Los años de Indurain: 1986

Tuvalum

Oporto es la proa del Duero en el inmenso Atlántico, una bella ciudad salteada de colinas y bellas viñas que un día puso en solfa el conocido Tour de la Comunidad Económica Europea, lo que hoy es el Tour del Porvenir, pero que entonces se vanagloriaba de cruzar varios países europeos. Desde allí la edición de 1986 se puso en marcha con un prólogo de pocos kilómetros que impuso el primer maillot amarillo de la carrera a Miguel Indurain.

El ciclista navarro seguía su romance con la carrera pequeña, la de jóvenes, y seguía sumando triunfos, siempre en solitario, para un palmarés que empezaba a tener consistencia. 22 añitos recién cumplidos y el mocetón del Reynolds domina la modalidad que habría de servirle muchas alegrías. Indurain sale líder de Oporto y pasa con nota la prueba de Luz Ardiden, la cima fetiche de Lale Cubino, donde pone por primera vez el pie en meta con los brazos en alto, como habría de hacer en el Tour y Vuelta años después. A las actuaciones de Oporto y en los Pirineos, Indurain habría de sumar otra perla en la falda del Ventoux, por Carpetras, ganando otra contrarreloj sobre el que sería pupilo de Javier Mínguez en el Amaya, Patrice Esnault. Medio minuto sobre el francés que serviría para apuntar su nombre en el Tour chico y marcar los pasos del futuro. Uno de esos triunfos premonitorios.

Pero no fue la primera vuelta que caería en las manos del de Villaba, meses antes, en la primavera murciana, Indurain ya había ganado su primera general, también merced a otra crono, ésta en Cartagena, que ganaría sobre otro ciclista que con el tiempo sería protagonista en el Tour, Juan Martínez Oliver, el almeriense que cerca de su casa vio cómo se las gastaba ese apellido de raíz navarra y poco a poco más presente en la mente colectiva. Sólo cinco segundos fueron más que suficientes para perpetrar el momento histórico.

Indurain volvió al Tour. No lo acabó porque lo dejó en Pau, en la ventana de los Pirineos, pero ya tuvo sus primeros coqueteos con plazas fuertes. Por ejemplo su tercera posición en una jornada de la primera semana, sólo superado por Peeters y Kiefel, dos galgos centroeuropeos que fogueaban las piernas de quien habría de escribir la historia con mayúsculas. A los pocos días Indurain se lleva una buena experiencia en las cronos largas e interminables de la ronda gala. Fue en Nantes, donde Hinault cocinaba su traición a Lemond, donde Miguel se cuela en el decimosegundo puesto, notable resultado para un novel, notable y sintomático.

El segundo año completo en el profesionalismo se completa con plazas de honor en Midi Libre y Ruta del Sol, sexto y quinto respectivamente. Eran vueltas pequeñas, de formato breve, pero vueltas en definitiva, carreras que resultaban de la acumulación de esfuerzos y que marcaban la medida de la recuperación de ese muchachote que emergía sobre la talla media del pelotón. Miguen Indurain ya era un nombre conocido en el gran paquete, como gustaba llamarlo entonces.

Imagen tomada de Movistar Team

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