Un millennial no conoce Roubaix con lluvia

Tuvalum

Si la lluvia aparece, el espectáculo en Roubaix se multiplica por mil

Hace unas semanas lamentamos que hubiera lluvia el día que se debería haber celebrado la París-Roubaix… 

Ley de Pattinson sobre la electrónica: “Si los cables se pueden conectar de dos formas diferentes, la primera de ellas es la que funde los plomos”.

Ley de París-Roubaix: “Desde 2002 nunca va a llover en Roubaix el día que se celebre la carrera ciclista”.

Si existe una jornada de ciclismo en la que el aficionado implora al Dios de la lluvia ésa es el día de la celebración de la París-Roubaix 

¿A qué se debe esta petición con denuedo?

Si establecemos un símil con el circo romano, la UCI sería el emperador, los ciclistas serían los gladiadores y el público en este caso jugaría el mismo papel; únicamente se traslada del coliseo a la pantalla.

El aficionado puro al mundo del pedal –en sus raíces la épica era condición sine qua non– siempre va a demandar sangre en las carreras, a mayor sufrimiento del jornalero de la bicicleta mayor deleite del espectador.

Si en este deporte existe una prueba dura por excelencia ésa es el Infierno del Norte, por tanto la Pascale no va a ser ajena al deseo del aficionado de que sea disputada bajo condiciones extremas.

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¿Desde un punto de vista empírico, resultan tan atractivas las ediciones de Roubaix con lluvia?

Los datos son contundentes: las cuatro últimas ediciones en mojado de la París-Roubaix (1985, 1994, 2001 y 2002) han sido absolutamente espectaculares.

 

Además, la quinta etapa del Tour de Francia de 2014 –un cóctel de tramos adoquinados con agua– está considerada como una de las mejores etapas de la ronda gala en esta década.

La lluvia cambia por completo el desarrollo de las carreras; el corredor no puede ir tan a rueda de su rival, aumenta la distancia de seguridad y por tanto sufre un mayor desgaste energético.

A esto hay que sumarle la peligrosidad del asfalto que supone un incremento del número de caídas.

En los tramos de pavés el cambio es más notorio aún cuando se afrontan con lluvia

Por un lado se forman charcos que limitan el número de trazadas, de modo que en ocasiones el ciclista tendrá que rodar sobre una superficie más bacheada. Por otro el agua vertida sobre el adoquín forma barro que trae de serie una retahíla de hándicaps para el corredor.

Éstos son una peor tracción, capas de lodo que pueden generar rozaduras con las llantas y el factor de desgaste mental que padece el corredor en este contexto.

Por si no fueran argumentos suficientes para que el espectador –en su inmensa mayoría– vea con buenos ojos una Pascale chocolateada hay que agregar el aspecto estético.

Una imagen vale más que mil palabras, ver a los ciclistas embutidos en un segundo traje de barro como a Hincapie en 2001 es algo que enloquece al aficionado.

La sensación de épica y Via Crucis que padece el corredor es infinita, recordemos que el público actual no difiere del de la época romana en cuanto a rechazo a la misericordia de su jefe o emperador.

París-Roubaix es una carrera única, casi se puede hablar de que pertenece a una modalidad ciclista diferente y el hecho de poder levantar el trofeo con el adoquín en el pódium del Vélodrome convierte en legendario al corredor galardonado.

Por tanto siempre vamos a ver con buenos ojos que la que se considera la carrera más dura se celebre en las condiciones más extremas posibles, más cuando un millennial no sabe lo que es ver en directo una Roubaix con barro.

Por Miguel González

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