Nunca venirse abajo

En primavera y verano los pastores se vienen arriba, a la montaña (alta montaña) a pasar toda la temporada junto a sus rebaños, trabajando en paz, sin agobios ni estrés, lejos del mundanal ruido, buscando refugios donde pasar en compañía o en soledad los meses más benignos del año.

Pueden ser casos como el de Adela, pastora que tuvimos el placer de conocer este pasado verano y que vive junto a lago de la Ercina, en pleno parque natural de Covadonga, en una modesta cabaña con lo justo encima, cuidando a sus vacas y cabras.

No creáis que es joven, no. Adela, con sus casi 80 años muy bien llevados, sigue haciendo lo que le gusta desde hace más de 40, cuando para marzo se instala aquí y no baja del puerto hasta finales de noviembre o incluso primeros de diciembre.

Nos explicó que el cambio climático era evidente y que antes, a mediados o finales de octubre, ya tenía que descender al pueblo, porque con el frío y las nieves ya no se podía vivir allí en aquella época.

Hoy en día, el tiempo aguanta, con sol o con niebla, pero de qué manera, hasta prácticamente finales del otoño o con los primeros días del invierno.

Es cuando ya no puede más, cuando el frío arrecia y el gélido viento del norte le hace desistir, no pudiendo resistir más y no tiene más remedio que «venirse abajo”.

De ahí nace esta expresión que siempre asociamos al decaimiento, a la depresión, a rendirse y bajar los brazos, a dejarlo todo estar, a derrumbarse y tener los ánimos por los suelos, a abandonar, a tener una moral frágil que nos hace «venir abajo» cuando afrontamos un percance importante o un fracaso.

Por tanto, no sabemos cuándo se empezó a usar este término con esta acepción, pero debe ser tan viejo como la propia especie humana, cuando los primeros pobladores consiguieron habitar y conquistar las altas montañas «viniéndose arriba» para después, con el frío invierno, «venirse abajo”.

Cuando llegaban a sus pueblos de origen, después de haber aguantado todo lo que habían podido, las gentes del lugar hablaban de ellos como los que «se habían venido abajo”.

Pensaréis que a qué viene semejante historia ahora, que qué milonga os estoy contando, y la respuesta es que no puedo evitar en pensar que alguien, a pesar de las inclemencias, de los reveses de la vida, de los impedimentos, de las grandes y enormes dificultades, de zancadillas, obstáculos y piedras en el camino, ha sido capaz de «no venirse abajo», al contrario «se ha venido muy arriba», como una pastora con su rebaño, al que ha cuidado, defendido y protegido.

¡Muchas gracias Anna GLópez!

Por Jordi Escrihuela