La chicas ciclistas que se cruzaron en mi camino

En mi vida entre ciclistas he coincidido con no pocas chicas

Sobre chicas y ciclistas, Esta es la pregunta que me hizo nuestra compañera y amiga Ada Xinxó, después de leer hace unos días en este mal anillado cuaderno mi entrada sobre lo que había viajado en bicicleta durante el confinamiento… sin moverme del salón de mi casa:

«Jordi, ¿tantos viajes en bicicleta durante el confinamiento y no has encontrado ninguna cicloaventurera  que te acompañara en tus largas sesiones de rodillo?»

Mi respuesta fue, sin lugar a dudas, que tenía toda la razón, que tendría que haber encontrado una aventurera ciclista… ¡para escaparme con ella!

Bromas aparte, sí que le dije que yo había conocido algunas de ellas en persona.

Y le puse algunos ejemplos y le prometí que hablaría de ellas en próximas entradas.

Y aquí estoy, para cumplir mi palabra y hablaros de aquellas chicas ciclistas que yo conocí en mi sociedad de toda la vida. 

Era un club modélico a todos los niveles.

Podría explicar por qué me tuvo enamorado durante casi 20 años ininterrumpidos, saliendo siempre con ellos todos los sábados de excursión.

Con ellos… y ellas, por supuesto, porque lo importante a destacar de aquel club es que siempre había contado con un grupo muy amplio de chicas de todas las edades y niveles de forma, claro está.

En este sentido, lógicamente, para mí nunca había sido nada raro ver a chicas montando en bici, por supuesto.

Estoy hablando de principios de los años 90, cuando me di de alta en aquel club, pero es que en aquella asociación ya había mujeres que habían comenzado a salir en bici nada menos que en la década de los 80.

Era el caso por ejemplo de Ana, la chica más veterana de todas ellas, que a sus 50 años se enganchó a practicar este deporte.

 

En aquella época, como podéis imaginar, hacerse socia de un club ciclista era algo todavía raro, a no ser que tuvieran algún padre o marido que las hubiera animado a apuntarse y a disfrutar junto a ellos de las deliciosas salidas en bici de fin de semana.

Con Ana mantuve largas conversaciones encima de nuestras bicicletas.

Me gustaba escucharla.

Ella, a su edad, siempre explicaba que parecía la madre de todas las chicas del club.

Sería por veteranía, porque su aspecto físico era el de una persona mucho más joven.

Además ella nunca se desenganchaba del grupo fácilmente y daba bastante guerra a sus queridas compañeras más jóvenes.

Me comentaba que pedalear le había dado muchísimas satisfacciones y me remarcaba la importancia de hacer deporte.

Gracias a su marido se hizo socia de aquella entidad, para seguirlo en su bendita locura, algo que ha hecho hasta estos últimos años.

Ana, por su ímpetu, su manera de ser y su buen hacer, no tardó en ocupar un puesto en la junta directiva, impulsando desde su secretaría no sólo la organización de eventos como marchas cicloturistas y salidas especiales, sino también, claro está, la promoción del cicloturismo femenino, algo en lo que triunfó indiscutiblemente y cuyos frutos se ven hoy en día, siendo uno de los clubes con más chicas en sus diferentes grupos de participación.

Ella, como muchos otros y otras, comenzó a pedalear con el grupo «C», el más tranquilo y el que hacía las salidas más cortas, si es que se pueden llamar cortas a excursiones entre 60 y 70 kilómetros.

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Pero enseguida saltó al grupo «B», más numeroso, más batallador y con recorridos mucho más largos de hasta 100 km o más.

Siempre recordaba con ilusión todos los kilómetros que había hecho con su bici y explicaba con orgullo su mayor logro consistió en recorrer el Camino de Santiago en 11 días.

Pero como os decía, había muchas más chicas ciclistas.

Entre ellas también recuerdo a Merche, una auténtica apasionada de la bici, que ya desde muy joven aprovechaba cualquier oportunidad para salir con ella.

Empezó haciendo cicloturismo de alforjas en unos tiempos en el que era rarísimo ver en nuestro país a este tipo de cicloturistas, ya fueran hombres o mujeres.

A ella esta modalidad la cautivó desde el principio, disfrutando del esfuerzo, del paisaje, de la compañía y viendo cómo su forma física mejoraba.

Siempre recordaba con cariño su primera participación en una marcha como la Tres Naciones:

«¡qué emoción a la salida! ¡Qué lucha por poder seguir la rueda de algún ciclista! ¡Y qué placer llegar a meta, con la faena hecha y esa reconfortante sensación de cansancio y disfrute a la vez!».

Durante muchos años participó en todas las marchas posibles.

Tenía auténtica predilección por la Quebrantahuesos, la Marmote o la Hubert Arbes.

Luego cambió de registro y comenzó con la larga distancia: cuantos más kilómetros, mejor.

No paró hasta conseguir finalizar la París-Brest-París: 1200 kilómetros completados en 83 horas.

Una auténtica pasada, aunque su mayor disfrute era salir con el club, en el que siempre encontraba un grupo de gente que se adaptaba perfectamente a su ritmo, compartiendo su afición con todos ellos.

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De entre todas aquellas chicas ciclistas también tuve la satisfacción de conocer a Ariadna, la más joven, que ya desde bien pequeñita le apasionaba ir en bici haciendo excursiones con su destartalada BH en inolvidables veranos hasta lugares, que en aquel momento a ella le parecían muy lejanos.

Cuando se enganchó definitivamente a la práctica del cicloturismo nos explicó que fue por varios motivos:

«la sensación de deslizarte sobre el asfalto, la dureza de los puertos, la nueva dimensión que adquiere el paisaje a la velocidad del ciclista y, sobre todo, la buena compañía y el buen ambiente que siempre hay en este mundillo».

El club para ella se convirtió en un lugar de encuentro que le permitió hacer muchas amigas formando un buen grupo de chicas ciclistas, con las que salía regularmente, participando juntas en muchas marchas y compartiendo muy buenos momentos sobre la bici.

También fue una gran luchadora para conseguir que las marchas no dieran la imagen habitual de un inmenso pelotón de chicos ciclistas en los que alguna vez se veía una chica solitaria.

Aunque siempre, con una gran sonrisa, explicaba cómo el hecho de ser poquitas participantes en las marchas contribuía a que el público las animase con mucha más fuerza que a los chicos, quienes veían cómo al paso de ellos los gritos menguaban.

Decía que las chicas solían crear una especie de fraternidad femenina entre ellas, saludándose, charlando, y sin preocuparse si una la adelantaba o era ella quien lo hacía.

Era tanta su inquietud por el bajo número de mujeres que practicaban el ciclismo de carretera, que incluso elaboró un trabajo de investigación para el boletín de aquel club, porque sentía curiosidad por conocer con exactitud la participación real de féminas en estas citas ciclistas.

Sabía que eran bajas, pero… ¿cuánto?

No os voy a marear ahora con cifras y números, pero llegó a la conclusión que un 5% de participación femenina en una marcha -en aquella época- se podía considerar todo un éxito.

Este tanto por ciento podía aumentar si la marcha era menos dura, más corta y menos competitiva, o cuando a un recorrido largo se le daba la opción de uno corto.

También dejó evidente que en Francia había mucha más participación femenina ya que existe más cultura ciclista y es por este motivo que las mujeres se lanzan a la carretera para participar mucho más en las marchas.

Este estudio ya tiene unos años y parece que hoy en día todo esto está cambiando.

Muchas mujeres ya empiezan a sentirse mucho más cómodas en el cicloturismo actual, al poder disponer de bicicletas en las que las grandes marcas ya tienen su versión femenina y, sobre todo, porque éstas ya no son tan caras como aquellas bicis pioneras de hace unos años.

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También ayuda la existencia en el mercado de material y ropa exclusiva para ellas.

Esto es básico, claro está.

Para finalizar, recuerdo también como la propia Ariadna nos explicó una jugosa anécdota de cuando en aquellos años se formó de manera casi espontánea un grupo de chicas ciclistas bajo el nombre de «me tendréis que esperar».

No creáis que era un grupo exclusivo de mujeres, pero sí que eran muchas las que se juntaban todos los fines de semana para salir en bici.

Lo anecdótico de este nombre se debe a la manera en cómo surgió, de una forma natural.

Cada nueva integrante que se incorporaba a las salidas era habitual oír de “motu proprio”: ¡me tendréis que esperar!

Como Ariadna nos explicaba, a muchas de las incorporaciones sí era necesario esperarlas, pero en otros casos no sucedía así.

A fin de cuentas, cada una rodaba a su ritmo, pero al final todas se esperaban las unas a las otras.

Un gran gesto del cual tendríamos que aprender todos.

Ana, Merche y Ariadna: tres ejemplos de motivación, de superación, de maneras de entender el cicloturismo, pero sobre todo tres espejos donde las chicas ciclistas puedan mirarse y verse reflejadas para continuar saliendo a la carretera a pedalear.

Foto: Ariadna

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