Sestriere empequeñece ante Chiapucci e Indurain

Santa Fixie – Cabecera 2020

Aquel día en Sestriere, Indurain y Chiapucci nos tuvieron cinco horas frente al televisor

Val Louron, Luxemburgo, Sestriere… seguimos con el maratón Indurain y Chiapucci no falla a casi ninguna.
Pongámonos en situación: Tour del 92, año olímpico en Barcelona, año II después del Miguel Indurain.
La jornada reina es un maratón alpino cuya bandera se baja en Saint Gervais Montblanc y rompe en Sestriere, la cima privilegiada por el ciclismo desde que Fausto la coronara hacía cuarenta años.
Un camino sembrado de dureza abre el fin de semana en los Alpes, al día siguiente esperaba Alpe d´ Huez.
Aquel Tour no era especialmente duro, a excepción de etapas como la que narramos, que excedía cualquier racionalidad.
Las naves se queman en bloque. Fuera especulación, no hay espacio para ella.

A una eternidad de meta, a más de 200 kilómetros de la estación italiana, Claudio Chiapucci desafía las leyes de la física vertidas al raciocinio de las pizarras y estrategias.
El control salta por los aires y en el Iseran, ese alto que toca el cielo, el gitano ya circula solo.
Atenazados por la exhibición de Luxemburgo, en la crono más increíblemente vista nunca, los rivales de Indurain actúan a la desesperada.
Chiapucci pertrechado en el maillot a lunares pone la carrera al límite, el no va más.
Chiapucci ve Sestiere lejos, pero sabe que la ventaja de Indurain -quedaba otra crono- no ofrece otra alternativa que el riesgo.
Tras varias horas de retransmisión narradas por un jovencísimo Carlos de Andrés, llega el Mont Cenis, el alto que hace de punto de inflexión entre Francia e Italia.
Con la parroquia temblando en las cunetas, Gianni Bugno, el elegante campeón del mundo, no puede permitir que la gloria transalpina quede en manos de Claudio, al menos en exclusiva.
Arranca don clase a la rueda de Abelardo Rondón, entonces compañero suyo pagado a talonario, y se lleva a Indurain. La caza cuenta también con Franco Vona, el despoblado de testa italiano que venía de firmar un Giro excepcional.
Relevo uno, cabeza el otro, el ritmo de Indurain esconde una trampa mortal, sin aceleración evidente, pero con sostenida cadencia, Miguel suelta a Bugno.
Éste no volvería a circular tan cerca del navarro en la vida.
Bugno mejor tratado por las apuestas, más precoz, más ambicioso sobre el papel presenciaba el giro acaecido en el escenario, ahora él no era el favorito, esta condición la poseía por años Miguel Indurain, quien cegado marcha en pos de Chiapucchi.
La ventaja superior a los cuatro minutos cae por debajo del minuto, cualquier bien nacido sabe que el italiano merece la victoria por encima de cualquiera, pero ver a Miguel cuajando el amarillo y sumando una etapa en montaña hace tilín.
No pudo ser, el tronado de Uboldo mantiene la compostura al tiempo alzando la mano para abrir el paso como Moisés los mares entre la telaraña de aficionados.
Miguel padece los rigores del sobreesfuerzo.
En Sestriere, entre ciclistas postrados a la caza de aire, colgados de vallas, acuciados por auxiliares, todos contentos, se hizo justicia entre Indurain y Chiapucci.
Etapa para uno, liderato para el otro.

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