Que haya dolor de piernas es bueno

Hay una sensación no tangible para quienes viven al margen de la zapatilla, carretera y camino que me encanta expresar. Es el primer momento de día, aquel en que te desenfundas de la sábana y manta y pones los pies en el suelo. Un calambre suave pero pesado te recorre de abajo a arriba. Es la fatiga que tus piernas acumulan, el precio de entrenos y entrenos. Un dolor de piernas en definitiva que afirma que el trabajo se está haciendo bien y lo que es más importante que te hace sentir realmente bien, pero ¿cómo se lo explicas a los demás?

Imagen tomada de Facebook

La mejor carrera no tiene que ser la más rápida

Como bien sabéis ayer me puse un dorsal en el pecho por segunda vez esta temporada y por primera en la carrera que más me gusta y en la que mejor me siento: una media maratón. Desde abril, desde que marcara 1 hr 22  min clavada, no pasaba por la distancia. La recuperada carrera del Vendrell, una de las primeras poblaciones de Tarragona, me dio esa opción, un año después de haber debutado también aquí en la distancia de los 21 kilómetros. No es desconocido que la montaña rusa en la que se había convertido mi preparación estas primeras semanas no era el mejor aval para afrontar una distancia que si quieres hacer a una velocidad mínimamente digna, debes tener buenas piernas y mente preclara.

Como siempre en estas ocasiones a las siete de la mañana golpeó el despertado mi sueño dominical. Ritual ya conocido: buena carga de cereales, yogures, una pera –esto fue un experimento a falta de plátanos- y a volar. Fuera, mientras espero al amigo Toni, un café, cuando llega él, otro. Coche, charla aminada y nos plantamos en la salida. Recogemos dorsal con los nervios de un primerizo. Saber qué me iba a deparar la carrera tenía el mismo misterio que adivinar el gordo de Navidad. Todo era empezar a rodar, ser prudente y ver a qué “tranca” podías ir.

Y la carrera comenzó, con una salida brutal, en una pista de arcilla que va camino de ser mítica si esta prueba se asienta y una serie de recovecos, curva y contra curva que invitan a ser poco animoso. Pasa el primer kilómetro y no nos enteramos. Cogemos grupo, ya tan pronto, es lo que tienen estas carreras de tamaño pequeño. Todo se rompe rápido y sálvese quien pueda. El ritmo es perfecto, un poco por encima de cuatro. Es quizá algo más veloz del previsto, pero todo va bien, buena respiración, perfecta observación de la carrera, buen rebufo.

Pasan los kilómetros y el ritmo es perfecto, mis guías en la causa hablan entre ellos, saludan al público pero van clavando el tiempo. Pasamos los 10 kilómetros por encima de 40 minutos y la carrera se mete en una especie de urbanización fantasma, invadida por la mala hierba. Las sensaciones no son buenas, lo siguiente, decido probar a tirar del grupo, una subida, y me voy solo, espero, a la siguiente lo mismo, pero ya no espero. Tengo a los siguientes a la vista, a poco más de medio minuto. Recortarles solo, cara al viento es el próximo objetivo que logro, aunque me lleva ocho kilómetros –nada menos- conseguirlo. Entre el kilómetro 19 y meta, logro adelantar a los que me han exigido un buen esfuerzo de concentración. Entro en meta con 1 hora 26 minutos clavada, mucho mejor que el año pasado a estas alturas.

Un resultado que no está entre mis mejores registros pero que me da un regusto de triunfo, pues he realizado una carrera perfecta, llegando a la misma velocidad que salí sin síntomas de sufrir en exceso y con la opción de mejorar. Qué más puedo pedir.

Y es que la semana que rompió en esta media ya iba dando señas de que la carrera no sería tan mala como en un principio pude pensar. Sin series pero con buenas sesiones de rodaje y un paso por el masajista, las manos que parecen rodillos de Jordi Solano, la primera media del año ha caído. Ahora Cunit –si se celebra- y Tarragona, sobretodo Tarragona, son el objetivo en el horizonte.

Que el ritmo no pare

Tras un semana tocado por un resfriado, no fuerte, pero sí lo suficiente para desconcentrarte y encontrar escusas cuando no ruedas bien, la semana pasada fue de volumen, más que nada, porque de calidad más bien poco. Siete días seguidos saliendo a correr, varios de ellos superando la hora y rebasando los ochenta kilómetros semanales son cifras a groso modo que describen la cantidad de minutos pasados sobre unas zapatillas.

Sin embargo, que el ritmo de esos kilómetros haya sido el adecuado es otra historia. Cuesta, y mucho, encontrar la progresión que hace un par de semanas pensaba encarrilada. No sé si es el calor, si es la resaca del resfriado, la constatación que algún virus cabrón merodeaba por casa, pero cuando el ritmo era exigente los minutos eran una especie de vuelta de tuerca.

Sí. El mejor indicativo las series que guardo para el martes por la tarde. Seis cambios de ritmo de kilómetro con resoplido intermedio, corridos un poco más lentos que una semana antes, curioso, cuando las expectativas pasaban por mejorar, aunque fuera un poquito lo anterior. Lo peor es la falta de explicaciones aparentes, pues la prueba de fuego para un runner, esa que viene cada mañana a la cama cuando pones los pies en el suelo y la fatiga surge por doquier, la he pasado mucho mejor que en otras ocasiones. Es decir, no me noto cansado, recupero bien, pero cuando exprimo la patata los ritmos no salen.

Sin embargo, paciencia, llevamos escasas seis semanas y la verdad es que problemas más complicados y trascendentes toca esquivar. Con todo, sí que es cierto que el verano se alarga de forma cansina. Hubo dos días en especial que la facultad de sudar no daba más de sí. Hasta tres días tardaron en secar las zapatillas tras 16 kilómetros a ritmo vivo. Cabe el consuelo de saber que al menos los entrenos los llevas y eso a la larga es garantía.

Esta semana rompe en la primera media maratón de la temporada, la de El Vendrell, una carrera recuperada el año pasado y que éste presenta un recorrido nuevo, más urbano dicen, y un precio que es un atraco, pues a los 16 euros de salida le añaden dos por no ser federado. Correr, uno de los pocos placeres que el gobierno nos deja, empieza a ser bien de lujo. Por el momento nuestros bolsillos resisten y pagamos religiosamente, pero el comentario sobre el precio de las carreras dejó de ser anécdota para convertirse en conversación en muchos casos. Ellos sabrán qué hacen.

En tiempos de escasez económica dicen que una forma de emprender es organizar carreras. Está claro que tenemos un boom de pruebas y muchos fines de semana hay problemas para saber dónde ir, pero que sigan abusando porque esto es un péndulo y quizá les llegue el momento de arrepentirse. Yo deseo que llegue el día que se arrepientan. Estoy de acuerdo en que se lucren, pero con medida y con el objetivo de que el año que viene haya otra vez carrera, en caso contrario esto es pan para hoy y hambre para mañana.

Maldito, puto resfriado

La quinta semana de mi peripecia runner para este ejercicio 2013-2014 ha tenido un visitante que nunca falla a la cita: el resfriado. Si en años anteriores este incómodo huésped aparecía semanas más tarde, este año las cosas han sido diferentes. La temprana retirada del calor veraniego, añadido a que en la familia los críos traen todos los bichos de la escuela, nos ha colmado de mocos y vapuleado de toses.

Un resfriado con todos sus síntomas, con malestar reinante, dolor de tarro, malas noches aunque por suerte sin fiebre, al menos que un sea consciente. A diferencia de otras ocasiones la semana runner no ha quedado muy afectada sobre el plan inicialmente previsto pues acabé saliendo cinco de los seis días marcados y de ellos tres pasé holgadamente de la hora y diez minutos, es decir para medias maratones está perfecto.

De hecho sólo el miércoles cupo la ausencia de los entrenamientos. Por lo demás aplicando esa norma de si no hay fiebre ves tirando, hemos cerrado, como digo una semana que sin ser la mejor de las posibles, sí ha resultado digna, sobre todo porque ya hemos introducido las primeras series para que el corazón coja ritmo y las piernas intensidad. Fue el pasado martes exactamente seis series de kilómetro corridas a ver qué sale, pues la sintomatología de mocos y malestar ya empezaba a estar presente, y al final lo que salió fue bueno, pues pude completarlas a una media de 3´44´´ saliendo más suave y acabando en el entorno del 3´35´´.

Este lunes se abre una semana que considero importante respetar. Serán, si nada se tuerce, seis días hasta el sábado que completaré el domingo con una bicicletada popular con el crío. De esos seis días saldrán más de ochenta kilómetros y habrá una jornada de series, otras dos de rodar en diferentes bloques y otra de tirada larga. El objetivo inicial, la media maratón de El Vendrell se aproxima, está ahí a menos de quince días, y aunque ni mucho menos estoy para grandes tiempos, sí que es momento de marcar cronos que alimenten la moral y alejen esos malos rollos que siempre trae ese maldito, puto resfriado.

La cosa ya va en serio

Con una salida de hora diez y casi 16 kilómetros he cerrado la que creo es cuarta semana desde que empecé a correr. Admito, confieso, que salir los fines de semana es una odisea: la cama tira y te pega a las sábanas, y luego quieres estar con la familia. La suma de ambas cosas redondeada con la inevitable relajación en los hábitos alimentarios conlleva que el correr –aunque el día sea muy largo- quede en tercer o cuarto plano.

Sin embargo, esta vez dije, aunque sea salgo en ayunas, como muchas veces hago, eso sí cuando voy a acompañado y el compromiso y puntualidad me despegan hacia la calle. Y sí, logré el objetivo marcado por un entrenamiento que pasa el Rubicón. Ahora no hay peros que valga. 16 kilómetros corridos a cuchillo, con un tramo central de 40 minutos a cuatro pelados y las sensaciones  de las primeras crujidas de la temporada. A pesar del viento, a pesar de que la temperatura no es la de hace diez días, a pesar del cambiante cielo que a ratos ocultaba el sol, puedo decir que no hubo trozo de mi ropa, ni si quiera de mis bambas que no quedaran empapados. “Well done”.

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Cierro así una semana en la que supero ampliamente los setenta kilómetros pues de lunes a viernes hubo salida diaria, siempre rozando la hora, salvo el jueves que también la superamos con creces, una hora quince. Y es que en el fondo, al margen del 10.000 por montaña que hice hace unos días, quiero afinar de cara a las medias maratontes. Lo sabéis, el objetivo es nadar en la hora veintiuno en algo más de un par de meses en la media de Tarragona, carrera que conocí el año pasado y que me encantó.

Y el camino ya está trazado. Dos medias aparecen en el horizonte para intentar el récord en Tarragona. El 6 de octubre El Vendrell y tres semanas después Cunit, que este año recupera una prueba de la que tengo excelentes recuerdos. Quizá haya alguna más, no lo sé, me intentan convencer para Sant Andreu de la Barca, un 10.000 plagado de subidas, bajadas y trampas varias que los que me conocen dicen que me va perfecto. Ya decidiremos.

Ahora, por delante, tengo seis días de siete con salida, y casi todos superando la hora, cuando no la hora diez. Martes y jueves con series. El fin de semana tirada larga. Esto ya no es cuestión de pulir aristas, nos hemos metido en harina y vamos a por ello. La mejor muestra de que el entrenamiento ha pasado a mayores es obvia, cuando te levantas por la mañana y el dolor atenaza tus piernas. En esas estamos y esto no ha hecho más que empezar.

Ya hemos roto el hielo

Sin saber porqué ni cómo, tu despertador te sobresalta a las siete de la mañana. Te incorporas, desorientado, piensas qué coño pasa. Miras la hora, piensas y te dices “ya está, hoy debutamos”. Sí hoy empieza el nuevo ciclo a tomar forma, la primera carrera tras la carbonilla veraniega, la primera después de unas tres semanas saliendo no más de una hora pero con la cabezonería y corazón que optamos por darle a todo esto.

Camino de Cubelles nos espera una carrera complicada, al menos para un servidor. Mis tobillos de mantequilla han estado ajenos a toda carrera de montaña durante más de cuatro años. Es más, la última que hice, allá por las laderas de Vilanova i la Geltrú acabó en doble ostión en un descenso. Mis escasas habilidades en el salto sobre salto en las bajadas, buscando la piedra certera, aquella que no traicione tu estabilidad, y todo eso hacerlo tino gracia y rapidez, no es lo mío.

Con esas reservas me planto una hora antes de la salida en lo que parece haber sido una verbena de vino y catas que lamento haberme perdido. “Al otro año vengo” comento. Dorsal, café, evacuación de rigor en el baño más cercano y salgo a rodar. A pesar de la lluvia del sábado tarde, no es complicado romper a sudar, el sol, aunque con la timidez que anuncia el otoño, ya calienta. El tono es bueno, la señal se va a dar estamos preparados. Por delante 10.000 metros por las montañas de Cubelles en direccion a Cunit y volver. Es decir, caminamos en el umbral de Barcelona y el zaguán de Tarragona. Tierra de frontera ésta.

Zas, arrancamos cuesta abajo y por asfalto. Ritmo veloz como hacía tres meses que no probaba. No tardan en llegar las primeras rampas. Entramos en un patatal a mano derecha, mantenemos la posición. Vamos en el top 25, así, malcontados. Cuando la subida se hace explícita y la anchura de la pista lo permite entramos en ritmo crucero. No se trata de exprimirse pero sí dar el punto de velocidad que permite adelantar gente con rapidez.

Buen ritmo, mejores sensaciones, ajeno al jadeo y sufrimiento que percibo alrededor, echo mano del primer avituallamiento. Arrojo media botella por la cabeza, hago cuatro gárgaras mal hechas y sigo. Antes del cuarto kilómetro craso error, la zapatilla pierde contacto con el pie, el cordón se destensa, paro, abrocho y sigo, medio cegado que confundo el camino. Por detrás me chillan “nen, por ahí no”. Seré imbécil, pienso y prosigo. Poco después el cordón, otra vez. Si José lo supiera. Poco después yerro en el camino, otra vez.

Estamos cerca de la cima, a unos cuatro y medio de la meta. El que tenía delante lo pierdo por el puto cordón, así que toca paciencia. Empieza el descenso y vuelven los problemas. Con la torpeza que describí bajo el ritmo preso del celo y precaución. Aquello era pedregoso e irregular, pero la humedad de las lluvias pusieron bajo de mí un espejo que resbalaba de cojones. Me adelantan uno, dos, tres, cuatro,… “os vais a enterar” pienso.

Cuando la bajada se desnuda de peligro, pongo la carne en el asador, pequeño repecho y los que me superaron, incluso aquel que tuve a tiro hasta que el jodido cordón me puteó, vuelven a estar a la vista. Les adelanto, uno a uno, aquí hay descenso pero por carretera, ahí donde los malditos tobillos laxos no me la jugarán. Voy a tren hasta meta y esprinto. Al rato me he dado cuenta que valió la pena pues me supuso un top ten, décimo, sí, de ciento y pico en una carrera cuyo nivel no es nada del otro mundo. Poco menos de diez kilómetros en 44´30´´, no está mal. No sé cuánto volveré a competir en montaña, me gusta mucho, pero veo que en cualquier momento me voy por la cuneta. Quizá necesite la terapia de Thiabut Pinot, pero él tiene pasta para pagarla, yo no. En todo caso la primera al saco.

Y es que cerraba esta semana la primera serie de salidas con cierta exigencia aunque nada que ver con lo que ha de venir. Cinco días saliendo a correr, de lunes a viernes, sin descanso y buenas charlas arreglando el mundo. Cierro la semana con más de sesenta kilómetros. En unos días quiero empezar la parte sustancial, series y demás menesteres para abordar 1 hora 21 minutos en la media de Tarragona. Queda tiempo y nos encontramos bien. Eso es lo que cuenta.

Saludar no cuesta nada y entretiene

El otro día, un ocasional compañero de carrera, grande Toni, tocó uno de los temas que desde que salgo a correr, camino de los diez años voy ya, siempre me ha llamado la atención y no es otro que los muchos runners que te cruzas en tu salida y los pocos saludos que te devuelven. Incluso este jueves, en la marcha más larga en lo que llevamos de pretemporada, lo comenté con uno de los asiduos a mis salidas, el amigo Víctor.

Saludarse entre runners es como una especie de tabú. Parece como si el gesto amistoso fuera  distraerte de tu carrera o que al menos te rebaje ante la persona que se cruza por tu camino. Era muy triste volver a casa, cruzarte con cincuenta corredores y contar escasos dos o tres saludos. Es triste pero cierto y real. No acierto a entender el motivo, pero ocurre. La excepción es quien te saluda, algunos con la mano, otros de viva voz. Pero si estamos acostumbrados a correr soltar un “hola” no cuesta una mierda.

Una vez incluso un personaje vestido de triatleta se adosó a mi estela, la aprovechó durante un par de kilómetros y luego, pasando ronzándome el codo, me adelantó y me dejó atrás. Medirme a su ritmo hubiera sido un suicidio, pero sinceramente solté un “anda que te jodan” entre dientes que no estoy seguro no adivinara.

En una salida hay momentos de todo. Momentos de presión en los que una serie e absorbe. En otros, estás simplemente rodando, bien sea por que acabas o porque arrancas, pero sinceramente soltar un hola es gratis e incluso entretiene. Levantas la mirada, sonríes y haces un gesto, imaginaros encadenar varios. Qué problema hay.

En lo que al entrenamiento se refiere éste sigue su curso, incluso mejor de lo esperado. Siete días, siete, llevo encadenados saliendo a hacer algo. Un inciso, en este bucle los sábados por la mañana se dedican al frontón, al menos ahora en verano, y buenas sudadas me valen.

No obstante ya he realizado el primer ciclo de algo que cuando la temporada esté lanzada será usual y no es otra cosa que encadenar días de esfuerzo. En mi caso han sido cinco salidas consecutivas, cortitas y suaves, nunca más de cincuenta y cinco minutos, pero ya suponen una base, modesta, pero una base al final. Y sabéis qué, pues que al quinto día consecutivo me encontré mejor que nunca. Fenomenal síntoma, sobre todo cuando entre el segundo y tercer día las piernas pesaban como pidiendo una tregua.

Sigo diciendo que estamos lejos de los primeros objetivos de la temporada, aunque no quizá de la primera carrera, que posiblemente sea una de montaña por Cubelles el domingo 8. Ya veremos qué hacemos, no es la primera vez que decidimos sobre la marcha. Ya bastante esclavo es tu día a día, tus críos, tu trabajo como para que el correr se convierta en un enjambre de fechas. Para eso además siempre estamos a tiempo.

Foto tomada de www.running.es

Ya estamos en marcha

 

Hace una semana racaneábamos sobre cuándo y cómo retomar nuestra vida runner. Seis días después podemos decir que estamos de nuevo en liza. Cuatro días del tirón, sesiones que no superaron la hora en el más largo de los casos, y rozó los cuarenta minutos en la salida más corto, han servido de rampa de lanzamiento para este nuevo ejercicio.

Empezar a correr en periodo vacacional no es sencillo. Complementas un ejercicio que habitualmente haces en días de diario con las servidumbres de estos tiempos: cenas, copas, charlas, terrazas y excesos varios. Pero la recompensa del sudor recorriendo tu espalda, el sol tostando los brazos y la combinación de arena y paseo marítimo es impagable.

Arrancamos el pasado sábado, salida corta y leve y menos mal, porque la inactividad se notó. A pesar de no saber dónde haber metido el GPS calculo unos siete kilómetros llanos, sin dificultad, muy suaves a ritmo cochinero. Eso sí, el camino de vuelta cierto agobio ya nos visitó. Menos mal que lo im0pormtate queda lejísimos aún.

El lunes nueva salida, un poco más larga, unos 45 minutos. Las piernas se dejan querer por un ritmo más elevado que en ningún caso creo que baje de los cinco minutos el kilómetro. La zancada se ve grácil y el cuerpo se adapta rápido al medio. Esto marcha bien.

Tercer día, toca un poco de montaña, para variar y no hacer tu vista al monótono skyline marítimo. Por estos caminos de Cunit y alrededores conozco una senda preciosa, en la que  el atardecer te obsequia con vistas del Garraf, de Vilanova y más allá. Lo digo, y lo repito, no somos conscientes de lo que tenemos ahí mismo, a tiro de piedra. Cuando vuelvo al paseo veo más y más corredores convencidos de que su universo empieza y acaba paralelo al mar. Allá ellos que se lo pierden. Al final unos once kilómetros y excelentes piernas, eso sí el ritmo es de risa.

Miércoles, cuarto día y salida de casi doce kilómetros. Entramos hasta las entrañas de Cubellas y media vuelta en la riera, en lo que un día fue un río más o menos caudaloso, el Foix. Pesan los kilómetros, se nota la acumulación de esfuerzos en un cuerpo abotargado. Paciencia nos decimos. El jueves descanso y cenorra. No podía ser de otra manera, la mente es débil.

Como veis, estamos en la veda. Por delante algunas semanas de rodaje progresivo hasta que empiece los serio.