trabajando con ilusión y constancia, los resultados ya llegarán.

 

Entretanto a los que me consta que se dejan caer por este modestillo cuadernillo de un runner globero e inexperto, que tengáis un 2014 cargado de kilómetros, muchos kilómetros de felicidad.

Ese loco que corre os desea FELIZ NAVIDAD

Seis minutillos os llevará esta descripción en la que muchos, runners y ciclistas, seguro se verán reflejados  como personas, trabajadores y moradores de este lugar llamado mundo. Mirado, es el momento de recogerse, un poco solo y aprovecho la reflexión para desearos…

 

…FELIZ NAVIDAD.

Ya tengo mi hora veintiuno

Hace tres semanas viví un bajón en Tarragona. A pesar de los muchos ánimos, e incluso felicitaciones, que recibí, el tiempo por encima de 1 hora 22 minutos no me dio ninguna satisfacción. Fue una carrera alejada de mis expectativas, que entró en barrena casi desde el kilómetro ocho y cuando los problemas empiezan tan pronto, es muy complicado sacar algo en claro.

Confundido entre la multitud al paso por el quinto kilómetro con las gafas blancas de mi hija

Durante estas tres semanas la decepción de Tarragona contagió el entrenamiento diario. Sin desconectar del todo, las series bajaron su calidad exponencialmente como si las piernas y el ánimo necesitaran alimentarse del intangible que siempre suponen las marcas. Una desconexión parcial acrecentada por unas minivacaciones madrileñas en las que probé correr a seis bajo cero por el Manzanares asimilando un frío al que los que vivimos en Barcelona y aledaños sencillamente nos deja torpes y vacíos.

Este domingo se corría la media maratón que posiblemente más veces haya hecho, la de Vilanova i la Geltrú. Esta carrera es una especie de día de la lotería de Navidad para un servidor, pues desde que la corro es como la jornada que abre estos días desenfreno entre críos, comilonas y compras.

Sin embargo el vacío de Tarragona me había hecho descartarla ¿del todo?, al parecer, del todo no. A menos de cuarenta y ocho horas de su celebración, el dedito juguetón entró en la web de la carrera y las inscripciones estaban abiertas. En el fondo, porque no dejamos de ser unos críos, me picó el gusanillo y el resto ya lo sabéis, cuenta atrás y nuevo dorsal en ristre.

Amaneció fresca la mañana, pero el sol y la ausencia total de viento anunciaban un día perfecto para correr. En la salida el compañero de siempre, Víctor, y la reentré de Mario, que casi dos años después, y una operación de rodilla mediante, se presentaba de nuevo en una media maratón. Al estómago rebosando cereales y galletas de chocolate, sí galletas, le sumo dos cafés y a calentar. Buenas sensaciones de inicio aunque el frío impide romper a sudar.

No es problema, nos situamos en tercera línea, un poco atrás para mi gusto, pero pasamos raudos el arco de salida. Ritmo de crucero asimilado desde el principio. Clavo el 3´50´´. Víctor se descuelga al poco del segundo kilómetro, pero me tendrá a la vista casi toda la carrera, Mario no quiere arriesgar pero va camino de su mejor registro.

Pasado el umbral del cinco, iniciamos un rápido descenso hacia un Mediterráneo que respira tranquilo. El dios Eolo nos ha querido dejar correr a placer y se nota. Me llega por detrás un grupete de runners de Cornellà. Caras conocidas sin duda y gran cagada. Empezamos a discutir sobre el ritmo que llevamos y proyectamos lo que marcará el arco de meta a nuestro paso. “Estas cosas hay que traerlas habladas de casa” concluimos pero el mal ya está hecho como veremos.

Paso el diez con un inmaculado 38´22´´, eso es llegar con hora veinte alto a meta, “perfecto” me digo. Me veo fuerte, cómodo, rápido y constante. Sin embargo el cruce de palabras previo llevaba veneno: emerge el fantasma del flato. Sí, en doce, más o menos la molestia aparece, poco después me descuelga de mi grupo. Raciono la respiración, mantengo la distancia. Concentración total, pero el dolor no desaparece, va y viene, se queda, desaparece y vuelve. Ingiero el gel. Los kilómetros finales son toboganes, cambios de respiración por tanto, lo que menos me conviene.

He bajado ligeramente el ritmo, pero mantengo el tipo. Ahora el objetivo es salvar la hora veintiuno. En el diecinueve empieza un calvario aligerado por el registro que tengo en la mano. Sufro como hacía tiempo no hacía en el veinte, con el dolor subiendo al diafragma. Entro en el estadio de atletismo buscando el arco de llegada como alma que lleva el diablo. Cruzo con 1 hora 21 minutos 39 segundos. Soy inmensamente feliz. Ya lo tengo, ya era hora. En cuatro semanas Sitges, más de lo mismo. Entretanto, Feliz Navidad.

Es imposible que todas las carreras salgan bien

Sé que algunos seguís el rinconcito runner de este blog y por el cariño que me dispensáis merecéis  cierto grado de sinceridad. Hoy quiero ser sincero: no han salido las cosas como preveía, pero ello lejos de amilanarme me espolea. Está claro que es imposible encadenar buenas carreras hasta el infinito y con esa carta hay que jugar. No queda otra. En Tarragona he aprendido otra valiosa lección.

Hay días en los que cuando te calzas tus zapatillas en los vestuarios de un lugar cualquiera, de una carrera cualquiera, sabes que lo puedes hacer bien. Te ves motivado, mentalizado. El Rey del Mundo. Hoy, este domingo, era el caso. Sabéis que desde que eché a rodar en agosto señalé la fecha del 24 de noviembre como el primer día D de la temporada.

Me gusta la media maratón de Tarragona. Circuito atractivo que alterna lo urbano con la playa y el polígono, en toda su expresión. Contiene subidas, sí, pero tendidas, y siempre acompañadas de descensos prolongados y agradecidos. Una carrera perfecta, de las de siempre, fenomenalmente organizada, con unos servicios al corredor de diez, que no escatima ni te clava un precio indecente. 20 euros, precio correcto para una de las decanas del calendario catalán, ese que según leí contiene más de 1400 carreras al año, nada menos.

Como dije 20 euros, precio razonable, aunque a la poste caro, pues soy tan capullo que perdí las bambas de competir. Vayamos a la carrera. Llegamos Paco y yo con tiempo de sobra de recoger dorsal, ponernos guapos y salir a calentar. El frío a la salida del pabellón atenaza, vaya si atenaza. Pero no es el momento de ponernos tiquismiquis. Echamos a rodar y con el vaho saliendo de nuestra boca a cada palabra calentamos hasta que el sudor rompe en la espalda y los brazos piden desprenderse de la prenda de manga larga que nos acompaña en la previa.

En total 35 minutos de rodaje, haciendo caso a Cristian. Todo para que de salida no haya problema en coger el ritmo. Nos situamos en la parrilla, segunda línea de un pelotón de 1800 almas, seguro que si peino alguna foto hasta me veo. Salida fuerte, rápida y segura. Objetivo en una hora veinte minutos, el ritmo pues era de 3´50´´ el kilómetro. De inicio el paso es incluso algo más rápido, pero la respiración, las piernas, todo, funciona. Pasamos kilómetros y remontamos plazas, la cabeza de carrera no se ve pero se intuye. En el kilómetro siete nos adelanta el negro que está para ganar el diez mil, malo, no es de recibo que se mezclen carreras de distancias diferentes, aunque los problemas son para él que va haciendo slalom entre nosotros.

Kilómetro ocho, tras varios miles de metros de persecución me meto con Luis –un tipo encantado de Last Zankada- en el grupo de la primera chica, Mireia Sosa, que va pertrechada por varios compañeros de su equipo. Buenas sensaciones, subimos por una avenida sin pestañear hasta que entramos en la Rambla Nova.

Hoy fui con esta bicicleta mucho rato hasta que el tren inferior dijo basta

Aquí empieza la montaña rusa. Inexplicablemente me descuelgo. Calma queda carrera, pero es un síntoma nada esperanzador. Les mantengo a distancia, cubro unos cientos de metros solo, me tomo el gel y vuelvo a entrar. Increíble, en otras situaciones me vengo abajo. Primer mal momento superado. Llegarán otros. Pasamos el 11, 12 y 13 y las sensaciones son excelentes. Me veo en medio del grupo del que casi me quedo seguro y tranquilo. Llegamos al Paseo Marítimo, ay el paseo.

De repente, sin avisar, vuelven los problemas. Esta vez son serios, corro sobre barro, es decir sobre dos piernas que se desmoronan sin causa aparente. En el quince me descuelgo, pero les sigo a distancia. En el espolón el viento nos respeta y recojo descolgados del grupo delantero. En esos momentos mi correr es informe, noto que el cuerpo se escurre. La elegancia me abandona y aunque empiezo a echar el resto me quedo a puertas de un premio menor, es decir una hora veintiuno. Al final ni siquiera mejoro mi hora veintidós de Calella. No pasa nada habrá otras ocasiones.

Como complemento a este post quiero poneros estas imágenes de Carles Castillejo atravesando la meta de la maratón de San Sebastián. Los que corremos en Can Mercadé tenemos a este auténtico crack a tiro de piedra cada poco. Su humildad, siempre saludándonos y no omitiendo la conversación, hace que estas imágenes, viéndole llorar como un crío, no nos dejen indiferentes al tiempo que explican la dimensión del deporte profesional, algo que los amateurs nunca acertaremos a experimentar.

Foto tomada de http://www.mitjatarragona.cat

Por los compañeros que nos dejan

Este domingo en la Behobia-San Sebastián falleció una atleta. Tenía 30 años, era navarra, joven y apasionada de este deporte que a algunos nos ha enganchado para nunca más soltarnos.  Muchas veces me preguntan si me he realizado un chequeo y no sé qué decir. Me hice uno, hace seis años. Entonces salió todo en orden y he corrido la “intemerata” sin que me surja el menor malestar más allá de la lógica fatiga que algunos días te llena el ser.

Sin embargo últimamente las noticias de corredores populares que fallecen en competición son un goteo que no nos puede dejar indiferente, ya no hablemos de ciclistas. Ellos eran corredores como yo, como tú, como aquel, corredores que salimos ese ratillo que tenemos libre por las tardes, para exprimir el físico, aliviar stress y alimentar  la autoestima, pero un día el tiempo se les paró para siempre. Pensarlo estremece, y con el respeto y recuerdo para ellos salimos todos los días.

A veces cuando nos imbuimos en la obsesión de batirnos, de mejorar, aunque sea un poquito, no reparamos en los afortunados que somos pudiendo salir un día y otro y otro, sin más. Tenemos salidas mejores, peores, días en los que completar lo previsto es una hazaña. En otros se nos hace corto. Algunos días podemos disfrutar de un paisaje alucinante, otros de una conversación entrañable,… nos recreamos la vista, nos da el aire, nos ponemos morenos,… sudamos, vivimos, es decir corremos.

Pero todo eso un día se va al traste, un día, sin previo aviso, zas, la muerte nos acecha. A nuestra amiga runner navarra muerta en la Behobia no le aviso y nos llevó una compañera. Sólo deciros que si tenéis opción no dejéis de chequear vuestro estado físico, no es una frivolidad, sino el mejor baremo de saber si estáis o no para los esfuerzos que se nos imponen.

Por cierto, y concluyendo con la Behobia, bonitas palabras del su ganador, sinceramente coincido con pocos atletas profesionales, y verles hablar con esta humildad gratifica y les aleja de esa prepotencia y tonterías que rodean a esos mal llamados mitos del deporte. Son personas, siente y padecen, exactamente igual que nosotros.

Y mientras reflexiono sobre estas cuestiones que nos apenan y preocupan, pero que no nos disuaden de seguir en la carretera, al menos de momento, he de decir que seguimos trabajando de cara a ese estimulante registro que nos motiva para la Media Maratón de Tarragona. La semana pasada, seis días de siete posibles nuestras zapatillas pisaron el asfalto. Más de ochenta kilómetros donde las sensaciones del cross de Sants se prolongaron.

Hay momentos en los que el estado de forma es dulce y he de admitir que estoy en unos de esos instantes. ¿Cuánto durará? Ni idea, pero trabajamos en que sea lo más posible. Creedme mientras dure seré un poquito más feliz.

Imagen tomada del Diario de Navarra

Otra carrera para enmarcar

Cuando era pequeño, o no tan pequeño, me asomaba a la venta de mi habitación un domingo de noviembre. A pies de mi disimilada balaustrada de estilo neoclásico, pasaban uno tíos corriendo. Al rato estos mismos escuálidos y raquíticos personajes, cruzaban la línea de meta. Era el cross de Sants, el barrio de los barrios de Barcelona, el lugar donde crecí y me hice la persona que soy. El lugar donde este domingo batí mi mejor tiempo en los diez kilómetros.

La pasada temporada, la que fue de septiembre a junio pasados, me costó un huevo bajar de 37 minutos. Quizá fuera por cansancio, posiblemente por obstinación, quizá una obsesión no resuelta, hasta el pasado mes de junio bajar de los 37 minutos y adentrarme en los 36 fue tarea imposible hasta que en Cubelles, en el límite de Barcelona y Tarragona, logré pasar ese Rubicón. Ahora a la primera, voy y reviento el 37.

Esta mañana de domingo, me levanté con un objetivo, rodar en aquel tiempo que me diera mi récord en la media maratón de Tarragona dentro de tres semanas. Con rodar a 3´50´´ el kilómetro me bastaba y sobraba en mi objetivo, pero hay veces en la vida que no conviene hacer caso a los parámetros establecidos. Hoy en mi querido Sants encontré el camino a mi mejor diez mil de siempre, hoy rodé como nunca.

Arranqué en segunda línea, correr en Barcelona es lo que tiene, somos morralla entre tanta elite y mejor no estorbar. A pesar de  ello, salí perfecto, el GPS marcó de inicio 3´50´´., “Coño” pensé. “Ya lo tengo”. Éste es el ritmo hasta el final. Por un simple cálculo debería marcar 38´20´´el arco de meta a mi paso. Al poco de salir veo a Eric, sí Monasterio, un superclase que no puede correr como le gustaría por que sus tendones le juegan mañanas pasadas. Venga tío, hay que dar guerra.

Oh, sorpresa, el GPS empieza a bajar y se clava en 3´42´´. Pasamos por la Avenida Madrid y cogemos la Roda del Brasil, bajada y tentetieso. El GPS se pone en guarimos de 3´38´´. Curva izquierda, curva derecha, en la bajada a Joan Güell, mientras oigo a dos “correcats” resoplar, sigo tiempo de récord, viene el kilómetro cuatro y sigo en horario de récord.

Antes de llegar al tercer kilómetro

Pero toda carrera tiene lagunas, desconexión. A mí me llega a mitad. Subo por encima de los 3´40´´ de media aunque no desisto. Nuevamente por la Avenida de Madrid entro en ritmo de crucero. A ritmo cruzo el umbral de los siete, “estoy en tiempo de récord nuevamente” no hay excusa. Paso más allá del sesenta en la mitad de carrera, empieza una lenta remontada. Encaramos la Espanya Industrial, veo el frontón donde me tiré horas y horas dándole, oigo el rebote de las bolas. Voy en trance. No me noto a tope ni mucho menos, pero quito segundos a un crono que, su puta madre, es inapelable, pues cuelga del cuello y me da el récord en bandeja. Por Consell de Cent encaramos la carretera de Sants, “es ahora o nunca” me digo. Rozó el 3´30´´ por momentos. Adelanto a uno, dos, tres,… entro en meta encendido, ahí, en esa Rambla cuya primera piedra vi poner al alcalde Maragalll desde mi ventana hace veinte años, ahí donde culminé mi adolescencia.

36´40´´. Toma ya. Otra para la saca. Últimamente el correr sólo me da satisfacciones. Quedo el 42 de la general, de 1300 personas, nada menos. Es lo que tiene correr en Barcelona, puedes estar lo emocionado que quieras que tu esfuerzo se diluye en medio de marea. A pesar de todo satisfacción total. Quería rodar a 3´50´´ y me sale una carrera a 3´40´´ con unas sensaciones de sentirse Dios. ¿Qué más quiero? Sí 1 hora 20 minutos en Tarragona. Otro resultado no estaría acorde.

Foto tomada de Iván Lázaro 

Esta carrera tenía que salir bien

El círculo virtuoso de correr consiste en entrenar, trabajar duro, mejorar y plasmarlo en las competiciones. Hubo un tiempo que aquellos eslabones no encajaban, me pasó especialmente con las maratones, de las que acabé hasta los cojones. Desde hace un tiempo puedo decir que lo hace perfectamente.

Hoy tenía una carrera marcada en rojo, era la media maratón de Cunit. Para los runners del montón como nosotros pequeñas alegrías, sin más pretensión que la emoción de los tuyos en comunión con la tuya, nos mueven a diario a buscar ese ratito que te permita exprimir el cuerpo y liderar la mente de tanta maldad que nos rodea.

Como dije esta media de Cunit la tenía a fuego en la agenda de este final de año. Volvía la carrera tras un año de ausencia y una historia de declive iniciada hace cinco años cuando un voluntario se equivocó en la señalización. Aquello muchos no se lo perdonaron a la organización. Volvía la carrera con una inscripción bajo mínimos que se arregló a última hora con cien medio maratonianos y unos sesenta “cuarto maratonianos”. Volvía con una organización cargada de ilusión y coherencia a pesar de pequeños errores –miraros lo del agua porque ha sido de traca- pero con sorpresas entre el voluntariado, fue un placer que Toni nos marcara el desvío de la playa.

Como sabéis Cunit es mi segunda casa, aquí paso largos meses en verano y entreno muchos fines de semana de invierno. Huelga decir que la salida estaba llena de amigos, conocidos y familia más allegada. Esto era correr en casa, por unos parajes que estas zapatillas se saben de memoria. Llegar a la salida me llevo cinco minutos de reloj a pie. Un lujazo.

Desde hace días sabía que esta carrera tenía que salir bien. Sin estar a tope, las sensaciones de la semana fueron inmejorables en duras sesiones en ese templo del runner que es Can Mercadé. Cuando a las siete y media sonó el despertador y cayó el tazón de cereales y dos yogures no veía el momento de empezar a correr.

En la salida una vez vibramos con los críos, nos aprestamos a calentar. Un sol de justicia y calor apabullante invitaban a ser cauto en el ritmo si bien el puesto sabía que tenía que ser bueno. Con cien participantes sabía que el top ten era posible. Pero vayamos al grano. Salida a medio gas. A cuatro raspado, segundo arriba, segundo abajo. Buen grupo de inicio y buen compañero de marcha, un poli local de El Vendrell apellidado Gil que no paraba de recibir ánimos.

El laberíntico recorrido nos llevaba de un lado para otro reparando en una circunstancia, cuando enfilábamos hacia Tarragona el viento era insufrible, aunque agradecido pues refrigeraba nuestros recalentados cuerpos. Entre ánimos y gritos en diferentes partes del recorrido pasamos con un buen 39.20 el diez mil con la sensación de que apenas habíamos gastado nada.

Porque en las carreras con calor: mejor exprimir en la segunda parte. Con esa idea partimos y así pudimos hacerlo, una vez pasado el punto del kilómetro once las tornas cambiaron y pesar de un molesto flato que amenazó con arruinar el trabajo en el kilómetro trece, las sensaciones se volvieron gigantescas con el paso de los kilómetros. Uno, otro, el siguiente. Noveno, octavo, séptimo,… a tres de meta me vi con un corredor con un aspecto fino y envidiable que daba miedo a priori pero que mostraba debilidad en las rectas con el viento en contra.

Sabedor de que en ese pulso podía haber un trofeo, en la recta final –de más de un kilómetro- apreté de tal manera que el GPS se puso a 3´50´´ con la sensación de volar, pues al rápido descuelgue de mi rival me vi en medio de un griterío que cortaba la respiración. “Sexto, sexto, vas sexto”. Algarabía en meta. Locura invadiendo mi mente. Casi nada nene. Sexto crucé la meta con el crío henchido en emoción y pegando brincos. Estaba justificado, al poco me confirmaron que tenía trofeo, jódete y anda. El segundo en cuatro meses, algo con lo que no me habría atrevido a soñar hace un año.

El tiempo fue lo de menos. Contuve el esfuerzo por el calor y corrí a por el puesto. Sin embargo nunca había hecho 1 hr 24´. Estoy a dos minutos de mi mejor marca y a tres de mi ansiada hora veintiuno. En cuatro semanas voy a dejar el alma en Tarragona en ese empeño. 

Foto de Manuel Delgado 

Octubres soporíferos

Cada año por estas fechas nos asalta la misma duda sobre si el octubre en el que estamos inmersos es el más caluroso de los vividos en tiempos recientes o si ha habido alguno más. Como guardar el histórico de temperaturas nunca ha sido lo mío, respondo siempre con un genérico: en el Mediterráneo rara vez un octubre es frío, por no decir que no recuerdo el último que lo haya sido.

Empiezo hablando del tiempo, como en un ascensor cualquiera, porque realmente influye. Varía mucho rodar a quince grados de hacerlo con diez más. Un compañero de trabajo ya es maratoniano. Rompió su “virginidad runner” en la prueba de Palma de Mallorca, este mismo domingo. Aunque se ha preparado bien y empieza a tener oficio, se le detectan ingenuidades propias de quien lleva poco corriendo. No obstante admitió que hubo una gran diferencia de la primera a la segunda parte. Con el cielo encapotado, a salvo del Lorenzo, las cosas salieron bien, cuando por la fachada del Arenal asomó el astro rey, la placidez se tornó en martirio y el muro vino a verle con todas sus consecuencias. A la acumulación de kilómetros se sumó el sobrecalentamiento. A pesar del calvario, chapeau tío, ya sabías que esto era duro.

El presente octubre en Barcelona ha sido por eso peculiar, lo está siendo de hecho. Pasamos calor la mayoría de jornadas, pero hubo un paréntesis con tormentón apocalíptico –que sembró de rayos el camino a casa de dos compañeros- donde sí, rodamos en los añorados quince grados. Se nota, no veas si se nota. La ligereza que alcanza tu cuerpo en esas circunstancias, atolondrado por el calor previo, es sublime, las series empiezan a salir y la fatiga queda en la cuneta. No obstante siempre decimos: Ya pasaremos frío.

Y en estas estamos, en un momento de acumular y acumular mientras dos o tres días incluyes cambios de ritmo, series y demás cambalaches que te hacen dormir con piernas de plomo. Este domingo corro una media maratón en las puertas de mi otra casa, Cunit, con la incertidumbre siempre patente de mi estado real de forma y la lenta inscripción de corredores a la carrera, algo que siempre te hace sospechar que no se vaya a hacer. Sin embargo, el ayuntamiento parece dispuesto y no seré yo quien el contradiga.

Hace unos días hicimos un test de Cooper, una prueba en la que saliendo a carajo debes completar tú solito y sin referencias doce minutos. Salieron 3200 metros, no es mala cifra, aunque no la mejor que he logrado y siempre con la incomodidad de llevar al cuerpo forzado. Pero es lo que hay. La temporada empieza a entrar en terreno interesante. Con Cunit ya será la segunda media maratón de este ciclo, la forma ha de crecer hasta Tarragona, esa media en la que quisiera quemar un primer cartucho en serio, ello es abordar la hora veintiuno.

Pero para eso queda más de un mes, por medio esta prueba de Cunit, donde preveo correré mucho rato solo, y luego un diez mil. Mientras un buen amigo está completando el camino de Santiago en bicicleta, yo sigo mi ruta, veremos dónde me lleva, pero el placer de recorrerlo nadie me lo quita.