Todo lo que oísteis de Roubaix era cierto

Hace 120 años un par de hiladores de Roubaix, dos empresarios de textil, dijeron que querían una carrera que uniera la capital, París, con el deprimente entorno de la última metrópoli francesa antes de pisar terreno belga. Nació la París-Roubaix, la carrera que pudo con todo, con guerras mundiales, con la modernidad, con el automóvil. “Sans pave, par de course”.

Hoy, 120 años después el ciclismo se ha citado en esos más de 250 kilómetros para ofrecernos la mejor carrera en mucho tiempo, una carrera de la que hablaremos por décadas, rememorando las muchas, muchísimas estampas, situaciones y embrollos que nos regaló durante más de 150 kilómetros. Una carrera de grandes, de gigantes, que no tuvo respiro, que no dio tregua. Una CARRERA con mayúsculas.

Los astros se alienaron y dieron buena luz en la senda hacia Roubaix, no cayó el agua que las apps pronosticaron hace unos días, pero sí regaron de sabios charcos el recorrido. Ay, ese recorrido, un nido de trampas donde el peligro acechó en cada momento, de tal manera, que cuando menos lo imaginabas, un castillo de naipes se derrumbaba frete a ti, un desastre.

Cayeron casi todos, algunos más que otros y en algunas de esas caídas estuvo la clave. Aunque si hemos de buscar el momento que torció la historia, cabrá irse a más de cien de meta, cuando los Etixx hastiados de tanta crítica e infortunio, resolvieron que lo mejor para ganar a ciclistas que son superiores a ti, léase Cancellara & Sagan, principalmente, es adelantarse.

Y eso hicieron, mientras rodaba una inofensiva, en apariencia, fuga por delante, Tom Boonen dijo basta, basta a tanta racanería, a tanto papel mojado, a tanto ataque a su persona y equipo. Le dijo a Tony que “para adelante” y precipitaron los acontecimientos. Una bola de nieve rebotando por los pavés.

Y la carrera encloqueció a ciento y pico de meta, sí, a más de dos horas de Roubaix y su velódromo y las situaciones se hicieron inestables, y donde mandaba Sky se fue todo al garete porque en sendas caídas se precipitaron al vacío, y donde parecía mandar el Jumbo tampoco valió porque la mejor carrera posible del mejor Sep Vanmarcke de la historia no fue suficiente, hizo corto, como en el caso de Boasson Hagen, el corredor que vino para comérselo todo, que pareció el más entero en muchos pasajes pero que no tuvo suficiente.

La carrera fue como una de esas margaritas deshojadas tramo a tramo, perdiendo hojas, perdiendo prestancia, corredores. Y quedaron cinco, cinco de los que surgió un australiano, que venía con Imanol Erviti, top 9, de la primera fuga, para ganar en dos tiempos, primer intimidando en las pedanías de Roubaix y luego ganando Tom Boonen al sprint. No le contemplan más de cinco triunfos en una longevísima trayectoria profesional y tiene una Roubaix, algo que si miramos atrás veremos que no es la primera vez que pasa: Knaven, Backstedt y Van Summeren me vienen a la memoria,

Mathew Hayman arruinó las estadísticas de Tom Boonen y prorrogó su retirada. Si Boonen, excelso, hubiera ganado esta edición podéis tener por seguro que su registro hubiera pervivido mucho tiempo. El belga se despidió de Roubaix desde el podio, no pudo Cancellara, que estuvo a prueba de todo salvo de caídas, la ultima en la despedida del velódromo, aunque no os perdáis el “salto” que le hace Peter Sagan en la que eliminó al suizo, sencillamente sublime, la técnica de Sagan gana carreras, una pincelada más en una jornada que pasa a los anales, sin duda, de la historia del deporte más bonito del mundo.

Imagen tomada del FB de la París-Roubaix

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