El favorito de la Vuelta es Valverde

Qué gran verdad, cuando Contador habla, sube el pan, o se agita el mercado. Es como el ala de una mariposa que en el otro lado del mundo, provoca una hecatombe. El madrileño con un micro cerca de la boca es un show, por no decir que circense. Le recordamos varias: lo de Andy y la cadena que le saltó, sus cambios de aire con el tema del «solomillo», la fractura de la meseta tibial y sus consecuencias, el hombro maltrecho del Giro,…

En la terna de favoritos lógica y normal que cualquiera manejaría para esta Vuelta, Alejandro Valverde es, en buena lógica, una estrella sin brillo para la general, por cuestiones puras y duras de cansancio y desgaste. A nadie se le escapa, hasta al más común de los mortales se daría cuenta, incluso rozando el primer liderato de la carrera.

Valverde viene con una cargadísima temporada en la que la Vuelta es el premio añadido a su insaciable forma de entender su profesión. No quiero pensar lo largo que se le haría al murciano esperar desde los juegos a la próxima campaña paara volver a competir en algo grande, en algo que le motive. No sé si la mujer lo aguantaría varios meses por casa.

La Vuelta era el eslabón en una temporada en la que ha logrado domar el Giro, ha ganado la Flecha Valona y ha sido útil, hasta donde le fue posible, a Nairo en el Tour. A partir de ahí, Valverde está en la prórroga de su campaña, lo que le venga ahora, que con su calidad, no debería ser pequeño, es un premio, un añadido a un buen año. Además la guinda de correr, y terminar, las tres grandes en 365 días debe ser algo que le pone, a la vista de las reiteradas apuestas que ha hecho por las grandes vueltas frente a las clásicas, que en teoría eran su terreno.

Dicho esto, y puestos en antecedentes, sonroja la palabrería de Contador, intentando colar un pronóstico que dudo él mismo se crea posible. El problema del líder del Tinkoff es que la gestión de los medios no ha sido la que ha hecho en muchos pasajes de su ejercicio como ciclista. A la vista están su palmarés y resultados.

Contador fuera de la carretera ha ensombrecido la grandeza que se ha ganado en ella, grandeza no siempre de triunfos y sí de lucha e inconformismo. Incluso en un medio que le es proclive como Marca, de donde tomamos la noticia, la afición que dice querer conquistar le retrata, que diría le Pedrerol. “A otro con éstas” le cuentan.

En fin otra más, otra perla para un ajuar de tonterías que darían para un almanaque paralelo al de su obra deportiva. Ya sabéis, el dorsal uno, Valverde, es el favorito para la Vuelta. Lo dice Contador.

Imagen tomada de www.avancedeportivo.es

INFO

Mira toda la ropa que viste un pro de Movistar…

La metáfora de Purito

El final de la Vuelta, por la tarde con nocturnidad y un italiano en lo más alto, vino alimentado por los puntos de una meta volante en la madrileña Castellana. Alejandro Valverde jugó hasta el final por el maillot verde y acabó dando en la diana. El murciano, seguro número uno de la UCI en este ejercicio, arrebató el éxito a Purito Rodríguez, quien daba por finiquitada la lucha de esta pieza.

La última etapa es un día de fiesta” dijo Purito al llegar a la meta madrileña. Y apostilló sobre la suerte y desarrollo de la selección en los mundiales, reviviendo el dantesco capítulo que ambos ciclistas nos dieron en Florencia, hace dos años, para regocijo de Rui Costa.

Con todos los elementos en la mano, el catalán no tiene razón. Ninguna además, salvo que, a veces ocurre, que lo hubieran hablado. No puede quejarse de que no estaba avisado. Lo que el pasó en el epílogo de la Vuelta 2015, ya le había pasado dos veces anteriormente. Es increíble que en el deporte profesional se tropiece tres veces con el mismo canto y Purito lo ha hecho.

Y es que el final de Vuelta, con el de Katusha en segunda plaza fue la metáfora de la vida de este corredor que ve pasar trenes sin que pueda subirse en marcha. Para Purito el de ayer fue un nuevo podio, la forma de no plasmar ese anhelo. En la historia, quienes tuvimos la suerte de saber de él, siempre será grande, pero su gran ilusión sigue sin plasmarse, y como bien reconoció, a su edad no quedan muchas oportunidades.

Ha pisado el podio de las tres grandes, pero como Valverde en Madrid, siempre se le adelantó alguien y esta vez fue Fabio Aru, como Ryder Hesjedal, como Alberto Contador, como Dani Martin, que le dejó sin Lieja, o el mentado Rui Costa, que le colgó la plata en un Mundial. Lo que le pasó en Madrid, por tanto, es muy sibólido de su trayectoria.

Y puede estar contento el pequeño escalador de Parets del Vallés porque ha podido desarrollar el grueso de su trayectoria en medio de una fiebre de cuestarrones que le sitúa como el gran beneficiado de esta curiosa moda. Purito en los noventa difícilmente habría estado en estos niveles. Entonces las cromos podían superar los 100 kilómetros, sobretodo en el Tour, hoy una crono es la excepción que, como vimos en Burgos, le apeó de la lucha por su primera grande.

Con todo la temporada de Purito ha sido de sobresaliente, a falta de lo que ocurra en el Mundial, donde procederá la foto de recononciliacion con Valverde, y de Lombardía, el recorrido le vuelve a favorecer, el catalán ha ganado una de sus favoritas, País Vasco, más dos etapas en Tour y otra en la Vuelta, donde además ha sido segundo. Es un balance muy bueno, extraordinario, sin embargo, él lo sabe, cambiaría todo eso por esa gran vuelta que con los años se le ha declarado irrealizable.

Imagen tomada de FB de La Vuelta

Ciclismo puro y duro

La imagen es de Cumbres del Sol. El protagonista es Alejandro Valverde. Es el tramo final. El murciano fue el primero en arrear en la dura subida alicantina. Unos treinta kilómetros antes se había ido al suelo con su compañero Giovanni Visconti. “Clavícula izquierda inflamada y heridas en el brazo” dictaminaba la web de Movistar. “Es como si te clavaran un cuchillo” dijo Valverde en meta…

Sin embargo ahí queda esa imagen, esa cara, la espalda que no da más de si, los riñones que ayudan, esos brazos que se rompen, esas piernas que estallan, ciclismo puro y duro.

Imagen de David García

Valverde no cuaja más allá de los Pirineos

En la mitología romana, Saturno era un prominente dios de la cosecha. Representado siempre con una hoz en la mano, pudo reinar gracias a un pacto con su hermano mayor Titán, que le cedió el honor con la condición de que no podría engendrar hijos. Cuando Saturno tuvo descendencia con Ops, no le quedó más remedio que devorar a cada uno de sus vástagos, un destino del que sólo se salvaron Júpiter, Neptuno y Plutón.

España podría, en ocasiones, compararse con Saturno. Un país que, y aquí nos ceñimos al ámbito deportivo, ha dado una gran cantidad de hijos pródigos que fueron devorados con crueldad infinita cuando dejaron de ser útiles. Algunos, incluso –los motivos son tan variopintos como incomprensibles–, cuando estaban en lo más alto de sus reinados. Otros, como los tres hijos de Saturno que Ops decidió ocultar, se salvaron de la quema. Ahí tenemos a los Gasol, a los Nadal… y, por el momento, a Valverde. Ese murciano que nos ha regalado el pasado fin de semana en Lieja su última –por el momento, porque seguro que hay más por llegar– genialidad. Un país entero rendido a sus pies. Un triunfo épico que se suma a una larga lista.

Pero el mayor logro de Alejandro Valverde es, probablemente, ser querido y respetado por sus compatriotas. Algo que ya hemos dicho que no siempre es fácil. Incluso, como es el caso del murciano, cuando su estilo de correr –las famosas Valverdadas–, su elección de calendario y su paso por la Operación Puerto podrían haberle colocado en el disparadero del oportunismo crítico. Todo ello ha quedado, sin embargo, reducido a la mínima expresión gracias, sin duda alguna, a una forma de ser peculiar. No dará grandes titulares. No se mojará en grandes asuntos. No es un tipo mediático, que parece ser la vara de medir la popularidad hoy en día. En resumen, no es un candidato ideal para un reality de la cadena amiga. Y, seguramente por todo eso, le vemos como el vecino de al lado. Una persona normal. Una suerte de primus inter pares que cae bien.

Pero, eso sólo sucede en España. Fuera de nuestras fronteras la historia es distinta. Valverde no cuaja. El mercado anglosajón, que se ha hecho con el control mediático del ciclismo –este es un tema a tratar otro día y en el que tenemos que hacer muchísima autocrítica los medios de los países históricos–, le tiene ganas.

Este mismo mes, he publicado una extensa entrevista con él en la revista inglesa Procycling, cuyo punto de partida no era otro, y esto me sorprendió, que presentar a Alejandro Valverde al gran público. La dirección de Procycling –y esto es algo que hay que reconocerle y alabarle– me sorprendió afirmando que Valverde es un tipo que no cae especialmente bien –nótese el eufemismo– en el Reino Unido. Sin embargo  nadie que le conociese para poder haberse formado esa opinión, me dio una sola instrucción: “no puedes hacer una entrevista-masaje, pero no queremos enfocarla hacia los prejuicios que aquí podamos tener”. En otras palabras, si el tipo realmente es buena gente, que se refleje. Si es un impresentable, que se refleje. Queremos conocerle de verdad.

No sé –no lo creo– que una entrevista pueda cambiar la percepción que se pueda tener del corredor, aunque me quedo con una conversación posterior con mi editor en la que se mostraba gratamente sorprendido por la imagen del corredor. El problema de Valverde no es tanto, como él reflexionaba en esa entrevista (se puede leer en español e íntegra en las cuatro entregas de Ciclo 21), la barrera idiomática. El problema de Valverde es, a partes iguales, su pasado y su superioridad.

A nadie se le debe de escapar, y no es mi intención juzgarlo, que en muchos países existe una conciencia colectiva y, quizá, hipócrita de tolerancia cero que se administra al antojo. Podría, seguro, Valverde haber superado su pasado como lo ha hecho en España, pero ahí nos encontramos con su segundo bendito problema: es inmensamente superior a casi todos. Hablando en plata: se ha encargado de joderle el palmarés y los grandes triunfos a corredores de todas las grandes potencias. Ha mancillado a italianos, belgas, holandeses, franceses, británicos, americanos… y eso, amigos, nos se perdona.

Valverde es profeta en su tierra, pero no conquista otros reinos. Ni falta que le hace. Él ha llegado a ese punto en su carrera, como me decía en esa entrevista, en la que corre para divertirse y divertir. Para disfrutar y hacer disfrutar. Para que sentir el calor de su público. Y eso tiene una derivada importantísima para nuestro ciclismo: ayuda a las carreras más pequeñas. Da nombre y caché a pruebas como Mallorca, GP Miguel Indurain o Vuelta a La Rioja, por nombrar sólo los ejemplos de este 2015. Eso, aunque sea una derivada, es algo importantísimo. Por eso se le quiere y se le respeta. Porque gana. Porque da espectáculo. Porque hace disfrutar. Porque ayuda al ciclismo.

A él, en el fondo, me da la impresión de que le da absolutamente igual que le quieran más o menos al norte de los Pirineos, al este del Mediterráneo, al Sur del estrecho o al oeste del Atlántico. Creo que a sus 35 años todo eso le da igual. De la misma manera que le dan igual esas críticas que le lanzamos aquellos que pensamos que debería de olvidarse del Tour y centrarse en hacerse todavía más grande en las carreras de un día. Él va a la suya. A quien le guste, bien. A quien no le guste, bien también. Y, ¿saben qué? En el fondo, le respeto por ello. Porque se lo ha ganado. Porque eso le hace feliz. Porque, haciendo las cosas de esa manera, nos regala momentos como la Lieja del pasado domingo, donde nos hace felices a los demás. En definitiva, porque si no lo hiciese de esa forma, no sería Valverde. Sería otro hijo más devorado por Saturno.

Por Nicolas Van Looy

INFO

Sondea y compra el maillot de Alejandro Valverde entre el material de Endura

1

Simon Gerrans siempre fue un capo

En 1989 se corrió un Tour de Francia que sentó cátedra. Lo firmó un ciclista, Greg Lemond, que salía de un túnel que empezó el día que su cuñado le pegó un tiro cazando. Un tiro casi mortal, que le cambió la vida y su forma de concebir el ciclismo. Del excelente competidor americano que emergió a mediados de los ochenta, se pasó a un corredor táctico, frío, escondido, pero resolutivo, un tremendo killer que en el año de autos ganó la gran carrera francesa solo, sin equipo, frente a Fignon y Delegado y luego dio cuenta, también solo, en el Mundial de Chambery por delante de Kelly.

El ciclismo se compone de ciclistas que exponen valientes, los alabamos y les queremos, destacamos sus virtudes, y no dudados en darles coba incluso cuando las fuerzas les flaquean. Estos ciclistas muchas veces no salen en los anales. Luego están corredores semi presentes. Están pero no están, corren cara al viento cuando toca, pero se descuelgan de la cabeza cuando les corresponde dar la cara en exceso. Y finalmente están los killers, ciclistas que no son espectaculares, que necesitan de carreras raras, algo incontroladas y fuera del control y el dictado. Son ciclistas que no perdonan.

Como Lemond, Simon Gerrans es un killer, un nueve nato, un Makay o un Higuain, un ciclista que no se le tiene de primera fila pero que mata, y cómo mata, como nadie. Se le añade a todo ello que Gerrans siempre tiene, en río revuelto quien le haga la faena –saludos a Fabian Cancellara-. Hoy en el fragor de Ans, lo único reseñable de 260 kilómetros, invocó a los santos y vio como uno a uno Philippe Gilbert, Alejandro Valverde y compañía se inmolaban por coger a ese dúo italiano que fruto del descontrol casi la lía en la Doyenne del centenario.

Porque, no nos engañemos, ver ganar a Gianpaolo Caruso o Domenico Pozzovivo, por muy bien que lo hicieran, hubiera sido una especie de homenaje menor a esta fantástica carrera que ha vivido, con sus 100 ediciones, un triste homenaje carente de emoción más allá del tramo final. Ciclismo de Youtube.

Y es que para que no haya corredores como Gerrans, deben existir esas cabras locas que vilipendien el control del pelotón desde más lejos. El paso de La Redoute, el posterior de la Roche aux Faucons fueron un “quiero y no puedo” de ciclistas que no tienen la seguridad de hacer algo grande como en su día no hicieron Jalabert, Berzin, Vandenbroucke, Bartoli y compañía. Sí, ya sé quién he citado, y en qué años corrieron estos, pero es lo que había y ese ciclismo se rompía de lejos y a San Nicolás llegaban cuatro máximo.

Por lo demás la carrera volvió a ratificar un buen tono del BMC que por fin cuaja una primavera digna a su presupuesto, con Samuel Sánchez logrado su mejor actuación en Lieja siendo gregario y lejos de sus mejores pedaladas. Estuvieron bien los Garmin, con esa gilipollez de #PandaPower generando tweets y Daniel Martin, posiblemente el favorito que mejor lo hizo, tras Gerrans, si bien esa curva que el año pasado pasó solo con Purito roto, le llevó a rodar por los suelos.

Y nos queda Alejandro Valverde que cuaja otro podio y que sinceramente con ciclistas que manejan los tiempos como Gerrans no puede. Alejandro ganó dos Liejas, cierto, pero con ciclistas que en lo táctico se significaron nefastos como Cunego, Rebellin y Frank Schleck. Sólo Bettini, entre sus derrotados ilustres y porque en 2006 sprintaba cien veces más. En la Flecha Valona, Mollema y Kiatkowski le hicieron el canelo, pero el australiano cuyo cuello se confunde con el ancho de su cabeza fue demasiado.  Grandes los Izaguirre que de haber compactado un poco más la carrera al final podrían haber dejado a Valverde más íntegro en sprint con Gerrans. Sea como fuere ser segundo en Lieja es un buen resultado y significativo sobre la punta de velocidad que con los años ha desasistido al murciano.

Ahora toca cambio de chip, Lieja cierra la primavera. En breve empieza Romandía, luego el Giro –de cuyo cartel se caen favoritos a espuertas-, la rueda gira y no para.

Foto tomada de velonews.competitor.com