Lo que daríamos por salir en bicicleta, incluso con lluvia

Recuerdos de bicicleta bajo la lluvia del fin del mundo

He oído caer la lluvia toda la noche y me vi bajo ella, sobre mi bicicleta.

Y no he parado de dar vueltas en la cama.

Entre esto y los nervios, no he pegado ojo, pensando en lo que me esperaba en unas pocas horas.

Estas no son las mejores condiciones para afrontar un gran reto como el de hoy, una fecha que he tenido marcada en rojo en el calendario durante todos estos meses y que me ha supuesto mucho esfuerzo, mucho entreno casi a diario todo el año.

Esto y los casi 400 kilómetros conduciendo que me metí ayer entre pecho y espalda para llegar hasta aquí.

Pero el reloj, inflexible, marca la hora.

No voy a abandonar en este momento.

Mejor es no pensárselo mucho.

Si lo hiciera me quedaría en la habitación del hotel.

O quizás, a lo mejor, seguiría el recorrido en coche.

Pero no me vale.

He venido hasta aquí para cumplir un sueño.

Qué dirían si después de todo no saliera ahí afuera con mi bici, por lo menos a intentarlo, a darlo todo.

Sabía que las previsiones no eran buenas, que las perspectivas meteorológicas daban una jornada pasada por agua, pero siempre pienso que puede que se equivoquen, o que exageren, o que finalmente sean cuatro gotas y no sea para tanto.

No me voy a echar atrás ahora, aunque compruebe, subiendo la persiana, que en efecto está lloviendo, no mucho, pero lo suficiente para dejarme con desasosiego.

Las finas gotas que caen dejan la calzada completamente mojada.

Es de locos tomar la salida, aunque yo ya tengo experiencia suficiente en pasar horas bajo la lluvia, en sufrir mi peor invierno en un día de verano en las montañas, en notar el impacto del granizo en mis brazos y en sentir el fuerte viento que no te deja avanzar, ese que para mí es el enemigo público número 1 del ciclista.

Pero como siempre pienso, si sales y te pilla una borrasca pues mala suerte, apechugas y tiras para adelante, porque el objetivo es llegar, pero si desde la primera pedalada ya lo haces en estas circunstancias cunde el desánimo y son pocas las ganas de montarte en bicicleta para pasar todo el día en remojo.

No es lo mismo.

Ya se oye gente arriba y abajo.

Eso me anima.

No soy el único loco y son muchos los que ya se están preparando.

Oigo como caminan con sus zapatillas puestas, como hablan entre ellos, inquietos.

Muchas dudas.

Muchos interrogantes.

Escucho que quizás alguno haga lo más sensato e inteligente: no salir.

Algunos se preguntan si llegarán con tiempo al primer puerto.

Incluso si lo harán.

Pero la mayoría se visten, que es lo más difícil: ponerse el culote.

Espabilo y voy por faena.

Concentrado, sí, ilusionado, también, pero con el corazón encogido viendo lo que pasa al otro lado de la ventana.

Ansiedad.

Echo un vistazo a la méteo: desencanto.

El pronóstico es terrorífico.

En el puerto más alto, en el techo del recorrido de hoy, anuncian lluvia y una temperatura de 0ºC, con lo que es fácil imaginar que puede que hasta nos nieve.

No sería la primera vez.

Salgo, por fin. 8ºC de temperatura.

Sigue lloviendo.

Día gris, triste.

En el horizonte los claroscuros de las nubes amenazan las montañas.

Son tan desafiantes como bellas.

Están agazapadas, agarradas a los picos más altos.

Hacia ellos me dirijo.

Llueve y deja de hacerlo con diferente intensidad, pero cuando ya me lanzo, en compañía de otros miles como yo, hacia el primer desafío del día, empieza a llover bastante.

Comienzo a subir.

La lluvia no cesa y yo en mi bicicleta.

Por momentos es torrencial, acompañado de rayos y truenos.

Me acuerdo de Santa Bárbara, como dice el refrán, y a ella me encomiendo.

A medida que gano altura la temperatura también va bajando.

Frío intenso.

A todo este recital climatológico se nos añade ahora la niebla mientras asciendo por una carretera estrecha con el pavimento en bastante mal estado y encima no veo a la distancia de dos metros.

La montaña me mira a los ojos retándome a la cara empapada en sudor frío.

Llego al puerto y la temperatura es de 2ºC.

Bajar en estas condiciones será peligroso.

Vamos pasando poco a poco.

Los ciclistas casi ni nos miramos.

Tampoco nos vemos con nuestras caras tapadas por los impermeables.

Hay algunos que desaparecen entre las pendientes.

Otros, mal equipados, con ropa y guantes de verano, ponen pie a tierra.

No para de llover.

El espectáculo es dantesco.

Carretera impracticable por el barro.

Ríos de agua surcan la calzada.

El aire frío del descenso es intenso.

Sufro.

Hay gente que se ha refugiado ya en el primer bar camino de la segunda emboscada del día.

Estoy muerto de frío.

Empapado de agua hasta arriba.

Pero ya puestos, decido continuar, prefiero seguir pedaleando hasta donde mis pies me lleven.

No quiero retirarme, aunque la tentación de ver cargados un par de autocares con ciclistas dentro hace que me lo piense seriamente.

Mis piernas, curtidas en mil batallas, empiezan a temblar.

Pero no.

Aquí sigo.

Pensando en qué habré hecho yo para merecer esto.

Con lo bien que estaría en casa, qué hago aquí en medio de una tormenta que no para, entre montañas perdidas, debatiéndome entre continuar y abandonar.

Pero hay algo que me invita a seguir.

Llegar al menos hasta pie de puerto, la última y definitiva escalada, donde tengo aparcado el coche y tomar una decisión.

Porque a pesar de todo, del frío, la lluvia, la niebla… el paisaje es inmortal y el juego de luces y sombras, a partes iguales, el olor a tierra mojada, los colores grises diseminados entre los verdes de estos montes, hacen que prosiga en mi empeño por finalizar, aunque los dioses me hayan abandonado a la buenaventura y hoy tenga que machacar mi bicicleta en el infierno camino del cielo.

Foto: Volta als Ports d’Andorra

El rampante león de la bandera de Flandes

Flandes bandera JoanSeguidor

El león llena la bandera amarilla de Flandes

Flandes, amarillo, por otro lado: Tres colores verticales visten la bandera belga: negro, amarillo y rojo.

Repartidos equitativamente, en tercios, cada color tiene su qué. El negro viene de la armadura, el amarillo por el color del león de las armas y el rojo procede de la lengua y dientes de ese león. No siempre fue así. Hasta hacer su enseña una réplica de la tricolor francesa, ésta era horizontal y con ésta combatieron el rodillo de los Austrias en el siglo XVIII.

Bélgica es un país que alcanzó la independencia en 1830. Sus colores vienen heredados de la heráldica de Bramante, la región central de un país polarizado por dos vertientes muy opuestas en todo: Flandes y Valonia.

En la primera la vida es rural y vecinal, la otra es industrial y afrancesada. Ni mejor, ni peor, diferentes.

Sin embargo son cuatro las grandes regiones belgas.

En medio, Bruselas, color púrpura y flor de lys en medio, flor amarilla por cierto.

Al sur, encajada en montañas, al final de las Árdenas, territorio hostil y bélico, la región alemana, también llamada Limburgo, con león desafiante, casi flamígero rojo y nueve rosas, tantas como ayuntamientos.

Encima de ésta Valonia, la patria de la Lieja y la Flecha.

Su bandera es un gallo, semi protectorado francés.

La bandera de Flandes es otro cantar, harina de otro costal. La verán mucho estos días. Prácticamente sondeará el camino de los pelotones desgajados por estas carreras dibujadas por el demonio. Curva, viraje, giro, contra giro, pasarán mil veces por el mismo lugar, por el mismo cercado, primero bajando, luego en transversal, después subiendo.

Un laberinto en medio de la nada, de pequeñas colinas que fueron atravesadas por la metralla de dos guerras mundiales.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

El león negro sobre fondo amarillo es la bandera de Flandes y casi diría que la del ciclismo.

Sólo algunas otras se podrían medir a ella, la ikurriña vasca, inspirada en la Union Jack, y la luxemburguesa –la civil, que es de franjas azules horizontales con león rampante coronado y con dos rabos- muy frecuente en los muros que van a Lieja cuando los Schleck guardaban opciones de victoria.

La bandera flamenca echa raíces en 1302 cuando Pieter de Coninck la desplegó en la batalla contra los franceses en la ciudad de Kortrijk. Hay dos versiones de esta bandera, adoptada como la oficial flamenca hace poco más de cuarenta años.

Una, la formalmente establecida en los libros, que es amarilla con un león negro y la lengua roja. La otra no diferencia la lengua del rampante animal, que también es negra, porque de esta manera se omite el vínculo con Bélgica.

Esta es la más usual en la Ronde, en Harelbeke, en la Kuurne, en la Het Nieuwsblad,… es la bandera independentista.

La categoría del león flamenco es tan grande que dos ciclistas fueron apodados con tan viril etiqueta. En los años cincuenta, mientras Italia se relamía las heridas de la guerra entre Coppi y Bartali, el tercer hombre, Fiorenzo Magni, hacía historia en Flandes. En la década pasada Johan Museeuw se ganó también el apodo. Ambos fueron leones, y no unos leones cualquiera, leones de Flandes.

Imagen tomada de deronde1.wordpress.com

Sestriere empequeñece ante Chiapucci e Indurain

Aquel día en Sestriere, Indurain y Chiapucci nos tuvieron cinco horas frente al televisor

Val Louron, Luxemburgo, Sestriere… seguimos con el maratón Indurain y Chiapucci no falla a casi ninguna.
Pongámonos en situación: Tour del 92, año olímpico en Barcelona, año II después del Miguel Indurain.
La jornada reina es un maratón alpino cuya bandera se baja en Saint Gervais Montblanc y rompe en Sestriere, la cima privilegiada por el ciclismo desde que Fausto la coronara hacía cuarenta años.
Un camino sembrado de dureza abre el fin de semana en los Alpes, al día siguiente esperaba Alpe d´ Huez.
Aquel Tour no era especialmente duro, a excepción de etapas como la que narramos, que excedía cualquier racionalidad.
Las naves se queman en bloque. Fuera especulación, no hay espacio para ella.

A una eternidad de meta, a más de 200 kilómetros de la estación italiana, Claudio Chiapucci desafía las leyes de la física vertidas al raciocinio de las pizarras y estrategias.
El control salta por los aires y en el Iseran, ese alto que toca el cielo, el gitano ya circula solo.
Atenazados por la exhibición de Luxemburgo, en la crono más increíblemente vista nunca, los rivales de Indurain actúan a la desesperada.
Chiapucci pertrechado en el maillot a lunares pone la carrera al límite, el no va más.
Chiapucci ve Sestiere lejos, pero sabe que la ventaja de Indurain -quedaba otra crono- no ofrece otra alternativa que el riesgo.
Tras varias horas de retransmisión narradas por un jovencísimo Carlos de Andrés, llega el Mont Cenis, el alto que hace de punto de inflexión entre Francia e Italia.
Con la parroquia temblando en las cunetas, Gianni Bugno, el elegante campeón del mundo, no puede permitir que la gloria transalpina quede en manos de Claudio, al menos en exclusiva.
Arranca don clase a la rueda de Abelardo Rondón, entonces compañero suyo pagado a talonario, y se lleva a Indurain. La caza cuenta también con Franco Vona, el despoblado de testa italiano que venía de firmar un Giro excepcional.
Relevo uno, cabeza el otro, el ritmo de Indurain esconde una trampa mortal, sin aceleración evidente, pero con sostenida cadencia, Miguel suelta a Bugno.
Éste no volvería a circular tan cerca del navarro en la vida.
Bugno mejor tratado por las apuestas, más precoz, más ambicioso sobre el papel presenciaba el giro acaecido en el escenario, ahora él no era el favorito, esta condición la poseía por años Miguel Indurain, quien cegado marcha en pos de Chiapucchi.
La ventaja superior a los cuatro minutos cae por debajo del minuto, cualquier bien nacido sabe que el italiano merece la victoria por encima de cualquiera, pero ver a Miguel cuajando el amarillo y sumando una etapa en montaña hace tilín.
No pudo ser, el tronado de Uboldo mantiene la compostura al tiempo alzando la mano para abrir el paso como Moisés los mares entre la telaraña de aficionados.
Miguel padece los rigores del sobreesfuerzo.
En Sestriere, entre ciclistas postrados a la caza de aire, colgados de vallas, acuciados por auxiliares, todos contentos, se hizo justicia entre Indurain y Chiapucci.
Etapa para uno, liderato para el otro.

¿Y si la Vuelta a España la hubieran parido los catalanes?

Primoz Roglic La Vuelta JoanSeguidor

La historia dice que la Volta fue la antesala de la Vuelta

Puestos sacar de las catacumbas de la historia episodios y personajes de nuestra maltratada historia ciclista, estas fechas resultan especialmente indicadas para hablar de una aparente y poco conocida paradoja sobre la Vuelta.

La Vuelta Ciclista a España estuvo a punto de ver la luz en 1913, y no en 1935, como finalmente sucedió. Y aquella Vuelta non nata tenía que ser cosa de catalanes. Sí, de catalanes de Barcelona, aunque algunos habían nacido en otros sitios, como el propio Artemán, o el cerebro gris detrás de todo: Narciso Masferrer, catalán como el que más… nacido en pleno Foro.

La Vuelta nacional de España, cosa de catalanes. ¿Se imaginan?

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La Vuelta del siglo XXI está sólidamente anclada en el imaginario colectivo como un asunto que, pase por donde pase y vaya adonde vaya, siempre acaba en Madrid.

El Paseo de la Castellana es a la ronda española lo que  los Campos Elíseos a la Grande Boucle. Más español que un botijo.

Obvio, ¿no? Francia-París.

El Tour acaba siempre en París. Italia-Roma.

El Giro acaba siempre en… ¡un momento! ¡El Giro acaba siempre y desde siempre en Milán! A ver si resultará que no todas las vueltas nacionales tienen el mismo ADN jacobino…

Y a ver si resultará que la propia Vuelta nacional de España no siempre ha tenido tanto apego por el oso y el madroño.

Repasando las ciudades que acogieron los finales de las Vueltas de 1955 a 1979 las cuentas son las siguientes: Bilbao, 13 veces; San Sebastián, 6 veces; Madrid, 5 veces. Hay trampa claro, porque tanto en el caso italiano como en el español durante el periodo mencionado el periódico organizador era (es) de la ciudad donde más veces suele acabar la ronda en cuestión. Pero lo significativo es precisamente que sea un periódico de Milán, y no de Roma, el promotor y organizador de la vuelta nacional italiana. Y todavía más interesante es que durante gran parte del franquismo la Vuelta fuera un asunto… de vascos.

Recuerdo que en la presentación del libro del malogrado Xavi Tondo que tuvo lugar en Valls, el autor, Rafael Vallbona, afirmó que hoy en día la Volta es la vuelta nacional de Catalunya.

No entraremos a valorar si esta afirmación es esencialmente cierta o si se trata de un desideratum más o menos candoroso.

Lo que sí que es impepinable es que quienes la parieron, allá por 1911, no pensaron ni por un segundo en clave nacional catalana, sino todo lo contrario, en clave española y españolista.

Solo hay que repasar los encendidos artículos patrióticos (españolistas, se entiende) que publicó en abundancia Narciso Masferrer, otra figura casi olvidada que está pidiendo a gritos desde el más allá que alguien le escriba una biografía, en una de sus criaturas favoritas, El Mundo Deportivo. Y digo una, porque el hombre tuvo familia numerosa: la Volta a Catalunya (con permiso de mi amigo Iván: Artemán fue el ejecutor, pero Masferrer fue el cerebro), el Salón del Automóvil, la Federación Española de Ciclismo, de la que fue presidente hasta en cinco ocasiones, el estadio olímpico de Montjuïc… Masferrer fue el gran inseminador de la cultura deportiva de este país, y todavía espera desde el más allá que algún alcalde le dedique una triste calle.

No, la Volta no nació como vuelta nacional catalana, sino como embrión de la que tenía que ser la primera Vuelta a España de la historia, en 1913.

La promovían un grupo de burgueses de Barcelona, encabezados por el catalán-madrileño Masferrer desde su doble cuadro de mandos de la presidencia de la Unión Velocipédica Española (la actual RFEC, que tuvo sede en Barcelona hasta 1939) y de la dirección de El Mundo Deportivo.

Durante el verano de 1912 la campaña pro-creación de la Vuelta España emprendida por Masferrer llega a su punto álgido.

E inmediatamente decae. El proyecto nunca verá la luz, para amargura de su padre ideológico. ¿Dónde se encalló el barco? Pues por lo que parece, en plena meseta castellana.

La culpa fue, al menos según el padre frustrado de la criatura, de la frialdad e indiferencia con que el proyecto fue acogido en la capital española. El 24 de octubre de 1912 El Mundo Deportivo informa de que los enviados del comité organizador a Madrid (entre los cuales figura… Miguel Artemán)  regresan con impresiones “nada positivas” respecto a la viabilidad del proyecto. La Vanguardia, diario en el cual Masferrer ejerce por entonces de redactor jefe de deportes, anuncia finalmente el entierro del proyecto de una Vuelta a España catalana:

“Esta noche celebrará sesión el Comité Central de la U. V. E. para acordar la línea de conducta que ha de seguir, ante el fracasado propósito de verificar la Carrera Vuelta à (sic) España (…) Las dimisiones de todo el Comité se confirmarán esta noche y que para enero próximo se reunirá un nuevo Congreso para la elección de cargos y quien sabe si para tratar de un cambio de capitalidad, puede que necesario para la buena marcha de la U. V. E. (La Vanguardia, 12 de noviembre de 1912).

Vuelta fumar Joanseguidor

Seguramente en el fracaso del proyecto intervinieron otras causas de peso, aparte del pasotismo madrileño. Dejémoslo correr. Pero no deja de ser sugerente pensar en lo que hubiera podido ser una Vuelta Ciclista a España creada tan solo diez años después que el Tour de Francia (y no 32, como acabó pasando), con salida y llegada en Barcelona, y parida y gestionada por catalanes.

Una Vuelta más española que un botijo, seguramente, porque no parece que Masferrer ni ninguno de sus hombres tuvieran nunca la más mínima veleidad catalanista. Pero eso sí, un botijo con aires de càntir.

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Para saber más: López, Bernat (2010): “The Failed Vuelta Ciclista a España of 1913 and the Launching of the Volta a Catalunya (1911–1913): Centre Versus Periphery in the Struggle for the Governance of Cycling in Early Twentieth-Century Spain”. Sport in history vol. 30, n. 4.

Por Bernat López, profesor de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Rovira i Virgili y promotor de la editorial Cultura Ciclista

Thomas De Gendt sí que hizo la Milán-San Remo

Volta a Catalunya Thomas De Gendt JoanSeguidor

Diez horas le ha llevado la «Milán-San Remo flamenca» a De Gendt

En la Volta virtual que ha empezado este lunes, Thomas De Gendt fue el ganador preferido de la afición.

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Ya ves, el belga es como el Cid, gana batallas en las que no concurre.

Su «triunfo» llega de forma simultánea a la noticia de su homenaje a la Milán-San Remo por las rutas de Flandes.

Le acompañó Jasper De Buys, también del Lotto, un pistard que pudimos disfrutar en nuestra visita a los Seis Días de Gante.

Hizo una salida que comprendió las provincias de Bruselas, Gante y Amberes, pasando por rutas tranquilas y plazas vacías.

En Bélgica no existe la prohibición de salir en bicicleta, como también sucede en otros países.

La ruta les llevó diez horas, nada menos, una salida que fue una paliza, la más grande que nunca ha realizado Thomas De Gendt, un corredor con legión de admiradores, uno de esos que no miras la bandera cuando caes rendido a sus pies.

Diez horas de salida, por que le sopló el viento en medio del recorrido, una locura para cualquier mortal que al menos nos sirven de excusa para hablar de la Milán-San Remo estos días en los que la primavera ha aterrizado sin pena ni gloria.

Ojalá le veamos disputar la primavera, aunque fuera en otoño o en cualquier otro momento.

Y si no que siempre le quedará Teruel. 

Por soñar…

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Tuvalum pone su ecommerce a disposición de todas las tiendas ciclistas de España de manera gratuita

Tuvalum bicis segunda mano JoanSeguidor

En un momento crítico para muchas tiendas ciclistas, Tuvalum abre su catálogo

Con motivo de la ampliación del estado de alerta nacional por el COVID-19 hasta el próximo 11 de abril, la startup de compraventa online de bicicletas Tuvalum.com ha decidido ofrecer de manera gratuita su plataforma de venta online a todas las tiendas ciclistas locales hasta el próximo 11 de abril.

Los productos vendidos por profesionales durante este período no tendrán ninguna comisión en ninguno de los mercados donde opera la compañía: España, Francia, Italia, Alemania y Portugal.

Todo el sector está sufriendo y muchas tiendas locales corren el riesgo de desaparecer por la imposibilidad de vender a pie de calle y las limitaciones de sus páginas web. Desde Tuvalum tenemos claro que sin tiendas locales no hay ciclismo y hemos decidido retirar nuestra comisión en todas las ventas de productos procedentes de tiendas hasta el 11 de abril” nos cuenta  Alejandro Pons, CEO de la plataforma.

El mercado de distribución ciclista en España está muy fragmentado, con casi 3.000 tiendas minoristas que estos días se encuentran cerradas

Muchas de ellas pueden verse forzadas a cerrar definitivamente. El comercio online es una salida y queremos asegurarnos de que puedan seguir vendiendo. ¿Sin tiendas locales, dónde van a llevar los ciclistas sus bicicletas para realizar las revisiones mantenimiento?

En lo que respecta al funcionamiento de Tuvalum, la empresa ha implementado todas las medidas de seguridad establecidas por la Organización Mundial de la Salud y los gobiernos para extremar la seguridad de sus empleados, clientes y proveedores con motivo de la alerta sanitaria.

El 100% de los empleados de Tuvalum trabaja desde casa

Las ventas de particular a particular permanecen abiertas y se ha establecido un protocolo de no contacto con el personal de mensajería.

Entre clásicas y vueltas, lo primero por favor

En las clásicas entra el ciclismo sin margen de error, la decisión final, el momento clave, en las vueltas hay margen, equipos y otros elementos

Miró el calendario que no puede ser y recuerdo porqué la primavera nos tenía robado el corazón, un camino entre clásicas y vueltas.

San Remo, hoy sábado, la Volta debería empezar el lunes, en unos días Harelbeke y Wevelgem, al final de la ruta Flandes y Roubaix, por medio la Itzulia.

Miro eso, y estoy abrumado, siento nostalgia.

Pero las clásicas fueron antes de todo, antes que nada.

La más vieja dicen que es la Milán-Turín, cuando el Giro siquiera era un sueño.

Eran carreras de pesado desarrollo y heroico desenlace.

Luego vinieron los monumentos, la más decana, la que va de Lieja a Bastogne y vuelve al cogollo valón, San Remo, Roubaix, Flandes, las hojas muertas de Lombardía que muda de verde a ocre…

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Todas las grandes clásicas son centenarias, no sólo eso, son mas que centenarias, diseñaron el ciclismo que conocimos, sugieren leyenda, despiertan recuerdos, inspiran hoy como inspiraban hace cien años, crean riqueza, cincelan iconos, catapultan lugares y establecen tradiciones.

No son carreras al uso, en lo estrictamente futbolístico, son partidos del KO, a eliminatoria única, sólo puede quedar uno.

NEWSLa plantilla de Gobik da un paso al frente.De forma espontánea y voluntaria nos sumamos al esfuerzo de nuestra…

Publicada por Gobik en Viernes, 20 de marzo de 2020

No hay segundas oportunidades más allá de volver al año que viene, algo que cuando cruzas la meta segundo te parece una eternidad que no sabrás esperar.

Son adoquines y colinas, se visten de naturaleza: caminos vecinales de Flandes, los pendones de Valonia, las rutas imperiales y mineras hacia Roubaix, las tierras que vieron crecer a Coppi para tomar el camino de San Remo,…

Tienen iconografía propia, una personalidad transversal.

Integran a gente que las ama en paisajes del siglo XIX, cuando el mal tiempo las viste de barro y despojo, son terribles, una pesadilla.

Entonces el batiburrillo de dureza y tensión deriva en espectáculos inmateriales, que van más allá de los tiempos y nos adentran en los despojos del ciclismo que nos enamoró, de ese que se corre con el riesgo de perderlo todo en cualquier momento y sin poder, en muchos casos, ni echar mano del equipo ni del coche de recambios.

Porque en ciertos escenarios, la incidencia de los equipos super profesionalizados del siglo XXI se diluye, queda en testimonio. Equipos enteros llevados a la cuneta. Mirad el Team Sky el año 2016 en Roubaix, copaban la cabeza y en dos malas curvas, adiós, se acabó.

La victoria aquel día fue para un australiano de tercer rango, que corría solo y escapado desde que el pelotón afrontó el primer pavés.

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Hubo un día que los grandes patrones de los medios quisieron darle una vuelta de tuerca a la mecha de pasión que prendieron las clásicas y pensaron en las vueltas por etapas, y nació el Tour, y nació el Giro, e incluso nació por aquí la Volta y entendedme, esto es otra cosa, es el ciclismo de la suma de esfuerzos, del fondo físico que cae en saco roto cuando el cuerpo te dice basta.

Es el ciclismo de equipos que bien llevados y atiborrados de talento pueden blolquear la carrera hasta convertirla en un sopor.

A mi me gustan las grandes, la París-Niza esta última, alguna Tirreno, algún Dauphiné, pero entendedme lo que te da una clásica, eso, no está pagado.

 

En el Pordoi de Fausto Coppi

En el Pordoi Fausto Coppi goza de memoria eterna

«Escenario inmortal«. Así definían nuestros amigos Juanto y Ander el mítico Passo Pordoi en un artículo publicado en Pedalier tras ver la senda que abrió Fausto Coppi.

Un puerto que lo describían como épico más por su historia y belleza que por su dureza contenida.

En efecto, estar en esta cima legendaria, a 2239 metros de altura, uno tiene la sensación de formar parte de la historia del ciclismo y más concretamente de la del Giro de Italia.

Si entras en el hotel Savoia, el primer refugio que hay subiendo desde Arabba, podrás contemplar en su interior, colgados de la pared, fotos y recortes de periódicos antiguos con las crónicas de las hazañas de Fausto Coppi en el Pordoi.

Y muy cerca de aquí está el reciente monumento dedicado a Gilberto Simoni, inaugurado el 3 de julio de 2011, con motivo del «Gibo Simoni Pordoi Day», una fiesta en su honor, como homenaje por su reciente retirada de la competición y en su puerto preferido: el Pordoi.

Lo más curioso es que el monumento es una bici auténtica de Gibo (una Wilier), protegida por una estructura metálica con forma de ciclista y asentada sobre una gran roca, que además contiene una placa con la lista de todos los corredores del Giro que han ganado la Cima Coppi en los años que el Pordoi era el punto más alto de la carrera.

Y ahí está la bici y nadie osa ni tocarla.

Pero el auténtico tesoro para el cicloturista es pararse y hacerse una foto junto al magnífico monumento a Fausto Coppi que hay en la cima, tanto para el que lo ha ascendido por la vertiente de Arabba, la más bella, con sus 33 tornanti, vueltas y revueltas marcadas en orden numérico y señalando siempre la altura, o bien por el que lo ha hecho por la de Canazei también con sus 27 curvas, eso si no tiene que esperar su turno y hacer fila ante la cantidad de grupos de ciclistas que quieren inmortalizar el evento.

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La escultura está enmarcada con un telón de fondo magnífico: las montañas del Grupo del Sella y es obra del joven maestro italiano, artista y restaurador, Lorenz Martino. Nacido en mayo de 1976 y con sólo 23 años recibe el encargo de la Comune di Canazei (Val di Fassa) de crear un monumento dedicado al «Campeón de Campeones» en el Pordoi.

Sin duda, por su gran habilidad artística, ya demostrada desde su infancia, le confían esta gran obra, aunque su especialidad es la madera, al joven Lorenz le gusta experimentar con diferentes materiales y decide que su trabajo será en bronce.

Se lanza de cabeza con mucha ilusión en esta nueva experiencia y se pasa un mes entero dibujando el proyecto, modelando y creando, hasta que después de varios meses, en julio del año 2000, completa su obra, una prueba de la capacidad artística de este joven maestro.

Creada con 600 kg de arcilla y después fundida en bronce, la escultura tiene unas dimensiones de 2.30 por 2.20 metros y descansa sobre un enorme bloque de piedra, con un peso total de más de dos toneladas.

El monumento a «Il Campionissimo» representa a Coppi en el centro del plano con una perspectiva elipsoide, saliéndose de la escena en plena carrera, flanqueado por el público, los tifossi que le dan alas entre la multitud. Grazie mille, Lorenz!

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo, sueños ciclistas