#Top2019 El gran salto de Primoz Roglic

Tuvalum

El Primoz Roglic que sale del 2019 es un corredor que aspira a todo

 

Diciembre-enero, albores del año que entra, epílogo del que se va y Primoz Roglic llena una crónica, no sé si la primera de 2020, la última de 2019.

Sea como fuere, el corazón helado, esloveno, no es protagonista de un salto de esquí, lo de ciclismo, del salto, el gran salto de un corredor que ha trepado hasta la cima de la bicicleta con la misma decisión que muestra cada momento que se fija un dorsal en la espalda .

Corazón helado, ciclista frío, lo describen distante, algunos, más cálido otros, nosotros le vemos sobre la máquina, y ahí es un privilegio verlo.

Primoz Roglic es el ciclista de 2019, no quizá el mejor, al menos a nuestro juicio, sabéis la predilección por lo que ha hecho Egan Bernal, su juventud barnizada de ambición, pero el términos absolutos, el 2019 de Primoz Roglic es demencial, bestial, el golpe en la mesa más genuino visto en mucho tiempo, la presentación en sociedad más sonada en años.

 

Numéricamente ahí lo lleváis, trece victorias, sólo superado por su compañero Dylan Groenwegen, y rodeado de anotadores: Ackermman y Bennet.

Alaphilippe, con doce, se le aproxima de entre los #Top2019.

Así las cosas, el despiece de la obra de Roglic se alarga desde febrero a octubre, y ahí cupo de todo.

Tre generales, la de UAE, la primera, la Tirreno, apretadísima sobre Adam Yates y Romandía en modo «sin pestañear».

Ese Grand Slam tuvo resaca, alargada, durante tres semanas por Italia. 

Como dicen los gitanos, no queremos buenos comienzos y sí mejores finales, Roglic lo aplicó, pero al revés.

Si Giro lo habría firmado el mismo Indurain, con unos varapalos contra el crono que no le recordamos más que a un puñado.

Pero Italia, ciclismo bello, tierra de pasión y sangre rosa, es una caja de sorpresas. 

Cuando llegaron los Alpes, los piamonteses, los de Aosta, a Roglic las cuentas ya no le salían y no cabía más mérito que el de los rivales, personajes inquietos que le frenaron, como Nibali, y le pasaron la mano, como Carapaz.

El Giro de Roglic se salvó en la campana de la arena veronesa, con el podio, el primero en una grande en el zurrón y una lección bien aprendida.

Ir de tapado a la Vuelta la favoreció.

 

Aquí las cosas fueron diferentes de inicio a final, empezó mal, acabó mejor.

Tuvo momentos en el filo y en casi todos estaba solo, si bien en España el Jumbo funcionó cien veces mejor que en Italia.

Y en este cruce de caminos, siempre alguien le sacaba las castañas del fuego, nunca un duelo tipo Movistar-Astana benefició tanto a un tercero.

Pero no fue sencillo, sacó lo mejor en aquel caos andorrano, caído, atropellado por una moto, y firmó la crono perfecta para auparse con un rojo que ya no dejaría.

Primoz Roglic subió al podio de Madrid, líder, ganador y al final atisbó París y ese morbo que trae servido el tridente del Jumbo para el año que viene.

Porque por este corredor que parece ni sentir, ni padecer, también corren sentimientos, y lo que se alumbra para el año nuevo es que este corredor sólo puede ir al Tour a liderar.

Todo lo demás, seguro que hoy, no lo firmaría.

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