#Moment2020: Van der Poel y Van Aert en el otoño flamenco

Tuvalum

La rivalidad de Van der Poel y Van Aert lo lleva todo al extremo más extremo

Recordado esa tarde de Flandes, con Van der Poel y Van Aert, tomamos la medida que la historia del ciclismo, del deporte, se resume muchas veces en rivalidades y antagonismos que definen actitudes ante la vida.

Dualidades que escriben paginas doradas y canalizan pasiones, eso es algo que no siempre se da, no al menos en la abundancia que nos gustaría, que coincidan tanto y tantas veces como nos gustaría, llevando todo al extremo, al borde del error, del desfallecimiento y el sufrimiento.

Por que ¿cuántas veces coincidieron Boonen y Cancellera a tope? unas cuantas, pero muchas menos de las deseadas.

Y otros tantos… por eso valoramos cada sorbo de un Van der Poel vs Van Aert, como lo que es, un premio al ciclismo y lo suyos.

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Una historia de rivalidad que se trenza en los años y saltó del ciclocross a la carretera para desembocar en su hábitat natural, Flandes, De Ronde, el Tour de Flandes, despoblado de público, anidado de miradas y cámaras… un relato tremendo.

La tarde que Flandes se paró no era una de abril, era de octubre, consecuencia del veinte-veinte y la fragilidad que la humanidad ha experimentado en primera persona, una debilidad que no va con estos, no cuando montan una bicicleta y no piensan en el cielo como límite.

En el Van der Poel vs Van Aert existe un premio moral que parece que trasciende al peso de una carrera que, no olvidemos, cambia la vida de quien la gana.

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Con la participación estelar de Julian Alaphilippe, el detonante de todo, empezó el show de dos corredores que sencillamente no entienden esto como un juego de pizarra, lo llevan al extremo de todo.

Y como cuando coinciden en cualquier ciclocross desde que eran juveniles, llenando de color cada carrera en la que tomaban parte, empezaron a ponerse a prueba, el uno al otro, desafiando en cada recta, cada giro, en el Kwaremont, desaliñado y viejo, el Paterberg, recto y empinado, hasta llegar a la misma meta de Oudenaarde de la mano, como otras tantas veces.

Mathieu Van der Poel ganó, por muy poco, Wout Van Aert demostró que en la segunda plaza existe la grandeza de quien, armado con certeza de haberlo dado todo, ofrece al público lo mejor cada vez que se pone un dorsal.

 

Sinceramente, esa tarde, y todas las tardes, Van Aert habría sido nuestra apuesta, por muchos motivos, en especial por que es la viva imagen del ciclista que todo lo quiere y que a nada renuncia, pero Van der Poel es el niño maravilla, un tocado por las hadas, que lleva el gen Poulidor en el ADN y recuerda que esa saga nunca morirá en nuestros recuerdos.

Desconozco totalmente cuál es la relación de Van der Poel y Van Aert, se han visto hasta en la sopa, llevan diez años dándose cera en mil sitios, haciendo fortuna juntos y por separado, pero una cosa tengo clara, esa tarde de Flandes en alfombras de hojas muertas es un regalo que lleva la rúbrica de ambos.

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