La historia desde París a Tours

Tuvalum

Como en Roubaix, hace 120 inauguraron un velódromo en Tours que significó el pretexto para una carrera que saliera desde la ciudad del Rey Sol. Como Roubaix, la París-Tours fue una carrera de primavera, una suerte de segunda vuelta, los desquitados de Roubaix, los no agraciados en el infierno del norte, buscaban consuelo en el sur, menos fabril, más bohemio y palaciego, por los confines del Loira, en las estampas fluviales de Amboise, uno los castillos que sazonan la ruta. Ese desquite tuvo su punto álgido en los treinta, durante la antesala del desastre. Por ejemplo Jean Marichal, descalificado camino de Roubaix pero ganador en Tours a los pocos días.

La París-Tours no tiene a extravagancia de Flandes y sus cotas impsibles, no es un diente de sierra, como el camino que lleva a Lieja, no goza del glamour de San Remo, no del perfecto entorno de Lombardía. No tiene nada ello y quizá por eso no sea parte de los cinco monumentos, pero ganarla implica ser parte de 120 años de historia, que en ciclismo es un amplísimo lapso de las grandezas y miserias de este bello deporte.

En Tours hubo milagros, como aquella victoria de Richard Virenque en 2002. Sí Virenque, en la carrera llamada de los sprinters, un apelativo justo, porque se juega entre ciclistas rápidos, pero que estigmatiza, porque todo lo que suene a velocidad en ciclismo es carente de atractivo para una gran masa, con lo injusto y parcial que significa esta visión.

Sin embargo, como Virenque hubo otros milagros, el de Jacky Durand, años antes, o el de Albert Bouvet, cuando soportó la marea de velocistas que le persiguió hasta la mismísima línea de meta.

Ruban Jaune, el premio que Henry Desgrange otorgó a la carrera más rápida de la historia siempre que superara los 200 kilómetros tiene en ésta su prueba más premiada. Las medias dejaron de ser normales desde bien pronto. En los veinte, en 1927 Suter gana a 35 kilómetros la hora, en 1936 Dannels sitúa el listón en los 41, el año pasado Trentin coquetea con los 50. La velocidad es la seña, siempre y cuando no sople el viento del suroeste, entonces la carrera se frena, se bloquea.

La Avenue de Grammont, el final que todos conocemos, una de las mejores volaras de la temporada, está ahí, recibiendo los restos de la batalla desde 1988, dos mil quinientos metros de recta que Pieters conquistó antes que nadie a una tediosa media de 33 la horas. Casi se les hizo de noche cuando pusieron el tubular en Grammont.

No fue hasta 1951, con medio siglo largo de trayectoria, que la carrera pasó a otoño. Eran los años de Rik Van Looy, mucho antes de Guido Reybroeck, el velocista para el que trabajó Eddy Merckx, el mejor de la historia que sin embargo nunca ganó esta carrera.

Ya veis, esto es la París-Tours, eso es lo que por la sinrazón del ciclismo no se encuadra en la máxima división. Menos mal que nos quedan estas carreras, porque son vestigios transversales de la grandeza de este deporte, ese carbono 14 al que agarrarnos cuando queremos saber qué fue del ciclismo un día, cuando llenaba portadas y los corazones. Que no nos quiten esto.

Imagen tomada del FB de París-Tours

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