Hace 40 años: el «boom» del cicloturismo

Para entender la explosión del cicloturismo hay que viajar lejos

El cicloturismo, tal y como lo vivimos hoy en día, es un legado que ha perdurado en el tiempo de aquellos pioneros cicloturistas en nuestro país que, a finales de los años 70, una vez recorridas una y otra vez sus montañas, sus playas y pueblos más cercanos, decidieron dar el salto para ser verdaderos viajeros cicloturistas.

Lo que hasta aquel momento sólo residía en sus mentes y pensamientos, empezó a hacerse realidad en aquel primer año de la década de los 80.

De esta manera podemos hablar de una auténtica primavera del cicloturismo, aquella de 1980, cuando muchos sin haber dado aún una pedalada como cicloturistas con alforjas, pero con toda la ilusión, se lanzaron a la aventura del conocimiento.

Cada vez eran más las personas que utilizaban la bicicleta como medio de transporte para hacer turismo y ese deseo por mejorar el nivel cultural que fue creciendo entre la población.

No fue fácil en un principio.

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Existían muchos obstáculos que fueron subsanando sobre la marcha, ya que estamos hablando de los primeros ciclistas turistas que se atrevieron, sin complejos, a meter sus bicicletas en los trenes para aproximarse lo máximo posible a sus objetivos y mitigar sus intensos anhelos por conocer.

Inicialmente fueron pocos, pero fueron aumentando considerablemente.

Después de recorrer con sus bicis casi todo el territorio peninsular y gran parte de Europa, hubo quienes cruzaron el charco dando el salto a Sudamérica, siempre con ese afán por descubrir.

El deseo era pedalear por espacios naturales, lejos de los grandes núcleos urbanos, disfrutando de los paisajes, sin dudar en empaparse de los problemas de aquellos lugares, solidarizándose con ellos, porque muchos de estos cicloturistas eran ante todo ecologistas interesados también en el lado antropológico y cultural de aquellos territorios.

Con todas estas experiencias, intentaban transmitirnos el saber acumulado durante años de viajes cicloturistas, en rutas vividas a pie de pedal modificando la percepción de las personas que habitaban en aquellos parajes.

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Sus vivencias nos empujaron a coger nuestras bicis y pedalear, con afán de aventuras y respeto a la naturaleza, por aquellas rutas que eran sólo algunas de las muchas que estas tierras, y otras más lejanas, nos podían ofrecer.

La bicicleta es, sin duda, el mejor vehículo de transporte del conocimiento que podemos adquirir, de manera próxima y amable, sin dejar esos espacios muertos que quedan fuera de nuestro alcance cuando lo hacemos en otros medios.

Nuestra pequeña reina nos permite aprender de forma armónica, integrándonos plenamente en todo lo que nos rodea.

El cicloturismo es cultura

La cultura que te da el cicloturismo no se aprende en la escuela

El cicloturismo es cultura porque de las muchas cosas que nos ha dado su apasionante práctica podríamos destacar, sin duda alguna, los conocimientos que hemos adquirido con el tiempo fuera de escuelas, colegios y universidades.

Lo hemos hecho pedaleando primero por nuestras tierras, conociéndolas a fondo y aprendiendo a amarlas: su geografía, su historia, su arte, sus creencias y costumbres, sus gentes…

Posteriormente elevamos nuestras miradas para abrir nuevos horizontes buscando otras regiones, otros países, otros pueblos, donde ampliar nuestra cultura interesándonos por esos deseados destinos, leyendo casi todo lo escrito sobre ellos.

El cicloturismo es cultura porque hablando con nuestros compañeros ciclistas, o con los que nos encontremos por el camino, nos informamos, nos orientamos y nos dejamos aconsejar por esos sitios que son dignos de visitar.

También parando a conversar con los lugareños: un campesino en sus tierras, un grupo de jubilados jugando a la petanca en un parque, trabajadores en su hora de descanso tomando una cerveza donde sea, en un bar o en un restaurante, empapándonos de sus experiencias vividas.

La verdad es que siempre nos han gustado estos encuentros porque todos estamos de acuerdo que el presentarnos con nuestras bicis en cualquier sitio produce una respetable cordialidad.

Desde la óptica de los habitantes de un pueblo, más o menos remoto, ver a un cicloturista genera confianza casi instantánea, prácticamente no se necesitan presentaciones y el contacto con sus vecinos y su cultura es de inmediato.

De este modo la bicicleta se presenta como un práctico e idóneo pasaporte social universal, un medio para descubrir otros sitios, siempre viviendo el momento, el aquí y ahora.

Este interés por la cultura de los pueblos se nos ha ido acentuando con el tiempo, claro está, y con la edad ha ido creciendo en nosotros la curiosidad por conocer otros lugares, más o menos cercanos, más o menos lejanos, otras gentes, con sus prácticas y rutinas.

El cicloturismo es cultura porque desde que empezamos a dar las primeras pedaladas sentimos esta atracción por ir siempre un poco más allá, a la búsqueda de información por las comarcas o provincias por las que íbamos a pasar con nuestras bicicletas.

Se empieza primero interesándonos por los paisajes, las montañas, los bosques… para continuar haciéndolo después por sus monumentos, por su historia o por sus tradiciones.

Sentir curiosidad por las cosas cotidianas es indispensable para conocer más a fondo otras poblaciones, escuchando las historias próximas y sencillas que de ellas nos cuenten.

Pueden ser desde cuentos, mitos, leyendas, creencias o crónicas reales que forman parte de esas historias evocadoras, que nos harán vivir pequeños momentos mágicos y que nos invitarán a pedalear y a dejarnos llevar para perdernos por los rincones de esas tierras.

Dejemos que nos cuenten.

Estos viajes en bici para conocer otras culturas los podemos hacer en solitario o acompañados, dependiendo de las ganas, el tiempo o la motivación de cada uno, pero el convivir con otros ciclistas en ruta hace que nuestra cultura se alimente de otra fuente, y ésta no es otra que el poder charlar con nuestros compañeros de fatigas, intercambiando ideas, opiniones, conocimientos… en una palabra: cultura.

Realmente, si nos paramos a pensar, es el único deporte en movimiento que nos permite hacer esto.

Es la grandeza de la bici y del cicloturismo: el conocimiento constante mientras nos desplazamos de pueblo en pueblo al ritmo que más nos convenga, sin preocupaciones, sin medias horarias, sin sufrir por nuestros latidos, por la cadencia de nuestro pedaleo o por los vatios que generen nuestras potentes piernas.

Puede que éste sea el secreto del verdadero cicloturismo: completar la distancia que nos hemos propuesto ese día, tomándonos nuestro tiempo, visitando los lugares por los que pasamos.

Quizás hoy en día se haya perdido el encanto de la palabra «descubrir» con tanta información de la que disponemos y que está a nuestro alcance en internet, y ayudados además por el GPS, la planificación de una excursión se convierte en algo sencillo, sin dejar nada al azar o a la sorpresa.

Pero hubo un tiempo, ya lejano, casi romántico, que el echar mano de un plano era imprescindible, sobre todo cuando nos aventurábamos a pedalear por terrenos desconocidos para nosotros.

El cicloturismo es cultura porque aún recordamos cómo siguiendo el Tour por televisión teníamos a mano un mapa de carreteras de Francia, que nos servía para situarnos en las carreteras por dónde pasaban los corredores ya fueran atravesando montañas, ríos, lugares históricos, pintorescos o de gran belleza natural.

Tampoco debemos olvidarnos que el cicloturismo es cultura gastronómica ¿verdad?

La hora del almuerzo, o de la comida o la merienda, es uno de los mejores y mayores disfrutes de toda ruta ciclista que se precie y somos muchos los que siempre hemos reivindicado que si existe el cicloturismo la ciclogastronomía también, sin duda.

Puede que un aliciente sea visitar aquel pueblecito, que además de tener un alto valor cultural por sus vestigios históricos posee un afamado restaurante, donde degustaremos los platos típicos de la región.

Esto también es cultura.

El cicloturismo es cultura, pero hacerlo de forma itinerante no es la única manera de viajar en bici para “culturizarnos”.

Conocer lugares y gentes diferentes también se puede hacer eligiendo un sitio como centro de operaciones, desplazándonos cada jornada en diferente dirección para llegar a la tarde al mismo lugar, con todo lo que esto supone de comodidad y confort por no tener que ir cambiando constantemente de alojamiento.

Es por ello que la bici se adapta particularmente bien a estos viajes en bucle o forma de estrella.

El cicloturismo es cultura porque mientras preparamos nuestro viaje o excursión podemos diseñar a nuestro gusto nuestro itinerario particular.

Puede ser siguiendo las huellas de un personaje histórico como la Ruta del Cid, de una novela épica como la Ruta del Quijote, o tras los pasos de peregrinos como el Camino de Santiago o la Ruta de la Plata, o buscando tierras de leyendas, misterio y brujas como la Ruta de los Akelarres.

La verdad es que seguimos siendo unos sentimentales, ya que a la hora de buscar información siempre hemos preferido consultar libros o mapas detallados de las zonas por las que queremos pasar.

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Esto hace que las vivencias de nuestras salidas programadas empiecen mucho antes de dar nuestra primera pedalada: definiendo el recorrido, la distancia, los puertos que ascenderemos y sobre todo intentando empaparnos de la cultura, la geografía y la historia de los lugares por donde vamos a pasar, al ritmo que marque nuestro tranquilo y relajado pedaleo.

Así, mientras permanezcamos trabajando encerrados en la oficina, soñaremos con esas próximas aventuras y con emoción sabremos que en esos viajes enriqueceremos nuestra experiencia.

Con la edad hemos aprendido que el verdadero placer de todos estos años montando en bicicleta no ha sido sumar el número de kilómetros recorridos o puertos ascendidos, sino la intensidad de los momentos vividos, que permanecen en nuestra memoria.

El fruto de todas estas experiencias lo podremos recoger compartiendo con nuestro entorno más cercano todas las vivencias y conocimientos adquiridos, yendo por ejemplo a las escuelas para incentivar a los niños y niñas a practicar este hermoso deporte, o bien a algún centro cultural de interés o, por qué no, escribiendo un libro.

¿Y vosotros? ¿También pensáis que el cicloturismo es cultura?

Foto: Pau Catllà