La bicicleta salva vidas

La bicicleta, en un contexto de distanciamiento social sacará gente de metros, buses y coches

Ahora que parece que todo lo tenemos en contra, que estamos confinados y no nos dejan salir, que incluso nos ponen impedimentos para ir en bici al trabajo y que hay algunos que intentan demonizar a nuestra pequeña reina, quisiera recordar a todos estos que la bicicleta salva vidas.

Como en el caso que paso a narraros a continuación.

Hace unos años pude hablar con mi amigo “Petxu”.

Entonces tenía 49 años y vivía en Sesma, cerca de Estella, y tuve el privilegio de que me contara su bonita historia de superación, de las que gustan explicar.

Me confesó que en 1997, con 36 años, un gravísimo aneurisma cerebral le cambió la vida radicalmente.

Fue un sábado, de infame recuerdo, cuando sufrió esta terrible enfermedad.

Trasladado de urgencias a Pamplona, no le operaron hasta el día siguiente, domingo.

Le salvaron la vida, pero el coágulo había permanecido demasiadas horas en su cerebro, dejándole secuelas como pérdida de equilibrio y mareos.

Se tuvo que prejubilar a la fuerza.

Fueron meses muy duros.

No salía de casa y engordó mucho.

Cuando pasó de los 80 kg, pensó que no podía seguir así, que tenía que hacer algo.

No podía correr.

Hasta el mero hecho de caminar le suponía sufrir mareos.

Pero quería seguir probando.

Se compró una bici de montaña y empezó a salir, con la satisfacción de ver que pedaleando los mareos eran casi inexistentes.

Esto le animó y se atrevió a subir una colina de apenas 1 kilómetro cerca de su casa.

Lo pasó fatal el primer día.

Se bajó de la bici hasta tres veces antes de coronar aquel pequeño alto.

Con el paso de los días ya sólo se tenía que bajar dos veces.

Luego sólo una.

Llegó el día que hizo toda la ascensión de un tirón.

Poco a poco mejoraba su forma física.

La bici le estaba devolviendo a la vida

En pocos meses adelgazó 20 kg, quedándose en los 60 que pesaba entonces.

Aquel primer año llegó a pedalear más de 25 mil kilómetros con su bici de montaña.

Después se compró su primera de carretera, lanzándose a subir puertos como el de Urbasa, que coronaba desde su casa en 1 hora y 45 minutos.

Desde entonces ya no se bajó de la bici.

Su rutina diaria, de lunes a viernes, era desayunar, mirar la veleta de la iglesia para ver en qué dirección sopla el cierzo y salir a rodar, sin ataduras.

Ni estaba casado ni tenía hijos.

La experiencia de Ivan Basso en el Giro de Italia virtual 

Salía y pedaleaba unos 100 kilómetros, siempre los mismos, por los alrededores de Sesma.

A la tarde caían 60 más con la de mountain bike y los fines de semana disfrutaba de su grupeta del Lodosa, club ciclista al que pertenecía.

Podemos destacar, además, las vueltas que se daba por Soria en recorridos de hasta 240 km.

Ascendió puertos como Marie Blanque, Tourmalet o Angliru.

Recorrió dos veces el Camino de Santiago, o el viaje a Roma que hizo hace 15 años, en compañía de su primo Julián: 2288 kilómetros en 18 días, para ser recibidos en audiencia por el entonces Papa Juan Pablo II.

“Petxu” no le daba ningún tipo de importancia a todas estas proezas.

Las consideraba “normales”, al estar todo el día encima de la bici, su estado “natural”,  como mejor se encontraba.

Otro ejemplo más del milagro de la bicicleta, un milagro que hoy, igual, mira por donde, se prolonga por las ciudades, llevando a la gente a sus trabajos, a quedar con sus amigos,… por que la bicicleta, en un contexto de distanciamiento social como el que nos viene puede ser la clave para sacar gente de metros, buses y coches.

Entonces seguirá salvándonos la vida.

¿Cuál será vuestra primera salida en bicicleta después del confinamiento?

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La bicicleta después del confinamiento por el coronavirus

Contando los días para salir en bicicleta una vez pase esta pesadilla y el confinamiento

¿Qué es lo primero que haréis? ¿Una escapada en solitario? ¿Una salida cercana a vuestra casa? ¿Quizás una larga cabalgada con vuestros amigos a la búsqueda de las montañas, que tanto os están esperando?

No os voy a cansar con una lista de todo lo que podemos hacer cuando enfilemos de nuevo los manillares dirección hasta donde nuestras pedaladas nos lleven, pero sí quería resumiros con unas cuantas frases esas pequeñas y grandes cosas que hacen que el cicloturismo valga la pena, compartiendo con vuestros compañeros de grupeta una estada en algún lugar idílico, un destino a elegir entre Pirineos, Alpes o Dolomitas, o las montañas más cercanas a vuestra casa.

Esperamos que con el siguiente proyecto, vuestro confinamiento se haga más liviano recordando que ahí afuera os esperan paisajes de verdes praderas, duras montañas y también de puertos amables, donde compartir risas, amigos y familia.

También parajes con la presencia de vacas, ovejas y caballos… Sitios de rampas, cuestas y tremendos descensos, donde se aúnan belleza y dureza, cicloturismo, ocio y cultura.

En ese lugar de ensueño, abriréis la ventana y respiraréis, sintiendo el aire fresco en la cara mientras a lo lejos veréis las montañas que os esperan.

Desayunaréis con vuestros compañeros y amigos, compartiendo ese café recién hecho mientras planificáis la jornada, entre risas y buen humor.

Pedalearéis los primeros kilómetros con tranquilidad, charlando, compartiendo las primeras sensaciones del día, mientras avancéis por boscosos valles rodeados de montañas.

Almorzaréis juntos. Más risas, más chistes.

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Después de la salida, un paseo para estirar piernas. Unas cervezas en el bar del pueblo junto a los amigos, antes de retiraros a velar armas. Silencio. Descanso. Unos minutos de relax recopilando lo que ha dado de sí el día, rescatando sensaciones, hasta caer rendidos por el sueño.

Al día siguiente, una nueva jornada os esperará. Disfrutaréis de preciosas pista rurales asfaltadas, para coronar bellos paisajes.

Os extasiaréis con la presencia de caballos sueltos, galopando en libertad, o de hermosas vacas pastando, mientras paréis en una curva, en la cuneta, a contemplar el valle que se abrirá ante vosotros, adonde descenderéis y volveréis a subir por una dura carretera. Un exigente puerto os pondrá a prueba.

Una montaña increíble, tan dura como bella, jalonada de rampas imposibles. Echaréis la vista atrás y disfrutaréis del entorno, de lo que habréis dejado atrás, de una belleza infinita. Lo daréis todo en sus rampas más duras. Tiraréis fuerte de riñones. Llegaréis a la cima y os reuniréis con los demás, comentando lo duro que ha sido.

Descenderéis, llanearéis, pedalearéis pasando de nuevo por preciosos pueblos, afrontando a bloque, subiendo a buen ritmo quizás un puerto largo y tendido, muy agradecido. Bosques frondosos donde sentiréis el abrazo de sus árboles. Disfrutaréis de la grupeta, coronaréis la larga recta final, pararéis y reagruparéis en el alto.

Estudiaréis la salida del día siguiente. Puertos, rampas y porcentajes. Preocupación. Ilusión. Pensamientos positivos. “Los superaremos”. Una relajante lectura antes del merecido descanso.

Despertaréis con nuevos bríos. Optimismo y energía ilimitada. Vestiréis con vuestro maillot y culotte preferidos para afrontar la etapa reina de la estada. Unos buenos días para acompañar unas tostadas con mermelada. Un chiste fácil. Alguna cara de preocupación. Una sonrisa cómplice.

Ascenderéis el primer puerto del día: suave y muy bonito. De nuevo entre caballos, ovejas y vacas. Prados verdes. Pistas estrechas. Montones de leña apiladas esperando ser quemadas este próximo invierno. Algunos ciclistas que se pierden en la lejanía entre la niebla.

Descenso. Bajada. Gravilla, baches. Brazos fuertes, manos firmes en los frenos. Intenso pero bello descenso.

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Pedalearéis entre valles. Todos agrupados. Charlando. Ambiente distendido ante lo que se avecina. Buenos relevos.

Rampa dura, pista estrecha para encarar otra ascensión. Duros desniveles. Esto se empina. Rampas con descansos. Escalones de mucho peldaño. Disfrutar sufriendo. Los piñones echarán chispas. Cada uno subirá como pueda. Sufrir disfrutando. Muros increíbles. Fascinante belleza. Un pequeño descenso y de nuevo para arriba. Contemplaréis las vistas desde la cima. Aquí está despejado.

Ascenderéis entre la niebla. Coronaréis entre las nubes. Satisfacción contenida. Mística y épica. Un paseo en la ladera de la montaña.

De vuelta a casa. Últimas rampas, todos juntos. Llegada. Se acabó. Alegría y tristeza. Pena y gloria.

Cena especial de despedida. Brindis. Risas contagiosas, más buen humor. Anécdotas, chistes. También proyectos de futuro. Despedidas. Abrazos. Algunos correos electrónicos apuntados en servilletas.

Cosas que hacen que la vida valga la pena… ¡y más en bicicleta!

Foto: Pau Catllà

¿Un everesting en casa? es posible

Everesting JoanSeguidor

Paolo nos cuenta cómo idear, ejecutar y salir vivo de un «everesting» en casa

Hace ya unos años que supimos qué era un everesting, una de esas «locuras», dicho con cariño, que llevan al ciclista a acumular en una sesión el desnivel equivalente a la altura del Everest, eso es más allá de los 8800 metros.

Incluso hemos conocido personas que lo han hecho, y nos admitido que un «everesting» les había dejado secos, sin fuerza ni chispa, carentes de apetito de bici no por días, sino que también semanas.

En todo caso, lo que nos dejó tocados, a raíz de sacar este artículo Dani Buyo sobre largas sesiones de rodillo, fue conocer el caso de Paolo Álvarez y de varios miembros del ZESP Team que se plantearon un everesting en casa, en pleno confinamiento.

Toma ya.

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Así que le pegamos una llamada al amigo Paolo para saber cómo se plantea un reto de estas características…

Paolo ¿desde cuándo conoces el concepto «everesting»?

«Pues no hace mucho la verdad, unos pocos meses»

¿Qué te pareció el asunto?

«No le presté atención, la verdad, incluso te diría que me pareció absurdo. Subir más de 8000 metros en una tirada ¿para qué?. Vi incluso que estaban regulados, que tenían una normativa»

Entonces ¿cómo toma forma el reto?

«Debido a la cuarentena, me gusta llamarla así antes que confinamiento, me surgieron varios retos. Desde ZESP, un compañero lo sugirió«

¿Y?

«Pues que no sabría decirte cómo pasé de la indiferencia más absoluta al interés, pero la propuesta me motivaba»

Pero es que son 8000 metros largos en un rodillo…

«Cierto. Mira, hace cinco meses yo no tenía ni rodillo de transmisión directa, ni me lo planteaba. Pero lo probé y vaya si me gustó, es todo, la inercia, el realismo... la gente a veces opina sin haberlo probado y es muy recomendable. La cosa cambia por completo»

Ahora defiendes el rodillo…

«Totalmente, pero es como todo, necesitas un buen material para que no acabes quemado encima de él»

¿Qué ventajas le ves?

«Varias. Por un lado, a diferencia de la ruta, no necesitas gente que te asista, por otro lado ganas tiempo en tu día a día. Por ejemplo en los descensos del reto, podía bajarme de la bicicleta, estirar, ir al baño, comer, hasta darme una ducha, si quería el rato que el muñeco iba bajando. Por otro lado te ahorras el frío y la lluvia»

Así aceptaste el reto

«Me apetecía un reto estos días de esta en casa, sin salir a la carretera«

Subiste Alpe d´ Huez ocho veces ¿por qué este puerto?

«Por que era lo suficientemente largo para llegar al desnivel necesario en ocho ascensiones, había otras más cortas, pero no me apetecía, también con más desnivel, pero este puerto tenía la pendiente perfecta, todo el rato al 7-8%. Además con un realismo del 100% echabas manos de los desarrollos como si estuvieras allí y cumplías con las normas del «everesting»

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¿Cómo acabaste?

«Pues no puedo decir que acabara reventado, cumplí con una consigna: llevar los ritmos que me permitieran acabar bien. Recuperé rápido y entreno como si saliera a la carretera, entre 450 y 500 kilómetros semanales»

¿Algún momento complicado?

«en la séptima subida empecé con dolores de estómago. Al haber hecho ultradistancia alguna vez, imaginaba podían venirme»

Te escuchamos impresionados, de verdad. ¿Cuánto hay de ego en estas cosas?

«Claro que hay ego, es imposible que no lo haya y no creo que sea tan malo, si el ego es un buen motor, pues adelante. Todos tenemos cierta ambición, siempre bien entendida, claro. En mi caso quería un reto, algo que entrara dentro de mis posibilidades»

¿Dónde vives Paolo?

«En un pueblo en el norte de Madrid»

¿Se han roto mucho los planes con esta situación?

«Tenía unas cuantas marchas pensadas, la Cantabrona, la sierra Norte, la Gran Fondo Almería y la Quebrantahuesos… ¿qué le vamos a hacer?»

¿Qué harás el día que nos den vía libre?

«Es una buena pregunta que me hecho muchas veces. Seguramente tiraré de clásicos, haré una Morcuera, subir y bajar«

Lo que daríamos por salir en bicicleta, incluso con lluvia

Recuerdos de bicicleta bajo la lluvia del fin del mundo

He oído caer la lluvia toda la noche y me vi bajo ella, sobre mi bicicleta.

Y no he parado de dar vueltas en la cama.

Entre esto y los nervios, no he pegado ojo, pensando en lo que me esperaba en unas pocas horas.

Estas no son las mejores condiciones para afrontar un gran reto como el de hoy, una fecha que he tenido marcada en rojo en el calendario durante todos estos meses y que me ha supuesto mucho esfuerzo, mucho entreno casi a diario todo el año.

Esto y los casi 400 kilómetros conduciendo que me metí ayer entre pecho y espalda para llegar hasta aquí.

Pero el reloj, inflexible, marca la hora.

No voy a abandonar en este momento.

Mejor es no pensárselo mucho.

Si lo hiciera me quedaría en la habitación del hotel.

O quizás, a lo mejor, seguiría el recorrido en coche.

Pero no me vale.

He venido hasta aquí para cumplir un sueño.

Qué dirían si después de todo no saliera ahí afuera con mi bici, por lo menos a intentarlo, a darlo todo.

Sabía que las previsiones no eran buenas, que las perspectivas meteorológicas daban una jornada pasada por agua, pero siempre pienso que puede que se equivoquen, o que exageren, o que finalmente sean cuatro gotas y no sea para tanto.

No me voy a echar atrás ahora, aunque compruebe, subiendo la persiana, que en efecto está lloviendo, no mucho, pero lo suficiente para dejarme con desasosiego.

Las finas gotas que caen dejan la calzada completamente mojada.

Es de locos tomar la salida, aunque yo ya tengo experiencia suficiente en pasar horas bajo la lluvia, en sufrir mi peor invierno en un día de verano en las montañas, en notar el impacto del granizo en mis brazos y en sentir el fuerte viento que no te deja avanzar, ese que para mí es el enemigo público número 1 del ciclista.

Pero como siempre pienso, si sales y te pilla una borrasca pues mala suerte, apechugas y tiras para adelante, porque el objetivo es llegar, pero si desde la primera pedalada ya lo haces en estas circunstancias cunde el desánimo y son pocas las ganas de montarte en bicicleta para pasar todo el día en remojo.

No es lo mismo.

Ya se oye gente arriba y abajo.

Eso me anima.

No soy el único loco y son muchos los que ya se están preparando.

Oigo como caminan con sus zapatillas puestas, como hablan entre ellos, inquietos.

Muchas dudas.

Muchos interrogantes.

Escucho que quizás alguno haga lo más sensato e inteligente: no salir.

Algunos se preguntan si llegarán con tiempo al primer puerto.

Incluso si lo harán.

Pero la mayoría se visten, que es lo más difícil: ponerse el culote.

Espabilo y voy por faena.

Concentrado, sí, ilusionado, también, pero con el corazón encogido viendo lo que pasa al otro lado de la ventana.

Ansiedad.

Echo un vistazo a la méteo: desencanto.

El pronóstico es terrorífico.

En el puerto más alto, en el techo del recorrido de hoy, anuncian lluvia y una temperatura de 0ºC, con lo que es fácil imaginar que puede que hasta nos nieve.

No sería la primera vez.

Salgo, por fin. 8ºC de temperatura.

Sigue lloviendo.

Día gris, triste.

En el horizonte los claroscuros de las nubes amenazan las montañas.

Son tan desafiantes como bellas.

Están agazapadas, agarradas a los picos más altos.

Hacia ellos me dirijo.

Llueve y deja de hacerlo con diferente intensidad, pero cuando ya me lanzo, en compañía de otros miles como yo, hacia el primer desafío del día, empieza a llover bastante.

Comienzo a subir.

La lluvia no cesa y yo en mi bicicleta.

Por momentos es torrencial, acompañado de rayos y truenos.

Me acuerdo de Santa Bárbara, como dice el refrán, y a ella me encomiendo.

A medida que gano altura la temperatura también va bajando.

Frío intenso.

A todo este recital climatológico se nos añade ahora la niebla mientras asciendo por una carretera estrecha con el pavimento en bastante mal estado y encima no veo a la distancia de dos metros.

La montaña me mira a los ojos retándome a la cara empapada en sudor frío.

Llego al puerto y la temperatura es de 2ºC.

Bajar en estas condiciones será peligroso.

Vamos pasando poco a poco.

Los ciclistas casi ni nos miramos.

Tampoco nos vemos con nuestras caras tapadas por los impermeables.

Hay algunos que desaparecen entre las pendientes.

Otros, mal equipados, con ropa y guantes de verano, ponen pie a tierra.

No para de llover.

El espectáculo es dantesco.

Carretera impracticable por el barro.

Ríos de agua surcan la calzada.

El aire frío del descenso es intenso.

Sufro.

Hay gente que se ha refugiado ya en el primer bar camino de la segunda emboscada del día.

Estoy muerto de frío.

Empapado de agua hasta arriba.

Pero ya puestos, decido continuar, prefiero seguir pedaleando hasta donde mis pies me lleven.

No quiero retirarme, aunque la tentación de ver cargados un par de autocares con ciclistas dentro hace que me lo piense seriamente.

Mis piernas, curtidas en mil batallas, empiezan a temblar.

Pero no.

Aquí sigo.

Pensando en qué habré hecho yo para merecer esto.

Con lo bien que estaría en casa, qué hago aquí en medio de una tormenta que no para, entre montañas perdidas, debatiéndome entre continuar y abandonar.

Pero hay algo que me invita a seguir.

Llegar al menos hasta pie de puerto, la última y definitiva escalada, donde tengo aparcado el coche y tomar una decisión.

Porque a pesar de todo, del frío, la lluvia, la niebla… el paisaje es inmortal y el juego de luces y sombras, a partes iguales, el olor a tierra mojada, los colores grises diseminados entre los verdes de estos montes, hacen que prosiga en mi empeño por finalizar, aunque los dioses me hayan abandonado a la buenaventura y hoy tenga que machacar mi bicicleta en el infierno camino del cielo.

Foto: Volta als Ports d’Andorra

El rampante león de la bandera de Flandes

Flandes bandera JoanSeguidor

El león llena la bandera amarilla de Flandes

Flandes, amarillo, por otro lado: Tres colores verticales visten la bandera belga: negro, amarillo y rojo.

Repartidos equitativamente, en tercios, cada color tiene su qué. El negro viene de la armadura, el amarillo por el color del león de las armas y el rojo procede de la lengua y dientes de ese león. No siempre fue así. Hasta hacer su enseña una réplica de la tricolor francesa, ésta era horizontal y con ésta combatieron el rodillo de los Austrias en el siglo XVIII.

Bélgica es un país que alcanzó la independencia en 1830. Sus colores vienen heredados de la heráldica de Bramante, la región central de un país polarizado por dos vertientes muy opuestas en todo: Flandes y Valonia.

En la primera la vida es rural y vecinal, la otra es industrial y afrancesada. Ni mejor, ni peor, diferentes.

Sin embargo son cuatro las grandes regiones belgas.

En medio, Bruselas, color púrpura y flor de lys en medio, flor amarilla por cierto.

Al sur, encajada en montañas, al final de las Árdenas, territorio hostil y bélico, la región alemana, también llamada Limburgo, con león desafiante, casi flamígero rojo y nueve rosas, tantas como ayuntamientos.

Encima de ésta Valonia, la patria de la Lieja y la Flecha.

Su bandera es un gallo, semi protectorado francés.

La bandera de Flandes es otro cantar, harina de otro costal. La verán mucho estos días. Prácticamente sondeará el camino de los pelotones desgajados por estas carreras dibujadas por el demonio. Curva, viraje, giro, contra giro, pasarán mil veces por el mismo lugar, por el mismo cercado, primero bajando, luego en transversal, después subiendo.

Un laberinto en medio de la nada, de pequeñas colinas que fueron atravesadas por la metralla de dos guerras mundiales.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

El león negro sobre fondo amarillo es la bandera de Flandes y casi diría que la del ciclismo.

Sólo algunas otras se podrían medir a ella, la ikurriña vasca, inspirada en la Union Jack, y la luxemburguesa –la civil, que es de franjas azules horizontales con león rampante coronado y con dos rabos- muy frecuente en los muros que van a Lieja cuando los Schleck guardaban opciones de victoria.

La bandera flamenca echa raíces en 1302 cuando Pieter de Coninck la desplegó en la batalla contra los franceses en la ciudad de Kortrijk. Hay dos versiones de esta bandera, adoptada como la oficial flamenca hace poco más de cuarenta años.

Una, la formalmente establecida en los libros, que es amarilla con un león negro y la lengua roja. La otra no diferencia la lengua del rampante animal, que también es negra, porque de esta manera se omite el vínculo con Bélgica.

Esta es la más usual en la Ronde, en Harelbeke, en la Kuurne, en la Het Nieuwsblad,… es la bandera independentista.

La categoría del león flamenco es tan grande que dos ciclistas fueron apodados con tan viril etiqueta. En los años cincuenta, mientras Italia se relamía las heridas de la guerra entre Coppi y Bartali, el tercer hombre, Fiorenzo Magni, hacía historia en Flandes. En la década pasada Johan Museeuw se ganó también el apodo. Ambos fueron leones, y no unos leones cualquiera, leones de Flandes.

Imagen tomada de deronde1.wordpress.com

Sestriere empequeñece ante Chiapucci e Indurain

Aquel día en Sestriere, Indurain y Chiapucci nos tuvieron cinco horas frente al televisor

Val Louron, Luxemburgo, Sestriere… seguimos con el maratón Indurain y Chiapucci no falla a casi ninguna.
Pongámonos en situación: Tour del 92, año olímpico en Barcelona, año II después del Miguel Indurain.
La jornada reina es un maratón alpino cuya bandera se baja en Saint Gervais Montblanc y rompe en Sestriere, la cima privilegiada por el ciclismo desde que Fausto la coronara hacía cuarenta años.
Un camino sembrado de dureza abre el fin de semana en los Alpes, al día siguiente esperaba Alpe d´ Huez.
Aquel Tour no era especialmente duro, a excepción de etapas como la que narramos, que excedía cualquier racionalidad.
Las naves se queman en bloque. Fuera especulación, no hay espacio para ella.

A una eternidad de meta, a más de 200 kilómetros de la estación italiana, Claudio Chiapucci desafía las leyes de la física vertidas al raciocinio de las pizarras y estrategias.
El control salta por los aires y en el Iseran, ese alto que toca el cielo, el gitano ya circula solo.
Atenazados por la exhibición de Luxemburgo, en la crono más increíblemente vista nunca, los rivales de Indurain actúan a la desesperada.
Chiapucci pertrechado en el maillot a lunares pone la carrera al límite, el no va más.
Chiapucci ve Sestiere lejos, pero sabe que la ventaja de Indurain -quedaba otra crono- no ofrece otra alternativa que el riesgo.
Tras varias horas de retransmisión narradas por un jovencísimo Carlos de Andrés, llega el Mont Cenis, el alto que hace de punto de inflexión entre Francia e Italia.
Con la parroquia temblando en las cunetas, Gianni Bugno, el elegante campeón del mundo, no puede permitir que la gloria transalpina quede en manos de Claudio, al menos en exclusiva.
Arranca don clase a la rueda de Abelardo Rondón, entonces compañero suyo pagado a talonario, y se lleva a Indurain. La caza cuenta también con Franco Vona, el despoblado de testa italiano que venía de firmar un Giro excepcional.
Relevo uno, cabeza el otro, el ritmo de Indurain esconde una trampa mortal, sin aceleración evidente, pero con sostenida cadencia, Miguel suelta a Bugno.
Éste no volvería a circular tan cerca del navarro en la vida.
Bugno mejor tratado por las apuestas, más precoz, más ambicioso sobre el papel presenciaba el giro acaecido en el escenario, ahora él no era el favorito, esta condición la poseía por años Miguel Indurain, quien cegado marcha en pos de Chiapucchi.
La ventaja superior a los cuatro minutos cae por debajo del minuto, cualquier bien nacido sabe que el italiano merece la victoria por encima de cualquiera, pero ver a Miguel cuajando el amarillo y sumando una etapa en montaña hace tilín.
No pudo ser, el tronado de Uboldo mantiene la compostura al tiempo alzando la mano para abrir el paso como Moisés los mares entre la telaraña de aficionados.
Miguel padece los rigores del sobreesfuerzo.
En Sestriere, entre ciclistas postrados a la caza de aire, colgados de vallas, acuciados por auxiliares, todos contentos, se hizo justicia entre Indurain y Chiapucci.
Etapa para uno, liderato para el otro.

¿Y si la Vuelta a España la hubieran parido los catalanes?

Primoz Roglic La Vuelta JoanSeguidor

La historia dice que la Volta fue la antesala de la Vuelta

Puestos sacar de las catacumbas de la historia episodios y personajes de nuestra maltratada historia ciclista, estas fechas resultan especialmente indicadas para hablar de una aparente y poco conocida paradoja sobre la Vuelta.

La Vuelta Ciclista a España estuvo a punto de ver la luz en 1913, y no en 1935, como finalmente sucedió. Y aquella Vuelta non nata tenía que ser cosa de catalanes. Sí, de catalanes de Barcelona, aunque algunos habían nacido en otros sitios, como el propio Artemán, o el cerebro gris detrás de todo: Narciso Masferrer, catalán como el que más… nacido en pleno Foro.

La Vuelta nacional de España, cosa de catalanes. ¿Se imaginan?

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La Vuelta del siglo XXI está sólidamente anclada en el imaginario colectivo como un asunto que, pase por donde pase y vaya adonde vaya, siempre acaba en Madrid.

El Paseo de la Castellana es a la ronda española lo que  los Campos Elíseos a la Grande Boucle. Más español que un botijo.

Obvio, ¿no? Francia-París.

El Tour acaba siempre en París. Italia-Roma.

El Giro acaba siempre en… ¡un momento! ¡El Giro acaba siempre y desde siempre en Milán! A ver si resultará que no todas las vueltas nacionales tienen el mismo ADN jacobino…

Y a ver si resultará que la propia Vuelta nacional de España no siempre ha tenido tanto apego por el oso y el madroño.

Repasando las ciudades que acogieron los finales de las Vueltas de 1955 a 1979 las cuentas son las siguientes: Bilbao, 13 veces; San Sebastián, 6 veces; Madrid, 5 veces. Hay trampa claro, porque tanto en el caso italiano como en el español durante el periodo mencionado el periódico organizador era (es) de la ciudad donde más veces suele acabar la ronda en cuestión. Pero lo significativo es precisamente que sea un periódico de Milán, y no de Roma, el promotor y organizador de la vuelta nacional italiana. Y todavía más interesante es que durante gran parte del franquismo la Vuelta fuera un asunto… de vascos.

Recuerdo que en la presentación del libro del malogrado Xavi Tondo que tuvo lugar en Valls, el autor, Rafael Vallbona, afirmó que hoy en día la Volta es la vuelta nacional de Catalunya.

No entraremos a valorar si esta afirmación es esencialmente cierta o si se trata de un desideratum más o menos candoroso.

Lo que sí que es impepinable es que quienes la parieron, allá por 1911, no pensaron ni por un segundo en clave nacional catalana, sino todo lo contrario, en clave española y españolista.

Solo hay que repasar los encendidos artículos patrióticos (españolistas, se entiende) que publicó en abundancia Narciso Masferrer, otra figura casi olvidada que está pidiendo a gritos desde el más allá que alguien le escriba una biografía, en una de sus criaturas favoritas, El Mundo Deportivo. Y digo una, porque el hombre tuvo familia numerosa: la Volta a Catalunya (con permiso de mi amigo Iván: Artemán fue el ejecutor, pero Masferrer fue el cerebro), el Salón del Automóvil, la Federación Española de Ciclismo, de la que fue presidente hasta en cinco ocasiones, el estadio olímpico de Montjuïc… Masferrer fue el gran inseminador de la cultura deportiva de este país, y todavía espera desde el más allá que algún alcalde le dedique una triste calle.

No, la Volta no nació como vuelta nacional catalana, sino como embrión de la que tenía que ser la primera Vuelta a España de la historia, en 1913.

La promovían un grupo de burgueses de Barcelona, encabezados por el catalán-madrileño Masferrer desde su doble cuadro de mandos de la presidencia de la Unión Velocipédica Española (la actual RFEC, que tuvo sede en Barcelona hasta 1939) y de la dirección de El Mundo Deportivo.

Durante el verano de 1912 la campaña pro-creación de la Vuelta España emprendida por Masferrer llega a su punto álgido.

E inmediatamente decae. El proyecto nunca verá la luz, para amargura de su padre ideológico. ¿Dónde se encalló el barco? Pues por lo que parece, en plena meseta castellana.

La culpa fue, al menos según el padre frustrado de la criatura, de la frialdad e indiferencia con que el proyecto fue acogido en la capital española. El 24 de octubre de 1912 El Mundo Deportivo informa de que los enviados del comité organizador a Madrid (entre los cuales figura… Miguel Artemán)  regresan con impresiones “nada positivas” respecto a la viabilidad del proyecto. La Vanguardia, diario en el cual Masferrer ejerce por entonces de redactor jefe de deportes, anuncia finalmente el entierro del proyecto de una Vuelta a España catalana:

“Esta noche celebrará sesión el Comité Central de la U. V. E. para acordar la línea de conducta que ha de seguir, ante el fracasado propósito de verificar la Carrera Vuelta à (sic) España (…) Las dimisiones de todo el Comité se confirmarán esta noche y que para enero próximo se reunirá un nuevo Congreso para la elección de cargos y quien sabe si para tratar de un cambio de capitalidad, puede que necesario para la buena marcha de la U. V. E. (La Vanguardia, 12 de noviembre de 1912).

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Seguramente en el fracaso del proyecto intervinieron otras causas de peso, aparte del pasotismo madrileño. Dejémoslo correr. Pero no deja de ser sugerente pensar en lo que hubiera podido ser una Vuelta Ciclista a España creada tan solo diez años después que el Tour de Francia (y no 32, como acabó pasando), con salida y llegada en Barcelona, y parida y gestionada por catalanes.

Una Vuelta más española que un botijo, seguramente, porque no parece que Masferrer ni ninguno de sus hombres tuvieran nunca la más mínima veleidad catalanista. Pero eso sí, un botijo con aires de càntir.

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Para saber más: López, Bernat (2010): “The Failed Vuelta Ciclista a España of 1913 and the Launching of the Volta a Catalunya (1911–1913): Centre Versus Periphery in the Struggle for the Governance of Cycling in Early Twentieth-Century Spain”. Sport in history vol. 30, n. 4.

Por Bernat López, profesor de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Rovira i Virgili y promotor de la editorial Cultura Ciclista

Thomas De Gendt sí que hizo la Milán-San Remo

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Diez horas le ha llevado la «Milán-San Remo flamenca» a De Gendt

En la Volta virtual que ha empezado este lunes, Thomas De Gendt fue el ganador preferido de la afición.

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Ya ves, el belga es como el Cid, gana batallas en las que no concurre.

Su «triunfo» llega de forma simultánea a la noticia de su homenaje a la Milán-San Remo por las rutas de Flandes.

Le acompañó Jasper De Buys, también del Lotto, un pistard que pudimos disfrutar en nuestra visita a los Seis Días de Gante.

Hizo una salida que comprendió las provincias de Bruselas, Gante y Amberes, pasando por rutas tranquilas y plazas vacías.

En Bélgica no existe la prohibición de salir en bicicleta, como también sucede en otros países.

La ruta les llevó diez horas, nada menos, una salida que fue una paliza, la más grande que nunca ha realizado Thomas De Gendt, un corredor con legión de admiradores, uno de esos que no miras la bandera cuando caes rendido a sus pies.

Diez horas de salida, por que le sopló el viento en medio del recorrido, una locura para cualquier mortal que al menos nos sirven de excusa para hablar de la Milán-San Remo estos días en los que la primavera ha aterrizado sin pena ni gloria.

Ojalá le veamos disputar la primavera, aunque fuera en otoño o en cualquier otro momento.

Y si no que siempre le quedará Teruel. 

Por soñar…

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