Miguel Indurain fue un excelso escalador

Tuvalum

El poder del crono de Miguel Indurain oscurece su faceta de escalador

Uno de los grandes mantras que se ha extendido en el tiempo sobre Miguel Indurain es que no era un buen escalador, no al menos en la medida de otros finos y agonísticos ciclistas que lo ponían todo patas arriba cuando la ruta se ponía mirando al cielo.

Lo cierto es que la versatilidad que alcanzó el navarro en las aristas del oficio ciclista, ese que no se enseña en la universidad, pero se aprende en la carretera, fue tal, que a veces una oscurece otras.

Su poder para rodar, para machacar el reloj y los rivales frente a él, ocultan un poder en la escalada que pocos podrían desplegar.

En los tiempos de vatios, estadísticas y gráficos de rendimiento, como el presente, sería interesante saber cuánto movía el Miguel Indurain escalador para seguir tan tranquilo cuando alguien le asaltaba.

Ante un ataque Indurain no se inmutaba, seguía como si tal, porque sabía que a la larga volvería al redil.

Un ejemplo obvio fue Hautacam, Tour 1994, cuando dio cuerda a Marco Pantani, para devolverlo al grupo kilómetros después.

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Hasta el ciclo de Miguel Indurain, el escalador tipo era un personaje bajito, flaco y liviano, una pluma subía pendiente arriba como si el desnivel le fuera favorable, abriendo hueco con el rival.

Un corredor que en esos Tours de los ochenta y noventa sufría lo indecible para llegar con vida a la gran montaña, para ello tenía que nadar entre montoneras, abanicos, cortes e innumerables kilómetros de contrarreloj.

Miguel Indurain, por su condición nadaba mejor en río revuelto, pero ello no le quitaba un ápice de poder en la faceta de escalador.

Miguel Indurain subía como el que más, como Andrew Hampsten, Luc Leblanc, Richard Virenque, Marco Pantani, Claudio Chiapucci  y Oliverio Rincón, por citar algunos de los killers de la pendiente de la época.

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No tenía nada que envidiarles, porque en ese ciclismo se estaba imponiendo el atleta, el ciclista completo, el profesional que sacaba virtud de cada una de sus habilidades, si iba bien en el llano, pues eso, lo mismo que en una crono o en la montaña.

Algunas de las exhibiciones memorables de Miguel Indurain en el Tour son para arriba.

Hace un tiempo nos preguntamos si La Plagne, en el quinto Tour, fue la mejor exhibición que nuestra generación haya visto nunca, una demostración de poder que no ofendía pero intimidaba.

Decir que Miguel Indurain no era escalador, incluso con ese corpachón, altura y peso, es un recuerdo incompleto: sus triunfos en línea en el Tour suceden en los Pirineos, y en el Giro acabó ganando una cronoescalada eterna hacia Sestriere.

Los extremos del poder del astro navarro son tan afilados, que a veces la percepción nos confunde, y esta historia tiene capítulos brillantes también en las cumbres.

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