Alpe d´Huez, el gran teatro del ciclismo

Otro sueño de oro que no debería faltar en las vitrinas de los amantes de los rincones inclinados con más historia del ciclismo mundial.

Sus 14 kilómetros de pendiente y sus 21 curvas fueron todo un descubrimiento para la Grand Boucle, que en el año 1952 apostó por él como final de etapa, algo inédito hasta aquel momento, convirtiéndose además en la primera ascensión mediática de la televisión: una cámara grabó los 45 minutos y 22 segundos que tardó Il Campionissimo en derrotar “la subida al Alpe”, a una media de 18,66 km/h.

Hay que decir que en L’Équipe quedaron un tanto decepcionados porque una etapa de 266 kilómetros se había decidido en tan solo 14.

Goddet argumentó su entusiasmo dando a entender que Coppi estaba muy por encima del resto, demasiado fuerte.

De todas maneras hasta 1976 el Tour no volvió por el Alpe, año en el que cerró el debate por completo de su inclusión o no en la carrera, enamorando definitivamente a la afición, organización y corredores: la subida tenía magia, los espectadores podían ver a sus ídolos muy de cerca, en cada curva, en cada rampa, en una ascensión que se transformó en toda una liturgia para cientos de miles y miles de seguidores que abarrotaban completamente sus cunetas.

¿Qué teatro tiene semejante capacidad?

¿Cuántos espectadores caben en la subida al Alpe? ¿500 mil? ¿Más?

No lo sabemos, pero por todo esto, la que un día llamaron “la montaña de los holandeses”, es única: no es la más dura, ni la más bella, pero es un juez de paz que decide siempre el ganador final del Tour -“quien sale vestido de amarillo del Alpe d’Huez lo conserva hasta París”- dice la tradición popular.

Mi primera toma de contacto con el mítico alto y sus famosos 21 lacets fue casi una experiencia religiosa: antes de llegar a Le Bourg-d’Oisans y, desde el punto de la carretera donde yo estaba, se contemplaba con total nitidez toda la escalada completa a la muralla d’Oisans.

Estuve un buen rato deleitándome con la visión de las 21 curvas de felicidad que serpenteaban en la montaña, sin engañar la dureza que escondían sus repechos.

El Alpe se mostraba ante mí como un gran teatro al aire libre, a cielo abierto, donde el espectáculo no se escondía, estaba ahí mismo, delante de mí, como la Gran Catedral del Ciclismo.

Me fui por fin para arriba con decisión a enfrentarme al mito, a cuerpo descubierto, solos él y yo.

Eché mano de todo lo que llevaba pensando que igual no sería suficiente, porque atacando la primera rampa me impresionó su dureza y pensé que como todo el puerto fuera igual con seguridad me quedaría en el intento.

Llegué justo hasta la curva 21 y allí sentí un pequeño alivio.

Continué con la escalada, regulando y yendo tranquilo, y pude coronarlo sin excesivos agobios, recuperando en cada una de sus curvas.

Una entretenida subida porque el puerto es muy divertido.

Además, cuando lo ascendí, aún se podía contemplar la hermosura del paisaje nevado de los Alpes.

Una vez arriba pensé que quizás no había sido para tanto y me desmitifiqué algo a mí mismo este mito.

Pero no nos engañemos, el Alpe es duro, muy duro, pero cualquier cicloturista medianamente entrenado puede subirlo sin problemas.

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