#BonjourTour etapa 9

Este año los Pirineos vienen cargaditos y ahí está la muestra con esta etapa entre Viella y Andorra, más de 180 kilómetros que seguro quebrarán voluntades porque seguramente los favoritos no quieran dejar para mañana lo que pueden resolver hoy. La primera llegada en alto, en Arcalís, abre la parte dura de la carrera porque seguramente ninguno se guarde nada. Tras lo visto en la coronilla del Peyresourde, Nairo no puede vacilar su Froome le toma la delantera.

La jornada transcurre durante más de 120 kilómetros por Catalunya. Como hace diez años el Tour vuelve a pisar la Vall d´ Aran. La emblemática Bonaigua, el alto que tiene la clave para que la comarca que ve nacer el Garona sea tan singular, se sube casi de inicio, luego el Cantó para seguir con los preámbulos de lo que espera cuando se atraviese la frontera andorrana con concatenación de dureza y final conocido por su amplia carretera, descubiertos páramos y pendientes constantes.

El lugar


Si alguien tendrá vinculaciones emocionales con el paisaje será Purito Rodríguez, personaje que en cierto modo ha situado este paraíso ciclista en el mapa de las vacaciones de muchos aficionados a este deporte. Con menos de 80.000 habitantes, el Principado busca con el ciclismo la piedra angular de su apuesta por desestacionalizar el turismo, muy centrado en la nivel por esta zona. El Tour en Andorra ha sido un clásico y en sus valles se han escrito grandes páginas, como aquel atracón de Anquetil que le valió la salida en tromba de todos los favoritos al día siguiente.

10 de julio de 2000

Día de perros en los Pirineos. El Tour se apresta a entrar en su fase decisiva con alto en la cima de Hautacam. Javier Ochoa el fino escalador del Kelme obra el milagro y gana la etapa tras una escapada de leyenda. Aterido de frío, roto por el esfuerzo, el vasco consigue su gran día de gloria.

Pero no fue un día cualquiera, no. Por detrás los grandes empiezan a cocinar el triunfo. Un misil surgía del pelotón, a una cadencia imposible de 100 pealadas por minuto, Lance Armstrong deja sin respuesta de golpe a todos sus rivales. Ni Ullrich, ni Virenque, ni Pantani, ni Olano, todos ven partir solo al americano que va camino del segundo Tour del serial que nunca existió, porque todo aquello fue en balde, no pasó, ni pudimos verlo, como tampoco el regalo del Ventoux a Pantani días después. Visto todo aquello ahora, uno toma de locura que supuso.

INFO

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El anillo de Arcalís

Llevo casi dos horas de escalada. Trazando curva tras curva voy dejando el valle atrás. Impresionantes paellas. Vistas magníficas. De vez en cuando, mientras giro en su dirección, ya lo voy viendo. Poco a poco, a medida que me voy acercando, da la sensación de que una gigantesca rueda viene rodando hacia mí montaña abajo. Un efecto sorprendente. Tenía muchas ganas de venir hasta aquí y verlo, de tocarlo, de sentirlo. Lo había visto muchas veces en fotos. Yo quería estar ahí.

Estoy en Andorra, el bello y pequeño país de los Pirineos, ascendiendo el precioso puerto de Ordino-Arcalís. Pedazo «coll». Más de 20 km de subida ininterrumpida para salvar 1200 metros de desnivel. No está mal. Pero mi ilusión era alcanzar el Anillo. A apenas un kilómetro de finalizar la subida me lo encuentro de frente, majestuoso, magnífico. De cerca impresiona aún más, un gigantesco aro de color rojizo, calculo yo de unos 12 m de diámetro, que se eleva a 2170 m de altura. Ahí está, como si de una puerta estelar se tratara, esperando que alguien la cruce al otro lado.

«El Anillo de Arcalís» es obra del escultor Mauro Staccioli, un italiano nacido en el pueblo toscano de Volterra. Staccioli tiene varias gigantescas esculturas de este tipo repartidas por todo el mundo y, según sus críticos, estas obras nunca dejan indiferente a nadie. Su manera de trabajar es meticulosa y concienzuda. Estudia el terreno y sus características para crear su obra, una escultura que refleje la naturaleza interna del paisaje.

En el caso del Anillo, la Caixa Andorrana de Seguretat Social se lo encargó para celebrar su 25 aniversario en el año 1991. Según su autor, el Anillo representa la alianza entre el arte, el sentido de la vida y el paisaje, y ayuda a descubrir la imagen real, la verdadera perspectiva del entorno en el cual está enclavado. Para Staccioli la finalidad principal del Anillo no es la estética si no lo que intenta es que el espectador, en este caso el ciclista que llega hasta aquí influenciado y atraído por su indudable magnetismo, se interrogue y se haga preguntas, se cuestione el porqué de las cosas.

El Anillo también tiene ese efecto que he comentado, siempre buscado por el autor, que es, según desde la perspectiva que lo observemos, el de una enorme rueda que va girando hacia el espectador. Y a fe que a lo ha conseguido.

Lo que es una lástima es que si nos acercamos veremos cómo ni siquiera aquí una obra de este tipo se libra de las gamberradas. Está llena de pintadas y grafitis.

Si habíais estado por aquí y no sabíais quién era el autor de este gran aro espero haberos despejado la duda. De todas maneras, a pesar de la intención metafísica que nos quiere hacer trasladar el escultor, si lo miramos detenidamente más bien nos podría recordar a una enorme llanta de una bici ¿no os parece?

Por Jordi Escrihuela desde Ziklo, sueños ciclistas