Tres etapas del Giro que el Tour ha olvidado hacer

Tuvalum

Las etapas tipo Giro condecen una incertidumbre impagable

Etapón del Giro de Italia nada más pisar el continente, una de esas «etapas Giro»…

Esto es el Giro, 225 kilómetros desde la punta de la bota hasta la planta de la misma sin descanso, ni un metro de llano, control imposible, carreteras ratoneras, Calabria en estado puro.

Son esos días de doble filo, un placer para el espectador, una tortura para los ciclistas, si bien estos serán conscientes del espectáculo que estarán ofreciendo.

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En 2013, cuando Bradley Wiggins desembarcó en Italia como ganador de Tour y toda la armada a su alrededor, el naufragio se inició y se consumó en estas etapas, trampas a nuestros ojos que nadie, ni el bloque capaz de bloquear el Tour, puede controlar.

Hace unos días hablamos de tres etapas que el Giro sigue trazando que el Tour se ha olvidado hacer.

Todas en el tramo final de la carrera, pero ahí está esta trampa de primera semana y una general que Sicilia ha dejado sacudida, por que si Joao Almeida lidera, los favoritos no le tienen lejos.

Con Geraint fuera y Simon Yates en el alambre, que no descartado de todo, cabrá ver qué trama el maestro Vincenzo Nibali en una de esas jornadas que en tiempos no tan lejanos retratarían su grandeza ante el tablero y la pizarra.

No es el mejor Nibali, la edad pesa, pero a su favor tiene esa sapiencia tanto del lugar como del oficio, y al mismo tiempo una pléyade de rivales que aún no ha demostrado solidez en grandes vueltas y ahí van Kelderman, el mejor situado de todos, Pozzovivo, excelentemente recuperado de su caída en el Tour, Fuglsang, que ya ha quemado muchas oportunidades en estas citas, Mc Nulty, incógnita, Kruijswijk, queremos creer que irá a más, y Majka, un ciclista que cuesta querer.

No son la primera línea del ciclismo mundial, pero nos prometen buenos ratos y emociones, en el Etna se han movido más que muchos de os favoritos del Tour en tres semanas y es que las etapas que definen el Giro motivan que en Italia disfrutemos generalmente la mejor grande del año.

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-escrito el 2 de octubre- 

Equilibrio, fondo y dureza marcan el Giro frente a un Tour cada vez más empobrecido

En la semana que arranca el Giro, sabido es que «le Tour c´est le Tour», sólo hay que ver cómo han acudido todos a la llamada de la primera edición de septiembre.

El Tour es la excelencia en el ciclismo y un precioso y cuidado publirreportaje de Francia que gustosamente nos tragamos, trasladando la perentoria necesidad de planificar tus próximas vacaciones en el país vecino.

Sólo hay que ir a una librería de Londres y Armsterdam, donde la literatura ciclista trepa por los estantes, para ver el porcentaje de libros que hace referencia al Tour, llegando incluso a la redundancia, tratando temas mil veces comentados, divulgando anécdotas que nos sabemos hace años, hablando de puertos cuyo perfil dominamos con los ojos cerrados…

Es una pista, quizá la menos representativa, otras hablan de una carrera de cuyas andanzas sabemos más allá de los círculos estrictamente ciclistas, una carrera que encumbra leyendas al mismo ritmo que las entierra.

La competición en la que todos piensan cuando un baby explota es el Tour, no el Giro o la Vuelta, ni siquiera las clásicas.

Pero no por esa áurea el Tour es intocable, ni merece crítica, cuando se la gana a pulso…

Los recorridos de la mejor carrera del mundo no dejan de empeorar, a la salida casi total de la contrarreloj, el Tour que encumbró estilistas atemporales como Anquetil o Indurain, se suman las llegadas en alto sin solución de continuidad y la erradicación de las etapas antaño imprescindibles, aquellas que encadenan dureza, puertos, metros y desnivel suficientes para que la carrera llegara en goteo a meta.

Jornadas como la de Val Louron, Tour del 91, o de Sestriere, al año siguiente, jornadas que encadenen Glandon, Galibier y Alpe d´ Huez, o los colosos pirenaicos, desde Tourmalet a Aubisque siguiendo por Aspin o Peyresourde o Luz Ardiden, por el otro lado.

Si son puertos y geografías que nos sabemos de memoria.

En este Tour 2020 sólo una etapa podría cumplir ese perfil, el de la Col de la Loze, con la Madeleine en medio, pero ya está, punto, sin más margen que 168 kilómetros, distancias a todas luces pequeñas para una carrera que presume de ser la guinda del gran fondo y la agonía que define este deporte.

Y en este terreno, no queremos entrar en otros, el Giro le ha comido la tostada al Tour.

La carrera italiana no tendrá la nómina de la francesa, siempre ha sido así, pero un ojo sobre su perfil es una gozada de equilibrio y respeto a los principios que definen las grandes vueltas: fondo, dureza e igualdad de oportunidades.

Y sobre ese triángulo el Giro dispone de tres cronos, una al inicio, en cuesta abajo, ojo, otra en el ecuador, poco más de 30 kilómetros y el epílogo en Milán, 16 kilómetros que cambiaron el nombre del ganador en el último momento un par de veces: de Purito a Hesjedal y de Nairo a Dumoulin.

Pero hay más, hay etapas de manual para una gran vuelta, y más para el Giro de Italia, etapas que no vimos ni por asomo en el Tour y que nos ponen los dientes largos.

Tras una primera mitad con dureza contenida, el final es tremendo, tanto que siendo para mediados-finales de octubre, crucemos los dedos se pueda hacer.

Piancavallo es un entrante ante los 202 kilómetros que llevan a Madonna di Camiglio, con tres puertos en la ruta, antes del final.

Al día siguiente Laghi di Cancano, con el Stelvio de entremés, el otro día estaba a menos siete en la cima y nevando.

Y el maratón a Sestriere, 200 kilómetros clavados con Agnello, a saber cómo estará, Izoard y Montgenevre antes de volver a Italia.

No es cuestión de decir si una cosa es mejor o peor, el Giro y el Tour hacen sus elecciones, pero los dos beben de la misma historia, la que les ha puesto allí donde están ahora mismo, en lo mas alto, siendo seguidas y alabadas por toda la afición.

Ahora bien, si nos dan a elegir, nos vamos con los ojos cerrados a Italia, por que al menos existe cierto halo de respeto por lo que ha hecho grande al ciclismo y es esa dureza extrema que ha sacado lo mejor de los ciclistas en los peores momentos posibles.

Está claro que el Giro no va a tener la meteorología del Tour, pero si el plan sale como estaba trazado, ya podemos suponer que será un planazo.

Imagen: © BORA – hansgrohe / Bettiniphoto

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