El camino de Pereiro tuvo curvas

Hubo dos versiones de Oscar Pereiro. Antes de ganar el Tour, un ciclista combativo, siempre en fuga, de testosterona y fiebre por competir en la carretera. Un corredor que admitió tratos con Hincapie en aquella famosa subida a Saint Lary y que al día siguiente, presa del cabreo por las críticas que le llovieron, le espoleó para ganar su etapa en Pau.

Y luego tras ganar el Tour, un ciclista inapetente, como si no le fuera la vida en el oficio, una trayectoria de perfil bajo en lo competitivo, que tuvo un susto mayúsculo en un descenso alpino. Acabó sus días como ciclista en el Astana de Contador sin papel claro ni rol asignado.

Le fue mejor fuera del ciclismo comentado carreras y sobretodo dándose garbeos por los magazines futboleros en hora golfa. Le tocó lidiar duro y a veces con alegatos afortunados junto a confesiones que dicen mucho de la rebotica del deporte profesional.

Por medio el Tour de 2006, una carrera que salió reventada desde Estrasburgo. Sin Jan Ullrich, sin Ivan Basso, sin Paco Mancebo,… la orfandad de figuras se palpaba en el ambiente. Lance Armstrong era “el ausente”, recién retirado, su rivales habían caído como piezas de dominó arramplados por el vendaval de Operación Puerto, ese estropicio cuyos resortes nunca tuvimos claros.

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Y el Tour salió, presa de la incertidumbre y los gendarmes que lo merodeaban. Se quemaron etapas. Pirineos, primero. En ellos se postuló la segunda línea, Floyd Landis, Denis Menchov, Levi Leipheimer y Cadel Evans. Oscar Pereiro se dejó una minutada en la llegada de Pla de Beret. Tiempos grises en “chez Unzue” pues a la baja de Alejandro Valverde, caído en una cuneta de las Ardenas, se le añadía el plomo que hundía a su líder gallego en la general.

Pero hubo un día de esos, toreros dirían algunos, especiales otros, en Montélimar, en el que, fugado con Jens Voigt, Pereiro tomó una distancia gran brutal respecto a los favoritos que se aupó al liderato antes de los Alpes, la cordillera que en esa ocasión vivió una auténtica montaña rusa emocional que rompió con la estratosférica exhibición de Landis en Morzine, una explosión que acabó muy mal para todos.

Pereiro fue segundo en París y a los pocos meses recibió el premio de manos de Prudhomme en Madrid en una fría ceremonia en el CSD. Era el ganador del Tour, el quinto español de la historia, el primero tras Indurain, un camino con tantos virajes, con tantos condicionantes que agota a cualquiera.

Imagen de @Zapa9MFS

INFO

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Siete días con los inventores del ciclismo

Un día un amigo me dijo que la habría gustado haber nacido arquitecto gótico. Me lo explicaba al cobijo de las dos torres de la catedral de León, al resguardo de un abrasador sol de agosto. Él, arquitecto, amante de las formas, ojivas y vidrieras del templo, querría haber trazado cada ángulo, cada nervadura, cada recodo de la tremenda iglesia. A  mí me habría gustado nacer en la época que se inventó el ciclismo. Me ocurre cada vez que leo un libro  como “¡Bici! ¡Toro!”, una obra escrita en vertiginoso ritmo de diario hace más de 120 años por un tal Édouard De Perrodil, un prohombre del cambio de siglo, del XIX al XX. Enlace permanente de imagen incrustada La obra en cuestión nos traslada a la prehistoria de la bicicleta. A la década del 1890. En el ocaso de ese siglo se culminó la revolución silenciosa y pacífica de la bicicleta. La máquina pasó de calzar macizas circunferencias de caucho a poner neumáticos en sus ruedas. La misma máquina que poco a poco invadía ciudades, aceras, infumables caminos. Se hacía fuerte al calor de la pasión de sus incondicionales.

Hay –dijo Edouard De Perrodil- dos tipos de revoluciones: las revoluciones violentas, generalmente breves y sin influencia sobre las costumbres de los pueblos, y las revoluciones pacíficas, cuyas consecuencias muchas veces son tanto más profundas cuanto más lenta es la revolución y menos efecto parece producir al principio. La revolución velocipédica a la que asistimos en la actualidad es de estas últimas. Es una revolución pacífica, lenta, y quién sabe si dentro de treinta años los hábitos y costumbres de los pueblos de Europa no se habrán transformado radicalmente a causa de ella

De Perrodil y su inseparable  Henri Farman fueron dos hombres del renacimiento que un día emprendieron la aventura de unir en bicicleta París con Madrid. El autor, amante de España, a quien etiqueta de “hermana pequeña de Francia”, se enfrasca en una empresa sencillamente deliciosa en su narrativa y nivel de detalle. Elementos varios se interponen en su camino, pero la pericia y una marea de ciclistas acompañándoles a cada paso le ayudan a salir adelante y dan fe de un evento que mereció, ya en Madrid, una semana de festejos, comilonas y homenajes. La pieza, no muy gruesa, y de lectura agilísima, ofrece un retrato fiel de la época, de esa España mísera y pasional que encloquecía en una corrida de toros en Pamplona.

Una España que como la de ahora vivía en la agitación política personificada en el desencanto de Emilio Castelar que a los pocos días de comer con los protagonistas de la andanza desistió para siempre de hacer avanzar en una misma dirección a toda la nación. Y es que nada mejor que un libro de esta naturaleza para saber que en el fondo, y siglo y medio después, las cosas están como estaban y más a sabiendas que la tradición taurina de Nîmes le ha valido una salida de la Vuelta a España.

Este libro forma parte de la estantería de La Biciteca. Aquí podéis tener más detalle.