La biografía del Tourmalet (I)

Cuando cualquier aficionado se identifica con la historia del Tour de Francia no puede por menos que recordar este puerto pirenaico de alta tradición histórica llamado comúnmente el Tourmalet, que alcanza una altura de 2.115 metros. Cabe mencionar que esta montaña tan respetada entró en la escena ciclista en el año 1910 bajo la tutela de su director general y organizador, Henri Desgrange, y el empuje que puso en este cometido su hombre de confianza: el diminuto y obstinado Alphonse Steinès, destacado joven periodista del popular rotativo “Le Velo”.

El descubrimiento de Steinès 

Alphonse Steinès, al que hacemos constante alusión, se dice que en su juventud fue un ciclista más bien mediocre; uno de tantos. Procedía de una familia acomodada afincada en el Gran Ducado de Luxemburgo. Su verdadera y gran pasión era el deambular con su automóvil por recónditas carreteras y lugares desconocidos. De ahí que con su espíritu dinámico descubriera varios puntos ignorados en el territorio geográfico francés. Su primera intención era incluirlos en la historia del Tour, la importante y popular prueba por etapas de máxima identidad deportiva. Quiso descubrir y lo logró la grandeza que encerraba la cordillera pirenaica. No cesó en su empeño de dar a conocer nuevos horizontes a través de los atletas del pedal que participaban en la ronda gala.

En el mes de noviembre de 1909, debidamente asesorado por entendidos en la materia, quiso conocer de cerca las estribaciones y alrededores del Tourmalet, una mole imponente de la cuál había oído comentarios para todos los gustos. Se hablaba con cierta reserva acerca de aquel escenario casi desconocido y hasta por descubrir. Los Pirineos encerraban para los profanos un extraño misterio. Steinès adoraba y deseaba que aquella imponente montaña pudiera ser vencida pronto por los sufridos ciclistas. El objetivo primordial era que los esforzados hombres del pedal pudieran transitar por una carretera en apariencia casi inaccesible. Cabe recordar las palabras contundentes formuladas por el patrón del Tour, Henri Desgrange, al manifestarle: “Si tú, amigo Steinès, logras cruzar esta montaña y salvar la  cumbre del  Tourmalet, el Tour con sus ciclistas lo hará de inmediato después”.

Se ha escrito mucho en torno a las difíciles peripecias vividas por Steinès en aquellas alturas tan inhóspitas y hasta salvajes que con tesón bien encontró. Steinès, con decisión voluntaria y un tanto desmedida, enfiló hacia arriba por un camino forestal lleno de curvas y sin asfaltar. Su suelo estaba apisonado a base de tierra compactada y con la intromisión de piedras desprendidas de los flancos de la carretera. Pudo llegar con su coche hasta cuatro kilómetros de la cumbre. Se vio obligado a desistir en su intento de llegar hasta la cima conduciendo su coche un tanto renqueante. Tomó la firme decisión de apearse del vehículo y proseguir su camino ascendente con la ayuda, eso sí, de su físico y de sus mismos pies para culminar su pretensión tal como él pretendía.

Pronto, tal como se esperaba, se vio bloqueado por la nieve acumulada en su camino, y, además, con el temor de que le invadiera encima una temida noche. Suerte tuvo cuando localizó, así un tanto casualmente, a dos  gendarmes encargados de vigilar los pasos fronterizos ante la ola existente de contrabandistas. Fue un golpe fortuito a favor de Steinès, cuando estaba prácticamente perdido. Apenas equipado adecuadamente deambulando sin rumbo y sí con intuición por aquellos parajes de la alta montaña.  Iba caminando protegido por unas simples y delicadas gafas, un buen bastón y una frondosa barba que cubría casi todo su rostro y que le resguardaba de los fríos.

Por  Gerardo  Fuster- Imagen tomada de Google Maps

INFO 

Conocéis el culote Salopette l1 de Q36.5???

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Hete aquí un comentario de un usuario 

En conclusión: me ha gustado mucho el Salopette… ajusta una barbaridad sin que esto vaya en detrimento de la comodidad. Es más, es comodísimo. No se notan las costuras y según van pasando los kilómetros, la sensación es la de que no pasa nada, que puedes continuar pedaleando sin que tengas sensación de incomodidad. Lo peor del Salopette es que una vez probado no vas a querer ponerte otros

El Ballon de Alsacia, la quimera del Tour

Para dar más alicientes al Tour de Francia, que de por sí ya los tenía y sin perder su innato espíritu renovador, hubo un joven periodista luxemburgués llamado Alphonse Steinès, de baja estatura, provisto de gafas finas y con barba no muy poblada, que tenía afición por hacer uso frecuente de un flamante automóvil de su propiedad, se le ocurrió la idea de incluir algunas montañas en el itinerario del Tour. Su idea consistía en  hacer transitar a los esforzados ciclistas por rutas que eran consideradas casi inaccesibles. Hay que decir que aquellas rutas que se perdían en las alturas y que incluso para las gentes del lugar encerraban todo un paradigma con ribetes misteriosos. El incluir en la ronda gala alguna que otra montaña, todo un aliciente en aquellos tiempos, era considerada una verdadera locura, entrar en una esfera más bien desconocida  que se reservaba más bien a individuos acusadamente osados. Pocos eran los que se atrevían a hollar aquellos confines un tanto desconocidos, un capítulo que parecía ser propiedad de los aventureros. ¿Por qué no introducir a los ciclistas en aquel mundo nuevo? Así comenzó la idea a ser realidad.

Pottier y el Ballon de Alsacia 

El 11 de julio de 1905, se instauró una etapa en la que se transitó  por vez primera por un puerto de alta montaña denominado Ballon de Alsacia, situado en las inmediaciones de las fronteras que lindaban con Alemania y Francia. Era algo así como un eslabón algo perdido, con un entorno un tanto fantasmagórico. René Pottier, en solitario y sin apearse de la bicicleta, cosa a tener muy en cuenta, escaló el collado sobre una carretera inhóspita  cubierta con tierra batida y a un promedio de casi 20 kilómetros a la hora, una gesta memorable de las que perduran en los escritos en torno a la historia del Tour.

En la cumbre del Ballon de Alsacia, aparece al borde de la carretera un monolito histórico en homenaje a aquel voluntarioso forjador de kilómetros, con una loa no menos emotiva dedicada a aquel ciclista llamado René Pottier. Personalmente, cuando estuvimos allí, sentimos una extraña emoción, cosa muy lógica para los que nos sentimos tan vinculados al deporte de la bicicleta.

En el monumento en cuestión, pudimos leer la siguiente inscripción, acompañada en la parte inferior por una gran fotografía del mismo Pottier, aquel personaje un tanto encerrado en la aureola de la leyenda. El escrito que traducimos, plasmado sobre piedra, dice:

El Tour de Francia, carrera anual de 5.000 kilómetros, organizada por el rotativo parisino L´Auto, a René Pottier (1879-1907), que llegó primero en este lugar los años 1905 y 1906, después de haber sostenido en la escalada al Ballon de Alsacia, un promedio de 20 Km./h y haber derrotado a todos sus adversarios”

Pottier, nacido en la población de Moret-sur-Loing, era un tipo algo raro, según llegaron a afirmar sus compañeros de ruta. Era un hombre que nunca esbozó una sonrisa fácil. Introvertido en sus actitudes y siempre hermético en su rostro anguloso y sufriente. Ante tantas penalidades, no era extraño ver en el Tour reír a los ciclistas en los momentos de calma y en los ratos de compensación gastronómica. Él permanecía ensimismado en sus pensamientos, en su mundo, como aislándose de los demás dada su acentuada timidez. Era fuerte como un roble, con un bigote voluminoso por cierto y un pañuelo cubriendo su cabeza.

En el año 1905, hubo muchos aplausos en la cima a favor de Pottier cuando tuvo la dicha de cruzar en primer lugar aquella montaña que abría un nuevo ciclo en la historia del Tour. Le quedaba todavía un sinuoso descenso hacia la meta situada en Besançon, término de la segunda etapa. En tanto que sus adversarios quedaron totalmente vencidos,  surgió inesperadamente un tal Aucouturier, que se proclamaría vencedor en aquella memorable jornada. Tres días después, lo que son las cosas, Pottier, héroe glorioso por un día, se vio incapaz y sin fuerzas de proseguir en el Tour. Se retiró atenazado, agotado por los esfuerzos realizados. El ganador absoluto de aquella edición fue el ciclista galo Louis Trousselier, hijo de una familia acomodada dedicada a la venta de flores en el amplio continente europeo.

El valor de la constancia

Al año siguiente, gracias a su aquilatada voluntad, René Pottier se alineó de nuevo y se permitió el lujo de vencer holgadamente gracias a su experiencia recogida en la edición anterior. En aquel Tour, nos referimos al año  1906, se incorporaron otros dos puertos de cierta importancia: los altos de Bayard y de Laffrey. Con el Ballon de Alsacia, ya eran tres los colosos alpinos presentes en la ronda internacional francesa. De esta manera el Tour logró ampliar nuevos horizontes, nuevos perspectivas de éxito, que supusieron más fama y más prestigio para la prueba. Los jueces de paz, las montañas, son y serán los ingredientes indispensables que más alimentan la gloria del Tour.

Quisiéramos cerrar este capítulo haciendo alusión que precisamente en la cumbre del Ballon de Alsacia y alrededores es un lugar muy apropiado para poder practicar el parapente, este deporte al que llaman el de “los hombres voladores”, que realizan, con sus alas coloreadas y no menos vistosas mil filigranas en las alturas, en los cielos, aprovechando la brisa que suele dominar aquellos parajes de configuración ondulada y con visión a distancia,  sin apenas árboles. Desde allí se otean a lo lejos la cadena de montañas de los Alpes suizos con su silueta de sierra, recortada, y pináculos de color blanquecino. Son las nieves que no se van del lugar haga frío o calor. Espectáculo casi inédito que nos impresionó.

Los Pirineos entran en el ciclo

Fue en 1910 cuando los organizadores apostaron por desafiar otros horizontes de montaña. Se erigieron sendos collados que se alzaban en el corazón de los Pirineos, algo así como adentrase a otra zona que parecía algo prohibida. Steinès, que poseía mucho entusiasmo y que fue muy aficionado en la práctica de la bicicleta, estuvo investigando a conciencia aquella región del sur del país un tanto agresiva. Se localizaron los desconocidos en aquel entonces y conocidos hoy: Aubisque, Tourmalet, Aspin y Peyresourde. Todos ellos fueron incluidos y con éxito por vez primera en los anales del Tour en una etapa de largo kilometraje, la Luchon-Bayona de 326 kilómetros. Era la décima etapa. Salvo el puerto del Aubisque, que coronó en cabeza un tal François Lafourcade, francés, los otros tres de la serie fueron salvados con éxito por su compatriota Octave Lapize, que luego sería declarado vencedor de aquella octava edición.

Por Gerardo Fuster