Amstel Gold Raas

Jan Raas fue una de las esas buenas figuras que tuvo el ciclismo a finales de los setenta y principios de la siguiente. Nacido en 1952 fue posiblemente el primer ciclista con pinta de intelectual. Todo un espejo donde se miró el maître Fignon. Fue posiblemente el gran valedor de esa megaestructura neerlandesa llamada Ti Raleigh comandada por Peter Post.

A Raas la victoria le gustaba más que a un tonto un lápiz. Era perrete, parecía italiano más que ciudadano del respetable reino holandés. Gustaba de sonar del tarro a rivales. Su último gran triunfo fue en el Tour de 1984, una etapa donde puteó con tino al visceral Marc Madiot hasta que le jodió la victoria una vez le había asegurado que no estaba para dar relevos. Sin embargo tuvo gestos encomiables como cuando renunció al amarillo en un prólogo muy condicionado por la furiosa lluvia. Eso sí al día siguiente se empleó a fondo para vestirlo en buena lid.

Éste era Jan Raas. Integraron con él el Ti Raleigh Gerrie Knetemann, Henk Lubberding y un ciclista de apellido impronunciable, Bert Oosterbosch que posiblemente alimente parte del exorcismo presente que mantienen en Holanda frente al dopaje. El de Eindhoven pudo ser por edad y ciclo competitivo uno de los pioneros en el uso de EPO. Hay opiniones encontradas, pero lo que es constatable es que hallado muerto por paro cardiaco a la edad de 42 años. Con el tiempo Raas sería mentor de otro gran equipo holandés, la Buckler, ese bloque de los noventa compuesto por inerrables gigantones.
En 1977 Jan Raas ganó su primera Amstel, poco después de hacerlo en San Remo. Abrió por entonces el mejor periodo jamás logrado a título individual en la fiesta ciclista nacional y holandesa. En sus orígenes la Amstel debió partir de Amsterdam para acabar en la zona del Limburgo, lo que viene a serla única montaña del plano estado bañado por el mar del Norte. Las primeras salidas se tuvieron que ir finalmente a Breda, donde la rendición. Mucho más joven que sus coetáneas valonas, la Amstel nació en 1967 si bien antes su creador, Herman Krott, logró que la empresa patrocinara un equipo amateur.
La Amstel surgió en cierto modo como culminación a los muchos critériums que poblaban el calendario nacional. Eran muchos pero casi in entidad. Los Países Bajos que tan buenísimos ciclistas tenían necesitaban un acontecimiento de tomo y lomo. Si Limburgo es su hábitat el Cauberg su faroRaas tiene aquí su lugar fetiche, pues al margen de ser en él campeón del mundo, encadenó cuatro éxitos aunque alguno embarrado en la polémica como en un raro transitar de los coches de carrera que le acabó por beneficiar frente a Francesco Moser en 1979. El ciclo de Raas lo interrumpió Bernard Hinault cuando lo relegó a la quinta plaza una vez batió a De Vlaeminck. Al siguiente Raas volvería a ganar. Cinco veces campeón, el fenomenal ciclista tulipán es destacadísimo recordman de esta carrera pues lejos se ubican Knetemann, Merckx y Jaermann, dos veces ganadores, y Gilbert, con triple corona cervecera.

Una crono por equipos sin ángel y desangelada

Al final es un detalle en un “Tour de forcé” lo que puede decantar una balanza en una forzosamente prestigiada carrera como el Mundial de contrarreloj por equipos. La primera edición de esta recuperada fórmula, aunque con marcas comerciales, ha arrojado un resultado especial en cuanto a la configuración del podio por tanto que los dos mejores equipos del mundo en la  modalidad, Team Sky y Garmin, no han podido participar de las medallas.

Fue en el Cauberg, la mítica colina de la primada Valkenburg, donde los problemas de Taylor Phinney dieron al traste con la remontada que BMC estaba llevando a cabo. Lo que son las cosas, un año corriendo a contrapié, con el ritmo cambiado, y en la carrera donde colectivamente debes enmendar, te ves acorralado en el momento cumbre. Omega ganó por que tenía un equipazo para la ocasión, el mejor reunido a estas alturas de la temporada, y preparó el momento con el mimo que nos consta otros no dispusieron.

La semana de mundiales en el Limburgo se abre con éxito de un equipo belga en casa del eterno rival. No cabe duda, en esta tierra de exacerbados nacionalismos, que mejor exaltación no pudo darse. Pero no nos engañemos, lo que tuvo lugar en parte del circuito que el domingo próximo proclame al sucesor de Mark Cavendish, fue un engendro forzado.

Sí. Una especie de cuña en el denso calendario para que los equipos pudieran expresarse en uno durante al menos una jornada al año. El ejercicio como tal es loable. Dado que esa crono por equipos integrada en el UCI Pro Tour no fijó los cimientos para dejarla firme en el calendario, esta fórmula se acusa como la más adecuada, al menos de momento.

Sin embargo, el público no acepta gato por liebre. Y eso que tratándose del Limburgo parecía que la apuesta iba a tener aliento popular. Pero nada más lejos de la realidad, el circuito apareció desangelado salvo en su tramo cumbre, la subida al Cauberg, donde la naturaleza ciclista ya dota de embrujo el lugar. Una cita corrida con marcas comerciales nunca puede despertar el crisol patrio que sí levantan las pugnas nacionales. Y ahí es donde vamos ¿por qué no implantar una crono por equipos nacionales?. Si en 1994 Chris Boardman se imponía a Jan Ullrich y Andrea Chiurato en la primera crono mundialista de la historia, qué motivo no hayamos para realizar un ejercicio de naciones, algo que en definitiva es más coherente y lógico para con la historia de los mundiales ciclistas.