Hay que volver, pero no resulta sencillo

 

Este rinconcito arrancó hace tres semanas, un poco más para ser exactos. Días de asueto, alejado de las aceras, caminos y alguna trialera juguetona. El periodo de descanso que nos imponemos en verano toca a su fin. Dado que lo científico no guía mi camino, no sé si será hoy, mañana o pasado, pero toca soldarse unas zapatillas al pie y echar a correr.

Tres semanas sin salir a correr pasan volando. Incluso te llegas a cuestionar si realmente estás preparado para retomar la normalidad que un día dictó tu cotidianidad. Las dinámicas vacacionales enganchan y te resultan golosas. Dormir, comer,… volver a dormir, playa, alguna visita cultural,… un círculo vicioso que romper cuesta. No obstante me considero runner, y ello hasta las últimas consecuencias.

Ser runner implica voluntad, gesto adusto ante el capricho de la meterología, ser metódico, disciplinado. No obstante cuando esos valores no cercan tu quehacer diario es complicado volver al redil, si bien tenemos la certeza de que cuando nos pongamos es cuestión de días recuperar el pulso.

Porque, para ser sinceros la inactividad no ha sido la tónica estos días. Es importante parar, sí, pero no dejar el cuerpo a su libre albedrío. Quienes me conocen lo saben bien, el metabolismo es un invento del diablo que cuando “maltratas” acumula kilos que no te rebañas en todo el año. Es increíble pero cierto. Son una losa en forma de molletes a la altura de la cintura que te hacen cuestionar qué sería de ti sin ellos. Sin embargo este año puedo decir que lo he logrado, unas maratonianas caminatas por la húmeda y torrada ciudad de los canales, más salidas en bici, pachangas de fútbol y frontón, oh sí, el frontón, han acolchado los efectos del parón.

Arrancaré la temporada con muy poco sobrepeso, si son dos kilos exagero. Hace un año puedo jurar que fueron unos cuantos más y ello me convirtió en diana de la grupeta, serán cabrones. Esta vez chicos, no, os jodéis, el tete llega “on time”. Aunque sólo una duda, ¿será más sencillo así?

Y al fin colgamos las botas

 

Incluso saliendo tarde, al ocaso del día, a la fresca, que dirían nuestro abuelos, ningún recoveco de tu ropa se libra de acabar empapado. Para los runners populares como un servidor, llegados a cierto punto del mes de junio, implica alargar una agonía física y mental que con los años y la experiencia compruebas que no lleva a ningún lugar.

Si todo ha sido normal y tu campaña ha seguido los puntos habituales, llevas más de once meses saliendo, a razón de cuatro a seis días semanales, cientos de kilómetros mensuales, varios pares de zapatillas reventados, miles de series de 100, 200, 400 u 800 metros, muchas tiradas largas, una mochila de lluvia, frío, viento, calor e incluso nieve en tu álbum meteorológico… conviene parar.

Y por ello que en junio mi cuerpo dice basta. Por ello, y por que un sofocante verano es el mejor momento para experimentar eso que un día intuí y que se llama golpe de calor, una sensación de ahogo invisible que te golpea cuando menos lo puedes prever. Sí, desde hace unos días colgué las botas. Éstas yacen tranquilas aireándose en un balcón a la espera de una nueva temporada que arrancará a partir de las tres semanas de descanso.

Es así desde siempre, desde que hace diez años me diera por calzarme unas bambas, calarme unas mayas y salir a descubrir cuán enriquecedor puede ser salir a correr un rato. Sí, soy un runner de esos que surgen por cada esquina ávidos de machacar su tiempo en el próximo diez mil con el mejor deseo de quemar los kilillos que sobran y ahuyentar los malos rollos de nuestras nada sencillas vidas.

Las últimas semanas desde que competí en una cursa en Port Aventura han sido una suerte de alargar lo que emocionalmente se dio por concluido el día que superé la marca que perseguía en Cubelles, una población entre Barcelona y Tarragona en el inicio de junio. Han sido unas semanas de descenso en la intensidad con esos momentos impagables como el correr por Collserola sin mayor preocupación que las increíbles vistas que se extendían a nuestros pies y que no eran otra cosa que la inmensidad de Barcelona techada por el azul del Mediterráneo.

Ahora viene días de relax, que no de parón total. Actividades varias son ideales para conducir este paréntesis de baja intensidad con la mejor de las fortunas. En mi caso frontón, algún partidillo de fútbol playero y rutas en BTT que pongan en evidencia mis nulas capacidades para descender trialeras. Nada que no salga de lo normal aunque eso sí, con una obsesión, coger la menor cantidad de kilos fruto de postres caprichosos y pegajosos que se agarran a tus “lorzas” intermedias con tal saña que soltarlos es una tarea ardua y complicada.

Este es el primer post de lo que espero sea una actualización si no diaria, casi, del cuadernillo runner de Joan Seguidor, un espacio nacido precisamente por la cantidad de gente que como un servidor ama el ciclismo pero le apasiona correr por que son incapaces de estarse quietos. Cuando vuelva, con las bambas bien aireadas y algún pliegue de grasa de más, continuaremos, ésta ha sido nuestra bienvenida.