Sosa vs López, el mejor momento colombiano

ciclismo colombiano JoanSeguidor

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En Burgos el ciclismo se rindió al talento de Sosa frente al rocoso López

López adelante ligeramente a Sosa con los brazos tensos, apretados, Sosa intenta meter un golpe de riñón y entiende que la cosa será de centímetros.

Ambos llevan el rostro desencajado por el dolor.

Uno de azul celeste, otro de rojo intenso.

Es una montaña estival de Burgos.

Ahí está el que podría ser el mejor momento del ciclismo colombiano en el 2018.

Supermán López, Iván Sosa, batiéndose los dos solos en la raya de esa Vuelta a Burgos que dominaron.

Vestidos de azul y rojo, porque el amarillo, el color de los campeones, lo llevan en las entrañas.

López ganando de perro viejo en una etapa, Sosa sacándose la espina más tarde, acaparando toda la atención, como si no hubiera más ciclistas en las cumbres, sólo ellos, un par de colombianos veinteañeros que se jactan de calidad y arrebatos de valentía. Un par que donde llegan a correr dan de qué hablar.

Dirán que también estuvo aquel embalaje de Gaviria y su liderato en Francia, dirán que quizá el mejor momento del año fue el ataque desde debajo de Nairo Quintana en la jornada más explosiva del Tour, dirán que a lo mejor fue ese triunfo con autoridad absoluta de Egan Bernal en California…

La verdad es que 2018 fue un año con demasiados momentos buenos para los colombianos y a veces cuesta elegir.

Pero creo que el duelo de López y Sosa en Burgos resume bien el sentido de un año de explosiones y revelaciones, el año del relevo del que hemos hablado acá varias veces:

Colombia tiene un ciclismo que crece, que se renueva, que aspira a más y no para de mejorar.

Este final de año con la avalancha de fichajes cafeteros en la élite así lo confirma.

 

Mundiales de leyenda: Cuando Olano e Indurain no dejaron ni los restos

Mundial Duitama JoanSeguidor

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El mundial de Duitama permanece en la memoria incorrupta del mejor ciclismo

Duitama, Colombia, mundial de ciclismo.

Puñetazo al aire.

Alegría, rabia contenida, gesto de fortaleza, una sonrisa en la cara.

No ganó, pero como si lo hubiera hecho.

¡Qué más daba! Primero, segundo o tercero.

¿Y qué?

A Miguel Induráin le dio igual aquel día -o pareció darle lo mismo- porque sí, porque triunfó Olano, pero sobre todo venció un equipo: la selección española.

Echavarri y Unzúe, del Banesto, seguro que no pensaron igual.

La intrahistoria del mundial de Duitama

Así nos quisieron vender -y justificar- que Miguel no ganara su Mundial, corona que tanto anhelaba.

Unos días antes sí había sido Campeón del Mundo: contra el cronómetro.

Pero él sabía que no era lo mismo.

Él quería ganar la prueba en ruta, la que otorga el prestigio, la carrera que te lo da todo en un día pero también te lo puede quitar en un suspiro.

Algunos dicen que esta carrera es una lotería, con más o menos acierto.

Pero aquel día en Duitama, en un circuito para escaladores, ganaron los dos mejores contrarrelojistas del mundo en aquel momento.

Oro para Olano, plata para Induráin.

Los papeles de la prueba contra el reloj se habían invertido el jueves anterior a aquel inolvidable domingo: oro para Miguel y plata para el que muchos vieron en él a su sucesor, su espejo.

Algunos decían que hasta se parecían.

Físicamente.

Induráin supo ganar perdiendo.

Muchos quizás no se lo perdonaron. Que no ganara, claro.

El mejor ciclista del mundo, entre los cinco mejores de la Historia, tenía que haber reinado aquel día.

Pero con un fair play exquisito, respetando al máximo las reglas del juego, el campeón navarro, en aquella memorable jornada del 8 de octubre de 1995, volvía a ser Don Miguel Induráin Larraya.

Un caballero, un fiel escudero, el gregario perfecto que, con su sola presencia, mantuvo a raya a los Pantani, Richard o Gianetti, cuando Olano saltó del grupo, abrió gas, y dio el hachazo definitivo.

Los intentos de contra-ataque de sus rivales quedaron frenados por la sombra omnipotente del gigante de Villava.

Si alguien intentaba irse a por Olano, allí estaba Miguel, acompañado de un magnífico Chaba Jiménez, para ponerse a su estela y decirles: «aquí estoy yo. Si te vas, me voy contigo y luego te machaco».

Así fue.

Nadie tuvo los arrestos de toserle a Miguel, mientras Abraham Olano iba abriendo hueco por delante.

Un golpe de efecto demoledor y que nadie esperaba.

Todos creían que sería Induráin quien lanzaría el primer ataque.

El pinchazo de Olano

En la penúltima vuelta hace un amago de intento, después de haberse retrasado algo del grupo por culpa de un pinchazo en uno de los momentos más decisivos de la carrera.

No prospera.

Es entonces cuando Olano piensa que es su oportunidad y sale disparado en busca del Arco Iris en un día especialmente lluvioso aquel día en Duitama.

Y lo hace ante la perplejidad del resto de integrantes de aquel pequeño grupo de elegidos que se iban a jugar la victoria en uno de los mundiales más duros de la historia que se recuerdan: 15 vueltas a un circuito de 17,7 km para completar nada menos que 265,5 km y con un tremendo muro en su recorrido: la subida al alto del Cogollo, una cota que se ascendía desde los 2500 m hasta los 2900 de altitud en apenas 4 km, con una pendiente media al 6,6% pero con rampas máximas de hasta el 13%, un auténtico muro que tuvieron que ascender 15 veces. Sólo apto para escaladores puros.

Un circuito pensado sobre todo para los escarabajos colombianos.

Pero allí estaban los mejores del mundo, y un equipo, la selección española, que no sólo fueron Abraham y Miguel, sino también el trabajo de los Jiménez, Escartín o Mauleón, entre otros, capitaneados por Pepe Grande, omnipresentes en todo momento ante los ataques de sus rivales, controlando a la perfección la carrera que marcó un hito histórico para el ciclismo español.

Sin embargo, el triunfo de Olano no estuvo exento de suspense y por algunos momentos de drama.

Fue un instante, un ruido extraño en el tubular trasero de su bicicleta: ¡pinchazo!

En aquel momento, el ciclista de Anoeta miró para atrás y no vio a nadie.

Quedaban tan sólo 2 km por delante pero todo un mundo por recorrer con una rueda pinchada.

Aunque con miedo, echándole valor, continuó pedaleando como si no hubiera un mañana a la búsqueda de su particular Arco Iris en aquel día nuboso y gris.

El Mundial que pudo haber sido de Indurain

Por detrás Induráin, con su sola presencia seguía vigilando a sus perseguidores, mientras que con su ejemplar compromiso y trabajo iba abriéndole las puertas de la gloria a su compañero y delfín.

Abraham siguió avanzando con su tubular pinchado, ante la angustiosa mirada de medio mundo, hasta que por fin pudo alcanzar la meta después de 7 horas, 9 minutos y 55 segundos de duro e intenso pedaleo.

Apenas pudo celebrar su victoria en meta, manteniéndose en equilibrio para no caer, con un modesto gesto levantando su mano izquierda, casi como saludando con prudencia. 35 segundos más tarde entraba Induráin, plata de ley, batiendo al sprint, con mucha rabia, a Pantani (bronce) y Gianetti (chocolate).

Un mundial para enmarcar y recordar.

Para ver una y otra vez.

Para disfrutar.

Una carrera para guardar en videoteca y enseñarla a las jóvenes promesas como modelo de ciclismo de manual, de lección de cómo hay que competir encima de una bicicleta, una clase magistral de táctica y estrategia impecablemente ejecutada.

El Mundial de Innsbruck en Bkool

La recuerdo como si fuera ayer y ya han pasado 23 años. Olano e Induráin, Induráin y Olano, pareja de oro.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de Altimetrías Colombia