La chicas ciclistas que se cruzaron en mi camino

En mi vida entre ciclistas he coincidido con no pocas chicas

Sobre chicas y ciclistas, Esta es la pregunta que me hizo nuestra compañera y amiga Ada Xinxó, después de leer hace unos días en este mal anillado cuaderno mi entrada sobre lo que había viajado en bicicleta durante el confinamiento… sin moverme del salón de mi casa:

«Jordi, ¿tantos viajes en bicicleta durante el confinamiento y no has encontrado ninguna cicloaventurera  que te acompañara en tus largas sesiones de rodillo?»

Mi respuesta fue, sin lugar a dudas, que tenía toda la razón, que tendría que haber encontrado una aventurera ciclista… ¡para escaparme con ella!

Bromas aparte, sí que le dije que yo había conocido algunas de ellas en persona.

Y le puse algunos ejemplos y le prometí que hablaría de ellas en próximas entradas.

Y aquí estoy, para cumplir mi palabra y hablaros de aquellas chicas ciclistas que yo conocí en mi sociedad de toda la vida. 

Era un club modélico a todos los niveles.

Podría explicar por qué me tuvo enamorado durante casi 20 años ininterrumpidos, saliendo siempre con ellos todos los sábados de excursión.

Con ellos… y ellas, por supuesto, porque lo importante a destacar de aquel club es que siempre había contado con un grupo muy amplio de chicas de todas las edades y niveles de forma, claro está.

En este sentido, lógicamente, para mí nunca había sido nada raro ver a chicas montando en bici, por supuesto.

Estoy hablando de principios de los años 90, cuando me di de alta en aquel club, pero es que en aquella asociación ya había mujeres que habían comenzado a salir en bici nada menos que en la década de los 80.

Era el caso por ejemplo de Ana, la chica más veterana de todas ellas, que a sus 50 años se enganchó a practicar este deporte.

 

En aquella época, como podéis imaginar, hacerse socia de un club ciclista era algo todavía raro, a no ser que tuvieran algún padre o marido que las hubiera animado a apuntarse y a disfrutar junto a ellos de las deliciosas salidas en bici de fin de semana.

Con Ana mantuve largas conversaciones encima de nuestras bicicletas.

Me gustaba escucharla.

Ella, a su edad, siempre explicaba que parecía la madre de todas las chicas del club.

Sería por veteranía, porque su aspecto físico era el de una persona mucho más joven.

Además ella nunca se desenganchaba del grupo fácilmente y daba bastante guerra a sus queridas compañeras más jóvenes.

Me comentaba que pedalear le había dado muchísimas satisfacciones y me remarcaba la importancia de hacer deporte.

Gracias a su marido se hizo socia de aquella entidad, para seguirlo en su bendita locura, algo que ha hecho hasta estos últimos años.

Ana, por su ímpetu, su manera de ser y su buen hacer, no tardó en ocupar un puesto en la junta directiva, impulsando desde su secretaría no sólo la organización de eventos como marchas cicloturistas y salidas especiales, sino también, claro está, la promoción del cicloturismo femenino, algo en lo que triunfó indiscutiblemente y cuyos frutos se ven hoy en día, siendo uno de los clubes con más chicas en sus diferentes grupos de participación.

Ella, como muchos otros y otras, comenzó a pedalear con el grupo «C», el más tranquilo y el que hacía las salidas más cortas, si es que se pueden llamar cortas a excursiones entre 60 y 70 kilómetros.

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Pero enseguida saltó al grupo «B», más numeroso, más batallador y con recorridos mucho más largos de hasta 100 km o más.

Siempre recordaba con ilusión todos los kilómetros que había hecho con su bici y explicaba con orgullo su mayor logro consistió en recorrer el Camino de Santiago en 11 días.

Pero como os decía, había muchas más chicas ciclistas.

Entre ellas también recuerdo a Merche, una auténtica apasionada de la bici, que ya desde muy joven aprovechaba cualquier oportunidad para salir con ella.

Empezó haciendo cicloturismo de alforjas en unos tiempos en el que era rarísimo ver en nuestro país a este tipo de cicloturistas, ya fueran hombres o mujeres.

A ella esta modalidad la cautivó desde el principio, disfrutando del esfuerzo, del paisaje, de la compañía y viendo cómo su forma física mejoraba.

Siempre recordaba con cariño su primera participación en una marcha como la Tres Naciones:

«¡qué emoción a la salida! ¡Qué lucha por poder seguir la rueda de algún ciclista! ¡Y qué placer llegar a meta, con la faena hecha y esa reconfortante sensación de cansancio y disfrute a la vez!».

Durante muchos años participó en todas las marchas posibles.

Tenía auténtica predilección por la Quebrantahuesos, la Marmote o la Hubert Arbes.

Luego cambió de registro y comenzó con la larga distancia: cuantos más kilómetros, mejor.

No paró hasta conseguir finalizar la París-Brest-París: 1200 kilómetros completados en 83 horas.

Una auténtica pasada, aunque su mayor disfrute era salir con el club, en el que siempre encontraba un grupo de gente que se adaptaba perfectamente a su ritmo, compartiendo su afición con todos ellos.

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De entre todas aquellas chicas ciclistas también tuve la satisfacción de conocer a Ariadna, la más joven, que ya desde bien pequeñita le apasionaba ir en bici haciendo excursiones con su destartalada BH en inolvidables veranos hasta lugares, que en aquel momento a ella le parecían muy lejanos.

Cuando se enganchó definitivamente a la práctica del cicloturismo nos explicó que fue por varios motivos:

«la sensación de deslizarte sobre el asfalto, la dureza de los puertos, la nueva dimensión que adquiere el paisaje a la velocidad del ciclista y, sobre todo, la buena compañía y el buen ambiente que siempre hay en este mundillo».

El club para ella se convirtió en un lugar de encuentro que le permitió hacer muchas amigas formando un buen grupo de chicas ciclistas, con las que salía regularmente, participando juntas en muchas marchas y compartiendo muy buenos momentos sobre la bici.

También fue una gran luchadora para conseguir que las marchas no dieran la imagen habitual de un inmenso pelotón de chicos ciclistas en los que alguna vez se veía una chica solitaria.

Aunque siempre, con una gran sonrisa, explicaba cómo el hecho de ser poquitas participantes en las marchas contribuía a que el público las animase con mucha más fuerza que a los chicos, quienes veían cómo al paso de ellos los gritos menguaban.

Decía que las chicas solían crear una especie de fraternidad femenina entre ellas, saludándose, charlando, y sin preocuparse si una la adelantaba o era ella quien lo hacía.

Era tanta su inquietud por el bajo número de mujeres que practicaban el ciclismo de carretera, que incluso elaboró un trabajo de investigación para el boletín de aquel club, porque sentía curiosidad por conocer con exactitud la participación real de féminas en estas citas ciclistas.

Sabía que eran bajas, pero… ¿cuánto?

No os voy a marear ahora con cifras y números, pero llegó a la conclusión que un 5% de participación femenina en una marcha -en aquella época- se podía considerar todo un éxito.

Este tanto por ciento podía aumentar si la marcha era menos dura, más corta y menos competitiva, o cuando a un recorrido largo se le daba la opción de uno corto.

También dejó evidente que en Francia había mucha más participación femenina ya que existe más cultura ciclista y es por este motivo que las mujeres se lanzan a la carretera para participar mucho más en las marchas.

Este estudio ya tiene unos años y parece que hoy en día todo esto está cambiando.

Muchas mujeres ya empiezan a sentirse mucho más cómodas en el cicloturismo actual, al poder disponer de bicicletas en las que las grandes marcas ya tienen su versión femenina y, sobre todo, porque éstas ya no son tan caras como aquellas bicis pioneras de hace unos años.

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También ayuda la existencia en el mercado de material y ropa exclusiva para ellas.

Esto es básico, claro está.

Para finalizar, recuerdo también como la propia Ariadna nos explicó una jugosa anécdota de cuando en aquellos años se formó de manera casi espontánea un grupo de chicas ciclistas bajo el nombre de «me tendréis que esperar».

No creáis que era un grupo exclusivo de mujeres, pero sí que eran muchas las que se juntaban todos los fines de semana para salir en bici.

Lo anecdótico de este nombre se debe a la manera en cómo surgió, de una forma natural.

Cada nueva integrante que se incorporaba a las salidas era habitual oír de “motu proprio”: ¡me tendréis que esperar!

Como Ariadna nos explicaba, a muchas de las incorporaciones sí era necesario esperarlas, pero en otros casos no sucedía así.

A fin de cuentas, cada una rodaba a su ritmo, pero al final todas se esperaban las unas a las otras.

Un gran gesto del cual tendríamos que aprender todos.

Ana, Merche y Ariadna: tres ejemplos de motivación, de superación, de maneras de entender el cicloturismo, pero sobre todo tres espejos donde las chicas ciclistas puedan mirarse y verse reflejadas para continuar saliendo a la carretera a pedalear.

Foto: Ariadna

Desescalada: la bicicleta nos incentivará a conocer lugares nuevos

Conocer sitios es el primer objetivo de la bicicleta

¿Qué es lo que nos lleva, a muchos cicloturistas, a recorrer con nuestras bicicletas cada vez más kilómetros, y más lejos en la distancia, conocer otros territorios, otros países y otras regiones?

La respuesta es, sin duda, la inquietud por conocer, por saber qué hay más allá de nuestras fronteras, de nuestra zona de confort, una vez que ya han caído rendidos a nuestros pedales los recorridos más cercanos a nuestra casa o nuestra tierra, en forma de puertos de montañas, pueblos pintorescos, paisajes de ensueño o carreteras con encanto junto al mar.

Pero existe todo un mundo de posibilidades mucho más allá.

Haber concurrido en bicicleta sitios increíbles pedaleando por los collados que entrelazan cordilleras como Pirineos, Alpes o Dolomitas y haber ascendido sus puertos más emblemáticos como Tourmalet, Alpe d’Huez o Stelvio, por poner algunos ejemplos, habrá sido brillante, extraordinario, una experiencia increíble, pero no sólo de nombres míticos vive el auténtico cicloturista, y éste sin duda siempre querrá más.

La naturaleza y la belleza de muchos de esos sitios pesan toneladas, pero también su cultura, su historia, su patrimonio y tradiciones, estimulando nuestra inquietud y una curiosidad sin límites.

Esto refuerza la idea que, por mucho que sepamos de esos numerosos lugares que hemos visitado a golpe de pedal, nunca nos será suficiente y siempre querremos saber más para mantener el reto del conocimiento permanente.

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Hay muchos ciclistas con cientos de puertos ascendidos marcados a fuego en los músculos de sus piernas y, a pesar de ser auténticos gurús de las montañas o verdaderos locos de las cumbres, son conscientes que no lo dominan todo.

Todo ello nos lleva de manera irresistible a seguir aprendiendo, casi de manera continua, de otras gentes, de otros lugares, recibiendo lecciones constantes de otras culturas.

Somos cicloturistas y el turismo en bici es lo que más nos atrae y llama la atención, pero también podemos, y debemos, abarcar otros ámbitos culturales.

Esta inalterable e imperecedera educación la debemos llevar a cabo como ciclistas turistas durante toda nuestra vida ciclodeportiva, una enseñanza que en muchos casos va mucho más allá de la bicicleta y se convierte en dulce apetito por descubrir: el modus vivendi de toda nuestra existencia.

Todo esto es gracias en buena a parte a la bicicleta, que nos forma como cicloturistas aprendices de la vida de manera inquebrantable sin renunciar a algo tan natural como seguir discerniendo, actualizando nuestros conocimientos y ampliando horizontes, sobre todo en un terreno tan cambiante como el nuestro, porque si no es cada día, al menos sí cada cierto tiempo, la experiencia de muchos cicloaventureros que nos hablan de sus nuevas conquistas nos suscitan estas inquietudes que nos renuevan el ansia por cultivarnos más.

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Este deseo por averiguar aún más, por ir más allá en nuestro pedaleo, lo podemos enfocar en tres direcciones: una al pasado, a la historia ya no sólo de este deporte, sino también la de todo un pueblo; otra, más actual, que nos permita aprender de lo que nos rodea y de las ideas que nos puedan surgir por el camino; y, finalmente, por qué no, otra dirección al futuro, intentando crear una bella utopía, un mundo idílico, dando ejemplo de que el movimiento se demuestra, en este caso, pedaleando, y que de esta manera todo es más sencillo, más humano y sostenible, más eficiente y ecológico.

Se trata de no decaer en nuestro esfuerzo, tanto físico como mental, de continuar añadiendo ideas, experiencias, vivencias y recuerdos que perduren en nuestra memoria toda una vida.

Seguro que tanto nuestro cuerpo como espíritu nos lo agradecerán.

Como siempre decimos, no se trata de devorar kilómetros a lomos de nuestras bicicletas, sino de saborearlos y no dejar que se apaguen nuestras luces, incluso en la oscuridad, al contrario, intentar con nuestras ansias por formarnos que prenda la llama del saber en forma de toma de contacto con otras gentes y otras tierras, empapándonos de sus culturas, dejándonos invadir por la curiosidad, visitando sus monumentos, sus teatros, sus exposiciones y museos, hablando y debatiendo con los lugareños.

Es algo que está en nuestras manos, a nuestro alcance, y que al menos nos evitará envejecer de forma prematura mentalmente.

Lo podemos considerar un estilo de vida, el que cada uno elija, porque habrán cicloturistas -de hecho, los hay y muchos- que se lo tomen como una dulce obligación, una manera de ser, una exigencia con uno mismo, siempre con hambre y sed por seguir instruyéndose, para luego pasar un digno testigo de nuestra memoria a la juventud que nos sigue, contagiándoles estas ganas de vivir que nos produce el mero hecho de montar en bicicleta y el placer que nos supone, a ritmo de pedal, la inquietud por conocer en bicicleta.

Foto: Pau Catllà

Hace 40 años: el «boom» del cicloturismo

Para entender la explosión del cicloturismo hay que viajar lejos

El cicloturismo, tal y como lo vivimos hoy en día, es un legado que ha perdurado en el tiempo de aquellos pioneros cicloturistas en nuestro país que, a finales de los años 70, una vez recorridas una y otra vez sus montañas, sus playas y pueblos más cercanos, decidieron dar el salto para ser verdaderos viajeros cicloturistas.

Lo que hasta aquel momento sólo residía en sus mentes y pensamientos, empezó a hacerse realidad en aquel primer año de la década de los 80.

De esta manera podemos hablar de una auténtica primavera del cicloturismo, aquella de 1980, cuando muchos sin haber dado aún una pedalada como cicloturistas con alforjas, pero con toda la ilusión, se lanzaron a la aventura del conocimiento.

Cada vez eran más las personas que utilizaban la bicicleta como medio de transporte para hacer turismo y ese deseo por mejorar el nivel cultural que fue creciendo entre la población.

No fue fácil en un principio.

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Existían muchos obstáculos que fueron subsanando sobre la marcha, ya que estamos hablando de los primeros ciclistas turistas que se atrevieron, sin complejos, a meter sus bicicletas en los trenes para aproximarse lo máximo posible a sus objetivos y mitigar sus intensos anhelos por conocer.

Inicialmente fueron pocos, pero fueron aumentando considerablemente.

Después de recorrer con sus bicis casi todo el territorio peninsular y gran parte de Europa, hubo quienes cruzaron el charco dando el salto a Sudamérica, siempre con ese afán por descubrir.

El deseo era pedalear por espacios naturales, lejos de los grandes núcleos urbanos, disfrutando de los paisajes, sin dudar en empaparse de los problemas de aquellos lugares, solidarizándose con ellos, porque muchos de estos cicloturistas eran ante todo ecologistas interesados también en el lado antropológico y cultural de aquellos territorios.

Con todas estas experiencias, intentaban transmitirnos el saber acumulado durante años de viajes cicloturistas, en rutas vividas a pie de pedal modificando la percepción de las personas que habitaban en aquellos parajes.

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Sus vivencias nos empujaron a coger nuestras bicis y pedalear, con afán de aventuras y respeto a la naturaleza, por aquellas rutas que eran sólo algunas de las muchas que estas tierras, y otras más lejanas, nos podían ofrecer.

La bicicleta es, sin duda, el mejor vehículo de transporte del conocimiento que podemos adquirir, de manera próxima y amable, sin dejar esos espacios muertos que quedan fuera de nuestro alcance cuando lo hacemos en otros medios.

Nuestra pequeña reina nos permite aprender de forma armónica, integrándonos plenamente en todo lo que nos rodea.

El placer de descubrir y compartir en bicicleta

Descubrir en bicicleta algunos paraísos cercanos es un regalo

Si nos detenemos a pensar, la mayoría de nuestras amistades que no salen en bici a veces conocen tierras más lejanas y remotas, programan largos viajes a países exóticos y, en muchas ocasiones, se olvidan del placer de descubrir en bicicleta su entorno más cercano que, con total seguridad, no tendrá nada que envidiar a destino turista alguno.

Creo que esto suele suceder, y no es extraño que haya gente que se desplace miles de kilómetros para contemplar paisajes y monumentos a otras ciudades de otros continentes y luego se sientan como turistas en su propia urbe.

Esto no nos ocurre a los que andamos en bici, porque nos permite adentrarnos en nuestro medio más próximo de manera natural, acercándonos de forma sosegada para conocer lo que nos rodea, nuestro propio patrimonio natural y cultural.

Podemos empezar, claro está, por nuestras localidades vecinas, para ir ampliando horizontes y, por qué no, viajar también llevando nuestra bici a esos destinos que nos llaman de manera irresistible y que disfrutaremos mucho más permitiéndonos conocer más a fondo, y con más detalle, todos y cada uno de los rincones que descubramos al ritmo de nuestras tranquilas pedaladas, sin estrés, sin horarios, sin prisas.

Al regresar a estos lugares con familia o amigos no ciclistas, la intención es que nuestros acompañantes experimenten lo mismo que nosotros sentimos cuando descubrimos estos apartados dominios a lomos de nuestras bicicletas.

Y de eso hace ya mucho tiempo.

Hace casi 30 años, con nuestro antiguo club ciclista, los veteranos nos llevaban a conocer estos sitios, que estaban tan cerca pero a la vez tan lejos.

Se trataban de destinos cicloturistas muy poco conocidos dentro de aquel numeroso grupo de amigos, que asaltábamos con nuestras bicicletas en inolvidables matinales de sábado de aquellos recordados años.

Eran extraordinarias experiencias llegar sólo con el esfuerzo de nuestras pedaladas hasta aquellos emplazamientos disipados por el paso del tiempo.

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Era una época en la que disfrutábamos del placer de descubrir… y compartir.

Cada salida que hacíamos, todos los fines de semana, prometía aventuras en bicicleta imborrables.

Sitios llenos de cultura descubiertos a golpe de pedal, rodeados por paisajes entrañables, eso es descubrir en bicicleta. 

Durante aquellos años, en cada excursión, se nos revelaba algo siempre diferente: una aldea, un bosque, una montaña, un valle, un río o incluso, por qué no, una playa.

Por eso, cada principio de temporada, esperábamos con ansias el boletín anual con el calendario de excursionismo.

Allí se recogían todas las novedades de aquellas pioneras salidas cicloturistas y mirábamos con interés todos los destinos que nos esperaban durante el año, miles de kilómetros en forma de recorridos diseñados por los ciclistas más experimentados dentro del seno del club.

Aquel cuaderno de rutas era nuestro vademécum particular y en él quedaban marcados itinerarios, trayectos de ida y de vuelta, perfiles de las etapas, altimetrías confeccionadas artesanalmente con muy pocos medios, pero que eran suficientes para saber a lo que nos íbamos a afrontar cada jornada.

¡Qué tiempos! ¿Verdad?

Entonces, claro, no teníamos internet, ni redes sociales, ni páginas web, pero disponíamos de nuestra libreta de excursiones.

Hoy en día queda poco margen para la improvisación, la admiración y el asombro.

Parece que esté ya todo descubierto y no haya espacio, por muy remoto que sea, que no sea bien conocido, documentado y experimentado por mucha gente: las recomendaciones, los consejos sobre sitios de visita obligada ya no tienen cabida, y queda lejos el aventurarse en el terreno de lo desconocido.

Hoy pedaleamos por rutas cicloturistas guiadas, carreteras marcadas y caminos trillados, siguiendo los pasos de otros que han abierto estas nuevas vías.

El factor sorpresa y el placer de descubrir lo hemos perdido completamente, porque antes de iniciar una de estas excursiones en bici, habremos contemplado fotos del lugar que vamos a visitar, además de leer todas las opiniones vertidas sobre nuestro destino de fin de semana.

Pero esto hace 30 años no era así, claro está.

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Lo que funcionaba era el boca a boca de cada cosa que descubrir en bicicleta: llegar, ver y explicar al resto de la gente, a tus amigos, a tu familia…

Buscábamos compartir nuestras conquistas con nuestro entorno y, de esta manera, no pocas veces, estas excursiones servían luego para volver con la pareja y los hijos, padres, abuelos… o incluso hasta con compañeros de trabajo.

Ellos nos preguntaban:

¿A dónde habéis ido este fin de semana?

Y nosotros explicábamos nuestras batallitas recomendándoles, sin duda, los lugares en los que habíamos estado almorzando el sábado o domingo anterior.

Sabían que nuestra sugerencia sería buena, y aquellos parajes valdrían sin duda la pena conocer, ya fuese por su indudable belleza o por contener algunos tesoros ocultos aún ignotos: su entorno, su gastronomía, su historia o su arte.

Y este rincón… ¿cómo lo conociste?

Ésta era sin duda una pregunta muy habitual, entre nuestros conocidos.

Pues por haber pedaleado hasta allí en bicicleta.

Contestábamos satisfechos y con un punto de orgullo.

De esta manera, también nuestros familiares y amigos se beneficiaban del placer de compartir nuestras aventuras con la bici, porque si no hubiera sido de esta forma, muchos de aquellos pueblos visitados gracias a nuestras recomendaciones, no lo habrían hecho nunca.

Hoy en día, debido al exceso de información que sufrimos, es posible que al regresar a un lugar, mágicos para nosotros, acabemos desencantados.

¿Por qué?

En primer lugar, porque estos pueblos y paisajes ya no son desconocidos para nadie, y nos puede ocurrir que, persiguiendo la tranquilidad, la paz, el silencio y la calma, hallemos todo lo contrario: bullicio, colas interminables, restaurantes con el cartel de “completo”, calles que antes estaban desiertas, tan sólo con las piedras de sus muros y árboles por testigos, aparezcan repletas de gente caminando y haciéndose fotos.

Todo esto nos obliga a reflexionar y plantearnos que quizás es mejor no publicitar en exceso aquellos rincones que merecen ser preservados de la masificación del turismo.

Pienso que debemos proteger las pequeñas joyas que aún queden por descubrir… si es que existe alguna.

Eso sí, compartir nuestras experiencias con nuestros más allegados y hacerlos partícipes también a ellos de nuestras vivencias, esto no dejemos de hacerlo nunca.

La bicicleta salva vidas

La bicicleta, en un contexto de distanciamiento social sacará gente de metros, buses y coches

Ahora que parece que todo lo tenemos en contra, que estamos confinados y no nos dejan salir, que incluso nos ponen impedimentos para ir en bici al trabajo y que hay algunos que intentan demonizar a nuestra pequeña reina, quisiera recordar a todos estos que la bicicleta salva vidas.

Como en el caso que paso a narraros a continuación.

Hace unos años pude hablar con mi amigo “Petxu”.

Entonces tenía 49 años y vivía en Sesma, cerca de Estella, y tuve el privilegio de que me contara su bonita historia de superación, de las que gustan explicar.

Me confesó que en 1997, con 36 años, un gravísimo aneurisma cerebral le cambió la vida radicalmente.

Fue un sábado, de infame recuerdo, cuando sufrió esta terrible enfermedad.

Trasladado de urgencias a Pamplona, no le operaron hasta el día siguiente, domingo.

Le salvaron la vida, pero el coágulo había permanecido demasiadas horas en su cerebro, dejándole secuelas como pérdida de equilibrio y mareos.

Se tuvo que prejubilar a la fuerza.

Fueron meses muy duros.

No salía de casa y engordó mucho.

Cuando pasó de los 80 kg, pensó que no podía seguir así, que tenía que hacer algo.

No podía correr.

Hasta el mero hecho de caminar le suponía sufrir mareos.

Pero quería seguir probando.

Se compró una bici de montaña y empezó a salir, con la satisfacción de ver que pedaleando los mareos eran casi inexistentes.

Esto le animó y se atrevió a subir una colina de apenas 1 kilómetro cerca de su casa.

Lo pasó fatal el primer día.

Se bajó de la bici hasta tres veces antes de coronar aquel pequeño alto.

Con el paso de los días ya sólo se tenía que bajar dos veces.

Luego sólo una.

Llegó el día que hizo toda la ascensión de un tirón.

Poco a poco mejoraba su forma física.

La bici le estaba devolviendo a la vida

En pocos meses adelgazó 20 kg, quedándose en los 60 que pesaba entonces.

Aquel primer año llegó a pedalear más de 25 mil kilómetros con su bici de montaña.

Después se compró su primera de carretera, lanzándose a subir puertos como el de Urbasa, que coronaba desde su casa en 1 hora y 45 minutos.

Desde entonces ya no se bajó de la bici.

Su rutina diaria, de lunes a viernes, era desayunar, mirar la veleta de la iglesia para ver en qué dirección sopla el cierzo y salir a rodar, sin ataduras.

Ni estaba casado ni tenía hijos.

La experiencia de Ivan Basso en el Giro de Italia virtual 

Salía y pedaleaba unos 100 kilómetros, siempre los mismos, por los alrededores de Sesma.

A la tarde caían 60 más con la de mountain bike y los fines de semana disfrutaba de su grupeta del Lodosa, club ciclista al que pertenecía.

Podemos destacar, además, las vueltas que se daba por Soria en recorridos de hasta 240 km.

Ascendió puertos como Marie Blanque, Tourmalet o Angliru.

Recorrió dos veces el Camino de Santiago, o el viaje a Roma que hizo hace 15 años, en compañía de su primo Julián: 2288 kilómetros en 18 días, para ser recibidos en audiencia por el entonces Papa Juan Pablo II.

“Petxu” no le daba ningún tipo de importancia a todas estas proezas.

Las consideraba “normales”, al estar todo el día encima de la bici, su estado “natural”,  como mejor se encontraba.

Otro ejemplo más del milagro de la bicicleta, un milagro que hoy, igual, mira por donde, se prolonga por las ciudades, llevando a la gente a sus trabajos, a quedar con sus amigos,… por que la bicicleta, en un contexto de distanciamiento social como el que nos viene puede ser la clave para sacar gente de metros, buses y coches.

Entonces seguirá salvándonos la vida.

La resaca de «morir» sobre la bicicleta

Qué levanten la mano los que nunca se hayan sentido así el día después de una «exigente» salida en bicicleta junto a su grupeta

 

¡Buf, qué mal me he despertado hoy!

Me tomo el pulso y aún lo tengo algo acelerado.

Menos mal que es domingo, porque la “marcha” de ayer me ha sentado fatal.

Tengo un terrible dolor de cabeza, producido sin duda por el tremendo esfuerzo que me supuso ayer estar a un nivel muy alto para acabar con un buen tiempo la prueba, pero sobre todo para salir a todos los palos que me dieron mis colegas.

Ya les vale.

 

Claro que la culpa es mía, a mí quién me manda meterme en esos fregaos. 

Y es que siempre me digo lo mismo, que la próxima vez pasaré de ellos y que me lo tomaré con más calma, rodando con otros amigos digamos más tranquilos.

Pero es que, cuando luego me veo en faena, no lo puedo remediar y al final me veo respondiendo a todos los hachazos.

Qué le voy a hacer.

No me tendría que picar tanto. 

La Girona Gravel Ride ofrece «slow cycling»

Por eso estoy hoy así, por mi mala cabeza.

Aún tengo un cierto regusto, con sabor a sangre, en la boca.

Y no paro de beber agua.

¡Vaya tralla que dimos ayer!

Y me duele todo.

 

Estoy cansadísimo, sobre todo las piernas. Cómo duelen cuando bajo las escaleras… 

 Me parece que me voy a pasar el día en la horizontal.

Además tampoco he pasado buena noche.

De lo cansado que estaba me costó mucho coger el sueño y no he dormido bien.

No sabía qué postura coger. 

Creo que sólo me levantaré a comer, aunque tampoco tengo mucha hambre.

Si ingiero algo será para poder tomarme algún antiinflamatorio, a ver si recupero algo, que mañana hay que ir a trabajar. 

 

 Y es que… ¡vaya desastre!

No es el primer domingo que me arrastro por casa.

Esto no puede ser.

Ni debe ser sano, para nada.

Aún me siguen dando pinchazos en la cabeza.

Encima ayer pasamos un calor de la leche y me parece que estoy algo deshidratado.

He orinado y es un poco oscura.

SQR – GORE

 

Hay que beber más. 

 Me miro en el espejo y me veo negro, con ojeras y negro.

Me dio fuerte el sol ayer.

Tengo marcas por todos lados, en los brazos, en las piernas, hasta la cinta del casco se me ha quedado marcada en el cuello.

Parezco un cromo. 

 Me vuelvo a la cama.

Me gustaría seguir la carrera que dan hoy por la tele, aunque me parece que como vea más bicis me voy a encontrar peor.

Es como esa sensación que te produce, después de un empacho, ver una pastelería.

Enciendo la televisión de todas formas.

La etapa es llana.

Creo que me voy a dormir.

 

Si al menos hoy hubiera montaña… 

Miro el reloj… ¡he dormido 2 horas de siesta!

¿Sabéis que os digo?

Pues que como aún hay bastante luz me voy a dar una vueltecita con la bici.

¡Hala! Para combatir la resaca, lo mejor un paseíto para estirar piernas y eliminar toxinas… ¡qué bien me sienta la bici! 

Foto: www.merkabici.es

Cicloturismo: cosas que hacen que valga la pena

En el cicloturismo hay amistad, verde, paisaje, sudor, dureza, superación…

Verdes praderas. Peregrinos en Roncesvalles, Ibañeta o Arnostegui. Duras montañas entre baserris. Puertos amables. Risas, amigos y familia. Vacas, ovejas y caballos… Rampas imposibles. Tremendos descensos. Belleza y dureza. Cicloturismo, ocio y cultura. Cinco días de julio en Navarra.

Parece que haya vivido un sueño, pero mis piernas me lo recuerdan una y otra vez y me devuelven a la realidad.

Aún tengo en ellas las marcas de los zarpazos de bestias como Artaburu, Munhoa o Arnostegui. Unas bestias muy bellas.

Pero aquí estamos, llegamos, pedaleamos y se acabó. Ya ha pasado, tan rápido como intenso, tan placentero como doloroso.

Hemos sufrido, hemos disfrutado, hemos reído, nos lo hemos pasado bien.

 

Cosas que hacer en Navarra

Abrir la ventana y respirar, sentir el fresco en la cara mientras a lo lejos vemos las montañas que nos esperan.

Desayunar con los compañeros, compartir ese café recién hecho mientras planificamos la jornada, entre risas y buen humor.

Pedalear los primeros kilómetros con tranquilidad, charlar con los amigos sobre las primeras sensaciones del día, mientras avanzamos por el boscoso Valle de Arce y rodeados de montañas.

Llegar a Orbara, después de un duro repecho, un pueblecito encantador de casas entrañables.

Participar en la cronoescalada a Aitza, un bello alto que domina todo el Pirineo. Intentar darlo todo en sus duras rampas. Disfrutar del ambiente. Machacarnos un poco. Repartos de premios, txapelas, risas, fotos y buen ambiente.

Comer. Una parrillada, un jamón cortado por Albert, todo regado con una buena sidra. Momento cumbre del stage, se intensifican las relaciones, se estrechan los lazos. Actuaciones musicales. El hilarante humor de Carlitos.

Volver al hotel. Efecto sidra. No se corre, se vuela. Sprint a la llegada de Burguete.

Cenar, recuperar fuerzas. Más risas, más chistes. Escuchar el briefing de Jon para el día siguiente. Miedo escénico.

Pasear a estirar piernas. Unas cervezas en el bar del pueblo junto a Josep-Ramon, Javi y los demás, antes de retirarnos a velar armas. Silencio. Descanso.

Unos minutos de relax recopilando lo que ha dado de sí el día. Rescatar sensaciones, hasta caer rendidos por el sueño.

Una nueva jornada. Disfrutar de una pista rural asfaltada preciosa, pasada la fábrica de armas de Orbazeita, camino del Alto de Azpegi, después de afrontar los duros últimos dos kilómetros.

Coronar uno de los paisajes más bellos que puedas recordar. Verdes praderas.

Extasiarnos con la presencia de caballos sueltos, galopando en libertad, o de hermosas vacas pastando, mientras descendemos intentando evitar los buenos recuerdos que han dejado en la carretera.

Parar en una curva, en la cuneta, mientras Néstor nos invita a contemplar el valle que se abre ante nosotros, adonde descenderemos y volveremos a subir por la dura carretera que observamos a nuestra derecha.

Errozate nos espera.

 

Girar 180 grados. Meter todo para escalar Artaburu-Errozate junto a Jon, Koro y Josep, un puerto increíble, tan duro como bello, jalonado de rampas imposibles.

Echar la vista atrás y disfrutar del entorno, lo que vas dejando abajo. Belleza infinita. Darlo todo en la rampa del 20%. Tirar fuerte de riñones. Llegar arriba, reunirnos con los demás y comentar lo duro que ha sido.

Descender, llanear, pedalear pasando por preciosos pueblos como Donibane Garazi (Saint-Jean-Pied-de-Port), capital de la Baixa Navarra, Arnegi o Valcarlos en pleno Camino de Santiago, cruzarnos con peregrinos, a pie o en bici, desearles Buen Camino.

Afrontar a bloque, subir a buen ritmo con Miguel Ángel, Albert y Joserra un puerto como Ibañeta, largo y tendido, muy agradecido. Bosques frondosos. El abrazo de sus árboles. Disfrutar de la grupeta, coronar la larga y recta final, parar y reagrupar en el alto junto a la bella ermita de El Salvador.

Compartir pedales con los pros, aunque sólo sean unos minutos, con David López, Txente, Iriarte y Aramendia. Ver cómo te sobrepasan con facilidad y cómo se van perdiendo en la lejanía.

Merendar en el jardín del hotel junto a los amigos, después de una reconfortable ducha. Compartir unas cervezas, un plato de pasta, unas risas, ver el final de etapa del Tour.

Dar un paseo por el pueblo, contemplar sus casas con continuas referencias al Camino, como la famosa Concha de Santiago. Sus restaurantes, degustar el menú del peregrino.

Estudiar la salida del día siguiente. Puertos, rampas y porcentajes. Preocupación. Ilusión. Pensamientos positivos. “Los superaremos”.

Epic gran canaria

Una relajante lectura antes del merecido descanso.

Despertar con nuevos bríos. Optimismo y energía ilimitada. Vestir con tú maillot y culotte preferidos para afrontar la etapa reina del stage. Unos buenos días para acompañar unas tostadas con mermelada. Un chiste fácil. Alguna cara de preocupación. Una sonrisa cómplice.

Ascender el primer puerto del día: Sorogain, junto a Iñaki, Gorka, Ander, Jorge y Joxe Mari. Suave y muy bonito. De nuevo entre caballos, ovejas y vacas. Prados verdes. Pista estrecha. Montones de leña apiladas esperando ser quemadas este próximo invierno. Boñigas en la calzada. Algunos ciclistas que se pierden en la lejanía entre la niebla.

Frío en el descenso. Bajada peligrosa. Gravilla, baches. Brazos fuertes, manos firmes en los frenos. Ya está, ya pasó el peligro. Intenso pero bello descenso.

Pedalear entre valles. Todos agrupados. Charlando. Ambiente distendido ante lo que se avecina. Buenos relevos. Llegada a Baigorri. Olor a chocolate fundido.

Rampa dura, pista estrecha para encarar el muro de Munhoa. Duros desniveles. Rampas con descansos. Escalones de mucho peldaño. Muy bonito. Echar el resto en 3 kilómetros increíbles que no bajan del 14% de media. Muy duros. Laberinto de caminos entre baserris. Disfrutar sufriendo. Un pequeño descenso y de nuevo para arriba. Contemplar las vistas desde la cima. Aquí está despejado. Avituallar de la mano de Ángel Mari. Gracias Ángel por ser como eres. Reagrupar.

SQR – GORE

 

Descender de nuevo. Igualmente peligroso. Vigilando la grava suelta y los canales metálicos para el agua. Alzar la vista y contemplar el hermoso valle. Abajo esperamos todos.

Afrontar la última dificultad seria del dia: Arnostegui por Arnegi. Pedazo puerto. 16 km, casi 300 de coeficiente. Numerosas rampas por encima del 12, 14 y 16%. Aquí hay que darlo todo.

Antes de iniciar la escalada, alucinar con el inicio de Beillurti y su rampa sostenida al 20%. Increíble. Asusta sólo verla. Seguir ¿suavemente? hasta Ondarolle. Esto se empina. Nos dirigimos dirección Urkulu. Máxima dureza. Los piñones echan chispas. Cada uno sube como puede. Sufrir disfrutando. Muros increíbles. Fascinante belleza. Esto es Navarra.

Ascender entre la niebla. Coronar entre las nubes. Satisfacción contenida. Mística y épica. Un paseo en la ladera de la montaña. Abrigarse para el descenso. Frío, viento, niebla. No podremos disfrutar de las bellas vistas pero las intuimos. No vemos la torre de Urkulu. Peregrinos recortados en el horizonte. Estamos en el Camino.

De vuelta a Azpegi. El día se despeja. Últimas rampas, todos juntos. De nuevo en Orbazeita, camino del hotel. Llegada. Se acabó. Alegría y tristeza. Pena y gloria.

Treinta minutos de siesta y a merendar. Cena especial de despedida. Brindis. Risas contagiosas, más buen humor. Anécdotas, chistes. También proyectos de futuro. Más actuaciones. Hasta que el cuerpo aguante. Algunos más que otros.

Último día. Despedidas. Abrazos. Algunos correos electrónicos apuntados en servilletas. Gracias por todo amigos, ¡hasta el año que viene!

¿Te gusta perderte entre mis curvas?

La carretera pone a prueba la fidelidad del ciclista

 

Una conversación entre una carretera y un ciclista cualquiera…

Soy tu amiga.

O al menos intento serlo.

Tuya y de todos tus amigos que a veces te acompañan.

Y es que ya hace mucho que nos conocemos ¿verdad?

Son muchos años de intensa relación, con sus lógicos altibajos y sé que aún me quieres.

Hemos reído.

Hemos llorado juntos.

También ha habido espacio para la sangre y el sudor.

Hemos tenido momentos buenos, como la primera vez que nos conocimos.

Nuestros primeros años juntos.

¿Los recuerdas?

Yo creo que te llegaste a enamorar de mí, aunque no lo quieras reconocer.

También hemos tenido ratos no tan buenos, o realmente malos.

No te los quiero recordar, pero pienso que tuviste días en los que me llegaste a odiar.

Tú lo estabas pasando mal y me culpabas a mí.

 

No querías darte cuenta que era culpa exclusiva tuya.

Sin embargo, te empeñabas en que yo me sintiera culpable, renegando de mí, insultándome.

Llegaste incluso a escupirme.

Yo lo único que hacía era acompañarte, como siempre he hecho desde que nos conocemos.

Otras veces has preferido simplemente ignorarme.

Tú y tus amigos.

Pero yo te perdono.

Como te digo, sé que en el fondo me quieres y te quedas con todos los ratos buenos que hemos pasado juntos.

Sé que disfrutas de mis curvas, de mis repechos.

Te encantan, lo sé.

No te gusta que me ponga recta contigo.

No me soportas.

Cuando lo hago, prefieres esconderte detrás de tus amigos.

No quieres que te vea.

No quieres que te diga lo que pienso a veces a la cara.

Pero también sé que en el fondo te gusta que sea exigente contigo.

SQR – GORE

 

A veces eres un poco masoquista y prefieres que me ponga dura contigo.

Necesitas que te ponga a prueba y superarme, vencerme y decirme “aquí me tienes”. Necesitas poseerme, hacerme tuya y prefieres que no te lo ponga fácil.

Te gusta perderte entre mis curvas.

Tú y tus amigos.

Me compartes.

Aunque yo prefiero que vengas tú solo.

Me encanta verte pasar y que me acompañes durante horas y horas en largos paseos.

Me gusta que me acaricies.

Aunque no siempre te puedo dar lo que me pides, no me acuses de estrecha.

Yo soy como soy.

No me gusta cuando todos tus amigos y tú os vais de marcha.

Me hacéis sufrir.

A veces también me dices que puedo ser muy peligrosa.

Si ves que sí, que me vuelvo agresiva, por favor, ¡huye de mí!

Deja que me calme y búscame en otro momento.

Yo también tengo mis ratos malos.

Compréndelo.

No quiero que mis enfados te hagan mal, que algún desliz mío te suponga una caída de la que luego no puedas recuperarte.

O que pagues mi enojo, con algunos hombres más poderosos que tus amigos y tú, con algún revolcón.

No quiero hacerte daño.

A veces, también me exiges tanto que me quedo cortada y no sé qué responderte.

Tú te das la vuelta y te vas, desilusionado.

Pero yo me quedo allí, esperando a que vuelvas.

Y es que, a pesar del tiempo que llevamos juntos, no me conoces del todo.

No sabes hasta dónde soy capaz de llegar.

Ni tú ni tus amigos.

Pero siempre me tienes ahí.

Siempre procuro complacerte y mostrarte mis encantos.

Puede que a veces me encuentres fría y distante, pero otras, seré tan fogosa contigo que te haré sudar de lo lindo.

Dices que soy muy larga, que aprendes mucho conmigo.

Será la experiencia.

También muchas veces me dices cosas muy bonitas, como que soy muy bella y entretenida, que soy “guapa”, que te encanta que te lleve al límite, que te haga disfrutar tanto que subas hasta el cielo.

Yo soy así.

Luego te gusta relajarte en mi regazo, después del esfuerzo, y te dejas caer en mis brazos.

Sé que a veces no me eres fiel.

Cuando me encuentras fría prefieres buscarte a otras.

Tú crees que no me entero, pero te veo, siempre te veo, aunque tú no lo sepas.

Cambias mi fina piel por otras más rugosas.

Será que te empiezan a gustar las maduras.

Tú sabrás lo que haces.

Pero al final siempre vuelves a mí.

¿Mi nombre?

Yo soy la carretera.