Ciclismo de los 80 y 90 vs ciclismo actual

Siempre miramos el ciclismo de los 80 con justificada nostalgia

Soy de una generación de amantes del ciclismo que aún creen que cualquier tiempo pasado fue mejor y claro nos viene a la mente el ciclismo de los 80 y por ende 90.

Y digo «aún», porque no he encontrado todavía ningún argumento que me indique a pensar todo lo contrario: que el ciclismo actual es mejor que el de hace 20, 30 y, ya no digo, 40 años atrás.

Es así.

Pienso que somos muchos los que opinamos de esta manera, sobre todo aquellos que ya tenemos una edad por encima de los 50 años.

Esto no significa que más jóvenes – incluso mucho más jóvenes-, también sean partidarios de esta misma idea: que los ciclistas de los 80 eran mejores que los de los 90 y éstos, a su vez, mejores que los actuales.

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Pero, ojo, quizás habría que distinguir entre «quiénes eran mejores» y «quiénes nos hicieron disfrutar más».

Eso está claro porque, por supuesto, no vamos a dudar de la profesionalidad, el carácter o la fortaleza tanto física y mental de los corredores de hoy en día.

Ni de sus mejores líderes.

Ahí están, son unos campeones, unos héroes, unos gigantes, como ya hablamos de ellos no hace mucho en este mal anillado Cuaderno.

Pero… ¡ay! cuando se trata de echar la vista atrás y recordar aquellos Tours de los 80, por poner algún ejemplo, que disfrutamos como niños, podemos recordar con añoranza que no tienen nada que ver a los más sosos y aburridos que se disputan en la actualidad.

¿No os parece? ¿Estáis de acuerdo?

Lo hemos comprobado y demostrado, además, con la feliz idea del canal Teledeporte de reemitir las mejores etapas de la historia de este sacrificado deporte -al menos del ciclismo español- para hacernos más llevadero el confinamiento en casa de estos últimos tres meses.

La mayoría de ellas han sido sacadas directamente del baúl de los recuerdos: carreras de los 80 -la mayoría-, los 90 -pocas-, y a partir del año 2000 -las que menos-.

Hemos visto que prácticamente todos los aficionados hemos suspirado por aquel épico ciclismo de esforzados de la ruta, de leyenda y épica,  de héroes que sufrían, sudaban, se desvanecían y al final solo quedaba uno.

Era un tiempo en que el ciclismo no era sinónimo de escándalos y sustancias prohibidas, en el que los corredores hacían historia engrandeciendo las carreras por donde pasaban, años del sinuoso movimiento de la serpiente multicolor camino de la sacrificada vida que habían elegido estos deportistas.

Si hasta Ibón Zugasti  el otro día opinaba, hablando con Joseba Arizaga (Orbea), que «el ciclismo de los 80, y hasta de los 90, era un deporte de mineros, de jornaleros, de pasar miserias, de sufridores, muy lejos a lo que es hoy en día: un deporte de culto, de moda, de elegancia».

Como comentamos, quizás también era un ciclismo más bisoño, más inocente, en el que casi no oíamos hablar de dopaje, muy diferente al de ahora, en el que no hace mucho, todos despertamos de golpe sabiendo que muchos habían (o han) corrido con gasolina extra.

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Ciclistas sin pinganillos, sin calculadoras, dueños de su destino, más fuertes, más atléticos, que se batían en aquellas peores carreteras,  muy lejos de la aparente anorexia generalizada que «lucen» muchos corredores en la actualidad, más robotizados, que compiten en un ciclismo más monótono y aburrido, más especializado, en la que se ha perfeccionado de tal manera la preparación física que casi no existen diferencias entre ellos.

Quizás sea la edad, la que ya tenemos, pero aquellos corredores se veían más hombres, quizás vistos por nuestros ojos de niños o de adolescentes, porque los de hoy en día parecen mucho más críos al lado de aquellos fornidos ciclistas de los 80 y los 90.

Nosotros nos quedamos sin duda con aquellos, que no es que fueran mejores, o peores, simplemente nos hacían vibrar más, los que nos engancharon a la pasión por el ciclismo.

Eran días de radio, de épicas crónicas narradas en los periódicos de aquellos años.

Jornadas espectaculares, de ataques desde lejos, de fugas y escapadas,  de emoción, de pájaras y desfallecimientos, de errores y despistes

Un ciclismo «a pelo».

Cada etapa de montaña era sinónimo de lucha y de batalla, una oportunidad para el ciclismo de ataque, no como ahora que incluso en estas grandes jornadas a veces nos hacen hasta bostezar.

¿No es así, amigos?

Quizás, como decimos, no se trata de saber quienes fueron mejores sino quienes nos hicieron disfrutar más.

Por ese motivo, os invitamos a elegir entre este elenco de grandes ciclistas:

¿Con qué os quedáis? ¿Con los años 80 de Perico, Hinault, Lemond, Roche, Kelly, Herrera, Moser, Fignon…?

¿Con los 90 de Induráin, Bugno, Chiappucci, Cipollini, Jalabert, Zulle, Rominger, Pantani, Tonkov, Rijs…?

¿Con los del año 2000 como Ullrich, Basso, Vinokourov, Contador, Simoni, Heras, Armstrong -a pesar de todo- o el «eterno» Alejandro Valverde?

En vuestra mano dejamos la sentencia final.

¿Por qué la clasificación por equipos está tan infravalorada?

La clasificación por equipos reconoce el valor colectivo del ciclismo

A falta de directos, vamos con un debate, ahora sobre la clasificación por equipos.

Es una pregunta que no es nueva para mí.

No es que me la plantee ahora como excusa para sacar un nuevo tema de debate.

Pero es cierto, hace ya mucho tiempo que me pregunto por qué no se le da la suficiente importancia que se merece la clasificación por equipos, sobre todo en las grandes (o pequeñas) vueltas por etapas.

Y saco el tema en este momento porque el otro día, viendo el excelente documental sobre el equipo Movistar “El día menos pensado”, pude comprobar hasta qué punto esta clasificación por escuadras está bastante minimizada.

No es que esté desestimada por completo, porque al menos los integrantes del grupo ciclista ganador tienen su minuto de gloria en los pódiums de las diferentes y prestigiosas rondas por etapas, como pueden ser en el caso del Tour, el cajón de mayor reputación: el de París.

Como os comento, observando cómo “celebró” el conjunto Movistar su victoria por equipos en la pasada gran ronda gala, me hizo pensar que aquella situación para ellos más bien parecía un absurdo trámite, un mal trago que pasar enseguida, viendo las caritas de los Unzué, Valverde, Landa o Quintana, si bien, todo hay que decirlo, fue el bueno de Eusebio el que con una media sonrisa, algo forzada, se encargó algo de animar el mal ambiente cuando exclamó: “¡Eh, chicos, venga! ¡Que hemos ganado la clasificación por equipos del Tour!”.

La verdad es que, en el exterior de aquel autocar, ni había alegría, ni euforia, ni satisfacción por el resultado obtenido y más después de lo ocurrido a nivel doméstico en aquel Tour, con sus pequeñas y grandes batallas intestinas entre los capos del grupo telefónico.

La victoria por equipos no fue consuelo para ningún componente del Movistar.

Porque el objetivo era ganar el Tour con alguno de sus tres líderes y no la general por escuadras.

Porque el equipo navarro, con la plantilla de la que disponía, tenía que ser el mejor en cualquier competición ciclista sin bajarse del autocar.

De hecho, siempre ha sido una clasificación que para ellos ha sido “muy fácil” de ganar, dada la nómina de ilustres corredores que han formado parte de su plantel cada nueva temporada.

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Y yo me sigo preguntando… ¿por qué no “vale” ganar por equipos?

Tendríamos que empezar analizando los premios en metálico.

El que se reparte entre los integrantes de la escuadra ganadora es muy inferior al que se llevan, ya no sólo el ciclista vencedor de la carrera, sino incluso el segundo o tercer corredor en el pódium, una cifra que, como mucho, puede ser un 10% de lo que se lleva el ganador absoluto, aproximadamente.

Y ya no sólo a nivel económico, a nivel mediático, tanto aficionados como prensa especializada, le dan muy poco eco a una victoria que habría de tener más prestigio, que fuera más celebrada y anhelada por los miembros del ProTour.

Si extrapolamos una victoria por equipos en el Tour, en el Giro o en la Vuelta, a su homóloga en el fútbol, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que estas escuadras han ganado la “Champions” del ciclismo, ¿o no es así?

Lo mismo podríamos decir de la NBA o la ACB en el baloncesto, o la Copa Davis en el tenis.

Y esto por poner unos pocos ejemplos, porque podríamos seguir con otros deportes.

Quien toca el cielo, quien inscribe con letras de oro su título en el palmarés de estas prestigiosas competiciones, lo hace con el nombre de EL CLUB ganador.

¿Seguimos estando todos de acuerdo?

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Pero esto en el ciclismo no pasa.

Ni siquiera en el Mundial.

Si recordamos cuando Abraham Olano ganó en Duitama en 1995: ¿quién ganó? ¿Fue el ciclista de Anoeta o fue el combinado español el que se proclamó campeón del Mundo?

Si aceptamos que ambas respuestas son válidas podemos decir sin tapujos que Miguel Induráin también fue campeón del Mundo.

Igual que también los Escartín y Chaba Jiménez, entre otros.

Sin embargo, para la repercusión de este deporte, esto no es así y la gloria sólo se la puede llevar uno en forma de arco iris, maillot amarillo, maglia rosa o túnica roja y, es más, hasta en estos ejemplos, como en tantos otros, la polémica siempre anda servida entre los líderes de un mismo equipo: quién o por qué debió ganar uno u otro.

La verdad es que si nos fijamos de nuevo en el fútbol, todos los equipos tienen su Messi o Cristiano Ronaldo de referencia, jugadores que desequilibran la balanza, que son determinantes en momentos culminantes, como pueden ser encima de la bicicleta los Valverde, Quintana, Roglic, Froome y compañía, que rematan la labor de sus domésticos, pero a diferencia de los futbolistas, que evidentemente también tienen sus premios individuales, los que ganan son los nombres de los corredores y no el de sus equipos.

Estaba reflexionando que igual el debate no es si está menospreciada o no la clasificación por equipos y lo mejor sería centrar la discusión en discernir si el ciclismo es un deporte de equipo o individual.

¿Y vosotros qué pensáis?

Seguro que vuestra opinión nos ayudará a dar a luz otra próxima entrada en este mal anillado Cuaderno.

Decálogo de urgencia para salvar el ciclismo

Marc Soler La Vuelta JoanSeguidor

Si queremos salvar el ciclismo, este deporte debería mirar un poco sus orígenes

Hablamos de salvar el ciclismo, el ciclismo profesional, se entiende.

¿Y para salvarlo de qué?

Del aburrimiento, el tedio y la falta de combatividad que, traducido, vendría a ser para rescatarlo de la falta de interés, de emoción y de épica que siempre se le ha supuesto a este deporte.

Porque sin gloria no hay héroes.

Sin heroica no hay epopeya.

Y sin leyenda no hay relato.

Nos quedamos sin narrativa.

Y de todo esto los medios saben mucho, a los que les gustaría seguir contando grandes historias, a la vieja usanza.

 

Los mitos de los gigantes de la carretera, de los esforzados de la ruta, de los héroes del pedal, los estamos perdiendo de un tiempo a esta parte.

La afición, prensa, seguidores… necesitamos vibrar con nuestros ídolos y últimamente andamos bien escasos de atrevidos corredores, temerarios aventureros, titánicos ciclistas y de semidioses a lomos de sus aladas bicicletas.

¿No es así?

¿Qué necesitamos, por tanto, para salvar ese ciclismo de antaño, de lucha y de pelea, de campeones que vencen y sufren, de ídolos que sudan y luchan, de superhombres que batallan entre ellos, mientras algunos se desvanecen y sólo puede quedar uno al final?

Si queremos un ciclismo de ataque, a lo mejor es que necesitamos volver a aquellos años, entre los 70, los 80 y parte de los 90, donde los corredores no estaban sometidos a la férrea disciplina de sus equipos y disponían de más libertad de movimientos.

Donde el ciclista siempre tenía la última palabra, en forma de pedalada, en la que tomaba decisiones según sus sensaciones, las ganas o las fuerzas de las que disponía aquel día, sin dejar para otras ocasiones lo que en aquellas jornadas, en aquellas épicas etapas, estaba dispuesto a conseguir, siempre bajo el dictado de su cabeza, siguiendo las pautas del bombeo de su corazón.

No dejaba los deberes para otro día.

Por este motivo, hay que devolver las carreras a los corredores, que sean ellos los protagonistas, y se les respete siempre sus opiniones o sus ganas de atacar.

¿Cómo?

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Sin que nos tachéis de retrógrados, aunque sí de melancólicos y mucho de nostálgicos, hemos querido reunir aquí una serie de medidas (urgentes) para intentar salvar el ciclismo profesional del siglo XXI.

No es que estemos en contra de los avances tecnológicos, ni mucho menos, pero sí quizás de restringir en parte el uso de algunos de estos aparatos que han encadenado y esclavizado a los ciclistas, robotizándolos de tal manera que han perdido completamente su criterio personal o deportivo, su capacidad de resolver y su toma de decisiones, sin derecho a discutir, dejando siempre en una incógnita si su arrojo o su valentía, aquel día, hubiera dado otro resultado.

Pinganillo, ¿sí o no?

A la hora de hablar de estas supuestas mejoras que se han introducido en el día a día de los ciclistas, lo primero que salta a la palestra es la conveniencia o no de usar pinganillos en carrera.

Nosotros lo tenemos muy claro, pinganillo sí, pero solo con la frecuencia de la radio oficial de la competición.

Son indudables las ventajas que suponen su uso ante cualquier incidencia en carrera: una caída, una situación comprometida para los ciclistas, un pinchazo…

Todo aquello en lo que se pueda informar para garantizar la seguridad de los corredores.

Eso está claro.

Pero para directores de equipo y dar instrucciones en carrera, pinganillo no.

Creemos que las directrices, las órdenes de carrera, la táctica y la estrategia de la jornada deberían quedar muy claras ya desde antes de que los corredores bajaran del autobús: quién es el líder, quién atacará ese día, quién se reservará o trabajará para los demás.

Todo decidido antes de empezar.

A partir de ahí, desde el banderazo de salida, dejar la iniciativa a los auténticos protagonistas de la carrera.

Prohibir los potenciómetros

Junto a los pinganillos, creemos que son los peores enemigos del espectáculo en carrera.

Para entrenar están muy bien, son útiles y necesarios, pero en competición coartan y limitan las ganas del ciclista.

Lo convierten en un piloto automático, en el que regulan el esfuerzo, ponen sus fuerzas en modo ahorro y no se permiten alegrías en forma de cambios de ritmo, demarrajes explosivos o ataques ni que sean de peseta.

Todo eso se ha perdido.

Limitar el “cuestacabrismo

No estamos en contra de puertos como el Angliru, Mortirolo o Zoncolan por poner unos pocos ejemplos de subidas extremas en competición, al contrario, son necesarios y buenos para el ciclismo, generan expectación y dan espectáculo, haciendo que la gente se enganche a la tele o yendo a sus cunetas a verlo en directo.

Se trata de buscar el límite sin sobrepasarlo, como sí suele suceder en otro tipo de ascensiones quizás más cortas pero más exageradas, rampas por encima del 23, el 25 y hasta el 30%, donde el ciclista tiene que hacer verdaderos equilibrios para no caer.

Eso los de cabeza, los que compiten, porque los de atrás no tendrán más remedio que echar pie a tierra y cargar sus bicis a sus espaldas para escalar estas cuestas imposibles hasta para las cabras.

Etapas de juveniles, no, por favor

El ciclismo es un deporte de fondo y estamos perdiendo ese “fondo”.

Recorridos comprendidos entre 100 y 150 kilómetros son trayectos de carreras de juveniles o de marchas cicloturistas.

El ciclismo es desgaste y se necesitan kilómetros de erosión, de deterioro, para ir limando las fuerzas de los rivales.

No hace falta decir a estas alturas que se trata de una disciplina agonística y así debe continuar siendo.

Desarrollos de globeros

Si restringimos el “cuestacabrismo” también podríamos limitar el uso de ciertos desarrollos más propios de cicloturistas de fin de semana que de fuertes y competidores ciclistas profesionales.

En los 80 se corría con platos de 41 ó 42 dientes con coronas detrás que habían de elegir entre 14/24 ó 12/19 (dependiendo del perfil de la etapa).

Luego se dió paso a los platos de 39 y a finales de los 90 se empezó a introducir el triple en bicis de competición, y después el compact, llegando a disponer de auténticas paellas detrás de hasta 30 ó 32 dientes.

¿Son menos fuertes los ciclistas de hoy en día que los de hace 20 años?

No lo creemos.

 

Las contrarrelojes “largas”

Que hoy en día denominen “contrarreloj larga” a una etapa cronometrada de apenas 34 kilómetros es una broma y ya dice mucho de lo que se ha llegado a perder en esta especialidad.

Creemos que han de volver las etapas contra el reloj de antaño, las de 50, 60 o más kilómetros en esa lucha en solitario del hombre contra todo: la carretera, sus rivales, el viento y el tiempo.

Esas cronos en las que los escaladores perdían minutadas y sufrían a manos de los grandes especialistas, para que luego éstos padecieran la tiranía de los ligeros, finos y menudos subidores en su terreno: la montaña.

El ciclismo necesita de ese equilibrio y se han de igualar las oportunidades para unos y otros.

Huir de las etapas “unipuertos”

Esto parece que, de un tiempo a esta parte, se ha ido subsanando con la inclusión de varios puertos de paso, en lo que se supone ha de ser una etapa reina de una gran vuelta.

Los “unipuertos” limitan las emboscadas, las escapadas y no permiten mover el árbol, para intentar despojar de sus gregarios a los líderes.

Eso no es salvar el ciclismo.

Demasiadas veces se llega a pie de puerto con todo el pelotón en bloque y con el equipo dominador de la competición ejerciendo un férreo control sobre sus rivales, que no son capaces de escapar de ese bloqueo de carrera.

Ampliar las bonificaciones

Con la igualdad que existe hoy en día entre los ciclistas, en la que un puñado de segundos puede decidir una gran carrera, se tendrían que marcar más diferencias.

¿Cómo?

Una manera podría ser aumentar el tiempo de las bonificaciones, al menos en montaña.

Si en un esprint, que es un suspiro, un instante, se reparten apenas unos segundos… ¿por qué no se da más tiempo en montaña donde la exigencia es más larga y duradera?

Podríamos hablar de al menos dar un minuto de bonificación al ganador.

Sería lo más justo, fomentaría el ciclismo de ataque, todos tendrían su oportunidad de bonificar por las ganas de recuperar tiempo y sobre todo de revancha.

Y quizás en el seno del pelotón no serían tan permisivos con las escapadas “bidón”.

Y por supuesto, conceder también bonificaciones en las contrarrelojes, que el mismo derecho tienen.

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El rey de la montaña además de parecerlo ha de serlo.

¿Creéis que el ganador del maillot de la montaña es el mejor escalador de la carrera?

Nosotros pensamos que no.

A menudo, este premio es “menospreciado” por los grandes capos del pelotón que prefieren ahorrar esfuerzos para tareas mayores, sin dedicarse a puntuar en puertos en los que normalmente dejan a sus segundos espadas luchar por este maillot.

Por este motivo, es fácil ver que este premio se lo disputen dos o tres corredores a lo sumo, que empiecen a sumar puntos en cotas o tachuelas puntúables y esprintando en puertos de mayor categoría bajo la connivencia de un pelotón permisivo con la batalla de ese pequeño puñado de ciclistas.

Una solución sería, además de los puntos, dar tiempo también en forma de bonificaciones en los pasos de montaña.

Castigar la “no combatividad”

¿Por qué no?

Si se premia la combatividad, por qué no castigar la ausencia de pegada de los corredores.

Eso también sería salvar el ciclismo.

Si el pelotón se fuma una etapa, si se toman ese día como una marcha cicloturista o si llegan con más de media hora de retraso sobre el peor de los horarios previstos, por qué no penalizar con multas a los directores de equipo por esa falta de lucha.

En otros deportes existe este castigo, ¿por qué no en el ciclismo?

Muchos se lo pensarían antes de mandar a salir a pasear durante una etapa.

Con todas estas medidas, lo único que queremos demostrar es que quizás lo mejor sería volver al formato de las vueltas de tres semanas de toda la vida, el que funcionó durante muchísimos años con éxito: una primera semana para esprinters, una crono larga antes de la montaña, con una segunda semana con recorridos pensados para cazadores de etapas, con emboscadas y sorpresas.

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Para finalizar, en los últimos siete días concentraríamos toda la dureza de la alta montaña donde se decidiría la carrera.

Parece visto que meter dureza desde el principio no beneficia a las fuerzas del sufrido pelotón, y que se dejen de experimentos en forma de sterratos sin sentido, absurdos alberos o finales en muros imposibles.

Y sobre todo, una cosa importante: que devuelvan el ciclismo a la afición.

Salvar al ciclismo es hacerlo más cerca, evitar inútiles polémicas entre aficionados y organización.

Creemos que con esto está todo dicho y quizás de esta manera el ciclismo vuelva a ocupar las portadas perdidas en los medios escritos.

Foto: www.lavuelta.es

Pues a mí no me gusta la Vuelta en septiembre…

La Vuelta septiembreJoanSeguidor

La Vuelta en septiembre nos suena a examen de recuperación

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Dejar primero muy claro que La Vuelta me gusta, pero con reparos.

Lo comento porque, así de entrada, no me empecéis a criticar por decir que no me gusta La Vuelta con lo de siempre: que entonces no me gusta el ciclismo, que no entiendo o no sé de ésto, o qué leches hago escribiendo en este mal anillado cuaderno.

A ver si me comprendéis.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Sigo La Vuelta desde niño, con afición, pasión y veneración, como no podía ser de otra manera, pero…

Echo de menos aquellas ediciones de La Vuelta que se disputaban entre los meses de abril y mayo.

Sí, es así, es cierto.

Pensaréis entonces cómo demonios la he seguido durante estos 25 años desde que La Vuelta-por caprichosa decisión de la UCI- pasara de ser de la primera gran ronda por etapas del calendario a la última en liza, unas fechas quizás ya tardías para muchos corredores.

Un capricho que se sacó de la manga la UCI y que llegó a tantear incluso a Giro y Tour, pero que ambas organizaciones desestimaron desde el primer momento: la ronda italiana se encontraba (se encuentra) muy a gusto entre mayo y junio, y la Grande Boucle reinaba (y lo sigue haciendo) ya no sólo en el julio francés sino en el de todo el planeta ciclista.

Por eso yo, desde 1995, encuentro a faltar aquellas ediciones en las que creo se daban los suficientes alicientes para disfrutar: principios de temporada, primavera, ganas de ciclismo y ganas de ver a las grandes estrellas en directo.

¿Qué queréis qué os diga?

A mí particularmente me gustaban más aquellas fechas de abril y mayo, y pienso que la afición la esperaba con más anhelo.

Creo que a finales de agosto y primeros de septiembre, La Vuelta queda bastante eclipsada por el inicio de La Liga de fútbol a nivel mediático.

Otros temas que hacen posible el desvío de atención por parte de un sector del público puede ser el hecho de que, por estas fechas, muchos también comienzan el año después de sus merecidas vacaciones de verano: el inicio del curso político y la vuelta al cole.

Las familias, estos días, están más preocupadas por llenar sus neveras y por los gastos del nuevo curso escolar que por otra cosa.

 

La Vuelta: ¿En abril y mayo o en septiembre?

En mi opinión, creo que La Vuelta sigue buscando su propia personalidad, identidad que perdió con el cambio de fechas.

Una naturaleza que le costó conseguir, pues hasta 1955 no fue considerada una prueba internacional a todos los efectos y con todos los honores.

Cierto es que nació en 1935, pero fue víctima durante muchos años de la Guerra Civil y sus devastadores efectos en la post-guerra.

Decían de ella que era una prueba favorable a los llaneadores.

Sonreía con frecuencia a los españoles, pero fueron numerosos los extranjeros que desde sus inicios se impusieron en ella, como el belga Gustave Deloor, en su primera edición.

Era considerada la menos dura de las tres vueltas y también tenía su atractivo porque ciclistas que tenían pocas opciones en la montaña, tenían su oportunidad para poder inscribir su nombre en su palmarés.

De esta forma, podemos encontrarnos corredores como Jean Stablinski, Rudi Altig, Ferdinand Bracke, Freddy Maertens o Sean Kelly, entre otros.

El éxito de estos “llaneadores” fue debido sin duda a recorridos que parecían hechos a medida para ellos.

También, había que tener en cuenta que en mayo, aquellos años, los escaladores no se encontraban en plena forma.

Años más tarde, La Vuelta se modernizó y cambió para satisfacción de los aficionados, y con la llegada de la transmisión  en directo por televisión de los últimos kilómetros, hizo aumentar en España los seguidores a este sufrido deporte.

¡Qué tiempos!

 

Quizás la gran ronda por etapas española siga viviendo en las alargadas sombras de sus vueltas hermanas: Giro y Tour, aún un tanto acomplejada.

Porque, por ejemplo, ¿por qué se prescindió del maillot amarillo?

Algo que aún después de tanto tiempo sigo sin entender.

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Se cambió por un maillot oro, que parecía gustar, hasta el actual de color rojo, no sin antes pasar por un auténtico calvario de diseños a cuál más feo, como aquel que simulaba las huellas de un leopardo marcadas en la preciada prenda: “para dar sensación de rapidez”, se excusaba el «brillante» diseñador.

A mí el maillot rojo -imitación del color de la camiseta de la selección española de fútbol-, me sigue sin convencer: no destaca al líder dentro del pelotón, no lo ilumina, no inunda con su luz a la serpiente multicolor, es más, se confunde y se mezcla con el resto de maillots de los equipos y no lo distinguimos. Y lo perdemos.

Es así.

Y no voy a entrar en los recorridos actuales.

Ya todos conocemos la tendencia al “cuestacabrismo” de la organización.

A algunos puede gustar. A otros muchos quizás no tanto.

O etapas en las que se ha hecho el ridículo directamente, como el infame primer recorrido de La Vuelta de 2015, una contrarreloj por equipos que se disputó sobre una superficie inédita –y peligrosa-  como fue el albero.

Es el eterno debate, y la permanente polémica, que siempre rodea a La Vuelta: ¿acaso en España no hay recorridos, puertos de montaña, carreteras con encanto, para montar etapas dignas, por dureza y longitud, en las que se puedan ver bonitos espectáculos?

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La pregunta de siempre y la respuesta de cada año: es La Vuelta a cachitos de España, con etapas de juveniles, finales en cuestas de cabras, ciclismo de youtube, kilómetros de autovía, recorridos por el desierto, cunetas vacías, pueblos que no vibran al paso de sus corredores, al menos con el fervor que se vive en Francia o Italia.

Desde luego que no.

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Y el calor, el terrible calor de finales de agosto y primeros de septiembre.

El normal por estas fechas en España.

Esta es otra.

¿Por qué se inicia casi siempre en el sur de nuestro país?

¿No sería mejor comenzar el pedaleo en el norte e ir tirando hacia abajo a medida que pasan las jornadas para –intentar- huir del sofocante calor?

CambriBike

Porque este año empieza en Torrevieja, y continúa por Benidorm, y ya sabemos lo que esto representará para los ciclistas en agosto: sol, calor… temperaturas que rondarán los 35 grados o más.

Pero también como siempre, quienes peor lo pasarán serán los corredores foráneos, porque La Vuelta es sobre todo de los ciclistas hispanos y como una vez escuché a uno decir: ¡qué buena sería La Vuelta para los extranjeros sin los corredores españoles!

Foto: https://laguiadelciclismo.com

Ciclistas sin banderas

Ciclismo banderas JoanSeguidor

Los aficionados al ciclismo amamos los ciclistas y no sus banderas 

¿Estamos de acuerdo?

Porque somos diferentes, muy diferentes, a los aficionados a otros deportes, digamos más mayoritarios, como el fútbol.

Yo entiendo que sí.

Muchos seguidores entendemos que sí.

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Vayamos por partes.

El otro día, en la última jornada de La Liga española, disputada el anterior fin de semana, se dio un hecho que no por merecido no deja de ser sorprendente.

Hemos de situarnos en el estadio Benito Villamarín de Sevilla, en el partido Betis-F.C. Barcelona, con victoria inapelable para el cuadro catalán por 1-4.

En el encuentro, como la mayoría de veces -así lleva más de 10 años-, Leo Messi rindió a una altura estratosférica y descomunal, de otra galaxia, algo a lo que ya nos tiene muy (mal) acostumbrados: hizo triplete y su tercer gol, además, fue una auténtica obra de arte.

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En aquel momento, la afición rival se rindió ante semejante exhibición rubricada por aquel golazo.

La hinchada bética, puesta en pie, ovacionó al astro argentino que lo aclamó sin ningún tipo de complejos.

Muy merecido.

Pero esto no es lo habitual en el mundo del fútbol.

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Y lo sabemos ¿verdad?

Por eso la noticia se hizo viral y se reconoció que, en este caso, el fútbol de Messi está muy por encima de unos colores y de unas banderas.

Pocos antecedentes tenemos a este caso.

Quizás podamos recordar como los aficionados merengues, en el Santiago Bernabéu, hicieron lo propio aplaudiendo a Ronaldinho en el recordado encuentro entre el Real Madrid y el F.C. Barcelona con la contundente victoria del equipo catalán por 2 a 6 a domicilio.

 

Ahora hace más de 10 años de esto.

Y en el mundo del fútbol, poco más.

Quizás los aplausos que se llevaba Iniesta (salvo en Bilbao) por todos los campos de fútbol de España, por ser el artífice de aquel gol para la historia que marcó contra Holanda.

Los aficionados, sean del color que sea y porten la bandera que sea, le estarán eternamente agradecidos.

 

Pero como venimos explicando, esto en el mundo del fútbol son anécdotas que suponen pequeñas excepciones a un deporte envuelto en guerras mediáticas entre aficiones, colores y unas banderas.

Esto en ciclismo no pasa

¿No creéis que es así?

Los aficionados al ciclismo somos lo suficientemente agradecidos, apasionados, justos y creo que bastante inteligentes, para saber valorar  a estos hombres que llevan su físico al límite.

Y esto, independientemente del equipo en que corran, a la nacionalidad que pertenezcan o el estandarte que porten por bandera.

Esto, a nosotros, no nos importa.

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Por supuesto que siempre querremos que gane “uno de los nuestros”; es normal, pero vamos, que si el que vence, sea del país que sea, se lo merece, porque es un grandísimo corredor, porque es un crack, porque se deja la piel en la carretera, haciéndonos felices de esta manera, y  hemos vibrado con su victoria, estaremos de acuerdo que nos importará bien poco su procedencia, por no decir nada.

Y no sólo en las victorias que podamos disfrutar, también nos desconsolaremos con sus derrotas, sean de dónde sean.

Seguramente opinéis que esto no siempre ha sido así, que también podemos encontrar la excepción que rompe la norma en forma de ovejas negras que critican, atacan e incluso escupen o apedrean a ese campeón dominador al que no hay forma de derrocar y que quizás por su carácter no caiga demasiado bien entre un sector de la afición.

Podemos recordar algunos nombres.

Sin ir más lejos, Lance Armstrong -y no vamos a entrar aquí en por qué, iniciando otro tipo de debate bien conocido por todos-, era insultado y vilipendiado por los aficionados franceses en las carreteras del Tour.

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Igual que, en menor medida, le está pasando a Froome en la actualidad, por otros motivos, porque existe ese sector de forofos que no soportan su insultante dominio. Si bien, sin llegar al extremo del texano, pero que igualmente es abucheado por algunos aficionados “de salón” que ni siquiera saben lo que es subirse a una bicicleta para dar pedales, simplemente.

Pero a diferencia del ejemplo del fútbol, estos casos son puntuales y son también la excepción para un deporte como el ciclismo en el que prácticamente la mayoría de todos los corredores son queridos, apreciados, estimados… llamadlo como queráis, desde el primero al último, porque el que gana es un campeón, pero el farolillo rojo es un héroe.

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Por eso todos los ciclistas son tan admirados, sean cuales sean sus nacionalidades, por sus gestas, por su sacrificio y esfuerzo, por sus proezas, porque el hecho de estar en la línea de salida ya merece todos nuestros respetos.

Al buen aficionado al ciclismo nunca le dolerán prendas reconocer a un corredor que no sea compatriota suyo, que la victoria de ese temido rival -el que ponía en peligro el liderato mundial de su ídolo- habrá sido bien merecida y así lo reconocerá, siempre que se lo haya ganado a pulso, por supuesto, sin trampas, ni malas jugadas y con un fair play exquisito.

Creo que seguimos todos de acuerdo.

Por eso, podemos decir sin temor a equivocarnos, que en el ciclismo no existen guerras ni de equipos ni de banderas.

Que sí, que todos querrán -querremos- que gane su -nuestra- escuadra preferida o su -nuestro- corredor predilecto, pero si por lo que sea es derrotado en buena lid, el buen aficionado al ciclismo ni se pondrá a gritar, ni a insultar, ni a pegar golpes contra la pared y, ni mucho menos, dejará de cenar -algo que sí pasa, por ejemplo, con algunos aficionados al fútbol-.

Lo reconocerá y punto. Y lo aplaudirá.

Evidentemente, los Mundiales de ciclismo sí se disputan por banderas y selecciones nacionales, pero, como ya hemos comentado, si un corredor que no es de los nuestros se lo merece con todos los honores, por calidad, tanto deportiva como humana, por clase, por palmarés, por competitividad y espectáculo, no se nos caerán los anillos en reconocerlo y admirarlo, igual que, por ejemplo, todo el mundo quería que ganase Valverde en el último mundial de Innsbruck, en el que incluso aficionados y periodistas de medio mundo se pusieron de acuerdo con este deseo.

Por algo será.

Mundial de Innsbruck - Alejandro Valverde JoanSeguidor

Como desde nuestras fronteras reconocimos la superioridad de Peter Sagan en los anteriores mundiales, a Froome en sus victoriosos Tours o a Cancellara en los diferentes monumentos que ganó a lo “Espartaco”, por poner algunos ejemplos.

Todo esto también viene a cuento, porque así ha sido el caso a la hora de mostrar toda nuestra fascinación a ese portento de corredor que está arrasando en este principio de temporada: Julian Alaphilippe, ganando con autoridad el esprint de la pasada Milán-San Remo.

Sí, a pesar de que un francés fue el que le privó la victoria a nuestro estimado Alejandro -entre otros favoritos-, las muestras de cariño, las bonitas palabras de admiración, de devoción y veneración que se llevó fueron unánimes entre todos los aficionados y la prensa menos fanática, que haberla “hayla”.

Por este motivo, ante semejante campeón, sólo nos queda quitarnos el sombrero y decirle “chapeau”.

A pesar de que ni pertenece a nuestro equipo ni lleva nuestra bandera.

Así que, al igual que hicieron los aficionados béticos con Messi, levantémonos de nuestros asientos y aplaudámosle.

A rabiar.

Imagen tomada de FB de Il Lombardia

¿Sobrevivirá el ciclismo en un futuro sin prensa?

Peter Sagan JoanSeguidor

La escasa cobertura del ciclismo por parte de la prensa hace temer un futuro complicado

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No a corto y medio plazo, pero quizás en un futuro no muy lejano, el ciclismo de competición, junto a otros deportes, puede morir por inanición.

Y estoy hablando de este país que es España.

Podéis pensar que qué demonios estoy diciendo, que si me he vuelto loco por escribir esta afirmación.

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Pues no, amigos, sé muy bien de lo que hablo y creo, en efecto, que si no “alimentamos” el ciclismo profesional, la tendencia puede ser que nos encontremos, de aquí a no demasiados años, en un escenario distópico en el que muy pocos aficionados acudan a las cunetas de nuestras carreteras a contemplar a sus ídolos.

¿Por qué pienso de este modo?

A ver, no voy a culpar a los políticos, que podría ser el recurso fácil y recurrente de que ellos son los culpables de (casi) todo lo malo que ocurre dentro de nuestras fronteras, pero sí lo voy a hacer atacando a algunos mal llamados “medios de comunicación deportivos” por su claro sesgo no sólo del ciclismo (salvo cuando les conviene llamar la atención y por temas que ya todos conocemos), sino también hacia otros deportes.

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Está claro que la falta de ese soporte competitivo en las páginas de muchos de estos periódicos de tirada nacional, tan necesario para asegurar una amplia base de aficionados que aporten garantía de futuro, puede tener efectos devastadores a largo término.

Sin esos ecos deportivos que tanto necesita el ciclismo será difícil llamar la atención a futuros aficionados en edades tempranas.

 

Ya lo dice el refrán: “lo que no se conoce, difícilmente te puede interesar”.

Porque… ¿cuándo surgen las pasiones en nuestra vida?

Nuestras aficiones, hobbies, todo aquello que nos gusta de manera vehemente es porque nos ha dejado huella indeleble y nos ha marcado para siempre desde nuestra más tierna infancia y hasta pasada nuestra adolescencia.

 

Estamos de acuerdo ¿verdad?

Hoy en día el ciclismo lo tiene más complicado que en el pasado para crear afición entre los más jóvenes, sobre todo teniendo en cuenta la oferta tan amplia que disponen de actividades para escoger.

Eso los más activos, porque hay muchos que les cuesta el simple hecho de levantar el culo, clavado al sofá de su casa, porque están jugando con su videoconsola o viendo series de Netflix.

En esto hay que reconocer que al ciclismo le han salido duros competidores en llamar la atención de los más pequeños.

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Esto es así y es innegable.

Sólo tenemos que preguntarnos, entre nosotros, nuestros amigos o compañeros de grupeta, de qué manera nos aficionamos a este sufrido deporte.

Muchos responderán que fue en esa fase de sus vidas en la que aparecen los ídolos: de Bahamontes a Contador, pasando por Ocaña, Perico Delgado o Induráin, claro.

Cambrils Square Agosto

 

Todos los que hoy en día seguimos el ciclismo profesional, y que además lo practicamos de manera cicloturista, seguro que forjamos nuestro ferviente interés, simpatía, afecto, apego y amor por este deporte, siguiendo a nuestros héroes cercanos, a esos gigantes de la carretera o esos esforzados de la ruta, que tenían un gran eco entre los medios hace tan sólo apenas un par de décadas.

Naturalmente que seguimos contando con grandísimos ciclistas, pero es cierto que la repercusión que tienen está mucho más diluida que hace 20 años.

Si aún tenemos alguna duda, podemos hacer recuento de pruebas ciclistas que han desaparecido de nuestro calendario nacional.

No hace falta que dé nombres ¿verdad?

Todos conocemos alguna carrera que se ha dejado de organizar, muy a nuestro pesar, por muchos motivos, principalmente económicos, claro está.

Y de un tiempo a esta parte el goteo sigue imparable.

Así es la primera Girona Grave Ride 

¿Hasta cuándo?

Y sin embargo, afortunadamente, los fines de semana nuestras carreteras se siguen llenando de cicloturistas y las marchas agotan en pocas horas sus inscripciones, aunque yo pienso que la edad de los participantes está aumentando con el paso de los años.

Como ya hemos comentado alguna vez, quizás ya no sea “deporte para jóvenes”.

Por este motivo, todos los responsables que forman parte de la gran familia del ciclismo, sobre todo en este país, y en darle la máxima difusión como los diferentes medios de comunicación, harían bien en preocuparse por mantener un tejido competitivo próximo a la afición, porque aunque hayan cambiado mucho las cosas de un tiempo a esta parte, ésta seguirá siendo la quinta esencia, el elixir de la vida, de este sacrificado deporte.

Foto: Diario As

«Uno es profesional cuando te empiezan a pagar»

Cicloturistas y ciclistas profesionales JoanSeguidor

En ciclismo muchos se creen profesionales aunque…

Abril, mayo, junio… días más largos, clima, en teoría más benigno, aunque el mal tiempo se aferre esta estación.

Abril, mayo, junio… marchas cicloturistas, más las multitudinarias, las más legendarias, las más deseadas, las más duras e incluso las más extremas.

Un acento sobre la gente, sobre el ciclista medio, que sale malamente entre semana y apura los sábados y domingos.

Un ciclista que en ocasiones se cree profesional, o al menos aspirar a parecerse.

Mirad lo que dice Abraham Olano en este vídeo…

Interview: Abraham Olano & how is to be a pro

?️ Overcome criticism and enjoy sports. Abraham Olano explains what is like to be a cycling professional.Superar crítiques i gaudir de l'esport. Abraham Olano ens explica com és ser un professional del ciclisme.Superar críticas y disfrutar del deporte. Abraham Olano nos explica cómo es ser un profesional del ciclismo. ?‍♂#cycling #pro #ciclismo #ciclisme #AbrahamOlano #testimonial #SportVillage

Publicada por Cambrils Park Sport Village en Lunes, 21 de mayo de 2018

Pocas personas pueden tener un criterio tan fino y exacto de lo que significa la palabra profesional en ciclismo.

Incluso pocas personas pueden saber lo que implica una presión inhumana sobre sus espaldas.

A Olano le cargaron con el relevo de Miguel Indurain, e Indurain sólo hubo uno.

Una presión que excede en mucho a la de un profesional medio.

Para Olano, el profesional es el que cobra

Así de claro y sencillo, y todo lo demás es paja.

Podemos sentirnos mejor un día, querer exprimirnos, jugar a pro, pero nada más.

Luego pasa que vas a carreras de sub 23 y ves aberraciones.

Hay vida, familia, obras de teatro de los nenes, cenas con amigos…

El problema es cuando la bicicleta que conducimos pierde el norte y se acaba haciendo cualquier cosa por presión externa, sin necesidad de hacerlo.

Redes sociales, la foto, poder contarlo… las cosas no son sencillas para el ciclista de pie que se cree profesional.

Y el problema es que, convirtiendo las marchas cicloturistas en auténticas junglas donde se proclama en la salida: «maricón el último».

El estado del bienestar propicia que gente de 30, 40 y 50 años queramos, legítimamente, explorar nuestros límites, pero ojo, porque estos existen y además no son los que podríamos imaginar a ciegas.

Y en ese camino por la oscuridad de saber de lo que somos capaces vemos marchas que desaparecen porque la Guardia Civil sencillamente pasa de controlar pelotones estiradísimos que hacen imposible el tráfico por donde pasan.

Recordad la Carlos Sastre.

Con el perjuicio que ello significa en dinero y publicidad para la zona.

Mirad lo que ha pasado con la Jacetania, anulada por unos tramos complicados de los que la autoridad no quería hacerse responsable.

Las cosas no están fáciles para las organizaciones, como para ir a ser profesional en ellas.

Porque esto es el pez que se muerde la cola y el ciclismo necesita de miras largas, cariño, voluntad y no salir siempre a reventar.

Pues eso es, pan para hoy y hambre para mañana.

INFO

Gobik JoanSeguidor

La colección de verano por Gobik