El enemigo que Miguel Angel López no esperaba

He leído sobre los orígenes de Miguel Angel López, no tocó bicicleta hasta una edad avanzada, y para él el ciclismo era un terreno inexplorado, ni ídolos, ni carreras, ni puertos: Alpe d´ Huez ¿qué es eso? Miguel Angel creció rápido pero ajeno al gran ciclismo, a las páginas de gloria que su país ya había escrito en un deporte radicado en el viejo continente.

En febrero del 94 nació este boyacense chiquito pero ligero como una pluma. Esos días en España, recuerdo, estábamos abrumados por la pérdida de Antonio Martín Velasco, golpeado por el retrovisor de un camión cuando volvía de entrenar. Días negros.

Esos años Colombia vivía de la generación que creció al amparo de los éxitos de Lucho Herrera y Fabio Parra. Vivía de la clase, infinita a mi entender, de Oliverio Rincón, ganador de aquella etapa del Tour en Andorra, la “bendita locura” que dijo Mínguez. Vivía de la matemática hecha ciclista Alvaro Mejía, que tantas y tantas cumbres holló con Indurain y Rominger para acabar a un paso del podio parisino.

Esos nombres supongo que Miguel Angel los conocerá ya, pero fueron los que cobijaron grandes momentos del ciclismo de su país en años en los que muchos pregonaban una travesía en el desierto. Ahora Colombia es una potencia ciclista mundial. No es descabellado decir que la más rutilante y no sé si en un futuro próximo la más destacada del mapa.

En este entorno, que sin duda empuja, integrado en un equipo como el Astana, que tiene medios y recorrido en el circuito, Miguel Angel busca crecer y topa, una otra vez, con un enemigo con el que nadie cuenta a priori: las lesiones y las caídas.

Como Marc Soler, ganador del Tour del Porvernir y destacado en Suiza, el que también llaman “Superman”, nos permitiréis seguir llamándolo Miguel Angel, ya probó los fastidios de las lesiones cuando tras el Avenir tuvo que parar por problemas en la fascia, esa parte del cuerpo que exige reposo sí o sí, porque sencillamente desarrollas tu vida apoyando el pie.

Miguel Angel no desesperó y volvió, y lo hizo a lo grande, dando pinceladas de quién era. Recuerdo esa Vuelta a Burgos, a rey muerto rey puesto en Astana, y también la Vuelta a Suiza del año pasado, que acabó ganando con una buena orquesta de rivales tras él. No sería la única alegría, a finales de año se haría con la Milán-Turín, dicen que semiclásica, pero ahora mismo la carrera con más solera del calendario internacional.

Esa victoria en Superga, la meta de la Milán-Turín, llegó tras recuperarse del costalazo que se llevó en la Vuelta a España, a donde acudía por primera vez en una grande, yéndose a casa con traumatismo facial y unos dientes de menos. Al poco tiempo, en invierno, una caída en Colombia le propina una rotura de tibia, una losa, cuya recuperación le llevó meses con la ilusión de volver a Suiza, dorsal uno a la espalda.

Pues bien, el día que ganó Sagan, Miguel Angel volvió a besar el asfalto, en lo que se está conviertiendo en un calvario que este aplicado estudiante en sus años más mozos no merece.

Y es que la prueba de fuego está ahí. Lo está pasando tan mal, se le está complicando tanto al bueno de “Super López», en otro apelativo que le han otorgado, que seguir se enreda. Si es duro el ciclismo a pelo, imaginaros cuando la suerte no sólo te esquiva si no que te propina con recargo la mayor crueldad…

Imagen tomada de El Espectador

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