Ciclismo de desnivel: En el Angliru empezó todo

El Angliru lleva poco más de veinte años en el ciclismo y ya es una leyenda

Las subidas imposibles tomaron el ciclismo hace un tiempo y en el Angliru empezó todo…

Después de todo lo que se ha escrito sobre el coloso asturiano ¿qué se puede decir que no se haya dicho ya? Un artículo del maestro Mario Ruiz, de 1996, con fotos de sus terribles rampas y bajo el título: Atrévete con el puerto más duro de España: La Gamonal, un coloso de espanto, causó una fuerte impresión entre nosotros, los cicloturistas.

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Un par de años después, en 1998, se creaba una nueva y durísima marcha cicloturista al muro asturiano, en la que antes se subían la Cobertoria y el Cordal.

El espaldarazo definitivo vendría dado por el anuncio, por parte de la organización de la Vuelta, de que la cima sería final de etapa en la edición de 1999.

Esta decisión, encabezada por Enrique Franco y Alberto Gadea, fue gracias a una carta, la que les escribió Miguel Prieto, director nacional de informática de la ONCE, casi ciego (sólo con un 10% de visión), que fue el que descubrió el puerto para el ciclismo. También ayudó el interés mostrado por el Ayuntamiento de Riosa, invitando a todo aquél que se atreviera a desafiar sus rampas, como fue el caso de la primera incursión en la montaña riosana que realizara, el 3 de octubre de aquel año 98, nuestro recordado José María Jiménez, al que tuvieron que dejar una rueda de 28 dientes para poder subir.

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A partir de aquel momento toda una peregrinación de ciclistas del momento, ex-ciclistas y cicloturistas anónimos (el minero, y malogrado, Eladio Llanos -el que le dejó la rueda al Chaba- lo había escalado más de cien veces), fueron a conocer sus duros desniveles con los comentarios de todo tipo que ya conocemos.

El puerto había sido asfaltado recientemente ya que en realidad había sido una pista forestal por donde subía el ganado, para abrevar en el pequeño lago que hay en la cima, conocido popularmente con el nombre de Angliru, al pie del majestuoso Pico Gamonal, en la bellísima Sierra del Aramo.

El Angliru es un puerto increíble para el ciclismo, o lo odias o te enamoras de él para siempre.

No hay término medio porque no deja indiferente a nadie. Se puede decir que la subida (12,5 kilómetros a una media del 10,2%) tiene dos partes bien diferenciadas: la primera no pasaría de ser un segunda, hasta el llano del Área Recreativa de Víapará, que es lo que dicen los ciclistas cuando ven las líneas rectas que se disparan hacia el cielo: voy a parar. Es broma.

Los últimos 7 kilómetros (con una media terrorífica del 13%), dan inicio a la auténtica escalada a la pared asturiana.

Una pintada en el suelo nos lo recuerda: Empieza el infierno. Todo este tramo hasta la cima es terriblemente impresionante, irreal, se ha de ver para creer. Hay varios muros con nombre propio: primera curva al 20% llamada Les Cabanes, después vendrán Los Picones (al 18%), pero el más increíble, cuando vas pedaleando por la Curva Cobayos (al 17%), giras y la ves, la sorprendente rampa de lanzamiento de La Cueña Les Cabres, con sus 800 m al 18% de media y un desnivel máximo del 23,5%. Después dos rampas más, Piedrusines (19%) y l’Aviru (20%), hasta llegar a la campa del Angliru.

Entre estos muros encontraremos desniveles más “normales”, entre el 10 y el 14% -como Llagos-, que sirven para recuperarse, aunque parezca mentira.

Aún recuerdo mi primera ascensión en la que tuve la enorme satisfacción de poder escalar esta fantástica montaña. Fue bajo el orbayu que llora a esta tierra, retorciéndome en la Cueña de les Cabres pero sin llegar a poner pie a tierra.

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Fue el 12 de septiembre de 1999 -ya ha llovido-, coincidiendo con la etapa de la Vuelta que ganara nuestro querido Chaba después de superar a Tonkov que iba escapado entre la niebla, -sin negarnos y sin miedo a decir que fue perjudicado claramente por las motos-, en el último kilómetro casi de descenso a meta, en la que en una de sus carpas el también recordado Pedro González narrara con emoción la por otra parte merecidísima victoria de José María Jiménez, un escalador de leyenda que inscribiera para siempre con letras de oro su nombre en este nuevo Olimpo del Ciclismo.

El debate sobre la dureza de los recorridos es artificial e interesado

Ruego realicen un pequeño ejercicio de memoria. Así, de primeras, espontáneamente. Piensen en las carreras que más les han llenado. Aquellas carreras que una vez apagada la televisión quedan en la retina. No creo errar en exceso cuando pienso que los primeros momentos que invaden vuestra mente juguetona son aquellos de Montalcino en el Giro de 2010 –una etapa hecha lodazal-, la primera ascensión al Angliru, allá por 1999 con Manolo Lama radiando al Chaba desde el váter del hotel, la ascensión anual al Mortirolo, la llegada a la Bola del Mundo, el estreno de la Vuelta entre las nievas de abril del Tourmalet, la tempestad helada sobre el pelotón del Giro en el Gavia, la gélida Lieja de Hinault…

A la raíz de la sensacional jornada de ciclismo de ayer se ha animado un debate latente desde la pasada Vuelta a España. ¿Hasta qué punto imprimir dureza en los recorridos ciclistas?. El debate es interesado y oportuno por ver a ciclistas trazas eses, cuando no a pie al lado de su  bicicleta, en el cuestarrón que rompió ayer la carrera en Porto Sant Elpidio, pero no deja de estar muy condicionado por la realidad del ciclismo y esa no es otra que si no hay chepazos y dolor extremo, la audiencia no responde.

Y es que las palabras del mentor de todos estos recorridos, nos suenan huecas. Desde hace un tiempo el ciclismo competido en Italia tiene un atractivo que incluso llega a rivalizar con el generado desde la cuna de este deporte, Francia. El Giro y sus carreras satélites crecen a marchas forzadas y no lo hacen precisamente por omitir las estridencias. ¿De dónde sale entonces el sello de la Strade Bianche, con tenebrosas bajadas en empolvadas y sin asfaltar vías toscanas? Si no fuera por el sterrato esa carrera se diluiría en el denso calendario internacional. Qué decir de Lombardía, que introdujo el insufrible Sormano con unas pintadas en el asfalto nada improvisadas.

Seamos sinceros. Nos gusta ver sufrir a los corredores sobre la bicicleta y si encima se destroza la carrera mejor que mejor. Ayer se dieron tales circunstancias. En este ciclismo contemporáneo sólo la imprevisión que puede introducir una cuesta del 30% puede acabar por definir lo que es espectáculo de lo que no lo es, por que en subidas convencionales, salvo locuras como la que desató Alberto Contador en Fuente Dé el año pasado, las cartas están muy marcadas entre los grandes e incluso ocurre, en ocasiones, que el gran rival del primero es compañero de huestes y por tanto aliado forzoso. Dígase Froome y Wiggins en el último Tour.

A todo ello aliñamos que el ciclismo está como está para acabar de cuadrar el círculo. No evitemos la realidad, pues ésta dicta impasible que o buscamos animaladas o esto lo vemos cuatro gatos, los benditos incondicionales, que sí, amamos el ciclismo de pizarra y antaño pero no somos masa crítica como para que las grandes firmas digan que el tinglado es rentable.

Y todo lo demás, Sr. Acquarone, es marear la perdiz.

 

Foto tomada de twitter de Orica