Mi primer julio sin Tour

Nunca habríamos imaginado un mes de julio sin Tour

Recuerdo un verano, un julio hace mucho, que me enamoré de una carrera, el Tour.

Vagos recuerdos, que mirándolo con el tiempo, comprobé que se situaban en la legendaria edición de Lemond e Hinault.

Vagos recuerdos de una contrarreloj en una televisión en un pequeño bar del barrio, una crono, que después me aseguré que fue aquella de Lac de Vassiviere que selló el éxito americano sobre ese francés que no aceptaba el peso de los años.

 

Desde entonces julio es Tour, el Tour de Francia, el Tour por Francia. 

Y aprendimos a leer prensa en sus portadas, a querer el paisaje desde el helicóptero, a saber geografía en los atlas de carretera, a medir los puertos, saber de los desniveles, de los coeficientes.

Entraron en nuestra vida nombres como Tourmalet, Aubisque, Galibier y Alpe d´ Huez, teatro de sueños, leyendas, que veíamos lejanos, que nunca pensábamos que un día los conoceríamos.

Aterrizaron nombres y sensaciones.

Aquel Tour que Perico perdió en el filo con Roche, esa crono donde la mostaza, en Dijon, días después de apreciar al irlandés ido entre la muchedumbre en la cumbre de La Plagne.

Los Tours de Perico fueron una montaña rusa por la curva de la emoción. 

Aquellas carreras corridas al albur de tórridos veranos, siempre en el filo de la sorpresa, algunas veces agradables, otras inolvidables, la edición que empezó con tres minutos de retraso en Luxemburgo.

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No hay julio sin Tour, ni Tour que no sea en julio. 

El ciclismo que demostró que ese americano llamado Greg Lemond era mágico, que bebió de una modernidad que sigue presente…

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Un disparo mal dado en una jornada de caza casi acabó con su vida, un rival navarro, grande y fuerte acabaría con sus aspiraciones en la única gran carrera que motivaba.

Los cinco Tours de Miguel Indurain son eso calor, julio, pasión y ojos de niñez en una adolescencia que tuvo al de Villaba como un surtidor infinito de valores: precisión, poder, grandeza pero sobre todo humildad.

Aquellos Tours vistos recién levantado, con el dolorcillo de cabeza y la sequedad de las primeras resacas no nos los quitarán nunca.

Una realidad que vimos y vimos, que nadie nos estropeará, como un día nos escribieron: «No tengo ni la más remota idea si dentro de 200 años aparecerá en algún laboratorio de Francia, un doctor o un investigador con una micro muestra de un pis que dejó Induráin en no sé qué sitio, ni si ese pis tendrá un nanogramo de una sustancia que tenía uso terapéutico u otro… Me daría igual»

Pero aquella pasión de verano prendió todo el año.

Aquellas tardes de Tour completaban la frustración de no poder ver la Vuelta, cuando era en abril, porque había cole.

Pero entre julio, el Tour, la Vuelta la pasión fluyó, y llegó a la primavera, a los mundiales, incluso el lejano e inabarcable Giro entró.

Por televisiones que se volcaron con Miguel reinando en Italia, por diarios que siempre daban cuenta de lo que pasaba en la carretera, el ciclismo entró por julio y el Tour y llenó el año de ilusiones.

Un círculo, una rueda que nunca dejó de girar, nunca, hasta este maldito veinte veinte, un año que nos vino maldito, que nos quitó una primavera entera, un Giro y que ahora, hoy, 27 de julio, nos da de bruces contra un realidad que hace poco más de tres meses no podríamos haber imaginado, que este último sábado de junio no dará la salida al Tour…

Porque éste es nuestro primer julio sin Tour.

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