Nos vemos en la cima del Tourmalet

Tourmalet cima JoanSeguidor

«¿Nunca subirás el Tourmalet…?» espera a vernos en su cima

Hoy nos hemos visto un rato Ibán y yo.

Sí, el “dire” de este mal anillado Cuaderno.

Este fin de semana se va al Tourmalet.

A subirlo en bici, claro.

Será su primer Tourmalet.

SQR – Cerdanya Cycle

 

Envidia sana.

Charlando con él, he recordado mi primera ascensión al mítico puerto pirenaico, el siempre reconocido como “no es el más largo, no es el más duro, no es el más bello”.

Pero sigue siendo el Rey.

Por muchos motivos.

En aquellos años de principios de los 90 había mucha gente -cicloturistas como yo- que andaban más picados con un anuncio de televisión que con su propio cuñado.

Sí, con un anuncio, con un reclamo publicitario.

Los que ya tenéis una edad seguro que sabréis a qué spot me refiero.

Sí, hombre, los cuarentañeros, cincuantañeros, sesentañeros o más.

Más jóvenes no creo que lo recordéis, a no ser que alguien os lo haya explicado.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Pues como os digo, el personal andaba mosqueadísimo con este anuncio de Aquarius en el que decía: «Nunca subirás el Tourmalet…»

En bici, claro.

Sí, como lo leéis.

Aún hoy, me gustaría haber conocido al iluminado creativo que se le ocurrió semejante idea, que pensó en lanzar este reto que creía imposible para la mayoría de mortales de este sufrido país.

«Nunca subirás el Tourmalet…»

Repetía una y otra vez el anuncio, hurgando en nuestro orgullo y machacando nuestro ego como un martillo a un yunque.

Pero éstos… ¿qué se habían creído?

Daba bastante rabia, la verdad.

No tenían ni idea de que en España se estaba fraguando una auténtica legión de locos aficionados a aquellos locos cacharros a pedales que eran muy capaces de superar ése y otros retos aún mayores.

Como no podía ser de otra manera, por supuesto.

Muchos se sintieron -nos sentimos-, soliviantados y, espoleados por aquel poco acertado anuncio, muchos componentes de clubes ciclistas de todo el país tomaron la decisión, aunque solo fuera por llevar la contraria a aquella advertencia, de ir a la conquista del Tourmalet.

No hace falta decir que muy pronto el anuncio quedó en evidencia.

No tenía sentido alguno.

 

Incluso algunos optaban por celebrar su conquista dejando constancia que lo habían conseguido sin beber ni una sola gota de Aquarius.

¿Y cómo es el Tourmalet? –me ha preguntado Ibán.

Aquí no he podido evitar echar mano de la nostalgia para hablarle de mi experiencia de aquel día cuando, pasando por Saint-Marie de Campan, y respetando la tradición, rellené bidones en la fuente de más prestigio del mundo del ciclismo.

Cómo, partiendo desde aquella población, enfilé mi manillar, sin pulsómetros, ni GPS ni cualquier otro tipo de medición, dirección al Col del Tourmalet, a pecho descubierto, solos el Gigante y yo.

Justo al llegar a Gripp es cuando empezó la fiesta.

Recuerdo que a la salida del pueblo un lugareño, muy amablemente, me deseó “bon courage”, mirándome con algo de compasión.

Pues sí, algo más que suerte iba a necesitar para llegar, pero a ritmo muy tranquilo, regulando mucho, y con todo el mínimo desarrollo metido, despacio, empecé a afrontar las primeras rampas.

Aquellos primeros kilómetros ya no iban a bajar del 9 y el 10 % de desnivel, muy mantenido y muy duro.

Los kilómetros, marcados todos con su porcentaje de desnivel y la distancia que quedaba al puerto, me iban comiendo la moral, pero yo continuaba pedaleando, casi artesanalmente, pero de momento, no me descabalgaba.

 

Toda la gente con la que me iba cruzando, ya fuera en bici o andando, me seguían dando muchos ánimos (“allez, allez,…”).

De repente, a lo lejos y muy altos, contemplé los primeros edificios de La Mongie: “¡madre mía! ¡pero eso qué es! ¿hasta allí arriba tengo que llegar?”

Pasé los túneles y aún se podían observar en el suelo las pintadas hechas al paso de la caravana del  último Tour.

La travesía por La Mongie se me hizo bastante penosa, hundido en la tremenda carretera que cruza el pueblo, y es que esta calle, pues no deja de ser una calle más de La Mongie, se me apareció como una rampa increíble, continua, sin descanso, como todo el puerto.

Cuando empecé a salir de este infierno, ya empecé a vislumbrar el paraíso, después de pasar el último purgatorio, y me veía insignificante ante la grandeza y la belleza de estas montañas: el paisaje era espectacular, el esfuerzo también.

Lo único que no me gustó fue el edificio piramidal que rompe con la naturaleza del entorno, pero enseguida lo dejé atrás y ya oteaba el final del Tourmalet: 3 kilómetros para el col.

Pero vaya últimos kilómetros.

Y vaya paellas.

Estaba ya cerca pero aún muy lejos.

SQR – GORE

 

Había gente que se me acercaba y me preguntaban en francés si venía desde abajo: “oui, oui”, les contestaba con cara de pocos amigos.

¡Menuda pregunta!

Entré en el último kilómetro y aquello seguía sin ceder, más bien al contrario, y tuve que acometer otro tramo entero al 9,5%.

En aquel momento me encontraba cansadísimo, pero respiré, miré para atrás, y me recreé con todo lo que había dejado a mis espaldas, porque desde aquel punto se veía toda la subida completa desde La Mongie.

Los últimos metros fueron tremendos.

Me animé algo al ver ya el aparcamiento destinado para coches, señal inequívoca de que estaba a punto de coronar y certificar que, efectivamente, hay llamas andinas en sus laderas.

 

 

Giré a la izquierda y allí estaba el CICLISTA plateado, así con mayúsculas.

Había mucha gente -era el mes de agosto- que me observaban con cara de admiración y es que había algunos que aún me seguían preguntando si venía desde abajo (“oui, oui,…”).

Me recreé en el Col, en aquella historia viva, visitando el bar, la tienda de recuerdos y observando la otra vertiente, bellísima.

Personaliza tu Berria Aero Hydrid 

El Tourmalet, seguirá ahí siempre, inalterable, para que el avezado cicloturista que se acerque hasta aquí escriba su propia historia, su primera vez al encuentro con la épica y la leyenda.

Así pues, acercaros sin temor hasta su cumbre y, de paso, dejaréis en evidencia a aquel absurdo anuncio de Aquarius dedicándole un buen corte de mangas junto al Gigante “Octave”.

¿Dónde si no?

Que ustedes lo sufran con mucho goce.

Col du Tourmalet: ¿Qué vertiente es más dura?

Manolo Lama- TOurmalet JoanSeguidor

Mov_Gore

El Tourmalet, dos mil metros y dos vertientes casi idénticas

¿Quiénes de vosotros, amigos cicloturistas de digno currículum, no tiene todavía una foto en su cima posando junto al Ciclista plateado?

Y cómo presumís de ella, ¿verdad?

De aquella memorable ascensión al coloso que cambió por completo la historia del Tour, del ciclismo y la montaña.

¿Tantos años hace ya?

Pronunciar el nombre de este paso en pleno Pirineo francés, o escribir la palabra Tourmalet, delante de los amantes al ciclismo, sean practicantes o no, ya causa por sí sola pasiones desatadas, sobre todo entre bisoños aficionados que aún puedan pensar que es lo más duro que se puede ascender en bicicleta.

Hablar de este monumento del ciclismo nos hace invocar a la épica y al mito, a la tradición y a la epopeya, que es ciertamente decir mucho, porque la leyenda pesa toneladas, una cima memorable, exaltada desde 1910, año que el Tour, de la mano de Desgrange y una mentirijilla de Steinés, lo descubriera para goce de este deporte, ocupando un lugar honorable, quizás el que más, en la historia del ciclismo. Como curiosidad pocas veces ha sido estación término, siendo la mayoría de ocasiones puerto de paso para alcanzar otras grandes cumbres de fábula.

Tourmalet desde un lado u otro

Bien si lo habéis grimpado por su vertiente de Luz-St.Sauveur o bien por la de Saint-Marie de Campan, habrán sido muchos kilómetros de exigente Hors Catégorie, sin poder determinar aún, a estas alturas, cuál de ellas es más dura: el debate eterno.

Durante estos más de 30 años subido a una bici, y más de 15 de mi primera ascensión a este puerto legendario, como imaginaréis, he conocido muchísimos cicloturistas que han alcanzado el dulce sabor de la gloria allí arriba, a 2115 metros de altitud, subiéndolo por ambos lados, sufriéndolo y disfrutándolo a partes iguales.

Con ellos pude  debatir y opinar sobre qué vertiente les pareció más exigente, si la Este o la Oeste.

Los comentarios, de lo más variopintos, fueron argumentados por muchos y variados motivos.

Y es que ya sabemos que para gustos, los colores, y para dulce sufrimiento, los puertos, y más si se tratan de colosos como Monsieur Tourmalet.

Pero la duda sigue estando ahí.

A algunos, les pareció más dura la vertiente Oeste, la de Luz-St. Sauveur, porque sus pendientes son más exigentes y más irregulares, a diferencia de la Este, la de Saint-Marie de Campan, que a pesar de tener unos kilómetros duros parece que son muchos los que piensan que así se «regulan» mejor.

Otros, sin embargo, apuestan sin duda por la dureza de la vertiente Este, donde la encuentran más concentrada, casi sin descansos, porque por la Oeste se les ha hecho más asequible porque sólo su final es verdaderamente exigente.

Además algunos argumentan con razón, que si atacas su lado Este, es que normalmente vienes de ascender otros puertos, como puede ser el Aspin, por ejemplo.

Hay quien comenta, y se quedan  tan panchos, que el costado Este es más duro por su tramo final, pero que el Oeste es más exigente a lo largo de todo el recorrido, con lo que nos quedamos igual y no nos aclara para nada su experiencia vivida.

Pero echemos mano de los números, a ver qué nos dicen.

Si consideramos los 10 kilómetros más difíciles de cada lado y los comparamos por ejemplo con otro gigante pirenaico como es el terrorífico Larrau, nos daremos cuenta que sólo Tourmalet Este está a su altura en cuanto a dureza: una media entre el 9 y el 9,5%, mientras que su lado Oeste «sólo» alcanza el 8%, media inferior a cols como Pailhères, Aubisque, Pla d’Adet, Soulor, Menté o Spandelles en los que sus vertientes con mayor desnivel estarían entre el 8 y el 9%.

Es verdad que estos datos no significan nada a la hora de afrontar ambas vertientes, porque todo depende, todo es relativo, y muchos preferirán ascender los 18 km del Oeste, antes que escalar los 23 km largos del Tourmalet Este, si bien, sus primeros 11 km, suaves, no tienen nada que ver respecto a los 12 duros restantes.

Cruz Cyclone 2: Portabicicletas funcional, disponible para dos bicicletas. Fácil acoplamiento a la mayoría de bolas de remolque

En cualquier caso, analizando los 18 últimos km, veremos que ambas vertientes tienen una media similar del 7,5%.

Con estas cifras, lo que podemos decir sin temor a equivocarnos es que ambas vertientes son notablemente diferentes estudiadas por tramos, pero para nada si lo hacemos globalmente.

Puede que aquí descubramos uno de los motivos por los cuales el col del Tourmalet mantiene su mágica aureola al presentarnos dos caras tan similares en cuanto a dureza pero distintas para el que explica sus sensaciones superando las rampas de cualquiera de las dos vertientes.

Curioso, ¿verdad?

Tourmalet: dos vertientes casi gemelas

Además esta rareza sólo se da en el Tourmalet, ya que en ningún otro mítico puerto pirenaico existe duda alguna de qué vertiente es la más severa, ya sea por presentar una sola cara como Gavarnie, Pont d’Espagne, Hautacam o Pla d’Adet, o bien porque la diferencia entre ambos lados es evidente y, en este caso por ejemplo, podemos hablar de Marie Blanque, Somport, Aubisque, Soulor o Aspin, en los que sus desniveles son más inclementes en una pendiente que en la otra.

¿Y vosotros qué pensáis?

¿Dónde lo pasasteis peor?

Foto: @Meteo_Pyrenees

Monte Oiz, donde el viento sopla muy fuerte

Monte Oiz JoanSeguidor

La cima de la etapa vizcaína de la Vuelta acaba en la «cima ventosa»

Mov_Gore

Muchos preferiremos que llueva antes que atrevernos a salir a combatir la ira de Eolo, dios de todos los vientos a quien, según la mitología griega, Zeus le concedió el poder de controlar las tempestades, que tenía encadenadas y las podía liberar a su antojo.

Por eso Eolo era tan temido.

Y lo sigue siendo aún en día: el enemigo público nº1 del ciclista.

Sirva esta introducción hablando del viento para situarnos en la fantástica excursión que realizamos hace unos meses con el fin de conocer la nueva joya de la próxima edición de la Vuelta a España: la subida al Monte Oiz, una montaña muy al gusto de la ronda española, corta y explosiva, que hará las delicias de los seguidores. Ya veremos también si la de los corredores, una inclinación sólo apta para escaladores puros.

El Monte Oiz en la marca «la Vuelta»

Era un frío pero soleado día de marzo.

Apenas nueve grados de temperatura para lo que se suponía tenía que ser ya un acercamiento de la primavera, después de un largo invierno que había sido duro, sobre todo en el norte, de frío, lluvias y nieves.

Estábamos sin embargo en el tercer mes del año, el más ventoso de  todos.

¿Alguna duda después de aquella salida? Al final lo veremos.

Aquel día, un cierto miedo escénico se respiraba en el ambiente.

No era para menos: el viento soplaba de lo lindo.

Pero no habíamos venido hasta Gernika para abandonar entonces, aunque el Monte Oiz se había estado ocupando de complicarnos mucho su conquista.

De la grupeta, los más fuertes y corpulentos marcaban el ritmo.

Los demás, bastante teníamos con seguirlos, resguardados, eso sí, del viento.

Llegando a Urrutxua tras pasar por Mendata, siempre en constante ascensión, ya conseguimos a ver en lo alto de la montaña los generadores de Oiz, desafiantes.

Alcanzamos el precioso «Balcón de Bizkaia» y un indicador a la derecha nos mandaba ya hacia Monte Oiz.

Sabíamos lo que nos aguardaba, por eso aquí ya todos echamos manos del piñón de 32 que llevábamos detrás.

Iba a echar chispas en aquellos apenas 5 kilómetros de durísima subida, en la que habríamos de «sortear» rampas entre el 20 y el 25%, muy, muy, difíciles, con la complicación añadida de tenerlo que hacer por una carretera estrecha y hormigonada, resquebrajada y muy empinada.

Vamos, las carreteras que a nosotros nos gustan.

Seguimos. Para definir este tremendo muro, lo mejor es describir las sensaciones que experimentamos escalando aquellos 5 kilómetros de pared: primero una gran tranquilidad para no atufarnos con la primera inclinación al 20%; después seriedad, se acabó la cháchara y sólo se oía el jadeo de nuestra respiración; y a continuación una sensación de agonía y de sofoco.

Las piernas nos quemaban cuando alcanzamos la cuesta al 25%. Estábamos en la mitad de la subida. Nos retorcimos esquivando el cemento rajado.

Cada pedalada que dimos fue artesanal, muy al límite del sobreesfuerzo, hasta que por fin parecía que aquellos gigantes molinos de viento querían rendir ante nosotros, pero aún no, todavía no se daban por vencidos para claudicar bajo nuestros pedales.

En la prórroga del verano, pedalear con calor tiene su miga 

Un kilómetro entero a más del 12% nos dejó casi ya sin fuerzas, como un boxeador a punto de besar la lona, mientras su entrenador quiere tirar la toalla. Nosotros no, somos así de cabezones y sudando a borbotones, con evidentes gestos de dolor, por fin llegamos, después de haber mecanizado nuestro pedaleo y asimilado el sufrimiento: Oiz hace mucho daño pero las vistas compensaron… ¡impresionantes!

El esfuerzo valió la pena y allí estuvimos un buen rato en actitud contemplativa en lo que para nosotros fue descubrir el auténtico Balcón sobre Bizkaia.

¿Y el viento? Aquel día, increíblemente, no soplaba allí arriba.

Tuvimos suerte y hasta los aerogeneradores ni se movían. Fascinante. Sin embargo uno de nosotros nos desveló su secreto: la noche anterior, víctima del pánico, estuvo rogando a Eolo aires propicios o al menos una suave brisa favorable para facilitar la conquista del monte, del Monte Oiz.

Parece ser que el «Dios de los Vientos» vio con buenos ojos aquella petición y fue misericorde con nosotros entregándole al capitán de nuestra expedición todos los vientos encerrados  dentro de una bolsa bien ligada para que los manejara a su antojo.

Y allí estaba. Eso sí, nadie se atrevió a abrirla.

Por Jordi Escrihuela

La Vuelta: El «King» de La Covatilla

La Vuelta septiembreJoanSeguidor

La Covatilla habla inglés ante las tablas entre los que esperan a que la Vuelta llegue a otras cimas 

Mov_Gore

Cuatro minutos después de ganar en La Covatilla, Ben King seguía roto. 

Le tenían que desabrochar hasta el maillot. 

El americano ganó su segunda etapa, la segunda en alto de la Vuelta.

En Alfaguara dio cuenta de Pierre Rolland, en La Covatilla de Bauke Mollema. 

Eso lo podrá decir siempre. 

Ben King fue valiente, saltó la cima final en solitario y así llegó arriba. 

La Covatilla, siempre hace selección 

La primera etapa tenida por decisiva en la Vuelta no abrió la lata, pero quitó caretas. 

Si como hace siete años, Mollema acabó segundo, como hace siete años los ingleses salen reforzados de la cumbre. 

Simon Yates es líder. 

Líder de Giro y Vuelta el mismo año.

Por suerte el ciclismo premia a veces la gente que juega con fuego. 

No sé si Yates ganará, pero va haciendo y dejando poso en la mente del aficionado. 

Como Nairo Quintana por todo lo contrario. 

Al menos la mitad de favoritos que venía de Colombia sigue ahí, porque López y Urán no corren en la mediocridad y la solicitud del relevo. 

No sé si un día Nairo explotará lo que le vemos, desde el sofá, sí, pero que le vemos a raudales: un talento enorme.

Cambrils Movil 300×100

Pero mientras la Vuelta es de quienes exponen: de King, de Valverde… y así van las cosas.

Porque en La Covatilla, siempre pasan cosas

No es la cima más visitada, es incluso joven en la historia de la carrera, pero la cumbre que se abre a los esquiadores cada invierno ha visto de todos los colores. 

Ha visto ganar a Félix Cárdenas, mientras Roberto Heras mantenía a ralla a Santi Pérez. También a Danilo Di Luca, cuando Valverde iba de blanco, aquel maillot del Pro Tour que tan poquito duró. 

Gobik: la personalización en el ADN

Pero vio también la explosión de un keniata con pasaporte británico, que pedaleaba raro, pero que era un rodillo sobre la resistencia de los rivales. 

Dicen que La Covatilla es el Ventoux castellano, Chris Froome puso también aquí sus credenciales. 

Lo hizo a las órdenes de Brad Wiggins, tirando, esperándole… luego se vio que se equivocaron. Juanj Cobo se lo demostró. 

En todo caso la subida más bizarra de La Covatilla fue la primera, la que ganó Santi Blanco, en la que Roberto Heras hizo uso de los amigos de Aitor González para escribir una capítulo de traición en un relato de traición.

Como veis, La Covatilla nunca pasa desapercibida y en la Vuelta 2018 no ha sido una excepción. 

La Covatilla, la cima «blanca» de la Vuelta

La Covatilla - Santi Blanco JoanSeguidor

En La Covatilla empieza la segunda parte de la Vuelta

Recordando La Covatilla no podemos evitar que nos venga a la memoria la imagen del salmantino Santi Blanco, porteño de Puerto de Béjar (a 8 kilómetros de Béjar), escalando con dificultad las terribles rampas de esta gran cima bejarana.

Os incitamos este primer domingo de septiembre, a desplazaros hasta la Sierra de Béjar en Salamanca, para que probéis de primera mano, y en vuestras piernas, la dureza que no se esconde en este alto de La Covatilla camino de su estación de esquí.

Mov_Gore

Una ascensión terrorífica con varios kilómetros enteros por encima del 10% y rampas máximas de hasta el 17% de desnivel.

Un muro que se dio a conocer al mundo del ciclismo un 26 de septiembre de 2002, con la disputa de la 17ª etapa de la Vuelta.

Otra jornada para el recuerdo.

Cambrils Movil 300×100

En ella se ponía al descubierto otro puerto inédito de categoría especial con una carta de presentación tremenda con sus duros desniveles pero que se mostraba ante la afición como un puerto puro, con una calzada nueva con un firme en un estado perfecto para que se deslizaran cuesta arriba las finas ruedas de los ciclistas.

No en vano, la estación de esquí se había inaugurado un año antes, no sin polémicas medioambientales con los ecologistas que se oponían, abriendo un espectáculo grandioso con unas vistas impresionantes desde la estación de sierras y pueblos como la de Gredos o la propia ciudad de Béjar.

DT Swiss ERC: La bicicleta se viste por los pies

A los pies de La Covatilla, Lale Cubino

Desde esta localidad que vio nacer otro gran ciclista como nuestro protagonista –Lale Cubino– y que hace que nos preguntemos qué tendrá esta tierra para dar tan enormes escaladores como el propio Cubino, Santi Blanco y, cómo no, Roberto Heras, porque aquella jornada de septiembre en la Vuelta a España ganó el porteño, agónicamente pero ganó, pero sobre todo venció Béjar, situada a 950 metros de altitud (quizás de este dato podamos extraer una buena explicación de por qué es cuna de grandes corredores), porque en aquella etapa además quedó en segunda posición Roberto Heras, en la edición que perdió el maillot oro en la última contrarreloj a manos de Aitor González, que ganó en el inédito final del Estadio Santiago Bernabeu.

Aquel día los salmantinos hicieron bueno el dicho y fueron profetas en su tierra con la descomunal cabalgada de un motivado Santi Blanco, dejando el pelotón a más de 6 minutos a 10 kilómetros para meta, tiempo que tuvo que administrar con mucho sacrificio, pasándolo bastante mal ante el empuje de Roberto Heras que aceleró brutalmente dejando de rueda a Aitor González que aguantó todo lo que pudo, bastante más de lo imaginado, y que fue su gran rival para ganar aquel año.

Y es que sólo 40 segundos, de la renta que llevaba, le separaron de su vecino bejarano, en una ascensión que todos sufrimos viendo como Santi iba perdiendo los minutos de ventaja como un collar de perlas roto, retorciéndose en una primera rampa superior al 10%, pedaleando con mucha dificultad el resto de la ascensión mientras Roberto daba un recital por detrás.

 

Hasta que no entró en el último kilómetro, con un minuto de adelanto, no supo que iba a ganar aquella etapa a casi dos mil metros de altitud, superando la rampa final al 14% y tocando el cielo alzando sus brazos al viento, igual que lo haréis vosotros cuando superéis el tremendo muro bejarano.

Béjar al poder.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de El Norte de Castilla