Los dardos de Bradley Wiggins siempre son envenenados

Team Bradley Wiggins JoanSeguidor

Para Bradley Wiggins el ciclismo que le encumbró no tiene recorrido

Bradley Wiggins tiene una virtud, que omite la indiferencia.

Y tiene un defecto, que no es políticamente correcto.

Cuando se raja hay muchas formas de hacerlo, a tumba abierto o con tacto. También influye cuando se haga.

Esta semana nos hemos sorprendido por las palabras de Fabio Parra sobre el Tour y Vuelta del 88 y 89, como que sus palabras llegaban tarde, aunque en el fondo la razón le asistía.

Incluso diría más, lo de “robo” que sale en algunos titulares, palabra gruesa, golosa para los titulares, a Fabio no se lo leo en el entrecomillado de su entrevista.

Sin embargo, Bradley Wiggins habla del casi presente y del presente del ciclismo.

Y raja a conciencia.

Bradley Wiggins parece valer más por lo que calla

Dice Wiggins que en breve dará su opinión de todo lo que está ocurriendo, y en especial sobre el Team Sky, con quien ya no mantienen una relación disimulable.

Directamente no se tragan.

Bradley Wiggins ha hablado claro en la presentación de su equipo, el Team Wiggins, que se viste con estética de los setenta, y lo hace tan a chuchillo que incluso incurre en contradicciones, cosa que puedo hasta entender, con la nebulosa que rodea todo.

Wiggins se muestra orgulloso, saca pecho del grupo que ha reunido, es un equipo sub 23, no profesional, alejado de las miserias del World Tour, donde corre un tal Tom Piddock, el fenómeno a venir, quien por cierto fue superado por Jofre Cullell en el mundial de ciclocross.

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La excelencia, según Bradley Wiggins

Wiggins JoanSeguidor

Leo en el epílogo de la Copa del Mundo en Manchester, mientras Sebas Mora y Albert Torres apuran sus opciones en el madison de Manchester, que Bradley Wiggins ha colgado una foto en su Instagram, una foto en la que se le ve cambiado, a su altura, le ha añadido corpulencia, mucha, volumen y formas para optar a estar en otros Juegos Olímpicos, que serían los sextos, desde Sídney pasando por Atenas, Pequín, Londres y Río. Quiere competir por estar en el equipo británico de remo.

Leo esto y recuerdo el pasaje del libro de Bradley Wiggins en el mundial de Manchester de pista, año 2008. Un tío con cierto currículo, ya era campeón olímpico, lo había sido en Atenas, que se puso el listón altísimo, optando a americana y ambas persecuciones.

Los días previos de la cita el londinense nacido en Gante era un mal de dudas y una piltrafa invadida por los nervios. Hasta el psicólogo de la inglesa tuvo que tercia: “Si corres bien, si entrenas bien, si te salen los datos y cumples los tiempos, saldrá como ha de salir, bien”.

Tan sencillo como eso. Al final del programa Wiggins salía con tres medallas de oro colgadas del cuello, la última apoteósica, con Mark Cavendish en la americana. Al poco tiempo la pareja no reverdecería laureles en Pequín, en el tartán olímpico, algo que melló en el dúo, aunque Wiggo hubiera sido campeón en las dos persecuciones.

Con el tiempo Wiggins sería ganador del Tour, el primer inglés en lograrlo, en una experiencia tan tremenda que nunca más quiso optar a tal honor. Sencillamente su cupo de sacrificios se había cubierto. Imaginaros, lo que debe soportar Froome.

Sin embargo hizo un “back to basics”, se recogió en la pista, marcó un registro difícilmente batible en la hora y se centró en los Juegos.

Siempre recordaré esa final de persecución por equipos en Londres, en el anillo olímpico, cuando nada más bajar de la bicicleta en la final, derrotado por el equipo australiano, en su casa, en su anillo, clamó venganza para Río. Fue la carrera del siglo, y UK no sólo ganó, marcó un nuevo récord del mundo, por dos veces, si no me equivoco, en la clasificatoria y final.

Ahora ese Wiggo esquelético, auténticamente famélico, de largos y afilados gemelos, palillitos de carne y hueso que en su tránsito hacia el remo, ha ensanchado por todos los lados. Ese ciclista ahora quiere ser integrante del equipo de remo, en el enésimo requiebro del destino del personaje más singular que ha parido el ciclismo en mucho tiempo.

Es esa sed de competir, ese hambre de ganar, esa necesidad de de ganarse la excelencia, lo que admiramos de Bradley Wiggins, que no contento con una trayectoria que calmaría los ánimos del 99.9% de las personas normales, quiere más, y conociéndole, no me extrañaría que hasta lo lograra.

Imágenes tomadas de Pinterest e Instagrama

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Los muy grandes ganan el Tour tras hacerlo en el Dauphiné

Aunque sea una ciencia no exacta, la teoría dice que la Dauphiné suele ser una buena pista de cara al Tour de Francia, de hecho se comenta que el Dauphiné es un “mini Tour”. Los años de historia compartida entre las dos carreras, que son más de 60, dictan que son más bien pocos los que han firmado un doblete, por otro lado muy prestigioso. Tanto, que el elenco con las dos carreras en la misma temporada responde a un selecto grupo de campeones, un palmarés de ensueño: Lance Armstrong –si se nos permite incluir-, Miguel Indurain, Bernard Hinault, Bernard Thévénet, Luis Ocaña, Eddy Merckx, Jacques Anquetil y Loison Bobet. La práctica incluye a los dos últimos ganadores británicos: Chris Froome y Brad Wiggins.

Antes por eso fueron esos ocho ciclistas de perfil alto, con dos o más Tours en su bagaje, a excepción de Ocaña, con excelentes prestaciones en la montaña, pero hábiles croners, cuando no inmejorables. Ocho ciclistas y diez coincidencias. Lance Armstrong hizo de la Dauphiné su auténtico banco de pruebas, y no precisamente con gaseosa. A un mes escaso del Tour el tejano comprendió que lo que pasara en la vuelta por etapas posiblemente más cotizada tras las tres grandes resultaría esclarecedor de su suerte en el Tour. Así lo hizo en dos ocasiones, de forma consecutiva además, en 2002 y 2003. En algunas ocasiones forzando hasta lo recomendado, como en 2003 cuando Iban Mayo le propuso un duelo que el americano no rehuyó, al punto que en el Tour se le vio exento de esa chispa tan suya. Entre Suiza y Dauphiné, el americano siempre prefirió la vía francesa, quizá por gozar de un privilegio único: compartir parajes y puertos con el Tour. Sin ir más lejos en la presente edición ambas pruebas compartirán el Ventoux, puerto erigido en clave de la “Grande Boucle”.

Otro que ha repetido triunfo en dos ocasiones fue Bernard Hinault. Lo hizo un par de veces, en los años 1979 y 1981. El francés acumuló en el primer año cuatro etapas y la general de la Dauphiné para luego sumarle el triunfo absoluto y siete parciales en el Tour. Dos años después, Hinault repitió jugada casi idéntica. En 1995 Miguel Indurain conseguía apropiarse de tan singular logro. El año de su quinto Tour, el navarro sacrificó el Giro de Italia, donde un año antes había sido derrotado por Berzin y Pantani, por atar un camino más cómodo hacia el Tour, en el que también se llevó por delante la otrora prestigiosa Midi Libre. Saltando de década, debemos remontarnos hacia Bernard Thévenet, ganador en 1975 de ambas pruebas. Antes lo habían logrado Luis Ocaña en 1973, Eddy Merckx en 1971, Jacques Anquetil en 1963 y Loison Bobet en 1955.

Dos ediciones resultan especialmente significativas de que lo que ocurra en la Dauphiné no debe extrapolarse al Tour. Ambas tienen además a dos protagonistas españoles. En 1996 Miguel Indurain firmaba en la prueba alpina una victoria extraordinaria, de las mejores que se le recuerdan. Ganó con autoridad la crono individual y se mostró insultante en montaña, ganando incluso una etapa, algo poco usual en él. Un estado de forma rotundo, acompañado de su aureola de quíntuple ganador del Tour, le alzaba con exclusivo favorito para la grande gala.

Aquella edición partió de los Países Bajos, una semana de lluvia y frío inéditos en Francia y en julio pasaron factura al mejor ciclista español de la historia que ya en los Alpes cedía para declinar toda opción en los Pirineos. Un caso más reciente fue el que aconteció con Iban Mayo. En 2004 el ciclista nato en Igorre marcó una carrera antológica, con una cronoescalada al Mont Ventoux que entra entre los mayores revolcones que se le recuerdan a Lance Armstrong en plenitud. Luego en la primera semana del Tour se dejaba toda suerte en un adoquinado polvoriento del norte de Francia.

Entre las curiosidades que encontramos hurgando entre estos más de 60 años de historia común entre dos carreras íntimamente vinculadas por su proximidad de fechas y escenarios comunes, destacan dos corredores, ambos con un sino muy similar: frecuentar podios para recoger premios secundarios, rara vez como ganadores. En las últimas ediciones tomamos nota de la segunda plaza firmada por Cadel Evans tanto en la Dauphiné como en Tour. Años antes, tenemos a Raymond Poulidor, el corredor con más podios en ambas carreras coincidiendo el año.

El llamado “eterno segundón” logró ganar la Dauphiné en dos ocasiones, en 1966 y 1969. En esos años acabó tercero el Tour. En 1962 fue tercero en ambas carreras y 1965 y en 1974 segundo en las dos. Un par de ciclistas cuyas similitudes salvados los tiempos y sus diferencias parecen más que evidentes. Dos ciclistas a los que se une Chris Froome en tiempos recientes, dos ciclistas que en definitiva acentúan esa sintonía existente entre dos grandes pruebas.

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Ullrich y Rose Bikes, veinte años después de ganar el Tour

Los indispensables para 2017 (y II)

Con el año ya entrado, vamos a por la segunda parte de piezas clave de la temporada que empieza en breve, tan breve que en pocos días ya oiremos noticias desde Australia y la cita del Down Under, que no será la más prestigiosa, pero sí populosa y celebrada por aquellas latitudes.

La pista en un impás: El año que sigue a unos Juegos Olímpicos suele ser extraño en la pista pues muchos de los nombres de los que colgó un oro, se dejan caer, se descuelgan de la vanguardia. Ocurre con algunas de las estrellas británicas que luego despiertan tantos comentarios cuando arrasan en el anillo olímpico. Esta vez la cita grande será en Honk Kong, en abril, y hasta allí veremos qué recoge la pista española de las cenizas recientes. La pareja femenina de velocidad empezará a trabajar con vistas a Tokio mientras Albert Torres iniciará su slalom por el ómnium al tiempo que mirará en primera persona como se restaura la fe en la cuarteta que un día nos llegó a dar un bronce olímpico.

Los entresijos del ciclismo: veremos cómo derivan esos pulsos latentes a veces, declarados otras, entre el mandamás en sombra, ASO, y los que en teoría pintan algo, la UCI. En ese mano a mano ya hay nuevos capítulos que se trasladan a 2017 como la supresión del Tour de Qatar, una carrera que viene con varias ediciones a la espalda, fue de las primeras en la región si no me equivoco, con el Mundial en la retina y la reciente entrada en World Tour, prestigiando carreras que como se ha visto no son ni viables, en lugar de darle brillo al calendario de siempre, el de la vieja Europa, tan castigado por la crisis de los últimos años.

¿Qué le queda al ciclismo español? La cantinela aunque repetida no deja de sonar en nuestra cabeza. El relevo, el manido relevo, volverá a centrar muchos comentarios, seguramente nos daremos cuenta de lo grandes que fueron los que están ya por la treintena alta, Purito ya no estará, pero no por ello podemos dejar de pensar en los que ya han llegado o van a llegar, pues calidad viene y quizá no se gane lo de estos años, pero no por ello dejaremos de seguirles pues talento siempre hay y como hemos visto a la larga acaba surgiendo.

Año clave para el ciclismo en Alemania. Tras un bache más duro y crudo que el de otro país, el ciclismo parece volver poco a poco al imaginario del alemán medio. Sí, a la buena hornada de ciclistas que ha aterrizado estos años, velocistas y buenos croners principalmente, le sigue la paulatina recuperación del apetito por organizar ciclismo. El Tour saldrá de Dusseldorf, mientras que se retoma la historia de una de las carreras más antiguas del mundo, la Vuelta Alemania,… buenos síntomas que esperemos cuajen en uno de los grandes mercados del viejo continente.

¿Quién puede emular a Peter Sagan? El otro día reflexionamos sobre la figura no ciclista de Bradley Wiggins, quien será, junto a Cancellara y Purito, otra de las bajas de este pelotón del mundo. Wiggins se ha distinguido este tiempo en ser un deportista que ha trascendido a su trabajo, un status en el que ahora mismo sólo veo a Peter Sagan, más allá de la bicicleta, y eso que sobre ella, ya es un crack. ¿Hay alguno más ahí? Sinceramente no se me ocurre nadie, y nombres que opositen hay. La importancia de tener figuras transversales en un deporte es vital, pues lo proyecta y le da voz. Sólo un dato: mirad como hoy, dos de enero, todos recuerdan que hace veinte años que Miguel Indurain dejó el ciclismo.

Imagen tomada de Eurosport

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La dimensión no ciclista de Bradley Wiggins

Cómo han cambiado los tiempos, aquellos en los que veíamos estrellas de brillo imperecedero arrastrarse por las rutas de medio mundo, intentando alargar lo “inalargable”, haciendo testigos de su declive por donde pasaba su tubular. Figuras que no admitieron que la llama de la juventud se apaga, que con ella se va el fragor de la lucha y el acierto en la carrera. Figuras que no entendieron que el telón debía bajar y que empequeñecieron su leyenda como nunca hubieran merecido.

Hoy vemos que casi todas las estrellas lo dejan con buen sabor de boca y exhibiendo el tono que los distinguió. A nadie le extrañaría que Fabian Cancellara hubiera seguido una campaña más, si se ha ido como campeón olímpico y desde el podio de Flandes, lo mismo podemos pensar de Purito Rodríguez o de su verdugo en el Giro, Ryder Hesjedal. Todos cuelgan la bicicleta con la sensación de que tenían algo más y todos lo dejan en un mar de dudas, cuestionándose si hacen bien y si es de recibo alargar lo que un día dijeron que tenía que acabar.

Entiendo que Bradley Wiggins ha estado en esta tesitura estos días. No me extraña, es una vedette, el auténtico “llena velódromos” del momento. Hace medio siglo cuando Miquel Poblet aparecía en los carteles, el público acudía en manada. Como el “noi de Montcada” hubo unos cuantos, estos días ha sido Wiggo, con Cavendish, quien ha hecho de Londres y Gante una fiesta bajo techo con gente brindando en la pelousse, brindando con ciclismo.

Dicen en la cuenta del British Cycling que se cierra una era con el adiós de Wiggins, yo creo que se cierra algo más. Al corredor lo conocemos bien, su trayectoria, sus méritos, sus defectos,… lo tenemos por la mano. Incluso tenemos constancia del proceso que hay abierto en su país respecto al famoso paquete que un día recibió, el tema de las excepciones terapéuticas y las sombras que angulan al personaje.

Todo eso es sabido, pero en el caso del corredor londinense nacido en Gante, la lectura va un poco más allá, y tiene que ver con el ciclismo que no es ciclismo, pero que vende ciclismo, destila ciclismo y habla de ciclismo. Tiene que ver con la tendencia que hoy vemos en no pocas ciudades, de cafés ciclistas, de libros ciclistas, de ropa de vestir con hechuras ciclistas, revistas ciclistas de culto,… de cultura ciclista en definitiva.

Tiene que ver con eso y creo que Wiggins es culpable en su parcela de que ese reguero de conocimiento haya pasado de mano en mano y ahora nos veamos en locales en los que cuelgan bicis y hay un póster de Eddy Merckx. Wiggins, en su poliédrica personalidad, ha contribuido, no sé si queriendo, a esa nueva dimensión que en el caso de este deporte le ha hecho mucho bien pues lo ha sacado de su estigma de dopaje y siempre culpable en el que reculaba hace no tanto tiempo.

Está claro que esa labor ha sido facilitada por los éxitos deportivos que en un principio fueron de pista, pero lo que en otros países no se ha logrado hacer, que el ciclista como tal cause tendencia y sea referente en algo que no sea sólo la bicicleta, Wiggins ha demostrado que es posible lograrlo.

Veremos ahora lo que se prodiga fuera del circuito, lejos de la presión de ser profesional, acentuando esas muecas poco convencionales, como saboreando una cerveza a medio afeitar o vestir esos jerseys de punto grueso que parecían sólo para tenistas o dando que hablar en los consejos de redacción por una imagen poco afortunada. Yo creo que no será consciente, pero aquello que haga tendrá que ver con la percepción que hay sobre este deporte que necesitaría más ciclistas que excedieran su papel en el pelotón.

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365 días al año de bicicleta por parajes de ensueño

¿Debemos creer en los milagros del Team Sky?

No sé si hay mucho de fe cristiana entre la cultura anglosajona, yo creo que más bien poco. Son pragmáticos hasta la médula, y hacen bien, ciertamente, porque el dogma les ha valido para mucho en esta desaforada carrera que es el mundo. Hubo un día que Lance Armstrong, en amarillo, pidió fe a la gente que le escuchaba mientras recogía el premio de su séptimo Tour de Francia.

Era 2005, años complicados para el ciclismo, años previos al desastre que dejó este deporte en el esqueleto. Al poco tiempo saltó todo por los aires con la OP y luego, con los años, Armstrong pasó a formar parte del armario de la infamia. Pedía fe, qué cachondo, pedía que se creyera, que los milagros existen. Qué caradura.

Sin embargo ese pasaporte de la fe que pedía Armstrong creo que se ha agotado o está cerca de estarlo. Once años después hemos visto caer torres de todos los tamaños y el precio que hemos pagado ha sido caro no, lo siguiente. Por eso cuando un aficionado al ciclismo “huele a humo sabe que hay un fuego cerca”.

Dicen que el ciclismo está más limpio que nunca, dicen que no tiene nada que ver con el de hace once años, cuando se apelaba a la fe para tirar adelante, dicen, dicen, dicen,… sin embargo esto es como lo de la mujer del César, que a veces no sólo hay que ser honrado, también es interesante parecerlo.

Uno de los principales actores de ese nuevo ciclismo es inglés, viste de negro limpio y responde al nombre del Team Sky. Proviene de la pista, donde no ganan, acaparan títulos y de esa sapiencia han sacado la fórmula para dominar el Tour. Tolerancia cero, lo llamaron, no admitieron en su estructura nadie que tuviera un atisbo, una mota de relación con el dopaje, se declararon en perfecto estado de revista, pero las palabras no siempre fueron acompañadas con hechos.

Y hete aquí que las cosas no son tan sencillas ni rápidas como ellos creían. En este artículo de Velonews se pone el dedo en la llaga como creo que nunca se haría con los nuestros en España. “¿Deberíamos creer en los milagros del Sky?” se titula una pieza que entra en la tripa de esa caja que un día Wiggins recibió y por la que tantas explicaciones se están pidiendo a Dave Brailsford y los suyos.

Fluimucil es la palabra clave en esta historia, la palabra de la controversia. Supongo que muchos de vosotros lo habréis tomado más de una vez, un medicamento que siempre echábamos en el vaso cuando el resfriado nos asaltaba. Pues bien, la caja de Wiggo llevaba eso, en un envase expresamente traído desde Manchester por un funcionario del British Cycling. ¿No se vende medicamento tan cotidiano en cualquier farmacia italiana o francesa? Venga ya, hombre por favor, la mera respuesta invita a disparar las intenciones de los malpensados.

Esto es la punta del iceberg, y en UK las cosas no suelen acabar como aquí. Si hay indicios habrá quien hurgue y dé que hablar, aunque en ello puedan cuestionar la mácula de un tipo como Wiggins, que en aquellas tierras es lo más similar a un Dios en la tierra. No sé si Wiggins, barruntando su retirada definitiva o no, estará tranquilo o no, pero quienes eran sus mentores entonces y proclaman “clean cycling” le están haciendo un flaco favor a él y al deporte que dicen amar tanto.

Imagen tomada de Team Sky

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#Top2016 El ciclsmo británico rueda en la excelencia

La historia es sabida. La pista británica marca los ciclos para cuatro años, un ciclo olimpico, lo que viene a ser separar el grano de la paja. Cada cuatro años, en el balance de la campaña, la excelencia inglesa emerge en el peralte. Da igual que sea en Londres, ahora fue en Río, hace ocho años en Pequin y doce atrás se desperezó en Atenas.

La inversión que un día los británicos hicieron en el ciclismo en pista, con la inestimable ayuda de las Loterías nacionales, ha surtido un efecto largo, sostenido y parece que duradero, pues no paran de añadir competencia joven para que los viejos no se duerman y la competencia sea brutal.

Ahora bien, ¿es de recibo que medio desprecien los años que llenan la olimpiada para dejarlo todo en la gran cita? depende como se vea. A mí, personalmente no me convence, porque en definitiva es marcar mucho el status de la disciplina. Jason Kenny es el ejemplo tangible a esta teoría. No se le ve al lado de alemanes y franceses durante dos años y reaparece en vísperas del izado de la bandera de los cinco aros.

Y claro, cuando el dominio no sólo es en resultados, también en la forma de ejecutarlos e incluso en una obvia infalibilidad, es ciertamente llamativo y goloso para sus rivales, que no vacilan en alimentar esas dudas que en ciclismo son moneda de cambio. Los velocistas franceses calmaron sus ansiedades cuestionando el plan de sus vecinos del norte, es poco elegante, qué duda cabe, pero es que los acusados son los primeros que no disimulan su plan.

Ahora bien, ese plan ya habla de excelencia, porque sólo así se puede entender una ambición que queda corta en la medalla de oro, quieren la presea dorada y el récord del mundo. Brad Wiggins fue el mejor ejemplo de la ambición que mueve a este grupo, cuando descabalgado del mundial, segundos tras los australianos en su velódromo de Londres, lo primero que dijo es que quería ser campeón olímpico. A los pocos meses lo hizo, se colgó un nuevo oro, trenzado en sendos récords del mundo, en ronda previa y final, como para querer ponerle dos guindas al pastel.

Y no os engañéis, esta excelencia en el velódromo se proyecta a la carretera, mirad el Tour, la cantidad de éxitos que amasan, lo de Froome queda en punta de iceberg cuando ves las etapas de Cavendish, la eterna primavera de Cummings o el placer que produce ver rodar y crecer a los Yates.

Y eso en un entorno de filia por la bicicleta, que gana sitio en Londres y en ciudades que invierten en sistemas saludables para que sus ciudadanos se muevan. Seguro que en este campo tendrán que mejorar mucho, pero como en todos los sitios. Entretanto id a ver unas Revolution Series o unos Six Days y veréis las sensibilidades que despierta este bellísimo deporte por esos lares.

Imagen tomada de FB de British Cycling

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Disfruta de Benidorm y alrededores en bicicleta

¿Dónde queda la mística de la retirada del ciclista?

El deportista nace, crece, se desarrolla y se retira. Una vida explicada en cuatro plazos, cuatro retazos, cuatro momentos que no siempre están marcados con gruesa línea, que en ocasiones difuminan e incluso se confunden entre ellos. Es sencillo, parece sencillo, pero esos puntos y seguidos no siempre se ponen con facilidad y trazar las épocas las verdad es que es complicado estando en harina.

Estos días ando leyendo la vida de Coppi, un libro que explica, que cincela el busto del campeonísimo piamontés, que “angula» sus vertientes y los motivos de que fuera como fue. La descripción que hace de sus años postreros es realmente gráfica. Atosigado por mil frentes, el sentimental, el social, el deportivo, los resultados que ya no llegaban como en los buenos años , la presión de hasta la “Iglesia”. Coppi era un quiero y no puedo, una llama que se apagaba poco a poco hasta quedarse en el Recuerdo con mayúsculas, como una gota perenne en la memoria de todo aquel que tuvo gusto por eso que llamamos ciclismo.

Coppi lo dejó en el ocaso, otros muchos también se arrastraron durante su últimas temporadas, atenazados por lo que fueron y veían que no volverían a ser, porque los años pesan y pasan para todos, sin excepción, y la vida del deportista es corta, muy corta en ocasiones, tanto que digerirla sin más no es sencillo, pues suele dejar con ganas de más casi siempre.

Últimamente en el pelotón asistimos atónitos a retiradas que no se producen o no como nosotros teníamos idealizada. Vemos como Alberto Contador dijo en su día que lo dejaría a finales de 2016 y sigue ahí. Vemos como Purito tampoco tiene nada claro qué hará o qué pasará con su futuro inmediato, cuando cruzando la línea de meta de Río de Janeiro se despidió del ciclismo. Vemos volar a Wiggins en los Seis Días de Londres, con el publico entregado, y comenta que ahora lo de la retirada que quizá no sea tan buena idea. Es decir que los esperados seis días en Gante es posible que no sean el escenario final para la leyenda británica.

A ver esto es como todo, y todo es opinable. Cada uno sabe de su estado de forma, de sus posibilidades y de lo que le compensa su oficio, pero quizá convendría darle una vuelta al «momentazo» de anunciar tu retirada. Antaño, este anuncio era realmente mágico, único, especial era el paso del deportista a la vida normal. Recordad la que se lió cuando Indurain dijo que lo dejaba los primeros días de enero del 97.

Siempre hubo quien dio marcha atrás a su anuncio, personas que se lo pensaron mejor y acabaron volviendo, pero se da la circunstancia que este otoño vemos que las declaraciones de intenciones no se llevan a cabo, no quizá como podríamos esperar porque tres grandes ciclistas caminan en la línea de la confusión.

En eso, cabe decirlo, Alejandro Valverde lo tiene claro, y mientras más envejece, mejor lo lleva, espera otro año a tope y renueva por unos cuantos con su equipo, porque le va la marcha y adaptarse a los menesteres cotidianos no creo que le resulte atractivo…

Imagen tomada del FB de Seis Días de Londres

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