El placer de descubrir y compartir en bicicleta

Descubrir en bicicleta algunos paraísos cercanos es un regalo

Si nos detenemos a pensar, la mayoría de nuestras amistades que no salen en bici a veces conocen tierras más lejanas y remotas, programan largos viajes a países exóticos y, en muchas ocasiones, se olvidan del placer de descubrir en bicicleta su entorno más cercano que, con total seguridad, no tendrá nada que envidiar a destino turista alguno.

Creo que esto suele suceder, y no es extraño que haya gente que se desplace miles de kilómetros para contemplar paisajes y monumentos a otras ciudades de otros continentes y luego se sientan como turistas en su propia urbe.

Esto no nos ocurre a los que andamos en bici, porque nos permite adentrarnos en nuestro medio más próximo de manera natural, acercándonos de forma sosegada para conocer lo que nos rodea, nuestro propio patrimonio natural y cultural.

Podemos empezar, claro está, por nuestras localidades vecinas, para ir ampliando horizontes y, por qué no, viajar también llevando nuestra bici a esos destinos que nos llaman de manera irresistible y que disfrutaremos mucho más permitiéndonos conocer más a fondo, y con más detalle, todos y cada uno de los rincones que descubramos al ritmo de nuestras tranquilas pedaladas, sin estrés, sin horarios, sin prisas.

Al regresar a estos lugares con familia o amigos no ciclistas, la intención es que nuestros acompañantes experimenten lo mismo que nosotros sentimos cuando descubrimos estos apartados dominios a lomos de nuestras bicicletas.

Y de eso hace ya mucho tiempo.

Hace casi 30 años, con nuestro antiguo club ciclista, los veteranos nos llevaban a conocer estos sitios, que estaban tan cerca pero a la vez tan lejos.

Se trataban de destinos cicloturistas muy poco conocidos dentro de aquel numeroso grupo de amigos, que asaltábamos con nuestras bicicletas en inolvidables matinales de sábado de aquellos recordados años.

Eran extraordinarias experiencias llegar sólo con el esfuerzo de nuestras pedaladas hasta aquellos emplazamientos disipados por el paso del tiempo.

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Era una época en la que disfrutábamos del placer de descubrir… y compartir.

Cada salida que hacíamos, todos los fines de semana, prometía aventuras en bicicleta imborrables.

Sitios llenos de cultura descubiertos a golpe de pedal, rodeados por paisajes entrañables, eso es descubrir en bicicleta. 

Durante aquellos años, en cada excursión, se nos revelaba algo siempre diferente: una aldea, un bosque, una montaña, un valle, un río o incluso, por qué no, una playa.

Por eso, cada principio de temporada, esperábamos con ansias el boletín anual con el calendario de excursionismo.

Allí se recogían todas las novedades de aquellas pioneras salidas cicloturistas y mirábamos con interés todos los destinos que nos esperaban durante el año, miles de kilómetros en forma de recorridos diseñados por los ciclistas más experimentados dentro del seno del club.

Aquel cuaderno de rutas era nuestro vademécum particular y en él quedaban marcados itinerarios, trayectos de ida y de vuelta, perfiles de las etapas, altimetrías confeccionadas artesanalmente con muy pocos medios, pero que eran suficientes para saber a lo que nos íbamos a afrontar cada jornada.

¡Qué tiempos! ¿Verdad?

Entonces, claro, no teníamos internet, ni redes sociales, ni páginas web, pero disponíamos de nuestra libreta de excursiones.

Hoy en día queda poco margen para la improvisación, la admiración y el asombro.

Parece que esté ya todo descubierto y no haya espacio, por muy remoto que sea, que no sea bien conocido, documentado y experimentado por mucha gente: las recomendaciones, los consejos sobre sitios de visita obligada ya no tienen cabida, y queda lejos el aventurarse en el terreno de lo desconocido.

Hoy pedaleamos por rutas cicloturistas guiadas, carreteras marcadas y caminos trillados, siguiendo los pasos de otros que han abierto estas nuevas vías.

El factor sorpresa y el placer de descubrir lo hemos perdido completamente, porque antes de iniciar una de estas excursiones en bici, habremos contemplado fotos del lugar que vamos a visitar, además de leer todas las opiniones vertidas sobre nuestro destino de fin de semana.

Pero esto hace 30 años no era así, claro está.

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Lo que funcionaba era el boca a boca de cada cosa que descubrir en bicicleta: llegar, ver y explicar al resto de la gente, a tus amigos, a tu familia…

Buscábamos compartir nuestras conquistas con nuestro entorno y, de esta manera, no pocas veces, estas excursiones servían luego para volver con la pareja y los hijos, padres, abuelos… o incluso hasta con compañeros de trabajo.

Ellos nos preguntaban:

¿A dónde habéis ido este fin de semana?

Y nosotros explicábamos nuestras batallitas recomendándoles, sin duda, los lugares en los que habíamos estado almorzando el sábado o domingo anterior.

Sabían que nuestra sugerencia sería buena, y aquellos parajes valdrían sin duda la pena conocer, ya fuese por su indudable belleza o por contener algunos tesoros ocultos aún ignotos: su entorno, su gastronomía, su historia o su arte.

Y este rincón… ¿cómo lo conociste?

Ésta era sin duda una pregunta muy habitual, entre nuestros conocidos.

Pues por haber pedaleado hasta allí en bicicleta.

Contestábamos satisfechos y con un punto de orgullo.

De esta manera, también nuestros familiares y amigos se beneficiaban del placer de compartir nuestras aventuras con la bici, porque si no hubiera sido de esta forma, muchos de aquellos pueblos visitados gracias a nuestras recomendaciones, no lo habrían hecho nunca.

Hoy en día, debido al exceso de información que sufrimos, es posible que al regresar a un lugar, mágicos para nosotros, acabemos desencantados.

¿Por qué?

En primer lugar, porque estos pueblos y paisajes ya no son desconocidos para nadie, y nos puede ocurrir que, persiguiendo la tranquilidad, la paz, el silencio y la calma, hallemos todo lo contrario: bullicio, colas interminables, restaurantes con el cartel de “completo”, calles que antes estaban desiertas, tan sólo con las piedras de sus muros y árboles por testigos, aparezcan repletas de gente caminando y haciéndose fotos.

Todo esto nos obliga a reflexionar y plantearnos que quizás es mejor no publicitar en exceso aquellos rincones que merecen ser preservados de la masificación del turismo.

Pienso que debemos proteger las pequeñas joyas que aún queden por descubrir… si es que existe alguna.

Eso sí, compartir nuestras experiencias con nuestros más allegados y hacerlos partícipes también a ellos de nuestras vivencias, esto no dejemos de hacerlo nunca.

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