Marie Blanque en el Tour: Por fin va a ser decisivo

Marie Blanque Tour 2020 JoanSeguidor

El Tour 2020 le da la mil veces negada oportunidad de ser trascendente al Marie Blanque

 

El Col de Marie Blanque no será una montaña más, ni de paso, en el Tour de Francia 2020.

Sobre el lugar, la «dama blanca», nuestro compañero Jordi Escrihuela nos escribió hace un tiempo…

Lo he ascendido once veces, las cinco primeras de forma consecutiva (1997-2001) y podría dar para escribir un libro todas las sensaciones, para lo bueno y lo malo, que yo he vivido ascendiendo este puerto. Aquellos años encadenado al terror de los Pirineos Atlánticos tuve una extraña sensación: cada vez que volvía y me enfrentaba al muro de sus 4 km finales y engranaba todo lo que llevaba detrás (desde 39×26, pasando por toda la gama, hasta el compact 34×27) me daba la sensación como si el tiempo no hubiera pasado y allí me veía de nuevo escalando mi dulce tortura (Miguel Gay-Pobes), como si lo hiciera eternamente, pedalada a pedalada, buscando la siguiente curva, esa que no llega nunca, para intentar distraer la cabeza.

Podría deciros que casi todas las subidas que he hecho a esta mole han sido bien diferentes, pasando un calor de morirse (40ºC, 1998) a la niebla, la lluvia y el fresco de otras ediciones, sin poder llegar a decir que he pasado frío, pues esto, en el Marie Blanque, es imposible que suceda y siempre con sensaciones variadas, buenas o malas, aunque estas últimas siempre me han ganado por mayoría absoluta con “esa sensación de intentar avanzar sobre una bici estática” que tan bien describía el propio Miguel Gay-Pobes.

Como gran anécdota, recuerdo mi primera ascensión. Sus primeros kilómetros decepcionaron un tanto a los que me acompañaban (“¿Esto es el terrible Marie Blanque? Esto no asusta a nadie”) Y que incluso subían a plato aquellos suaves primeros desniveles. Qué equivocados estaban, cuando de repente se toparon con el muro, la famosa recta infernal de 4 km al 12%, que muchos afrontamos completamente atrancados, otros haciendo eses o bien andando con la bici en la mano.

 

El Marie Blanque no es un col más, es muy conocido por el populacho, y en el Tour 2020 por fin tendrá la relevancia que merece…

 

Mis tres montañas ciclistas más míticas

Marmolada montañas ciclistas JoanSeguidor

Estas son las tres montañas ciclistas que nos salen del complicado ejercicio de síntesis que supone elegir sólo tres

De entre las cientos de montañas ciclistas le hemos pedido a Nacho que nos diga tres, sólo tres, en un ejercicio que no es sencillo.

Si hay un deporte que se fusiona con el lugar que pisa, ese es el ciclismo.

Montaña ciclista Tourmalet JoanSeguidor

Y ¿qué hay más ciclista que la montaña? 

Entre todas las subidas que han hecho la historia de ciclismo me quedo con el Tourmalet, porque es la montaña por excelencia, el Kapelmuur, pues ahí está la esencia de Flandes, y la Marmolada porque combina la belleza y dureza de los Dolomitas como ningún otro.
Son tres, las nuestras, como nos cuenta Nacho pero en esta comunidad ciclista cada vez más viajada seguro que las montañas ciclistas trepan por el imaginario…

Collfred… ¡qué salvajada!

Si os van los puertos duros, con desniveles imposibles, id a Collfred

No lo puedo evitar. Soy incorregible, miro Collfred…

Me siguen atrayendo los retos en forma de montañas y desniveles.

Cuanto más duros, mejor.

El otro día hablando con un amigo llegamos a la conclusión de que “el llano nos aburría”, que a nosotros lo que nos gusta son los puertos y que babeamos en cuanto vemos una rampa exigente, ni que sea la de salida del parking.

 

Somos así. No lo podemos evitar.

Y encima ahora con el reto CIMA, se ha abierto la veda: ¡que se preparen los puertos! ¡Vamos a por ellos!

Así, en mi caso, he iniciado una pequeña colección de “cromos” que me faltaban, nuevos colosos que han surgido aquí mismo, muy cerca de mi casa, como si de gigantes bolets se trataran.

Ya no tengo que ir a Asturias, Pirineos o Alpes a buscar belleza y dureza. Las tengo aquí mismo.

Hace unos días fue Pradell, ahora le ha tocado a Collfred.

¿Pradell o Collfred?

Si antes la discusión estaba entre Turó de l’Home o Mont Caro, ahora está entre ellos, pues parece que lo que está claro es que ambos los superan en dureza.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Yo, sin lugar a dudas, os puedo decir que Collfred, siempre hablando bajo mi modesta opinión y valorando todas mis ascensiones, es uno de los puertos más duros que he subido nunca, o al menos de los que se me han hecho más duros.

Como podréis leer por ahí, Collfred es terrible, o “és dur de collons”, el auténtico monstruo de la Garrotxa.

Yo lo tengo muy claro.

Para que no digan que “sólo” hago ascensiones, esta vez me lo curro un poco más, y mi aproximación es hasta Sant Pere de Torelló.

En esta localidad es donde agarro la bici, ansioso de nuevos descubrimientos, y me adentro en la carretera que asciende al collado de Bracons.

RH Hoteles, todo Levante en la mano del ciclista 

Bracons, por este lado, es la cara “fácil”, aunque de esto no tiene nada.

Si bien es un puerto muy irregular no deja de ser por eso dificultoso.

Es destacable a partir de la población de La Vola, donde dará inicio la parte más dura, con rampas de hasta el 14% en alguna que otra curva.

Regulando mucho, sabiendo lo que me esperaba después, corono sin problemas el puerto, llegando a la preciosa comarca de la Garrotxa, ya en la provincia de Girona.

Foto de rigor junto al cartel y me dejo caer dirección Joanetes, con la cabeza ya puesta en Collfred.

 

El monstruo de la Garrotxa

Tengo unas ganas locas de llegar, pero aún me da tiempo de contemplar la belleza de la Vall d’en Bas, disfrutando de un buen paseo de unos 6 kilómetros rodeado de unos campos verdes, agraciados por las benditas últimas lluvias, antes de llegar a Sant Privat d’en Bas.

Andaros con ojo, antes de entrar en el núcleo antiguo del pueblo, de coger bien el desvío hacia Collfred, ya que no está indicado por el nombre del puerto.

Tenéis que seguir dirección Vidrà y es aquí cuando ya lo tendréis en el punto de mira, llaneando un rato junto a un campo de fútbol que dejaréis a la izquierda, antes de enfrentaros a la primera rampa seria del monstruo.

No os puedo negar que sentía admiración y respeto, miedo pero curiosidad, por ver, por fin, todo lo que había leído sobre él.

Por supuesto que aquí echo mano de todo lo que llevo (34 por 27) y que no quitaré hasta el final, aún sabiendo que hay descansillos.

No voy a bajar piñones. Prefiero ir ligero y poder afrontar las siguientes rampas, siempre entre el 18 y el 20%, en forma de curvas hormigonadas.

 

Toda esta primera parte del puerto es así, lo que yo esperaba: 4 kilómetros encadenados que, a modo de escalones, con pequeñísimos rellanos donde recupero un poco la respiración, voy subiendo como una escalera con peldaños gigantes y sin barandilla donde agarrarme.

La carretera es estrecha y arbolada, aunque poco a poco, a medida que voy ascendiendo, se va abriendo, no sin afrontar duras rampas y oteando lo que parece ser un primer alto.

Desde ese punto se puede contemplar parte de la subida realizada, antes de que una nueva rampa al 20% me vuelva a poner a prueba.

El desnivel se sigue acusando, justo en el momento en que cruzo la primera de las tres barreras canadienses.

Atención porque son muy peligrosas, ya que la distancia entre barrotes es bastante considerable.

¿Os he dicho que durante toda la ascensión he estado acompañado por unas espectadoras muy especiales?

Sí, todos estos campos están llenos de grandes y hermosas vacas, que contemplan con bucólica visión mi cansino paso.

La salida del paso canadiense esconde otro tremendo muro.

Este puerto se sube a base de sustos.

Echando la vista atrás se contempla el paisaje… y las puñeteras rampas.

El firme de la calzada no ayuda nada, además de curvas y más curvas hormigonadas, gravilla, mal pavimento… y la maldita pendiente, claro…

Sigo enlazando muros. Parece que el final está cerca.

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En este punto encuentro algunos descensos, seguidos de tremendas rampas.

Esto ya será así durante los últimos kilómetros, más llevaderos pero muy tocado por el tremendo esfuerzo que ha supuesto salvar estos terribles desniveles.

En el descenso hacia Vidrà, hice amistad con un vecino al que le pregunté cuánto faltaba para llegar al pueblo.

Se trata de Hugo, francés, que lleva 20 años viviendo aquí, en la primera casa que encontréis a mano izquierda en el descenso.

Me estuvo explicando que este puerto lo asfaltaron un poco antes de que él llegara, y que por aquí viene muy poca gente.

Se sorprendió mucho de que hubiera llegado hasta allí en bici y se ofreció a llevarme de vuelta a Sant Pere de Torelló, a lo que accedí gustosamente.

SQR – GORE

 

Si vais por allí, podéis ir a su casa -seguro que os invita a almorzar-, y le podéis dar recuerdos de parte de Jordi.

Es buena gente.

Foto: Jordi Escrihuela

Altimetria: www.ramacabici.com

Turó de l’Home: tan cerca y a la vez tan lejos

Turó de l'Home JoanSeguidor

¿Para cuándo un gran final de etapa en el Turó de l’Home?

El otro día me llegó esta petición sobre el Turó de l´Home y el ciclismo:

Por supuesto, no dudé ni un momento en firmarla.

Turó de l’Home: sus credenciales

La primera vez que vi escritas estas palabras -“Turó de l’Home”- fue en el boletín de excursionismo que proporcionaba mi Club cada inicio de temporada.

Era el año 1993 y yo nunca había oído hablar del Turó como ciclista, aunque sí del Montseny, el pulmón verde que se encuentra escasamente a una hora de coche desde Barcelona.

 

Cuando cayó en mis manos aquel calendario de excursiones, me fijé en una salida que estaba marcada con 5 estrellas: sí, era la del Turó de l’Home, que se hacía el 24 de julio con un recorrido de 175 km.

Palabras mayores.

Buscando en el libro de Joan García Ayllon: “Ciclistes! Altimetries de totes les carreteres de Barcelona”,  encontré en sus páginas el Turó.

Viendo su altimetría, ya quedé impactado por sus tremendos desniveles.

El amigo Joan García, en aquella Bíblia, lo describía de la siguiente manera:

“Coll del Turó de l’Home o del Pregó, 1680 metros, 1ª especial, grado de dificultad 164, 24’2 km, 1500 m de desnivel –el que más-, media de 6,2 % -aunque los últimos 6 km al 8,96 % con aire molesto normalmente-, el peor de toda Catalunya y Andorra –por su dureza- y para ciclistas muy bien preparados”.

Esta era su carta de presentación.

Impresionante, ¿no?

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Este coll se convirtió en una toda una obsesión para mí.

Entre las típicas conversaciones entre los ciclistas del Club,  siempre se escuchaba el mismo debate: ¿cuál es el puerto más duro de Catalunya?

Evidentemente el primero que salía a la palestra era el Turó, pero con duros rivales como el Mont Caro, Rasos de Peguera o el Coll de Pal en Bagà.

No tardaría en comprobarlo por mí mismo.

 

Los 60 km que separan Sant Celoni, a pie del Turó, desde Barcelona, son prácticamente llanos, lo cual sirve para rodar, calentar e ir contemplando el macizo del Montseny, visible desde muchos kilómetros antes.

Una vez en Sant Celoni, también es tradición parar en la fuente que hay en la plaza del pueblo a rellenar bidones, sobre todo en el caso de que el ataque al coloso se haga en pleno verano.

Los cuatro primeros kilómetros son muy suaves.

Poco a poco nos iremos adentrando en el parque natural.

Bajo nuestras cabezas tendremos la mole imponente del Turó de l’Home.

Si el día es claro, podremos divisar incluso la carretera de los últimos 6 kilómetros como se dispara hacia el cielo como una flecha.

Lo primero que nos vendrá a la cabeza será: “¿hasta allí arriba hay que subir?”.

 

Una vez lleguemos a una rotonda, giraremos hacia la izquierda dirección al conocido pueblo de Mosqueroles.

Si lo hacemos hacia la derecha, nos dirigiríamos hacia la más “llevadera” ascensión a Santa Fe del Montseny.

Estos kilómetros hasta Mosqueroles son un toque de atención ante lo que se nos avecina, pues las rampas ya no bajarán del 7%.

La excepción será 1 kilómetro aproximadamente de llaneo e incluso bajada que nos ayudarán a recuperar, pero también nos sorprenderá: si tenemos que subir… ¿cómo es que bajamos?

Solo se tratará de un espejismo porque de nuevo la carretera se irá elevando por encima de nosotros, con rampas duras mantenidas, hasta llegar a la Costa del Montseny.

En ese punto encontraremos lo más duro de este primer tramo de escalada: una recta al 11% prolongada que se hace bastante pesada.

Así continuaremos hasta Font Martina, ya metidos de lleno en pleno parque, envueltos de un paisaje extraordinario de enorme belleza.

Según como vayamos, en esta fuente podemos reponer líquido y si queréis subir del tirón, pues no pararéis, está claro.

A partir de aquí la pendiente se vuelve más irregular y el pavimento empieza a estropearse.

Aquí encontraremos quizás las rampas más atractivas de toda la subida: 4 curvas en herradura de impresión, 180 grados de giros y contra-giros que no bajarán del 14 %.

La carta de colores de Berria es importante… 

Tendremos que poner todo lo que llevemos, si no lo hemos hecho ya antes, y las gotas de sudor irán empañando nuestras gafas por el esfuerzo realizado.

La carretera se estrecha bastante no sólo por la reducción del pavimento -prácticamente solo puede pasar un coche-, sino también porque nos introducimos en un frondoso bosque de hayas y castaños configurando un hermoso túnel natural donde incluso en pleno día el sol tiene dificultades para entrar.

Después de tantas emociones disfrutaremos de un «descansillo» con un kilómetro llano a la altura del Mirador –con vistas espectaculares-, antes de afrontar la decisiva escalada hacia el cielo cuando veamos el cruce que nos dirigirá hacia el punto más alto del macizo del Montseny: el Turó de l’Home.

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Ya metidos en estos últimos 6 kilómetros comprobaremos con toda su dureza por qué el Turó es todo un fuera categoría: la carretera se empina sin contemplaciones con picos del 11-12-13 y 14%.

En estos primeros kilómetros, pasado el cruce, nos acompañará un precioso bosque de abetos ofreciéndonos una típica estampa de alta montaña, no teniendo nada que envidiar a paisaje alpino o pirenaico alguno.

A falta de 3 km, toparemos con la rampa más dura de toda la ascensión: un tremendo muro al 18%, donde tendremos que retorcernos para vencerlo.

Una vez logrado, veremos que el puerto se abre espectacularmente, la vegetación empieza a escasear y a más de uno le recordará, un poco, la ascensión al Mont Ventoux.

¿Por qué?

El Turó de l´Home también está pelado, calvo y también es ventoso.

Además está coronado, igualmente, con una antena, mucho más modesta eso sí, que la del Gigante de Provenza.

El pavimento descarnado enfilando ya la recta final, oteando la estación meteorológica, que está ahí pero no llega nunca, no ayudará mucho en nuestra escalada.

Mientras seguiremos salvando curvas inhumanas y algún “recuerdo” de alguna vaca que haya pasado por ahí.

También tendremos que ir sorteando baches y gravilla.

Atención, por tanto, cuando descendamos.

Cuando ya estemos a punto de coronar nos sorprenderemos con un final de 500 metros completamente llanos.

Podremos aprovechar para subirnos la cremallera del maillot, meter plato y levantar los brazos por haber derrotado uno de los puertos más duros del país.

Arriba nos daremos cuenta que el Turó es lo que aquí llamamos “un cul de sac”, que quiere decir que no tiene salida y hay que volver por dónde hemos venido.

Esto puede explicar su ausencia en las grandes vueltas y el hecho de poder dudar que haya sitio suficiente para albergar toda la infraestructura necesaria para montar un final de etapa.

Pero valdría la pena intentarlo.

SQR – GORE

 

Arriba del Turó las vistas son impresionantes: de un vistazo se puede llegar a contemplar a la vez el Tibidabo en Barcelona, el macizo de Montserrat, ciudades costeras del Mediterráneo e incluso el Cap de Creus.

Algunos dicen que también Mallorca, pero esto pasa en días excepcionalmente claros.

El Turó de l’Home está ahí, tan cerca pero tan lejos, inmutable, sereno, para que disfrutemos de cada uno de sus rincones, de cada una de sus curvas, de sus rampas, su paisaje, su bellesa que, unida a su dureza, hacen de él uno de los puertos más queridos por los cicloturistas catalanes.

¿Para cuándo este final de etapa espectacular que lo glorifique definitivamente?

Fotos: www.rosdemora.com

Cicloturismo singular: el Puerto de Bèrnia

Puerto de Bèrnia JoanSeguidor

En el Puerto de Bèrnia tienes un rinconcito del norte en pleno Mediterráneo

Abrimos un capítulo de puertos que nos parecen interesantes pero no figuran en los grandes libros y lo abrimos con el Puerto de Bèrnia.

Son puertos que son joyitas al ojo del ciclista exigente que quiere variedad y premio… 

El primero que nos trae Nacho lo tiene cerca de casa, a unos 40 kilómetros de Benidorm, al norte de la provincia de Alicante, donde está el Coll de Rates, ahí donde se junta la cosa con la Marina Alta y donde muchos pros hacen su prueba de los 20 minutos.

Suscribiros al canal de YouTube que El Cuaderno de JoanSeguidor acaba de poner en marcha

El Puerto de Bèrnia ofrece un arbolado de inicio, con una especie de pedanía a mitad de puerto, dejando unas pinturas rupestres, viendo siempre el Coll de Rates ahí al lado, porque luego, hacia el final se abre a la vista y los sentidos.

Casi todos los puertos de la zona son secarrales, paisajes mediterráneos, aquí tienes imágenes del norte.

Es la peculiaridad del Puerto de Bèrnia. . 

La carretera es de vía muerta, no lleva a ningún sitio, más allá que con uno mismo.

Otro premio: el poco tráfico.

Vendrán más puertos…

Con el Angliru, la Vuelta no volvió a ser la misma

¿Echáis de menos el Angliru en La Vuelta?

Mi primera ascensión al Angliru va camino de cumplir 20 años, el tiempo que ha pasado desde el primer asalto de la Vuelta a España.

Bueno, la primera y la segunda también, porque fueron casi seguidas -sólo tres días de diferencia-.

 

Como siempre, pensaréis a qué vengo yo ahora a explicaros batallitas en el coloso asturiano, cuando habréis leído sobre él ríos de tinta con experiencias para todos los gustos.

Para mí, el muro de Riosa, es como un hijo al que has visto dar sus primeros pasos, crecer, fortalecerse y hacerse mayor.

Exacto, a eso me quería referir.

Yo subí por vez primera lo que en un principio se quiso llamar como La Gamonal, “un coloso de espanto”, antes que en sus rampas se empezaran a escribir en letras de oro la historia de esta cima de leyenda.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Incluso mi segunda ascensión fue antes que lo hicieran los profesionales, al menos en carrera y en competición.

Por tanto, las crónicas de las batallas que aquí iban a suceder aún estaban por escribirse.

En ese sentido, esa cinta asfaltada que se disparaba hacia el cielo, aún permanecía en blanco y ahí quedaba a la espera de que en sus cuestas se narrara el mito que estaba a punto de nacer.

Mi historia personal, en aquella nueva cumbre del ciclismo mundial, la empecé a escribir un 9 de septiembre de 1999.

 

Sí, aquel esotérico día del 9, del 9, del 99, en el que algunos profetizaron el fin del mundo, un apocalipsis que se daría al día siguiente cuando todos los sistemas informáticos pusieran “por defecto” sus contadores a “0-0-00”, que nos harían volver, según algunos iluminados, a la época de las cavernas, que eran los mismos que nos advertían del terrorífico “efecto 2000”.

¿Recordáis todo esto?

Si aquel día era jueves, por cierto, de mucho calor en el Principado, al siguiente fue viernes, por supuesto -echando por tierra las teorías de los catastrofistas-, y al otro sábado, hasta que llegó el esperado domingo 12 de septiembre de aquel año 99.

Ese día el Angliru fue asaltado por los ciclistas de la Vuelta. 

Otra jornada para el recuerdo.

Aquel festivo no tuvimos buen tiempo, amaneció lluvioso y con el típico orbayu asturiano que se prolongó durante todo el día.

No voy a narrar aquí y ahora lo sucedido en aquella mítica etapa.

Ya lo hice en su tiempo y todos la recordamos por muchos y variados motivos.

Hasta aquí, punto.

Volver a hablaros del Angliru es algo que siempre apetece y llama la atención.

Sólo escuchar su nombre puede desatar entre nosotros pasiones bien diversas.

Coronarlo de nuevo, el pasado año, fue para mí una satisfacción enorme.

No dudé nunca en que lo iba a conseguir.

 

Los músculos, las piernas, tienen memoria, y con corazón y cabeza todo se supera.

Eso sí, no me preguntéis lo que tardé, bastante más que mi primera vez, pero seguro que esta vez lo saboreé con más gusto.

La escalada en sí no tuvo mucha más historia que el propio goce de hacerlo una tarde de verano, donde no había casi nadie, muy diferente al bullicio que se vive, las aglomeraciones y el brutal turismo que inunda Covadonga, convirtiéndola en un parque temático.

En cualquier hotel de RH Hoteles, hay una casa para el ciclista

La nueva grata experiencia me hizo palpar cada rincón, cada curva, extasiarme con este plató al aire libre, con esos anfiteatros que se elevan por encima de nuestras cabezas, alucinando con la visión de La Cueña de les Cabres, allá arriba, como una pista de salto de esquí alpino.

Compartir mi cansino pedaleo con las vacas que paseaban por medio de la calzada, que iban más deprisa que yo.

Llegar arriba y tocar el cielo con las manos, solo, recreándome en aquel escenario y fijándome en cada detalle.

Mientras subía, pude ir leyendo todo lo que se había escrito sobre el Angliru, desde aquella mañana del 99 hasta la ascensión de 2013.

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En cada una de sus curvas hay testigos de madera en los que podemos “ojear” las primeras planas de los periódicos que en su día dedicaron sus páginas a plasmar negro sobre blanco la épica escrita en este Olimpo del ciclismo.

Encontré primero un panel con los nombres de todos los vencedores en su cima: el recordado Chava Jiménez (99); Gilberto Simoni (2000); Roberto Heras (2002); Alberto Contador (2008 y 2017); Juanjo Cobo (2011) con asterisco y Kenny Elissonde (2013).

Más adelante leí titulares de diarios como Marca de aquel 12 de septiembre del 99:

“El infierno. Hoy la etapa más terrorífica de la historia”

con un premonitorio fotomontaje del Chava “escalando” un muro con cuerdas, como si fuera un alpinista: “voy a intentar subir el primero”.

También quedan reflejadas páginas de La Nueva España en el año 2000, con cabeceras como:

“La vuelta del coloso. El Angliru dictará sentencia a un pelotón temeroso de sus rampas”

Explicando cómo “la montaña riosana había resucitado una zona deprimida y una Vuelta necesitada de emociones fuertes”, y “como el antiguo camino de vacas que sube hasta llamar a las puertas del cielo es ya la llegada más famosa de la ronda española”.

No falta espacio dedicado en 2002 cuando “Heras conquistó “su” Angliru, con una gran exhibición bajo el diluvio, poniéndose líder y sacando tiempo a Aitor González” o el “Olimpo de pasiones” que dedicaron, con grandes letras, a la afición, como homenaje “a las decenas de miles de aficionados que, con su apoyo, sus banderas y sus pancartas, convirtieron el Angliru en un santuario para rendir culto a los ciclistas y que ni siquiera la “tormenta del siglo” ni la niebla pudieron frenarlos”.

Avanzando, me percaté de otra profética portada bajo el titulo:

“El infierno de la Vuelta. La llegada al Angliru resucita el interés por el ciclismo”

Ccon unas declaraciones de Alberto Contador: “me gustaría ganar esa etapa”, en un terreno “en el que ha de marcar la diferencia” ya que “la rampa del 23,5 en la Cueña de les Cabres asusta a los corredores”, incluso con una frase del alcalde de Riosa: “El Angliru es el faro del ciclismo mundial”.

Frases como “El Angliru, una pared descomunal” o “Bestial, lo más duro que se ha subido nunca”,  recogen más páginas de diarios como El Comercio.

En una de ellas, de 2008, recuerda “los tres viajes al infierno de Jiménez, Heras y Simoni, los tres únicos escaladores -hasta aquel momento- dominadores en la cima de L’Angliru”.

Para finalizar, arriba en la campa, donde se da por finalizada la subida, una estela levantada allí mismo el 12 de septiembre de 2010:

“en recuerdo del hermanamiento entre Mazzo di Valtellina (Italia) y Riosa, lugares donde se encuentran ubicados respectivamente el Mortirolo y el Angliru, puertos míticos del ciclismo mundial”.

SQR – GORE

 

 

Todos esperamos el retorno del Angliru a La Vuelta, para nuestro completo regocijo, con ganas de que siga haciendo historia y escribiendo más páginas “negro sobre blanco”.

Els Cortals d’Encamp, la meta de Andorra

La etapa andorrana de la Vuelta asalta Cortals d´Encamp

Aún hay gente que se pregunta si vale la pena visitar Andorra en verano, Els Cortals d´Encamp es una excusa.

En todo caso, seguro que no serán ciclistas.

 

Puede que sean turistas de invierno que se acercan al País de los Pirineos para efectuar sus compras y disfrutar del deporte de la nieve en sus pistas de esquí.

Pero para los que amamos el cicloturismo y nos consideremos sobre todo pirineístas, Andorra es mucho más y nos sigue emocionando y despertando esa parte de nosotros como cuando descubrimos por primera vez y en bicicleta los verdes paisajes de los Pirineos.

Después de superar uno de los puertos más duros de este pequeño país, por fin había alcanzado lo más alto a 2086 metros de altitud.

Allí me quedé sentado en actitud contemplativa más de una hora.

No hay nada que me guste más que alcanzar una cima con mi bici, serenarme y deleitarme con las panorámicas.

Solo, sin que nadie me moleste, perdiéndome en la inmensidad de estas cumbres, llevando mi mirada sin rumbo fijo en el horizonte, absorto, viéndolo todo sin fijarme en nada.

Ni que sean sólo cinco minutos.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Es el único espacio de tiempo en el que desconecto de la realidad y me convierto en un espectador más.

Un observador, un admirador y curioso soñador de esta cordillera atravesada por pistas que en pocos meses estarían repletas de esquiadores.

Pero ahora la vall d’Encamp, con su intenso y homogéneo color verde, era de mi propiedad y de todo el que había llegado hasta aquí con la libertad que da el moverse con la pequeña reina.

Ya en Els Cortals d´Encamp, me quedé un buen rato allí arriba.

Els Cortals d’Encamp, un entorno único por su belleza y singularidad, donde tradición y modernidad confluyen en sus bordes (casas rurales) con sus cortals (corrales, pastos cercados) rodeadas por campos y aromas de la tierra.

Pero a la vez también, a menos de cinco minutos del telecabina Funicamp, el acceso más rápido al dominio esquiable de Grandvalira.

Venía remontando la carretera en suave ascenso desde Andorra la Vella, visitando las empedradas calles del casco antiguo de la parroquia d’Encamp y su iglesia románica del siglo XI que pervive inalterable al paso del tiempo.

Sorteando rieras y travesías adormecidas me dejé invadir por el legado cultural y natural, histórico y arquitectónico de un lugar enclavado entre el ayer y el hoy.

Una experiencia que perduró en mí durante mucho tiempo en el recuerdo.

 

La escalada se endureció saliendo de Encamp, y de qué manera, al afrontar una rampa mantenida al 10%.

Las vistas entretenían mi esfuerzo aunque algunas curvas colgadas en la falda de la montaña hacían prever una ruta muy variada.

Toda esta primera parte de la empinada y dura cuesta se interrumpió brevemente al final del tercer kilómetro, donde pude recuperar el aliento.

Observé, escondido detrás de las ramas de los árboles del frondoso Bosc de les Llaus, el camino hacia el precioso Llac d’Engolasters.

El río Pardines que bajaba sin contemplaciones desde lo alto del collado, flanqueado por los postes del teleférico, me conducía en la escalada.

Iba sorteando serpentinas escarpadas, capillas a pie de carretera como la de Sant Felip i Sant Jaume y bordas hasta llegar a Els Cortals.

 

La pendiente aún se amparaba al 8%, pero yo me sentía acogido por la intimidad de las piedras y la madera que me acompañaban en mi relajado ascenso.

La sensación fue de haber viajado a finales del s. XIX, cuando estas casas refugiaban al centeno y los rebaños del frío invernal, hoy rehabilitadas en alojamientos con gran encanto.

De vez en cuando, afrontando alguna curva, podía echar la vista atrás para contemplar la beldad del valle y como, poco a poco, Encamp iba quedando abajo y al fondo, mientras observaba la caprichosa cinta de asfalto que se aferraba a la ladera.

Tan sólo unos momentos antes yo había pasado por allí.

La calma era total.

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Sólo oía el jadeo de mi respiración y sentía los latidos de mi corazón mientras seguía admirando el entorno que destilaba encanto.

Descubría sensaciones inolvidables con la visión de nuevas bordas que intentaban mimetizarse en el paisaje y que me recordaban que estas tierras habían sido de los agricultores y los ganaderos que habían vivido en estas casetas cubiertas a dos aguas y que en aquel momento resplandecían bajo los rayos del sol.

Ya quedaba menos y la montaña ya empezaba a dar síntomas de rendición mientras afrontaba el penúltimo lazo que conducía directamente a la estación después de cruzar el breve, alegre y burbujeante arroyo hasta llegar a la confusa y gran roca en aquel lugar plantada para los amantes de la escalada.

Els Cortals d´Encamp ha entrado con todos los honores en la lista de cuestas irresueltas para cualquier cazador de puertos que se precie de serlo.

SQR – GORE

 

Su puesta de largo en la Vuelta y elevación a los altares fue gracias a un excepcional corredor como Mikel Landa que ni miró para atrás y, sin escuchar la voz que salía de su pinganillo, se quitó el maillot de gregario para convertirse en gran líder coronando en solitario.

Aquel día tardé en iniciar el descenso y apuré todo el tiempo del que disponía, ya que después siempre me queda misma la sensación de no saber cuándo poder volver a sentir esta indescriptible emoción.

Eso sí, bajaba con suficientes argumentos para explicar a los «no creyentes» que Andorra es un país para amarlo durante las cuatro estaciones del año.

Foto: www.ramacabici.com

Montserrat, la cara oculta

La Vuelta asalta Montserrat, la montaña que es santuario de ciclista

«El sueño hecho montaña», que con tan acierto denominó Montserrat en su día el insigne poeta Josep Carner, es visible desde muchos y variados puntos de la geografía catalana.

 

Su inconfundible perfil serrado, aislado en el corazón de Catalunya, es punto de referencia obligado de todos los catalanes que la aman y la descubren siempre de nuevo cada vez que la contemplan.

Montaña de una belleza única, «catedral de la naturaleza», y templo espiritual y de catalanidad, se eleva con decisión hacia el cielo desde el mismo lecho del río Llobregat.

Pero la visión de Montserrat parece mostrarnos siempre una misma cara.

Su relieve, que emergió del mar hace millones de años, formado por agujas y monolitos de roca esculpidos por la erosión de la lluvia y el viento, nos muestra estar delante de tubos formando un gigantesco órgano musical.

Declarado parque natural en 1987, se habla de que su interior está hueco, lleno de cuevas, lagos y puertas «intraterrestres» que conectan la montaña mágica con el reino subterráneo de los dioses.

Una entrada a otra dimensión.

Incluso la mitología del Santo Grial explica que, en un rincón oculto de la montaña, se esconde el cáliz sagrado que hizo que incluso los nazis, entre 1934 y 1940, se adentraran en sus entrañas buscando la fuerza del Grial para ser invencibles.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Sin duda, las SS alemanas también se sintieron atraídas por el poder mágico-religioso de la montaña, dominado por su virgen negra, la «Moreneta», patrona de Catalunya.

Según el esoterismo tiene ese color porque absorbe toda la negatividad de la gente que la visita para pedirle protección y ayuda, que quedan en un estado de paz interior difícil de explicar:

«Montserrat lleva a todo hombre desde el mundo exterior hacia el mundo interior» (Schiller, poeta alemán).

La colección de portabicicletas de techo de Cruz 

La majestuosidad de Montserrat, de potente magnetismo, no pasa desapercibida para el cicloturista, que lo atrae como un imán.

En los iniciados, es su primer deseo al subirse a una bici: ascender sus rampas hasta el Santuario, rodeado de monolitos con formas de animales o incluso humanas, según la imaginación de cada uno.

Dicen que esas formaciones actúan en el excursionista, de a pie o en bici, como poderosas antenas que lo atrae y se rinde a la grandeza y el misterio de la montaña.

En el caso de los ciclistas son muchos los que abren el mundo de la bicicleta con este ritual de iniciación personal.

Algunos estrenan su nueva bici escalando sus rampas, otros vienen aquí el primer día de temporada rogando «un buen año».

El RH Ifach es la casa del ciclista en Calpe 

Miles y miles de cicloturistas, cada último domingo de octubre, ascienden para despedir el calendario catalán en su cima, dar gracias y pedir protección a la «Moreneta».

Se trata de un evento festivo llamado «Diada Montserratina» que la Federació Catalana de Ciclisme lleva más de 60 años organizando con éxito.

 

La ascensión oculta

«Como la vida misma, este macizo tiene un lado luminoso y un lado oscuro» (Dr. Octavi Piulats).

Y nosotros queremos explorar y conectar, a lomos de nuestras bicis, con ese lado oculto de la montaña.

Son muchos los cicloturistas que escalan hasta el Santuario por los portales conocidos al parque natural, bien sea por la vertiente de Can Massana desde Manresa, o El Bruc, o por la más típica ascensión desde la población de Monistrol.

Y es que si estáis ya un poco hartos de subir a Montserrat siempre por el mismo lugar, podéis probar la variante que ahora os vamos a mostrar.

Es poco conocida, mágica y misteriosa: la escalada oculta a Montserrat. 

Sorprende incluso a avezados y veteranos cicloturistas que nunca lo habían hecho por esa cara escondida.

Iniciaremos nuestra mística aventura en la misma población de Monistrol, junto al pie de la montaña donde comienza la subida por su lado más montserratino.

Todo hay que decir, más duro que sus otras variantes, sin desmerecer para nada la carretera que hoy os vamos a mostrar por su belleza y dureza contenida pero con muchas emboscadas que nos iremos encontrando por el camino, siempre dirección hacia la cima.

Subiremos guiados por el magnetismo de sus agujas rocosas que aparecerán delante de nosotros como una formación de gigantes.

Cruzaremos el río Llobregat, de triste color chocolate, y dejaremos a nuestras espaldas el macizo para dirigirnos a Castellbell i el Vilar.

Parecerá que nos vamos alejando de Montserrat pero nada más lejos de la realidad, nos iremos acercando y adentrándonos en el corazón de la montaña casi sin darnos cuenta.

 

A la salida del pueblo atravesaremos de nuevo el río, ahora dirección Marganell, en una deliciosa carretera en ligero ascenso.

Rodeados de verdes prados salpicados por típicas masías, iremos alternando los falsos llanos con pequeñas rampas que afrontaremos con fuerza a bloque.

Cuando llevemos 5 km de pedaleo, uno antes de llegar a Marganell, pasaremos por un pequeño núcleo rural llamado Ca l’Estevenó.

Nada más salir de una curva, encontraremos a nuestra izquierda el desvío que nos llevará hasta Sant Cristófol, afrontando una pequeña rampa y viendo que la carretera, salvo algún descanso, va a ir tirando hacia arriba con decisión.

Entramos en pleno parque natural pero esta vez por el portal de Marganell.

El entorno nos va mostrando unos paisajes de espectacular belleza, con el enorme decorado de las piedras rocosas de Montserrat delante de nosotros, desafiante, misterioso.

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En dos kilómetros dejaremos a nuestra derecha el núcleo rural de Sant Cristófol, sorteando alguna rampa al 10%.

Seguiremos por una carretera con muy buen asfalto, aunque durante estos 5 km que afrontaremos, justo antes de llegar a la parte más interesante de la ruta, apenas superaremos el 5% de desnivel.

A buen ritmo, llegaremos a una urbanización llamada La Calsina donde entraremos en la parte más inédita de la carretera.

Se nota mucho porque aquí hace pocos años se acababa la carretera, pero la han asfaltado recientemente y hasta se nota la línea donde finalizaba el pavimento, abriendo una nueva vía de acceso a la mágica montaña.

La carretera se estrecha y se convierte en un camino con encanto, con la ventaja de ser mucho más tranquila que la ascensión convencional, con tráfico prácticamente nulo.

La primera vez que vinimos por aquí a probarla ya nos gustó y mucho.

Es una pista con desniveles muy interesantes, de toboganes, en tramos cortos pero duros, tanto de subida como de bajada, afrontando muros entre el 15 y 18%.

Rodeados de almendros y cerezos en flor, con la montaña vigilante por encima de nuestras cabezas y con una visión espléndida y cercana de todo el macizo seguiremos siempre recto, esquivando desvíos que llevan a pequeñas masías.

Finalmente, saldremos a la carretera de Monistrol a Montserrat, justo en medio del famoso «Revolt de la Paella», unos pocos metros por debajo de la no menos conocida «Font dels Monjos».

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A partir de aquí la carretera es de sobras conocida, la que nos dejará en la misma explanada del Monasterio.

A no ser que queráis buscar emociones fuertes escalando al cielo de Montserrat, podréis coger un desvío a la izquierda, lo que muchos llaman la ascensión a la prolongación del Alto de Montserrat, una pista de 2750 m que nos llevará al corazón de la montaña hasta el «Pla de les Tarantules».

Salvaremos un desnivel de 300 m, dando una media del 11%, aunque el kilómetro más duro lo encontraremos casi al final, nada menos que al 16% con una máxima del 30%, donde podremos contemplar la tremenda pared de piedra que se ha tallado en la roca de la sagrada montaña.

Pero esta excursión la dejaremos para otro día, ya os la enseñaremos.

Hoy no teníamos el desarrollo adecuado, ni las ganas, para afrontarla.

No os la perdáis, próximamente…

Foto: www.rosdemora.com