Pero cómo pinta el mundial de Innsbruck

Mundial de Innsbruck JoanSeguidor

La carrera más bonita del año, el mundial de Innsbruck, ya nos pone los dientes largos

 

En la Vuelta a España, corren algunos de los nombres que seguramente estarán delante en el Mundial de Innsbruck.

Los que no están por Cantabria estos días, han corrido la Vuelta a Gran Bretaña e incluso la carrera de Eslovaquia.

Pocas veces el mundial llega con expectativas tan elevadas.

Porque el mundial de ciclismo es la Carrera con mayúsculas, y cuando la Vuelta entra la última semana, ya miramos un poco más allá en el mapa.

Y no, no es que deseemos que la Vuelta acabe, lo que pasa que un mundial es un mundial.

La cita promete con los nombres que cuelgan de la inscripción y los probables.

Este martes, tras la crono hemos conocido la selección española…

 

Obviamente Mikel Landa, fuera, y los que van tienen una misión: todo a Alejandro Valverde.

El ciclista con más podios en el mundial, pero ningún oro sabe que aquí está una de las últimas, si no la última, opción de cumplir con la carrera de sus desvelos.

Y no creo que conocer la historia le consuele: ni Sean Kelly, ni Laurent Jalabert, ni Michele Bartoli fueron campeones del mundo.

El Mundial en la tele del salón, gentileza de Bkool 

Vértigo en el mundial de Innsbruck

Valverde va a tener que lidiar con una nómina que nos promete emoción.

A más de dos semanas de la cita, vemos que crecen como la espuma las opciones francesas de Julian Alaphilippe, ganador en UK, con un grupo que comprende Bardet, Barguil y Pinot.

Toma ya.

Los británicos van sin Froome y G, pero con los Yates bros: me temo que Adam está afilando el lápiz en la Vuelta.

Los alemanes tienen uno de los nombres de la campaña el de Max Schachmann, y otro que va fuerte en este terreno: Buchmann.

El tridente colombiano, de Nairo a Urán pasando por López.

Italia espera recuperar al Nibali de las grandes tardes, aquel de Río, por ejemplo, antes de caerse, y suspira por que Aru sea quien fue.

Holanda prevé Tom Dumoulin, quien no se amilana por difícil sea la cuesta, y Steven Kruijswijk. Miraran de reojo al consiste Roglic.

Queda el dúo polaco Kwiatko, el último campeón antes de Sagan, y Majka.

Hablando de Peter Sagan, me cuesta mucho que creer que renuncie al arcoiris por mucho que digan que no le va el recorrido.

Plana mayor, primeros espadas, contamos las horas por verles en acción por la ciudad del tejadillo de oro.

Con que sea la mitad de Florencia, hace cinco años, nos conformamos.

Imagen tomada de FB de 2018 UCI Road World Championships

 

La alargada resaca del mundial en Bergen

El mundial de Bergen en números rojos. Al final nadie querrá organizar un Campeonato del Mundo de ciclismo.

Es curioso porque en el mundo de los tópicos y generalizaciones, donde insultar y apedrear por las redes está a la orden del día y es moneda de cambio, la realidad a veces se empeña en quitarnos la razón a opiniones que pensamos que son dogma.

Hace tres años, Ponferrada culminó una dura digestión hacia la celebración del Campeonato del Mundo que vio el triunfo de Kwiatkowski y el último podio de Alejandro Valverde. Fue un proceso tenso, doloroso y creo que al final liberador para quienes llevaron ese barco.

Como tantas otras cosas en nuestro querido país, todo fueron cuentas poco claras, ROI´s mal explicados y la eterna sospecha de que se podían haber hecho mejor las cosas. Ponferrada fue un mundial muy complicado de encajar por muchos motivos, por la carencia de buenos patrocinios, por la gestión en tiempos de crisis profunda, por la sombra de los Juegos Olímpicos de Madrid, por…

Pero aquello es historia, otro renglón más en ese libro de cosas que pensamos que sólo pasan en España pero que años después vemos cosas similares en Bergen y Noruega.

Leed lo que comenta aquí Nico Van Looy y dadle una vuelta, es terrible, lo que vimos en Bergen estos días, fue una especie de espejismo como el que vivió España, salvando las distancias, en el 92, una especie de atracón antes de una dura y larga resaca.

Cuentas que no cuadran, pagos que se hacen fuera de plazo y se encarecen por la debilidad de la corona noruega, facturas que no están contabilizadas y amenazan con hacer más grande el agujero y una federación nacional que está a un paso de la bancarrota.

Sí, es Noruega, y es la rebotica de lo que vimos estos días en la puerta de los Fiordos, cuya promoción turística, impagable según los estudios, es el principal consuelo de los mentores de la competición. Dicen que se ha hecho un crowdfunding de gente que ha acudido para cuadrar las cuentas con aportaciones, una reacción que desde luego habla de la calidad y orgullo de aquellas gentes.

Estamos ante algo muy típico en ciclismo: vemos grandes gentíos, ambiente, expectación, seguimiento y lo que hay detrás es ruina económica. ¿Qué es lo que pasa? ¿Cómo capitalizar lo que otros deportes tan bien saben hacer?

Y es que al final, estas cosas ocurren, aunque en diferente proporción, hasta en las mejores familias, como la guinda del apagón televisivo en los cinco últimos kilómetros, una cosa que si pasase en este lado de los Pirineos daría para un serial de memes, mofas y apedreamiento públicos. Ya sabéis cómo se las gastan algunos.

Imagen tomada de @bergen2017

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Los sabores de Energy Fig

Cuando Benidorm consoló a Gianni Bugno

1992: Gianni Bugno es uno de los ciclistas de moda. Había perdido el Tour del año anterior frente a Miguel Indurain pero existía la creencia de que el italiano nacido en territorio suizo tenía un punto más que ofrecer, el paso para poner en apuros al navarro, que habiendo explotado más tarde que el italiano, le había tomado la delantera.

Bugno era el rival, el hombre que todos temían, más incluso que Claudio Chiapucci. Un día, una carrera, en Stuttgart, Bugno se coronó campeón del mundo ante el propio Miguel. Con el arco iris rodeándole el pecho y un equipo potente, a medid del campeón, el Gatorade –del que Fignon cuenta cosas sabrosas en su libro– el exquisito ciclista parecía en disposición de hacerle daño a Miguel.

Pero no fue así. El Tour del 92 fue la triste confirmación que ese navarro que le adelantó por la izquierda, le había metido muchas bicicletas ventaja. Bugno se descolgaba tristemente de la quiniela del Tour, una quiniela en que su antagonista italiano, Chiapucci también la había tomado distancia.

Pero a Bugno le quedaba la bala del mundial, en un momento singular, además, de esos que marcan a fuego la conciencia colectiva. La carrera de fondo, entonces no había cronos, se corría en Benidorm, lugar muy conocido en círculos ciclistas, por ser idóneo para cargar baterías durante el invierno y por tener, entre otros inquilinos, al propio Indurain, que se escapaba al lugar por su bonanza climatológica.

Era la bala de oro, la muesca que Gianni quería marcar: ganar en casa de su verdugo.

Imagen tomada del Museo del Ghisallo

Peter Sagan: La vida sigue igual

Ahora la cosa ha cambiado, Peter Sagan es leyenda. Es leyenda en activo, en ejercicio de su profesión. Ha cambiado porque a su estadística monumental, más de cien victorias con 27 años, le añade algo inédito, tres títulos mundiales consecutivos, eso nadie lo había logrado,…

Ganar un mundial son palabras mayores, ganarlo una vez complicado, dos casi imposible, tres, imaginadlo. Pues tres seguidos resulta una de las gestas de la historia de este bello deporte que comulgó a la perfección con el magnífico escenario de Bergen, uno de los mundiales estéticamente más bellos que recuerdo.

Dice Sagan que a cinco de meta lo vio perdido, porque Alaphilippe era un cohete, pero la suerte y el remate que le faltan al francés, le sobran a Sagan, un ciclista que sudó tinta china para ganar su primer monumento, el año pasado Flandes, y que sin embargo domina el arte del mundial como nadie.

Sagan es ya el mejor especialista en mundiales, al menos en eficiencia, la carrera más singular de la campaña, por correrse, formalmente por selecciones, aunque los intereses de los equipos acaben cruzándose en alguna ocasión. En esta rara amalgama de ambiciones nacionales y comerciales, Sagan sale a flote, es un maestro, un tipo con don.

No tiene una gran selección, a duras penas aguantó su hermano hasta el final, pero no es problema, él trepa de rueda en rueda, está quieto, atento y latente para arrancar cuando corresponde. No pasó por cabeza en toda la carrera, pero acabó ganando.

Ojo a los registros del Sagan mundialista: en Richmond hace dos años estrujó varios geles en la boca y arrancó en la ultima subida, un repecho con nombre de número, recuerdo. Le vieron arrancar, Van Avermaet lo intentó, pero no pudo. Abrió hueco y empezó a rodar, a volar casi, para ser campeón.

El año pasado el engendro de Qatar se arregló en parte por figurar su nombre en el palmarés. En la enésima carrera que rompió Bélgica para no ganar, Peter Sagan ganó a la mejor versión de Mark Cavendish en mucho tiempo. Dos de dos.

Y en Bergen cayó Kristoff, el mismo que le amargó a veces llegadas en el Tour, se rindió en casa para presenciar el “maracanazo” del ciclismo. La secuencia, inédita en el directo, de los últimos cinco kilómetros, demuestra que Sagan cierra un par de cortes, incluso cuando Alaphilippe y Moscon siguen escapados. Es como el perro que va colocando el rebaño para llegar todos juntos y en orden. Tres de tres.

Socarrón, crecido, irónico, simpático, cuando le apetece como todo hijo de vecino, algo suelto cuando le tocan los cojones, Peter Sagan me encantó en lo primero que le dijo al periodista cuando aún no se había colgado el oro, se acordó de Michele Scarponi, el tipo que dejó surco en los corazones del pelotón.

Otro año en arco iris, otro año en maillot irisado durante la primavera, en Flandes y Roubaix, otro año así por California, por el Tour, donde sólo se quita la prenda mundial para ponerse el verde, otra vez así. Otra vez señalado, otra vez especial, le gusta, le pone. La vida sigue igual.

Imágenes tomadas de FB de Bergen 2017 y Bora-Hansgrohe

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Peter Sagan y el «Saganazo»

El Mundial es la carrera, la Carrera con mayúsculas, como Sagan, Peter Sagan, el ciclista, el Ciclista con mayúsculas.

270 kilómetros, siete horas de carrera, mil historias, millones de circunstancias, intentos, escapadas, cortes, caídas, reagrupamiento y ser el primero una vez, un segundo, te vale, te sirve y te perpetúa a la historia.

Historia, propia y del ciclismo eso es lo que escribe Peter Sagan, el corredor que le ha tomado la medida a una carrera a la que una amplia mayoría ni aspira y algunos necesitan de años para conquistar una vez. Tomad nota Binda, Van Steenbergen, Merckx, Freire y Sagan. C´ est tou dit.

Mundial precioso, de traca, tanto que es imperdonable el lapsus televisivo noruego en el tramo final, un fallo de esos que pasan en las mejores familias, van bien estas cosas para quienes se obsesionan con que en esta parte de los Pirineos hacemos fatal las cosas.

La carrera tuvo varios condicionantes. Llamó la atención del control checo en las primeras vueltas, como si existiese una baza latente en ese equipo, cosa que no vimos, o como si las afinidades de algunos de sus corredores con el Quick Step o con los antiguos colegas eslovacos ejerciera algún influjo.

Sea como fuere el primer dardo belga, Tim Wellens, hizo daño, pero sólo eso. Es curioso, la actuación belga al frente, la carrera desde adelante, que es la que más conviene acabó, ahí, como la presencia española al frente, con un David de la Cruz que probó en sus carnes eso de que no te dejen ir.

Bélgica era un semillero de posibilidades pero con el problema de que ninguna con opciones para el final. Había que dar turnos y Philippe Gilbert tomó el mando, no tuvo piernas o fuerza, o quizá no tuvo el vigor de los nuevos que vienen.

Cuando Francia tiraba a por el grupo de Wellens, Boom y De la Cruz, entre otros, era por algo, era, posiblemente porque sabían que Julian Alaphilippe estaba ante el día de su vida. El francés fue todo en la vuelta final.

Se escurrió del grupo cual salmón entre las manos en la subida de mismo nombre, se asoció con Gianni Moscon y dejó al italiano al empedrado más emblemático de esta edición. Alaphilippe lo hizo todo, y todo bien, pero, cuando la televisión noruega se cayó, le vino el mundo encima, por detrás querían sprint, sprint reducido, pero sprint en definitiva.

Y cazaron a los fugados. E incluso Fernando Gaviria –según indicó Sagan- buscó sorprender a un grupo en el que Alexander Kristoff probó esa amarga medicina de que no te salgan las cosas. Sagan le rebasó en la línea, propició el «saganazo», ha ganado tres mundiales, ahora mismo en esta carrera es Dios, entre las masas le profesan una religión, nunca una creencia estuvo tan asentada en los hechos.

Imagen tomada @bergen2017

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Bergen: Nunca hay certezas en un mundial

El mundial de Bergen, el gran día, ya está aquí

Dice Javier Mínguez que le falta un rematador, y no le falta razón. Pero mirad un momento la alineación de la selección española hace diez años, aquel mundial era en Sttutgart y lo ganó Paolo Bettini al sprint entre tres por un corte en el tramo final. En aquella edición la selección española estaba en plena flor de la “edad de oro”, Samu, Purito, Valverde,… el problema no era quién remataba, el problema era que alguien rematase.

Yo creo que un mundial es un libro de hojas de desordenadas, con párrafos en blanco y la incertidumbre cosiendo los lomos de la pieza. Decir esto o aquello en una carrera que rara vez cumple lo esperado, es un riesgo, una tropelía que conseguimos repetir con asiduidad.

La selección española de hace una década es el ejemplo de lo que digo. Y la valoración podía ser la misma en cualquier otra alineación en los tiempos recientes. España ha tenido los mejores, los equipos más completos y con más estrellas, y no se lleva un oro desde 2004, Verora. Claro que entonces estaba Oscar Freire, y las cosas eran diferentes, pues el cántabro sí que era un rematador, un tío que bien rodeado rara vez fallaba, un cuchillo que hacía diana en el momento que se le requería.

No hay un rematador, se dice, pero sí que hay un tío como Jesús Herrada que el otro día fue segundo en Canadá, es decir no hay rematador al uso, killer que se diría en otros círculos, pero hay madera…

España ha sido el faro, la selección a la que todos miraban cuando el caballo se iba y eso ha sido la perdición, incluso en ediciones en las que creímos tocar el cielo, como esa de Florencia, con Valverde haciendo no sé qué, cuando Purito tocaba el arco iris con las manos.

La selección española que está en Bergen, me recuerda, en sensaciones a aquella que pisó el asfalto de Verona, hace 18 años, qué grandes nos hemos hecho. No había figura precisa en aquel combinado, cuyos mejores ciclistas, sobre el papel, se habían caído de la lista por motivos diversos. En esa nebulosa, salió Freire, siempre Freire.

Con ello vengo a decir que lo de poner la venda antes de la herida es un discurso que suena repetitivo en la dirección de nuestro equipo. No hay bazas sobre el papel, pero hay madera, no hay nombres, pero hay hombres, ciclistas en cuyas espaldas se puede confiar una tarea complicadísima pero no imposible.

Porque ojo es complicado para el grupo hispano, pero también para las otras selecciones, porque esto es un maricón el último, es un mundial, en los albores de la campaña, con muchos ya en la prórroga de su estado de forma, pero con la certeza de que alguno puede llegar con vida al final, entre el grupo de dos, cinco, quince o cincuenta que se juegue el título.

Que no pasé lo del año pasado, cuando los celestes belgas, los que han sido fieles a sus colores desde tiempos del grandísimo Merckx, se quitaron de encima medio pelotón y entre ellos a toda a la selección española. Acertar, esa es la clave, evitar ser completamente eliminado al primer cambio de viendo, como en Qatar, tanto como llegar con muchas bazas al final, como en Richmond, donde quedó el sentimiento de que al menos se podía haber intentado.

Llorado, como dijo aquel se viene de casa.

Imágenes tomadas de FB de la UCI y RFEC

Las credenciales de Tom Dumolin

Tom Dumolin sigue quemando etapas, dando pasos…

Hay días que marcan, que quedan en la historia. Días que son cambio de tercio, de paso, de ciclo. Yo creo que en Bergen hemos asistido a una de esas jornadas que son preludio de algo, no sé de qué exactamente, no sé a qué nivel, pero hay cosas que no pueden ser porque sí.

Tom Dumolin no es un ciclista prometedor, no es ese mocetón de generosa sonrisa y angulada espalda que subió al podio de Ponferrada a recoger el bronce en una crono de ida y vuelta por los viñedos de Cacabelos y Villafranca. Le superaron entonces Brad Wiggins y Tony Martin.

El entonces campeón, hoy la celebridad más notable en el ciclismo de las islas, dijo que veía algo especial en el tipo que iba de naranja. Tom Dumolin no paró ahí. Fue creciendo, la Vuelta a España, la carrera que todos situaríamos en las antípodas de su perfil, casi cayó en su saco, pero en este Giro de Italia no se descolgó.

Ese día en Milán presentó las credenciales, en Bergen se ha presentado ante el rey, ante el corredor que ha logrado todo un doblete en tiempos de la súper especialización. Si el mundial contrarreloj hubiera tenido unos kilómetros más, habríamos visto como Dumolin doblaba a Froome. Sí, como suena.

No fue sencillo por eso. Era una crono traicionera, bella, pero traicionera. El nivel era intenso, los nombres que optaban a algo importante se agolpaban en la coronilla de esa pintoresca montaña que da cobijo la bella ciudad noruega. No eran nombres cualquiera, era la crema, la flor y nata del ejercicio individual.

Kiry, Oliveira y Moscon se quedaron en un pañuelo de un segundo. Hicieron una crono terrible, fantástica, a falta de los cracks. Una crono que fue una poesía del esfuerzo y un homenaje a la pasión y cultura deportiva por una afición cuyos gritos ponían una bóveda sonora sobre los ciclistas.

Y en ese escenario empezó a llover sin que Dumolin se percatara. Dice que pensó que el potenciómetro, esa maquinita del demonio, estaba roto por los valores anormales que arrojaba, anormales por arriba, como si aquel pedaleo fluido y esas sensaciones de confort, dentro de la agonía, no pudieran ser reales. Lo dijo con la naturalidad con la que se zampó un bocata mientras hacia tiempo para el podio.

Dumolin tomó nota de cómo lo hizo Kelderman, le metió clase al llano y cadencia a la subida, sin cambiar de máquina, en otra de las rarezas de esta crono que nos ha marcado, el tránsito de triatlón, sobre alfombra roja, con juez contando los pasos y cambios de bicicleta que nos recordaban que la campaña de ciclocross ya está aquí. El cambio de Lampaert lo firman en las campas de su país cada fin de semana.

En menos de tres cuartos de hora Dumolin ha accedido a la historia y ha puesto nombre a una medalla dorada que todos sabíamos que un día le cincelarían a medida. Ganar con esa solvencia le destaca para lo que ha de venir, y hacerlo sobre Primoz Roglic, versátil, y Chris Froome, quizá ya cansando de tanto reto, tiene gran mérito.

Desconozco si Froome y Dumolin cruzaron mirada una, dos o tres veces, pero creo que en el fuero interno de ambos hay un día, una cita, la jornada que empiece el Tour. El holandés cuenta los días para entonces.

Imagen tomada de @ESPNBike y Lotto-Jumbo Press

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El Mundial en Bergen

Bergen está de gala.

El otoño parece más otoño si se ve ciclismo, carretera húmeda, estrecha, sorteando un denso bosque, caracaolero y primeras prendas de abrigo entre el respetable. En este fresco septiembre, nos recorre un escalofrío más intenso viendo las imágenes del mundial de ciclismo por Bergen.

No es Noruega una tierra prolífica de ciclistas, no al menos en cantidad. Sí en calidad.

Recuerdo el Tour del 2011. Thor Hushovd con el arco iris y una fama de “chuparruedas” que le precedía. Ganó dos etapas, una de ellas en los Pirineos. Al otro lado, en el seno del Team Sky que se gestaba para ser el rodillo que es hoy, estaba Eduald Boasson Hagen, que ganó otras dos. Dos noruegos en el pelotón: dos etapas.

Boasson Hagen será una de las ruedas a seguir en el fondo del domingo. Este año ha vuelto, en parte por sus fueros, digo en parte, porque de joven este chico fue la bomba. EBH estaría en una parrilla de una a cinco estrellas con cuatro, sin temor a equivocarnos.

El rubio del Dimension Data hace buena la herencia de un ciclismo, el noruego, que como digo ha tenido pocos pero buenos ciclistas como Dag Otto Lauritzen, que entre los ochenta y los noventa ganara etapas en el Tour y la Vuelta, la de esta ultima bajo un aguacero en Santander, o Kurt-Asle Arvesen, que tocó el arco iris sub 23 en San Sebastián, hace veinte años, superando a Freire, pero que de pro se quedó en una etapa en el Tour como gran logro.

Para el fondo, al margen de Boasson Hagen, emerge Alexander Kristoff, otrora “ganalotodo” pero este año con problemas obvios en el Katusha. Entre uno y otro tienen que sostener el pabellón patrio.

Aunque a los anfitriones poco les importará si los suyos triunfan o no, porque el mundial es un éxito de por sí. Al escenario de puerta de los Fiordos que tan bien nos venden, se le une un gentío que anima a todos sin distinción, en filas de dos o tres, con lomas pobladas de gente y animación continua.

Es un lujo. Es la vuelta del mundial a Europa, que no nos engañemos, es como más mundial. Como es un lujo la perfecta alineación que mantiene la gente, que anima, que chilla y que corre, si lo hiciera, por as aceras, lejos de molestar al ciclista. Si han hecho transiciones sobre alfombra y las imágenes no se cortan en los túneles.

La crono además presenta la novedad del final en alto, algo que se quiso hacer en Ponferrada, en un inicio tipo Scalextric, empedrado, estrecho y serpenteante. Tras el engendro qatarí, podemos decir que hemos recuperado el mundial.

Imágenes tomadas de Eurosport Player

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