Nuestro ciclismo no distingue banderas

Ciclismo colombiano JoanSeguidor

Seguimos creyendo, ingenuamente, en un ciclismo sin banderas

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El Tour de Francia junta lo mejor y lo peor de este universo, las miserias y grandezas de este ciclismo que cuando se envuelve de banderas, ya no me gusta tanto.

Pero es así, cierto, y plausible, como la vida misma…

 

Nos apena y mucho que se habla así, que se enarbolen nacionalismos y se saque pecho por el mero hecho de que haya cuatro, cinco o seis colombianos en el top ten del Tour.

Entiendo que cada colombiano recibe un sobresueldo por etapa que gane Nairo.

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El ciclismo español hace veinte años tenía un ratio similar, e íbamos tirando y disfrutando con lo que había, entonces, exactamente igual que ahora.

Por que no entendemos que el ciclismo sea presa también de la ignorancia que destila el nacionalismo, patrioterismo barato, sin más fundamento que alegrase del mal momento ajeno, sin disfrutar lo que te dan los tuyos.

En El Cuaderno de JoanSeguidor siempre hemos hablado de ciclismo, de clásicas belgas e italianas, de rarezas como el Tro Bro Leon, con la misma pasión que la Vuelta, de mundial de Valverde con idéntica admiración que la Roubaix de Gilbert o el Flandes que Cancellara le gana a Boonen, porque entendemos así este deporte, que es de personas, apoyadas en un equipo de mil nacionalidades, que emergen en la memoria y nos enciende hablar de ellas.

A nosotros nos enamoraron la clase de Bugno, los cojones de Chiapucci, el poder de Ullrich, la magia de Lemond, la persecución de Tchimil y Moncassin en una Roubaix, la Marmolada de Chioccioli, el Mundial de Olano… esas cosas.

¿Tan complicado es de entender?

En este mal anillado cuaderno el ciclismo colombiano siempre ha sido ojito derecho, y lo es por méritos propios, por sacar na ingente cantidad de estrellas que no conocimos en cualquier otro país.

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Pero si nuestro apunte de la jornada de Ocières en la que deslumbró Roglic es que no conviene enterrar a un campeón como Egan Bernal.

Que Movistar naufrague era más que previsible, que la baza de Mikel Landa nos despierta mil dudas, exactamente lo mismo, todo eso es así, lo hemos explicado y desarrollado con la misma nitidez que nos asombran las obras maestras de Van der Poel, el trabajo incondicional de Van Aert, la clase de Bardet, los logros de Sagan, el Tour de Geraint, la educación de Froome y la grandeza imperecedera de Van Avermaet, aquí no somos objetivos.

El problema es de quien toma las críticas a un corredor, Nairo Quintana, como a crítica a un país entero.

Nairo se las ganó a pulso, a los hechos nos remitimos, como los halagos que no escatimamos sus primeros años.

Veremos qué es capaz de hacer en este Tour, lo que vimos en Ocières nos hace pensar que va a estar en la pomada y ratifica que necesitaba salir con urgencia de la ratonera del Movistar.

Y ojo, que dijimos que nunca iba a ganar el Tour, lo seguimos pensado, pero…

Pero por el amor de Dios, miren qué hemos escrito de Higuita, de Gaviria, de Uran, de Bernal, los recuerdos que hemos realizado sobre Fabio Parra, Lucho Herrera y un pequeñín al que vimos correr de adolescentes, Martín Farfán, para entender que nos resbalan las banderas en ciclismo, cuando son utilizadas como arma arrojadiza, demostrando tanta ignorancia que no puede caber en el deporte más bello del mundo.

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El avión de las estrellas colombianas

Nairo Quintana Provenza JoanSeguidor

Las estrellas colombianas estarán en unos días por Europa

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La temporada ciclista anunciada para finales de este mes y a partir de agosto sigue dando noticias que nos dan la medida del panorama y las implicaciones de todo lo que está sucediendo en el mundo como ese vuelo de estrellas colombianas, ciclistas incluidos, que tiene que venir el domingo que viene a Europa.

La Covid19 sigue complicándolo, cuando no jodiéndolo, todo, y entre otras peligraba la presencia de no pocas estrellas de ultramar en las carreras europeas.

Por cierto que leemos que dos poblaciones previstas para la Vuelta a Valonia se descuelgan del recorrido, un tipo de noticia que seguramente volamos a leer próximamente.

 

Así las cosas, Avianca ha fletado un charter para más de cien atletas, incluidos los ciclistas, para que los atletas sudamericanos puedan volver a las competiciones europeas.

Colombia tiene los vuelos bloqueados hasta septiembre, pero sacar a las estrellas colombianas no admite discusión.

El deporte en general, el ciclismo en particular, acostumbra a portar la bandera de las naciones en los momentos de más incertidumbre

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Ese vuelo lo llaman el «Orgullo de Colombia», ni más ni menos.

En él, viajarán actores importantes para la inminente campaña.

Un Tour de Francia sin Egan Bernal no se concibe, como la esperada reaparición de Nairo Quintana tras su inicio de año, es el ganador de la última jornada del World Tour, ganando en la llegada en alto de la París-Niza y la caída que sufrió hace unos días.

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El poder que ha alcanzando el ciclismo latino se ha ganado ese vuelo que esperemos sirva para verles de nuevo en una competición cuya viabilidad seguimos sin ver, al menos en todo el calendario anunciado.

Leemos que los ciclistas deben estar tres horas antes en la salida de Bogotá, que vayan siempre con mascarilla, a renovar en el vuelo cada cuatro horas y la comida más sencillita posible.

Atrás dejarán un país que seguro volverá a volcar con ellos cuando vuelvan los grandes días.

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Mis nueve ciclistas colombianos

Egan Bernal Tour JoanSeguidor

De entre los muchos ciclistas colombianos, nos quedamos con estos por motivos de estadística y sentimiento

¿Qué pasa en Colombia  y con los ciclistas colombianos?

Es obvio que en la primera capa, la que vemos todos, la que casi tocamos con los dedos, la explosión no lleva a engaño, tienen para todo y en todos los frentes.

Una realidad fecunda que cuando escarbas más allá, y sabes de la base, la segunda línea no es tan reluciente como la primera, sin embargo ello no quita para que los ciclistas que llegan al máximo nivel consigan asombrar como pocas veces vimos desde una misma nación.

Esta lista que procuramos a continuación recupera la cifra mágica del nueve, la cantidad de ciclistas por equipos que en los «buenos tiempos» tomaban la salida en cada carrera.

Además del nueve, esta lista viaja por el tiempo, los años, los sentimientos y la estadística, que está para respetarla.

Y claro cualquier listado que viaje por entre los ciclistas colombianos tiene que empezar por Nairo Quintana.

Un Giro más una Vuelta, un puñado importante de vueltas de una semana tipo Volta, Romandía, Tirreno… un palmarés de lujo, etapas en las tres grandes y sobretodo ser el líder espiritual del ciclismo en ese lado del globo.

Cualquier comentario jocoso, semiofensivo con Nairo levanta ampollas y desata insultos, como poco, de una buena parte de la parroquia.

En este caso, es el ciclista total, aglutina pasión y estadística, no es sencillo.

No verle para los objetivos que le atribuíamos hace cinco años no le resta un ápice de atractivo.

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Le sigue por méritos propios un corredor que amenaza con romper todo lo normal y conocido, Egan Bernal.

En él confluye lo mejor de la historia del ciclismo colombiano, un ciclista con un apetito enorme, que quiere mejorar en todos los terrenos, al mismo tiempo, que no descuida nada y rueda a mil donde se tercie.

Haber sido el primero en ganar el Tour le aúpa tan arriba, seguramente sea sesgado, pero es que el Tour tiene el valor de un oro en el medallero olímpico.

Tercero por motivos sentimentales y ochenteros, Lucho Herrera, el jardinerito que se arroja cierto carácter pionero ganando la primera de las cuatro grandes que cuelgan de la vitrina colombiana.

Herrera fue posiblemente el mejor escalador de los ochenta, escalador entendido como puro, de esos que sufrían ardores cada etapa de la primera semana de Tour para llegar vivo a la montaña.

Con Lucho, tenemos a Fabio Parra, quien probó los podios de la Vuelta y el Tour.

Podríamos decir que Fabio fue el primero de los no escarabajos entre los ciclistas colombianos, un abnegado ciclista que lució contra el reloj en más de una ocasión, una habilidad que apreciamos de esa hornada que trepaba en camarilla las mejores paredes de la época.

¿Cuántas veces vimos una subida con un Vargas, un Cárdenas, un Farfán y un Camargo entre otros en el grupo cabecero?

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Pasando al quinto nombre, el papá del presente de Colombia en el ciclismo: Rigoberto Urán.

La escasez de la primera década del nuevo siglo tocó a su fin con Rigo, un ciclista de registro amplio, con un palmarés curioso y tremendos talegazos en su historial médico.

No sé si Urán tocó techo, pero su aportación a este éxito es el equivalente al de Herrera en los ochenta.

No está en el top 10 estadístico, ni siquiera, casi, en el top 20, pero el ciclismo necesita recuperar la mejor versión de Fernando Gaviria, el arma definitiva, que se cinceló en los velódromos para abrir el imaginario a éxitos que el ciclismo colombiano quizá no soñaba ni hace cinco años.

Tour - Sagan y Gaviria JoanSeguidor

Séptimo en la lista un corredor discreto que rompió el molde, Álvaro Mejía, un croner tostado, elegante que tuvo a tocar todo un podio del Tour.

La octava plaza es para la elegancia sobre la máquina, podríamos haber escogido a Esteban Chaves, pero apuntamos a Oliverio Rincón, un estilete fino que en los noventa como marcara una etapa no había quien se le pusiera por medio.

La cabalgada aquella que acabó en Andorra, Tour de 1993, quedó en los anales como una de las mejores exhibiciones de talento y clase que recordamos, una de otras tantas que dio.

Y cerramos con el que consideramos el mejor gregario colombiano que hemos apreciado estos treinta años de ciclismo, el moreno Abelardo Rondón, muy apreciado en el Reynolds de Perico, el Banesto de Indurain y llamado a filas por Bugno al Gatorade.

Su paso era un servicio limpio y pulcro para el capo que se terciara.

Esta es nuestra lista, nueve ciclistas colombianos para explicar el éxito que hoy reluce… sólo lamentamos habernos dejado un buen puñado.

Desafío total: el Páramo de Letras

Echamos de menos el Páramo de Letras en el Tour Colombia que se está celebrando estos días

 

Lo reconozco, llevo casi un mes obsesionado con este puerto colombiano, alto altísimo y con un nombre tan bello como Páramo de Letras.

No puedo parar de leer todo lo que explican de él y de las experiencias narradas por muchos avezados cicloturistas que han osado a desafiar este coloso andino.

Mi motor de búsqueda en la red de redes ha echado humo estos días tecleando las palabras: “Páramo de Letras”.

He visionado, incluso en YouTube, muchos videos de múltiples ascensiones de ciclistas que han afrontado este espectacular reto con muchísimo respeto y sobre todo muy bien preparados, tanto física como mentalmente.

Unos héroes anónimos.

Unos campeones.

 

Todo empezó hace un tiempo, cuando yo, desconocedor de este gran paso de montaña ubicado en plenos Andes, me fijé que muchos de nuestros amigos colombianos, lectores de este mal anillado Cuaderno, nos emplazaban más de una vez a conocer este  “desafío extremo para el ciclista”:  toda una eternidad para recorrer en bicicleta.

Lo hacían cuando nosotros hablábamos de las típicas aventuras en bici que se viven en los grandes puertos alpinos o pirenaicos, de la épica, el mito y la gloria al hacer cima en sus históricas cumbres.

Fue entonces cuando empecé a leer comentarios entre nuestros colegas, del otro lado del charco, que “el verdadero reto es Letras”, que empequeñecía cualquier desafío en cualquier otro puerto europeo.

 

En efecto, si siempre hemos dicho, por ejemplo, que el Tourmalet “no es el puerto más duro, ni el más largo, ni el más bello”, probablemente con el Alto de Letras sí no encontremos ante estos paradigmas como puerto más largo del mundo, con sus nada menos que 82 kilómetros de longitud, más duro, con un coeficiente APM de 623 puntos (el que más), y más bello, por su diversidad y variedad de paisajes, desde los más tropicales hasta los más andinos.

Para que os hagáis una idea, el Monte Zoncolan por Ovaro tiene un coeficiente de 543 y el Angliru de 517 (datos APM), porque además, el Alto de Letras, puede presumir de ser el más largo que se haya subido nunca en competición, ya que tanto en la Vuelta a Colombia como en el Clásico RCN era costumbre incluirlo en las competencias de alta montaña.

 

 

Para mí, sin duda alguna, esta ascensión se ha convertido en todo un sueño para mí y su potente magnetismo que desprende me atrae cada vez más, para que, más pronto que tarde, un día pueda cumplir este deseo y presentarme en Bogotá,  para iniciar el ascenso con mi bici desde la localidad de Mariquita, punto de arranque de este pedazo vaina, a unos 200 kilómetros de la capital colombiana.

Sé lo que me espera.

Desde los 470 metros de altitud de esta turística ciudad del departamento de Tolima, que es Mariquita, hasta el Páramo de Letras a 3700 metros, en la carretera que une Bogotá con el departamento de Caldas, me dará tiempo para todo: para disfrutar, sufrir, pasar mucha calor los primeros kilómetros, sudar a chorros en este húmedo ambiente tropical, hasta pasar frío, mucho frío, una vez superados los 3000 metros de altitud y cerca ya de la cima, el extenso altiplano que marca el fin del puerto, donde tendré que abrigarme bien en el Páramo, envuelto en un ambiente gélido, ventoso,  e incluso puede que me encuentre con la niebla.

Los tremendos y constantes cambios de temperatura serán un duro condicionante más.

Habrá que ir bien preparado: buena hidratación, buena alimentación durante el recorrido y buenas dosis de fuerza mental sobre todo para afrontar su terrorífico final.

Será doloroso y sufrido, pero también hermoso, entre cafetales, pinos y valles espectaculares.

En definitiva, me esperará lo que muchos expertos, entre ciclistas pros, aficionados y periodistas en general, lo consideran como el puerto de montaña más duro del mundo: la ascensión más complicada del planeta.

 

Sin embargo, no me dejaré engatusar por sus engañosos números, ya que si bien la pendiente media no excede nunca del 4%, sí me encontraré rampas por encima del 11% en muchos de sus tramos más terribles como en el pueblo de Delgaditas, la parte más difícil del Alto de Letras, donde la carretera sube y sube como una escalera hacia el cielo.

La pendiente suele ser tendida los primeros 20 kilómetros hasta llegar a Fresno, con algunos toboganes, justo hasta la mitad de la subida ubicada en la población de Padua, donde habré de afrontar el muro más duro de esta cinta asfaltada que se desliza como una lombriz en la montaña.

Aquí encontraré veredas en la sierra, aguas claras en lagunas y cascadas, paisaje, historia, conocimiento sobre el cacao y el café.

Dicen que, al menos, al ganar altura, el calor se hará menos agobiante y la humedad descenderá, pero que por contrapartida, al alcanzar los 2000 metros empezaré a notar, claro está, los efectos del clima, sobre todo cuando llegue a los 3000, si es que llego, y las piernas me empiecen a flaquear y a sentir más fatiga, el pedaleo se haga más cansino y mis pulmones noten que el oxígeno les empieza a escasear.

Una experiencia terroríficamente bella que se verá recompensada si tengo suerte ese día y, si me quedan fuerzas, para intentar levantar la mirada y dirigirla hacia el imponente y bellísimo volcán Nevado del Ruiz, de terrible recuerdo cuando su erupción, el 13 de noviembre de 1985, provocó la tragedia de Armero, población en la que murieron más de 20 mil habitantes. Terrible.

 

No será fácil verlo. Pocos han conseguido contemplarlo. Si así fuera, la visión del nevado monte sería una estampa onírica, una experiencia única e inolvidable.

Sólo allí dicen que se puede cantar victoria.

Explican que alcanzar este techo del mundo en bicicleta supone que te quemen las piernas y tus manos se puedan congelar a la vez, que puedas tener sensaciones contrapuestas de desesperación y cansancio pero a la vez de concentración y felicidad.

Cuentan que con buena cadencia, a ritmo constante, con seriedad y respeto, se puede conseguir, entre 6 y 7 horas los más rápidos hasta 9, 10, 12 horas o las que hagan falta para completar el reto de una vida en una sola jornada, aunque narren que en ese momento no estén para gritar de felicidad, porque el hecho de llegar hasta allí arriba habrá supuesto temblores en el cuerpo, desorientación de la mente y que el corazón en ese instante no será capaz de dimensionar el hito logrado.

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Habrá que tener en cuenta también que igual el retorno, el descenso, se habrá de afrontar de noche, con lo que unas buenas luces, traseras y delanteras, serán indispensables para poder volver.

Y pensar que los ciclistas Sebastián Gil y Miguel Olarte, el 22 de abril de 2017, decidieron retarse en el Alto de Letras para intentar el asalto al Everest Challenge… ¡subiendo dos veces y un poco más!  este ya mítico y legendario Páramo de Letras.

 

Tal es mi ansia por dominar este puerto que tengo una fecha marcada en rojo en el calendario:  el 19 de julio de este año los amigos colombianos de www.altodeletras.com.co organizan este reto mayúsculo de 100 kilómetros: el Tour de Letras entre Honda y el Alto de Letrasen el que todos estamos invitados, sin importar la bici que tengamos, si es todo terreno o profesional de ruta, nuestra procedencia ni nuestro género”.

¿Estáis preparados?

Fuente, altimetría y fotos: https://altimetriascolombia.blogspot.com

#Esenciales2020 ¿Qué le falta al ciclismo colombiano?

Mundial de Innsbruck - ciclismo colombiano JoanSeguidor

Año y ciclo repletos de retos para el ciclismo colombiano

 

Sobre el ciclismo colombiano y su presente, dice Fernando Gaviria que…

«El Tour que ganó Egan Bernal era la carrera que nos faltaba. Egan es un corredor muy joven e hizo un gran trabajo con Ineos. Lo programaron todo y, aunque por circunstancia, se aplazaron algunas etapas, se vio que era el más fuerte en las subidas. Se mereció estar en el podio y aún más con el maillot amarillo»

Sin querer entrar en polémica con Fernando Gaviria, creemos que el ciclismo colombiano tiene otros muchos frentes por conquistar, y quizá 2020 sea el año.
Ahora mismo el ciclismo colombiano en el World Tour es esto…

Y aunque tachen de insana nuestra obsesión, entre esos 22 no figura el querido Nairo.

Pero sea como fuere la amplitud y variedad de esos veintidós exige amplitud de miras al ciclismo colombiano.

El propio Fernando Gaviria no ha tenido su mejor campaña en el UAE, pero su aspiración en la Milán-San Remo sigue intacta.

Lo increíble de su forma de correr, de entender el ciclismo es que podría plantearse el oro olímpico en omnium, velódromo, desconozco si querrá volver al terreno donde se granjeó su primera fama.

La profundidad del ciclismo colombiano ahora exige algo más que ese Tour de Egan Bernal.

Por ejemplo perpetuar el dominio del flaco de Team Ineos, ver si es capaz de adornar ese palmarés prodigioso con otras perlas, vueltas que ya tiene como París-Niza y Suiza, mejoradas con otras tantas.

En ese sentido Nairo tiene una colección envidiable, de hecho si se le sumara todo lo ganado iría a alguna grande más de las dos que tiene marcadas en el palmarés.

 

Sea como fuere, el camino que marcó un día Rigoberto Urán, que retrata cada logro físico como un hito, debe ser seguido por esos 21.

Rigo fue plata en Londres, un circuito sobre el papel que no le iba, y birlado en la recta final por Vinokourov.

Plantear el cinco colombiano para Tokio 2020, con la dureza que se prevé, genera vértigo. 

¿Serán capaces de correr en equipo?

Antes por eso corredores Sergio Higuita o Daniel Martínez tienen citas como las Árdenas, terreno próximo pero inmaculado para los colombianos.

¿Qué esperar de Iván Ramiro Sosa? 

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Un corredor con talento a rabiar, pero sin la regularidad exigida en las grandes carreras.

En ese capítulo, la victoria de Esteban Chaves en Lombardía, año 2016, yace muy solitaria ante este aluvión de validad.

¿Volverá Esteban Chaves por dónde solía?

Permitidnos, y lo decimos con pena, lo dudamos, el ciclismo no perdona.

Pero el ciclismo colombiano tiene una deuda pendiente con uno de sus baluartes, uno de los chicos del porvenir, el amigo Miguel Ángel López, a quien la adversidad que un día le valió el apodo de «Supermán» le persigue en la ruta.

Una carrera limpia, sólo eso, pedimos para López, un poco como para Mikel Landa, y ver dónde llega.

Pero volviendo sobre las palabras de Fernando Gaviria, cabe ver dónde queda la progresión de Alvarito Hodeg, el corredor azul, un colombiano insertado en el hueso del trasatlántico belga, que tiene hechuras que confirmar.

Y ya que pedimos al azul, veremos qué suerte corre Carlos Betancur en Movistar, en una de esas relaciones que nos frotamos los ojos por continuar viva.

En fin.

Sea como fuere, y acabando con lo que dijo Gaviria, al ciclismo colombiano le queda este año cerrar el círculo perpetuar el dominio que les suponemos, con tanta calidad, tanto talento, tanta juventud.

Pensar que pueden dominar el cotarro no es tan descabellado.

De puertas hacia afuera el ciclismo colombiano es el dorado, en lo doméstico las realidad no reluce.

“Estamos cada vez peor, el ciclismo colombiano está muy mal. La herencia cultural del dopaje nos está afectando. Nunca habíamos tenido tan pocas certezas como ahora. Somos los mejores del mundo, pero estamos llevados. No hay empresa privada detrás de los equipos, además hay un problema gubernamental: se gastan miles de millones en el Tour Colombia, y sí, es muy lindo traer a figuras mundiales, pero podrían ser recursos para fomentar nuestro ciclismo” leemos que dice Jairo Cano, una de las estrellas en el ciclismo doméstico.

La salud en casa no es la mejor, y eso es muy complicado que no acabe trasladándose a la elite.

¿Hay una nueva mentalidad contra el dopaje en Colombia?

Ciclismo colombiano dopaje JoanSeguidor

El dopaje en Colombia necesita una revolución que vaya de abajo arriba

 

Sobre el dopaje en Colombia, en su ciclismo, dice Egan Bernal que «Sergio Higuita, Iván Sosa y yo, la gente joven, mismo tenemos una mentalidad diferente«.

Lo dice inquirido sobre el lastre del dopaje en Colombia, un lastre que no entumece la primera línea del ciclismo colombiano, que no le resta brillo, pero que en la base está haciendo estragos.

Sólo hay que sondea un poco, preguntar algo por esos lares, para saber del hartazgo que hay en Colombia con la situación interna y la imagen que se desprende de puertas hacia afuera.

Y no es sólo una percepción, hay datos que hablan de la macha del dopaje en Colombia.

Leemos que ahora mismo hay veinte ciclistas colombianos sancionados, son el país con más sanciones vigentes, el laboratorio antidopaje colombiano está actualmente cerrado, desacreditado desde febrero de 2017.

Además el año que está en su recta final vio el positivo de Jarlinson Pantano, quien al final ha desestimado defenderse en algo que cuesta mucho tiempo y más dinero con resultado incierto, también pasó lo del Manzana Postobón, creado con tolerancia cero y derrocado por un par de positivos, uno de ellos de EPO, gentileza de Wilmar Paredes…

Aquellos positivos que saltaron a la palestra en tiempos de Riccò y Kohl, los de CERA, dejaron ocho casos en tiempos recientes en Colombia.

 

Y claro esta situación asalta cada poco en las ruedas de prensa que protagoniza Egan Bernal.

Un paisaje en el que, según el ganador del Tour, la federación colombiana, siempre en el ojo de todos, está trabajando bien, haciendo lo que se pueda, atención, con «los medios disponibles».

¿Son suficientes?

Es complicado poner la mano en el fuego cuando se indaga algo.

Si hay positivos es porque se hacen más y mejores controles, se insiste, y sí es cierto, como que hay positivos por doquier, incluso en momentos que se dice que esto está mejor que nunca.

El problema es que cada positivo en ciclismo pesa como no lo hace en cualquier otro deporte, y a veces parece que la autocomplacencia domina el discurso.

Eso sí, como cuentan en Cyclingnews, con el laboratorio colombiano cerrado el envío de muestras a Canadá o Estados Unidos cuesta una pasta que al final va a cargo de la calidad de los controles.

Es decir, un círculo vicioso.

Esperemos que Bernal, los Higuita, los Sosa hagan cambiar la mentalidad, vender que este cambio es un hecho es ser quizá muy optimista, pensar que en realidad se pueda logra algo, un objetivo que, de verdad, deseamos para el ciclismo colombiano.

Ciclismo colombiano: el camino hasta Egan Bernal ha sido largo

Egan Bernal Tour JoanSeguidor

En el camino al éxito del ciclismo colombiano contribuyeron muchos nombres

Cualquier amante del ciclismo no puede pasar por alto lo que ha sido, es y amenaza ser el ciclismo colombiano.

Ésta es la historia de un éxito, un cuento de final feliz y la demostración de que al final lo que estaba por llegar, acaba llegando.

Porque la victoria de Egan Bernal es presente, pero sobretodo futuro y sin embargo nadie olvida las raíces de este ciclismo colombiano que llegó hace un tiempo, como nota exótica, para instalarse en plazas nobles.

Quien evite hablar de Fabio Parra, Lucho Herrera, Martín Farfán, Patrocinio Jiménez, Pacho Rodríguez, Oscar de Jesús Vargas y tantos otros que cogieron los primeros rescoldos de un ciclismo que hervía en talento y ganas de comerse el mundo no le hace un retrato completo al éxito de Egan Bernal.

Porque Egan Bernal no conoció a los escarabajos, nació en el 97, como otros tantos, como Hodeg, Gaviria, Molano y Sosa, perlas de ese camino que tenemos la sensación de que no encuentra sombra y sin embargo lleva mucho tiempo haciéndose.

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Como nos dijo un día, nuestro compañero Milo, desde la misma Colombia, Fabio Parra fue posiblemente la primera gran personalidad colombiana en el Tour de Francia.

No tuvo el lustre, ni los titulares del jardinerito, pero ganó plazas de éxito, aquel Tour tercero con Perico en lo más alto, un Tour que para muchos, allá del océano, debería ser de Parra.

Fabio Parra fue el gran rival de Perico, el hombre que casi reedita la Vuelta de Lucho Herrera, sólo dos años después, con aquel episodio de la Sierra de Madrid e Ivanov, el ruso que tuvo un precio.

Fabio Parra convivió, quizá algo en la sombra, con el vuelo del escalador que descubrió el papel de los escarabajos en suelo europeo, Lucho Herrera, un puñal, una daga en el corazón de ese viejo ciclismo que conquistaron la cima alpina de Lans-en-Vercors, Tour de 1985.

Herrera ganó la primera grande colombiana de siempre, aquella Vuelta del 87, pero fue Parra quien, sin saberlo, marcó el arquetípico ciclista colombiano que marcaría la senda del éxito.

Con ese estilo alargado sobre la bicicleta ligeramente chepudo, algo parecido al bueno de Egan, Fabio Parra se desenvolvió muy bien en las cronos para lo que eran los estandartes del ciclismo colombiano en aquella época.

Corredores menudos, ratoneros, indomables, como Martín Farfán, compañero de Parra en el Kelme, una auténtica guindilla sobre la bicicleta.

 

Ambos bebían del éxito de Alfonso Flores en el Tour del Provenir.

Eso fue en 1980.

Una victoria que supuso un antes y un después.

Tres años más tarde, el ciclismo colombiano corría uno de los mejores Tours de la historia, aquel de Fignon, el primero.

Luego el asalto de la Vuelta y el Giro, por medio, la victoria de Martín Ramírez, en los morros de Hinault, en el Dauphiné de 1984, año que vio la victoria de Lucho Herrera en la Cima del ciclismo, Alpe d´ Huez.

Aquel ciclismo, el ciclismo colombiano, se hacía hueco a golpe de riñón, calidad y ataques memorables.

Una explosión patrocinada por Café de Colombia, y su icónico mecenazgo de la montaña del Tour, por Postobón, lamentablemente fuera del ciclismo en estas fechas, y Pony Malta.

Una explosión que tuvo España como hub para entrar en Europa: Kelme, Zor, Teka y Reynolds confiaban en aquellos peleones colombianos.

 

En los noventa el ciclismo colombiano estabilizó el éxito y cinceló nuevos campeones que bebían de todas las fuentes.

Escaladores dotados de talento y clase a espuertas como Oliverio Rincón y ciclistas más completos tipo Hernán Buenahora y Álvaro Mejía, muy cerca de pisar un podio del Tour si no fuera por aquel polaco que hacía «la goma» como nadie, Zenon Jaskula.

De aquellos mimbres surgió un contrarrelojista de talla mundial, y así textualmente, Santiago Botero, el hombre de los desarrollos imposibles, y un buen velocista como Leonado Duque.

Pero el abanico se abrió.

Tras unos años de comparsa, el ciclismo colombiano volvió a florecer, de forma además irremisible, irremediable, casi abrumadora.

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Porque ahora mismo el ciclismo colombiano pone un peón en cada partida y rara vez no saca algo en claro.

Año 2010, Nairo Quintana gana el Tour del Porvenir, es un aviso, un punto de inflexión: tres años después el pequeño y tostado escalador es segundo tras Chris Froome en el Tour de Francia, al año siguiente gana el Giro de Italia, con Rigoberto Urán, segundo.

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Nairo reúne desde entonces el mejor palmarés de siempre en un ciclista colombiano: Volta, Tirreno, Romandía y una Vuelta a España, como guinda a lo más destacado.

El ciclismo colombiano se hace usual en las grandes carreras y el extremo de su poder lo marca Fernando Gaviria, ganando etapas por donde pasa, incluido el Tour y Giro.

Un colombiano rápido y pistard, también existe.

Como Alvaro Hodeg, quien ganara enteros en su equipo.

Es la punta del iceberg, la prueba de que la especie mejora.

Una especie que tiene su origen, Milo también nos lo contó, Efraín Forero, el «Zipa» le llamaron, y su época son los años cincuenta.

Con él empezó la Vuelta a Colombia y posiblemente la parte más visible del romance colombiano con la bicicleta.

Él estuvo antes que el celebrado Cochise, el compañero de Gimondi.

Por cierto ¿sabéis de dónde era el Zipa?, de Zipaquirá, el mismo pueblo de Egan Bernal.

Dopaje en Colombia: ¿Hay paranoia?

Andres Camilo Ardila Giro sub 23 JoanSeguidor

Cuando gana un colombiano muchos cruzan los dedos por lo que pueda pasar…

No son tiempos sencillos para el dopaje en Colombia.

La luz que brilla desde hace unos años desde ese vergel de ciclistas dotados de talento y pegada nos ha podido cegar, pero voces anónimas nos hablaban de lo mal que estaban las cosas más allá del World Tour.

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Una estructura podrida por los favores y el dopaje, un dopaje que estaba mucho más extendido de lo que nos podíamos imaginar, teniendo la trampa como una de las monedas de cambio.

Claro que, con Uran, Nairo, Betancur, Atapuma, Patano, Chaves, Henao y otros ganando aquí y allí, pocos nos preguntábamos de lo que había por debajo de la densa piel de la elite.

Pero hay una ley de física, que habla de la teoría del fluidos y la necesidad de salir hacia cualquier lado, una burda comparación que va de eso de «be water».

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La presión en ciertas esferas del ciclismo colombiano por la parte de abajo ha apuntado arriba y las cosas ya no son sólo achacables a la ristra de positivos en categorías más modestas.

Como aquella fila de positivos en la Vuelta a Colombia tan difícil de justificar.

Las cosas cambiaron para el gran público con la caída de Jarlinson Pantano, en un serial con tres capítulos mil veces vistos: presentación, momento que se anuncia el positivo, nudo,»todo es un error, es imposible», y desenlace colgando la bicicleta.

Dejó entrever Pantano una cosa en el momento de colgar la máquina, que esto no es más que la punta del iceberg y que si él hablara…

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Luego la salida de Manzana Postobón, una marca que en Colombia debería ir cosida al escudo nacional de ciclismo por la cantidad de tiempo y recursos que le ha dedicado al ciclismo en Colombia.

También el caso de Molano y su salida del Giro de Italia.

En fin, que la lacra que muchos lectores nos denunciaban no era sólo por abajo, también, por esa física de fluidos, apuntaba arriba.

 

 

Hay miedo, pavor, en Colombia cada vez que gana uno de ellos, más cuando se dan circunstancias como la del Giro baby, donde sencillamente están copando las etapas de montaña.

Es un éxito que desconozco si tiene precedentes, pero que visto así suena abrumador, un orgullo para cualquiera que ame el ciclismo de su país, porque aquí vienen los mejores de la categoría y ellos se reparten el pastel.

Tras esto veremos si habrá más colombianos en el World Tour el año que viene.

Así las cosas, lo que debería ser una celebración sin paliativos, se convierte en un carrusel de miedo…

El aficionado medio colombiano vive en medio de la paranoia del dopaje, pensando que bien, esos resultados son cojonudos, pero que cruza los dedos para que no piten dentro de unas semanas, meses o quién sabe, como ha sucedido con Juanjo Cobo, en ocho años.

SQR – GORE

Eso se llama poner la venda antes de la herida, aunque también hay realismo y conocimiento sobre lo que se cuece, y eso de la «fama bien merecida».

En estos tiempos inciertos, en los que muchos desean que todo el Sky pite como lo ha hecho Cobo, dentro de un tiempo y les desmonten el chiringuito, es humano pensar así, igual que lamentable dejar en el camino la pasión ciega e incondicional que se le supone al aficionado del ciclismo.

Esperemos que las aguar bajen más calmadas y volvamos al terreno de lo deportivo, aunque mucho nos tememos que estamos, como bien se ha dicho, en la punta del iceberg.

Imagen: FB Giro d´ Italia U23