El frío cincela grandes páginas del ciclismo

Tuvalum

El frío extremo en la historia del ciclismo

El frío hace épico al ciclismo, lo dota de contenido heroico y lo perpetúa en la memoria.

Y tenemos varios ejemplos…

Así la gran cabalgada de Bernard Hinault en la Lieja de 1980 está entre los iconos del astro Bretón.

Aquel día el frío se hizo nieve, y la nieve hizo desaparecer el camino hacia una meta que sólo cruzaron 21 ciclistas.

El Giro de Italia, en el limbo de la primavera, con cimas más allá de los dosmiles, ofrece tardes de ciclismo en las que el mundo creyó acabarse.

La tarde aquella del 56, en el Monte Bondone, la montaña que abriga Trento.

Charly Gaul el ciclista que se crecía con el frío, emergió como el ángel que fue y ganó una etapa que todos marcaron en rojo como una de las más duras de siempre.

O la subida al Gavia de 1988, cuando Perico tomó la salida en el Giro para disgusto de Supergarcía.

Ese día los ciclistas paraban en las casas en busca de algo caliente. Erik Breukink ganó la etapa, pero su nombre, aunque presente en los anales, empequeñece con la que sufrieron los ciclistas y vio el público.

Como el día que Gio Visconti ganó en el Galibier o Nibali en Lavadero. Días que marcan a fuego y hielo.

Como el Tour de Flandes que gana Eric Vanderaerden en 1985, con medio lote tiritando, una edición heladora, en la que al ganador se le reconoce penosamente el rostro, deformado por el frío.

Y es que el frío es el enemigo, sí, pero reviste como nada la grandeza de este deporte, incluso cuando nada parece importar y la meta se ve a una eternidad.

Imagen tomada de FB de Giro de Italia

 

 

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